Los crecientes ataques de drones de Irán de bajo coste están impulsando a los países del Golfo a rediseñar sus redes de defensa aérea y recurrir a proveedores alternativos, principalmente Turquía. El objetivo es superar la costosa crisis de la "economía de interceptación" asociada a los sistemas occidentales y la lentitud de los suministros estadounidenses. Actualmente, las compras del Golfo se centran en sistemas tácticos antidrones, con la visión futura de ampliar la cooperación para abarcar capas de defensa superiores.
En este contexto, Turquía ha surgido como proveedor. Según un informe de Middle East Eye (MEE), Arabia Saudita y Qatar han firmado contratos para adquirir el sistema Korkut 100/25 de Aselsan, diseñado para hacer frente a drones de la clase Shahed y del tipo FPV (visión en primera persona). El sistema se basa en radares de matriz de barrido electrónico activo (AESA) tipo AURA 200-G y algoritmos de inteligencia artificial, lo que le permite entablar combate en movimiento. Utiliza la munición inteligente "Atom 25", que derriba sus objetivos desde un alcance de hasta 1.000 metros empleando solo unos 5 proyectiles. Además, Riad tiene la intención de adquirir sistemas láser turcos, mientras que Irak también ha cerrado un acuerdo para adquirir 20 sistemas de defensa aérea, probablemente de la misma categoría.
Parece que la amenaza balística ya no es la principal preocupación de los líderes militares de la región, pues los drones de largo alcance logran penetrar las defensas del Golfo y las estadounidenses, impactando en radares valorados en miles de millones de dólares. Estos ataques revelaron una brecha evidente en las capas inferiores de la defensa aérea, ya que los sistemas pesados no fueron diseñados para lidiar con objetivos pequeños y de baja altitud que vuelan utilizando tácticas de enjambre. Esta realidad ha obligado a buscar sistemas capaces de cerrar esta brecha sin agotar las municiones estratégicas, abriendo así la puerta a industrias de defensa alternativas para ofrecer sus soluciones.
Las ambiciones turcas se extienden a cubrir múltiples capas defensivas, desde sistemas de corto alcance, como Sungur, hasta sistemas de largo alcance como Siper, con un alcance de entre 100 y 150 km. Aunque actualmente carece de capacidad para interceptar misiles balísticos, se espera que el desarrollo turco del misil antibalístico Siper-A se complete y entre en producción en un plazo de 4 años. Los países del Golfo parecen estar dispuestos a esperar e invertir en él, en lugar de enfrentarse a las largas listas de espera de las alternativas occidentales, sumado a la posibilidad de localizar/nacionalizar la tecnología. Otros informes indican que Turquía ha exportado los sistemas Hisar-O y Siper a países no revelados, que se presume son del Golfo, así como del Sudeste Asiático.
Esta inclinación hacia Turquía es el resultado de una verdadera crisis en la economía de interceptación, ya que el precio de un misil interceptor del sistema Patriot oscila entre 2 y 4 millones de dólares, en comparación con las decenas de miles de dólares que cuesta un solo dron como el Shahed iraní. Lo que agrava la situación es la lentitud de la producción estadounidense, dado que la fabricación de misiles PAC-3 MSE no superará los 620 misiles en 2025, y 240 misiles GEM-T anuales.
En general, el actual giro de los países del Golfo no significa el abandono de los sistemas estadounidenses, sino más bien una redistribución de tareas para integrar los sistemas turcos, coreanos y chinos en las líneas del frente contra las amenazas baratas, reservando las municiones occidentales para las amenazas balísticas. El éxito de esta ecuación seguirá dependiendo de la capacidad de los nuevos proveedores para superar sus cuellos de botella en la producción y mantenerse al día con el rápido desarrollo de las amenazas en los cielos de la región. (Alex Ribeiro)






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