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Sábado, 7 de marzo de 2026 Iniciar Sesión Suscríbase

Puntos de sutura en el sector de la defensa

Durante décadas, el Gobierno no desarrolló una política industrial de defensa, por razones de conveniencia política, porque era un sector lastrado por los bajos presupuestos y porque es complicado de entender. Lo que no resultaba esperable hace apenas cuatro años era que se iba a lanzar a una vorágine inversora, con prisas porque la demanda venía de fuera, y no era militar, y de paso implicarse en la política industrial siguiendo ideas que ningún país del mundo ha perseguido, por mucho que oigan decir que es todo lo contrario. El último año, como seguimos sin presupuestos, y esto no hay manera de explicárselo a Trump, el único mecanismo posible para ventilar de golpe el objetivo de gastar unos 10.000 millones, era pasar el dinero a la industria, ya se vería para qué, pero sería cocina interna y conseguiríamos el objetivo. Otra historia es cómo se ha ejecutado y parece que esto será resuelto o en los tribuales o entre las partes si el Gobierno se pone manos a la obra. Pero como siempre pasa en casa del pobre, más que digerir nos hemos indigestado y salpicado por desencuentros que nunca existieron y que no debían haber existido, por el bien de la industria y del país.

Es muy común pensar que los intereses particulares coinciden con los del país, pero es una excusa muy barata, ni tampoco los del gobierno. Los intereses del país corresponden a todos, sin exclusiones. Lo que ha caracterizado a este sector que he conocido entre 1990 y 2024 fue la caballerosidad. Siempre ha ido a una, porque a todos les interesaba y en la unidad todos ganaban lo suficiente. Si algo he aprendido en la vida es que no se puede ganar siempre ni tampoco todo. Algunos lo creen, pero no tardan mucho en descubrirlo. Tenemos un sector industrial potente, pero con muchas carencias que no deben preocuparnos. Igual que queremos exportar, debemos importar. Lo importante es saber qué debemos nacionalizar y estas tecnologías no se refieren a plataformas, sino sobre todo a sistemas, componentes y equipos. Es la clave y el valor añadido de la industria de defensa. Faltan capacidades de integración, como en misiles, pero a poco que seamos inteligentes con los programas en marcha podemos conseguirlo, si tiene sentido y mercado. En defensa es usual que haya empresas públicas o participadas por el estado.

En la Europa continental lo vemos en todos los países, pero ninguna compite con otras de su propio país y un excelente ejemplo es Navantia. Cubren necesidades que la industria privada no hace, pero no salen a dinamitar al resto del sector, porque ningún gobierno en el mundo democrático puede dirigir a todo un sector industrial, solo corregir deficiencias. Antes que gobierno son empresas y se debe respetar su autonomía y decisiones que adopten para beneficio de todos sus accionistas y no para componendas que tienen difícil justificación. En un monopolio de demanda, el comprador no puede arrogarse el poder para discriminar, sólo para reforzar capacidades; no para enredar, sino para clarificar. No es una dictadura en la que el gobierno decide quién hace qué y cómo, porque en la UE no hay cabida para estas prácticas y mucho menos que haya una sola empresa, por minúscula que sea, que no sea arropada con extraordinario cariño, porque así es cómo hay que tratar a todos los empresarios y trabajadores. Hemos visto mucho desplante que era injusto e innecesario.

Las empresas públicas complementan o son tractoras de capacidades nacionales, no abusan de posición dominante y menos si esta procede de decisiones arbitrarias del comprador. Esto perjudica a todos, sobre todo al que se beneficia de decisiones dirigidas, de las que no gozará cuando compita fuera. Un campeón nacional no es el que domina, sino que el tracciona a la industria nacional en el exterior, como hicieron Iberdrola, Santander o Acciona y otras muchas, que llevaron su cadena de suministro por todo el mundo. El Gobierno debe respetar la propiedad privada, las decisiones empresariales y no enviar un mensaje a los inversores y empresarios del mundo que corren riesgo en España si no satisfacen al Gobierno, que es voluble en democracia. Los gobiernos nunca regalan nada y con la misma frivolidad que entregan lo pueden quitar. Bien harían las empresas de no caer en atajos que al final resultan caminos de cabras. El gobierno tiene una función mucho más importante que organizar a los demás la vida: organizarse a sí mismo. Las compras y la gestión de programas deben ser realistas y no deben inmiscuirse en algo más que las capacidades militares que se necesitan. No tiene sentido eludir las nacionales para acudir a otros mercados que reducirán nuestra competitividad, porque sería política industrial a corto plazo. Los desarrollos comienzan desde TRL (Technology Readiness Levels) muy bajos, no comprando productos maduros como si fueran desarrollos para vender luego la burra.

Un comprador con criterio debe asumir los riesgos tecnológicos, pero no trasladarlos a los programas. Es tarde y las consecuencias son inevitables, muy perniciosas y las pagamos todos. Los retos que tenemos por delante son enormes y hay un sector industrial potente y esta realidad es la que ha hecho que gigantes mundiales inviertan en España y esto nos hace mejores y más competitivos. ¿Por qué nuestras empresas no actúan en el sentido inverso y el Gobierno en lugar de empujar a comprarlas en casa no lo hace fuera, que es dónde está el mercado y el futuro? Las aguas deben volver a su cauce. En este sector nadie sobra y menos los que han sido capaces en pocos años de crear empresas de éxito, ni aquellas PYME (Pequeña y Mediana Empresa) que innovan día a día y no encuentran los canales de crecimiento porque los clientes solo piensan en comprarlos para ahorrarse todos los riesgos intermedios o destruirlos. Es fundamental una reordenación de los programas promoviendo el desarrollo nacional y a las empresas que ya operan en nuestro país, que permita que las adquisiciones fuera de nuestras fronteras generen actividad industrial de calidad y nuevas capacidades y, sobre todo, autoridad de diseño, como aprendimos del software del F-18 y los códigos fuentes entregados.

Esto puede resultar exitoso teniendo en cuenta los enormes recursos que habrá. Tener un presupuesto sería lo óptimo y una ley de programas que salvaguarde la Defensa de las discusiones presupuestarias anuales sería excelente. Somos un país avanzado en industria y miembro de la OTAN y no deberíamos buscar soluciones lejos cuando las tenemos en nuestro ámbito, No es una opción. No podemos alimentar a las industrias de países emergentes que aspiran a competir contra nuestra industria en un futuro, salvo si esas alianzas van asociadas a contratos de exportación de productos españoles. Forzar a alianzas que van contra sus intereses corporativos tampoco es bueno y solo en casos excepcionales han de ocurrir. Las empresas saben cooperar y crear valor añadido y los gobiernos deben interferir lo mínimo necesario en sus decisiones, solo aparecer para apoyar y no para destruir algo que se ha tardado décadas en construir. Solo así podremos avanzar y que nuestras Fuerzas Armadas y la de nuestros países aliados dispongan de los mejores equipos en tiempo y forma.

(Enrique Navarro. Presidente MQGloNet)


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