¿En qué medida van a condicionar los drones el campo de batalla del futuro? Teniendo en cuenta la experiencia derivada de los conflictos actuales cabría preguntarse si se trata solamente de un nuevo sistema de armas sin más o, por el contrario, representan una verdadera revolución que podría afectar significantemente a las guerras del futuro, como ya sucedió con el avión y el carro de combate a principios del S. XX.
Orígenes y naturaleza de los drones
El término militar para lo que popularmente se conoce como dron es el de vehículo aéreo no tripulado, o UAV por sus siglas en inglés (Unmanned Aerial Vehicle), que en los últimos años ha adoptado el concepto de “sistema” transformándose en UAS (Unmanned Aerial System) y después en RPAS (Remote Piloted Aerial System), por considerarse más precisa su definición. Sea como fuere, aquí hablaremos de drones al ser el término más popular y que además engloba tanto a los sistemas aéreos como a los terrestres (UGV: Unmanned Ground Vehicles) y navales en sus dos versiones, de superficie (USV: Unmanned Surface Vehicle) y submarinos (UUV: Unmanned Underwater Vehicle).
Los orígenes de los drones discurren en paralelo a los de la aviación, pues los primeros ensayos los encontramos a mediados de S. XIX con el empleo de globos aerostáticos no tripulados cargados de explosivo. Pero no sería hasta la aparición y consolidación del aeroplano, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se llevó a cabo el primer intento con aviones. El ingeniero de la General Motors, Charles Kettering, diseñó un biplano no tripulado y cargado con explosivo bautizado como “Kettering Bug” (el bicho de Kettering) que a duras penas consiguió la finalidad pretendida, acabando de forma accidentada en la mayor parte de sus vuelos. Sin embargo, la idea del avión explosivo sin piloto estaba ya en la mente de esos primeros visionarios, aunque los avances tecnológicos del momento no permitieron una puesta en práctica real. Fue el inicio del camino.
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Dron FPV ucraniano desenrollando cable de fibra óptica.
El siguiente paso tuvo lugar en el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando los británicos diseñaron un biplano controlado por radio, el “Tiger Moth”, cuya finalidad era la de servir de blanco para las prácticas antiaéreas. Bautizado como “Queen Bee” o Abeja Reina, es probable que sea el origen del término Drone, que literalmente se traduce como Zángano. No obstante, no fue hasta la Guerra de Vietnam cuando los drones empezaron a parecerse a lo que realmente son hoy.
Los norteamericanos emplearon un ingenio denominado “Lighting Bug” que, lanzado desde otra aeronave tripulada, realizaba un vuelo de reconocimiento durante el que fotografiaba y recogía datos del territorio enemigo, para volver mediante un vuelo pre-programado hasta un punto en tierra, o en el aire, donde era recogido. La tecnología empezaba a estar cerca de lo que se vería treinta años después.
Así, en las décadas de los 80 y 90 con la maduración y miniaturización de las tecnologías aplicables, los UAV experimentaron un impulso y desarrollo definitivo. En especial tras los atentados del 11-S y con la incorporación de armamento, se transformaron en verdaderas aeronaves no tripuladas capaces de llevar a cabo no sólo misiones de vigilancia, reconocimiento e inteligencia (ISR), sino también de apoyo aeroterrestre próximo (CAS). Una etapa iniciada por los MQ-1 Predator que, armados con misiles aire tierra AGM-114 Hellfire, atacaban con precisión objetivos de alto valor (HVT) en Iraq y Afganistán, con un radio de acción de hasta 1.200 Km.
En ese momento, durante la llamada “Campaña contra el Terrorismo”, se presagiaba la sustitución de la aviación convencional de ataque a tierra por drones, evitando así exponer la vida de los pilotos, aunque por entonces su acción se limitara sólo a los objetivos de mayor valor, como los líderes talibanes o de Al Qaeda. La incorporación de aquellos drones armados o para tareas ISR parecía destinada a reemplazar o complementar parte de las misiones de las fuerzas aéreas convencionales, hasta que se dio el siguiente paso.
Y llegó la popularización y masificación del empleo de los drones en el ámbito civil, pequeños drones comerciales que costaban tan solo unos cientos de euros y que, fabricados cada vez en mayor número, se transformaron en algo cotidiano y de gran utilidad en múltiples campos, civiles o privados y ,como veremos también, militares.
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Operador de dron ucraniano con el DJI Mavic, muy usado por ambas fuerzas en tareas de observación.
Los drones en el conflicto de Ucrania
Cuando estalló el conflicto en Ucrania, en febrero de 2022, ninguno de los contendientes disponía de estos pequeños drones entre sus sistemas de armas. Pero ahora los UAV tácticos son responsables de alrededor del 70 % de las pérdidas en personal y equipo en el campo de batalla, transformándose en un elemento esencial sobre el terreno para ambos contendientes. Todo comenzó a los pocos meses del inicio de la guerra como un experimento de unos voluntarios ucranianos que, usando drones comerciales, adaptaron de forma artesanal unas cargas explosivas que hacían llegar hasta las líneas rusas.
El efecto producido por estos drones kamikaze fue tal que enseguida se propagó la idea y empezaron a aparecer a cientos en el frente, procedentes tanto de adquisición en grandes cantidades como de la propia producción nacional, una vez que el mando ucraniano fue consciente de que estos pequeños artefactos suplían ciertas carencias tácticas, como la desventaja artillera en un extenso frente de más de 1.000 Km.
Por ello, desde 2022, pequeños drones de todo tipo han proliferado en el conflicto, en especial los cuadricópteros con vista en primera persona (FPV o First-Person View) pilotados mediante gafas de realidad virtual (RV) o aumentada (RA) con un alcance de entre 5 y 20 kilómetros. Pero también se extendió su uso al ámbito naval, en el que se cosecharon importantes éxitos mediante el uso de USV y UUV frente a la Flota rusa del Mar Negro, anulando buena parte de su capacidad y expulsándola de la parte occidental de dicho mar.
En los últimos meses también han hecho su estreno en el dominio terrestre, los UGV, aunque con un impacto no tan espectacular como en los casos anteriores al destinarlos a misiones como: suministros logísticos, evacuación, reconocimiento, minado y desminado y, en mucha menor medida –dada la irregularidad del terreno y su vulnerabilidad a los drones adversarios– al combate terrestre, mediante operaciones de asalto y defensa. Según informó el ministro de Defensa ucraniano, Denys Shmygal, en 2025 Ucrania proporcionó a sus FAS cerca de 15.000 sistemas robóticos terrestres (UGV), frente a los 3 millones de drones aéreos FPV, cifra que en 2024 era de 1,2 millones. El objetivo de Ucrania es llegar a producir 4 millones de drones al año.
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Imagen del SBU (Servicio de Seguridad Ucraniana) de un USV “Sea Baby” realizando pruebas en el mar en enero de 2024.
Rusia, por su parte, confió inicialmente en los UAV que ya tenía al principio de la guerra que, por así decirlo, se asemejaban al patrón doctrinal de occidente, asignándoles misiones ISR y de ataque en profundidad, por lo que predominaban los más pesados (MALE) como el “Forpost” (basado en el Searcher Mk II israelí) o el “Orion”, y UAVs de ataque unidireccional (OWA) o municiones merodeadoras, como el “Lancet”. En mayo de 2024, con la llegada del nuevo ministro de defensa ruso, Andréi Beloúsov, se impulsó un cambio radical respecto a los drones, especialmente tras comprobar el impacto que estaban teniendo sobre sus propias fuerzas. Así, en agosto de 2024, Rusia puso en marcha el Centro de Tecnologías Avanzadas No Tripuladas "Rubicon", una unidad de élite de investigación y operaciones de drones, que experimenta con diferentes tipos de tácticas técnicas y procedimientos que trasladan a las unidades UAV desplegadas.
Paralelamente se incrementó exponencialmente la producción de drones FPV desde los 140.000 de 2023, hasta la cifra de 1,4 millones en 2024, siendo la estimación para 2025 de entre 3 y 4 millones. De este modo Moscú ha reducido sustancialmente la ventaja ucraniana en este campo.
Y este empeño por ambas partes por superar al contrario se debe a que son conscientes del papel clave que están desempeñado los drones en el conflicto, en especial los de corto alcance. Por ello cabría preguntarse ¿a qué se debe este repentino éxito? Se debe, fundamentalmente, a cuatro razones: la primera por su letalidad, pues son responsables del 70% de las bajas, remplazando a la artillería como primera causa de muerte en el campo de batalla y ampliando la zona letal del frente a una franja de entre 10 y 15 Km a ambos lados de la línea de contacto; la segunda por su amplia y meticulosa observación del campo de batalla enemigo, haciendo casi imposible la ocultación en esa franja mencionada y reduciendo la efectividad de las defensas tradicionales, dando lugar a lo que algunos ya denominan como “campo de batalla transparente”; la tercera (íntimamente relacionada con la primera) por la sensación de vulnerabilidad en esa zona letal donde, según describen los propios infantes, la percepción es de estar acechados por “mil francotiradores en el cielo”; la cuarta por su bajo costo, lo que permite mantener una guerra asimétrica en la que un dron de cientos de euros puede destruir a un carro de combate de millones, o tiene que ser interceptado por un misil de cientos de miles o varios millones, volviendo la contienda económicamente insostenible, dado que además son fáciles de fabricar en gran cantidad.
Hay además otras dos razones que añade valor a estos pequeños, ágiles y precisos drones FPV explosivos. La primera es que reducen el riesgo del piloto que los maneja, pues son controlados desde lugares ocultos a distancia. La segunda es que son muy difíciles de combatir, representando un importante desafío. Y es precisamente esto último lo que más está preocupando de esta nueva amenaza.
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Simulación del sistema Leonidas interceptando un enjambre de drones.
La defensa contra los drones
Como sucede con cualquier otro ataque desde el aire –en este caso de un pequeño UAV–, lo primero para contrarrestarlo es detectarlo y localizarlo en el espacio aéreo, para posteriormente desarticularlo o batirlo. El radar sigue siendo una buena opción para la detección y localización, aunque el bajo eco radar (RCS o Radar Cross-Section), especialmente en drones de plástico o fibra de carbono, los hacen muy difíciles de detectar. Por eso, en la mayoría de los casos en Ucrania se recurría a la interferencia de su señal de guiado o de la débil señal que permite la navegación GPS, lo que al principio dio buenos resultados.
No obstante, en muchos casos, la detección tenía lugar por el sonido tan característico que producen pero que, generalmente, cuando se escucha resulta ya demasiado tarde. Además, el radar y las interferencias de guerra electrónica poco a poco han dejado de dar resultado, tras la incorporación para el guiado de fibra óptica, que evita que puedan ser interferidos permitiendo alcances de hasta 60 Km.
Así las cosas, las formas de detener la amenaza en el campo de batalla han sido de lo más peculiares: protección de los carros de combate mediante jaulas o armazones, que evitaban la colisión en puntos vitales del carro; cubrir las rutas de abastecimiento con redes de pesca, de forma que los vehículos que circulaban por ella no pudiesen ser atacados; cartuchos de postas a modo de tiro al plato; otros cartuchos que lanzan pequeñas redes que se expanden a cierta distancia…
La mayoría de estos sistemas poco efectivos o completamente inútiles. Sólo los misiles antiaéreos parecen dar resultado para los UAV más grandes, aunque a un costo inasumible. También la interceptación con otros drones han permitido aminorar la cada vez más preocupante amenaza. En estos últimos dos casos nos estamos refiriendo a procedimientos cinéticos.
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Robot terrestre armado (UGV) de la Brigada Rubzh.
En cuanto a medios no cinéticos empiezan a despuntar dos tecnologías que parecen prometedoras, aunque todavía tienen que ser probadas en combate. La primera se basa en el empleo de rayos láser, cuya energía dirigida debe perforar y destruir al dron atacante. Israel acaba de desplegar su primer sistema de este tipo, el “Iron Beam” o Rayo de Hierro, que con un alcance de 10 Km necesita ser apuntado sobre el objetivo durante varios segundos, calentando y destruyendo los componentes críticos que impiden al objetivo continuar el ataque. Este sistema, no obstante, tiene la limitación de no poder operar en ambientes de nubes o polvo, pudiendo ser afectado también por ataques de saturación (enjambres).
Tampoco resulta evidente su efectividad contra pequeños drones FPV, dada su maniobrabilidad, lo que habrá que comprobar en un futuro próximo. La segunda tecnología que despunta, también basada en energía dirigida, es la de microondas de alta potencia. En este caso es la exposición de los circuitos electrónicos de la amenaza, es decir los microchips de los drones, los que al recibir esta potente energía son destruidos, impidiendo que puedan seguir volando. EE.UU. ha desarrollado el sistema “Leónidas” de la casa Epirus, cuyas pruebas de campo parecen prometedoras, en especial frente a enjambres de drones.
En todo caso en este momento no parece que exista una solución a corto plazo para acabar de forma radical con la amenaza de estos pequeños drones FPV cuyo desarrollo, y el de las defensas, presagian un nuevo enfrentamiento del tipo ya conocido entre proyectil y coraza.
La evolución por parte de los drones parece destinada a incorporar inteligencia artificial de manera que puedan actuar de forma autónoma, dificultando así su interceptación. Una vez lanzados, tras agruparse en enjambres y actuando de forma independiente, podrían dirigirse a objetivos previamente programados o seleccionarlos mediante algoritmos predefinidos sin necesidad de la intervención humana, algo que planteará serias dudas éticas al acercarnos peligrosamente a una mayor robotización de la guerra, dejando la decisión final de atacar o no a criterio de una máquina.
¿El nuevo rostro del la guerra?
No cabe duda de que los drones ligeros han experimentado una revolución a raíz del conflicto en Ucrania, cobrando una mayor importancia en el plano táctico. Ya en 2024 118 países contaban con diversos tipos de drones militares en sus ejércitos, lo que da prueba del interés que desde hace años habían despertado. Pero después de lo que se está viendo en Ucrania las principales potencias parecen decididas a apostar por su fabricación y desarrollo. Así, el Secretario del Ejército norteamericano, Daniel Driscoll, ha anunciado recientemente que EE.UU. adquirirá “un millón de drones en los próximos dos o tres años”, añadiendo que “estas aeronaves marcarán el rumbo de los conflictos venideros”.
China, por su parte, parece apostar por colosales enjambres de drones desechables que mediante ataques de saturación logren la victoria final, tras el agotamiento de los recursos del adversario. Y para avalar su apuesta han mostrado al mundo que son capaces de poner en el cielo de Chongqing, de forma simultánea y coordinada, 11.787 drones en el último Drone Light Show, en junio de 2025. Paralelamente, han presentado su dron nodriza “Jiu Tian” que, con un radio de acción 7.000 km, es capaz de despachar desde sus bodegas 100 drones Kamikaze. Y qué decir de Rusia que inmerso en el conflicto se ha visto obligado a poner en marcha “Rubicon”. En Moscú están convencidos de que los sistemas no tripulados en combinación con inteligencia artificial se convertirán en el arma más importante del siglo XXI.
Por ello no es de extrañar que se perciba que estemos ante una extensión de la robotización en el combate, el nuevo e inconfundible rostro de la guerra que la contienda entre Rusia y Ucrania parece haber puesto de relieve. Los drones de pequeño tamaño, los FPV armados, representan una realidad incuestionable y un desafío apremiante para la seguridad inmediata. Y aunque toda innovación ofensiva en el campo de batalla desencadena casi inmediatamente una contramedida defensiva, habrá que esperar a ver si los sistemas de energía dirigida son capaces de anular o disminuir la amenaza que representan.
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El popular Lancet ruso, UAV y munición merodeadora desarrollada por la compañía rusa ZALA Aero Group.
Los drones han supuesto una revolución táctica en el frente ucraniano, pero todavía no sabemos si supondrán una disrupción estratégica. Su mayor letalidad, su bajo costo, la observación casi permanente del campo de batalla o la sensación de vulnerabilidad que transmiten no garantizan por sí solas la victoria, ni alteran decisivamente el equilibrio en el campo de batalla.
Sus efectos siguen siendo limitados, aunque en la práctica sea muy probable que hayan prolongado el conflicto en el caso de Ucrania. En todo caso, supongan o no el futuro del combate, ignorar sus implicaciones y el posible cambio que aportan puede llevarnos a conclusiones precipitadas y a repetir los errores cometidos con los carros de combate tras la Primera Guerra Mundial, es decir, centrarse sólo en el sistema de armas sin aventurar que puedan derivar en una verdadera revolución estratégica, como fue la Blitzkrieg o guerra relámpago.
Y es que las verdaderas revoluciones militares no residen en los sistemas de armas en sí mismos, si no en su empleo táctico, operacional y estratégico y en las posibilidades que puedan derivarse, dando a luz nuevas doctrinas y organizaciones capaces de aprovechar decisivamente las ventajas que ofrecen. La incorporación masiva de drones al campo de batalla puede transformar o no el rostro de la guerra, o ser tan sólo una fase pasajera. Mucho dependerá de la capacidad de extraer de estos sistemas una estrategia derivada en la que sean precisamente los drones los protagonistas. Sólo el tiempo nos dará la respuesta, pero por el momento habrá que contemplarlo como una posibilidad real pues el desafío está servido. (Fernando Fuster)






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