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Jueves, 26 de febrero de 2026 Iniciar Sesión Suscríbase

Ataques electromagnéticos: pulsos y formas de onda para desarticular las comunicaciones en el campo de batalla, el primer ataque al contrario

Un UAV de tipo medio puede actuar como plataforma de ataque electrónico con sistemas en pods (BAE Systems)
Un UAV de tipo medio puede actuar como plataforma de ataque electrónico con sistemas en pods (BAE Systems)

Los ataques electromagnéticos aéreos usan energía de radiofrecuencia dirigida para cegar, saturar o engañar los sistemas de mando y control, radares, enlaces de datos y sensores del adversario, sin necesidad de destruir físicamente esos objetivos. En la práctica, permiten desorganizar la estructura C5ISRT (por Command, Control, Communications, Computing, Cyber, Intelligence, Surveillance, Reconnaissance, and Targeting o de mando, control, comunicaciones, ordenadores, ciber, inteligencia, vigilancia, reconocimiento y adquisición de objetivos) que sostiene cualquier operación moderna.

Hasta ahora, este tipo de efectos se concentraban en pocas plataformas especializadas, como los nuevos EA‑37B Compass Call de la Fuerza Aérea estadounidense, que actúan como “buques insignia” del ataque electromagnético. La novedad es hoy la apuesta por distribuir esas capacidades en una constelación de nodos más pequeños y baratos, capaces de generar efectos coordinados sobre amplias zonas del campo de batalla.

Una capacidad disponible ahora en UAV

BAE Systems ha demostrado en varios ejercicios con la Fuerza Aérea de Estados Unidos una versión modular y reducida de su hardware de ataque electromagnético, integrada en un pod instalado en un avión que emulaba un UAV de Grupo 4/5. Estos aparatos se corresponden con sistemas no tripulados de gran tamaño y autonomía, capaces de operar a media y gran cota durante largos periodos.

El sistema probado utiliza los mismos bloques de construcción que las armas de alta potencia de BAE orientadas al ataque electromagnético, pero empaquetados en un formato compacto y de menor coste, pensado para aplicaciones en plataformas más pequeñas. Sobre ese hardware corre software de misión para contrarrestar redes C5ISRT, incluida la integración de aplicaciones de terceros, lo que apunta a un enfoque de arquitectura abierta y rápida actualización.

El salto cualitativo no es solo tecnológico, sino de concepto de empleo. Al poder instalar estos pods en UAV, aviones tripulados de combate colaborativo, helicópteros, vehículos terrestres, buques de superficie o incluso estaciones de armas, se pasa de contar con pocos “emisores estratégicos” a desplegar una red distribuida de efectos electromagnéticos.

Esto tiene varias implicaciones operativas clave, ya que multiplica los vectores desde los que se puede degradar la red digital del enemigo, complicando su defensa. Además permite combinar ataques electromagnéticos de alta potencia desde plataformas como el EA‑37B con acciones puntuales, simultáneas y más cercanas al objetivo desde nodos secundarios. Por último, facilita una gestión dinámica del espectro, adaptando potencias, frecuencias y modos de operación a las amenazas emergentes mediante simples actualizaciones de software.

Hasta ahora la capacidad de ataque electrónico recae en plataformas como este EA-37B (USAF)

En un escenario saturado de sensores, drones y enlaces de datos (el ahora denominado campo de batalla transparente), la capacidad de colapsar selectivamente la red C5ISRT rival puede ser tan determinante como neutralizar sus sistemas de armas físicos. No se trata solo de “apagar radares”, sino de romper la coherencia del cuadro de situación del adversario, forzándole a combatir prácticamente a ciegas o con información desfasada.

De arma de nicho a herramienta de uso extendido

El enfoque modular y de bajo coste que BAE Systems reivindica busca precisamente democratizar el acceso a estos efectos dentro de las propias fuerzas estadounidenses y aliadas. Un mismo núcleo de hardware y software puede configurarse según las restricciones de tamaño, peso y potencia de cada plataforma, ajustando también el tipo de efectos deseados, desde perturbaciones amplias hasta interferencias muy localizadas.

Esta estandarización abre la puerta a escalar rápidamente la capacidad: fabricar más pods, integrarlos en más vectores y, sobre todo, operar con doctrinas de enjambre electromagnético, donde varios sistemas coordinados generan un mosaico de interferencias y engaños difícil de contrarrestar. Para los planificadores, supone disponer de una paleta mucho más rica entre el “todo o nada” de los grandes sistemas estratégicos y la ausencia de capacidades en escalones inferiores.

La prueba con pods modulares se inscribe en una línea más amplia: asegurar que Estados Unidos mantiene la iniciativa en guerra electrónica y control del espectro frente a competidores con capacidades cada vez más sofisticadas. La combinación de plataformas dedicadas, como el EA‑37B, con nodos distribuidos y fácilmente actualizables apunta a un modelo en el que el ataque electromagnético deja de ser un apoyo puntual para convertirse en un componente permanente de cualquier operación conjunta.

A medio plazo, esta evolución anticipa campos de batalla en los que la primera andanada no será necesariamente de misiles o municiones merodeadoras, sino de pulsos y formas de onda diseñados para desarticular las comunicaciones, los radares y los sistemas de mando del enemigo antes de que pueda reaccionar. En ese contexto, la carrera por modularizar y masificar los ataques electromagnéticos aéreos no es solo un avance tecnológico: es un indicador de cómo Washington se prepara para disputar, y tratar de dominar, el espacio invisible del espectro en los conflictos del futuro. (José Mª Navarro García)

 

 

 


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