En medio de una creciente tensión en el Caribe insular, informes de inteligencia estadounidense han puesto el foco en un cambio silencioso, pero significativo, dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba. Según el medio informativo Axios se ha acelerado la incorporación de capacidades de guerra con drones dentro de la estructura de defensa territorial cubana que habrían sido adquiridos a Rusia e Irán.
Según esas evaluaciones, la acumulación de más de 300 de estos sistemas no tripulados no responde únicamente a necesidades de vigilancia o defensa. Funcionarios estadounidenses aseguran que altos mandos de la FAR han discutido escenarios en los que dichas plataformas podrían ser empleadas contra objetivos de alto valor estratégico, como la Base Naval de la Bahia Guantánamo, buques de guerra de la Armada de Estados Unidos (US Navy) e incluso instalaciones militares ubicadas en el sur del estado de la Florida. Aunque estas discusiones se interpretan como planes contingentes y no como operaciones inminentes, el hecho de que se consideren refleja el peso creciente que los drones han adquirido en la doctrina militar.
Recurso a estrategias asimétricas
El empleo de sistemas no tripulados tiene una lógica clara, la de compensar las limitaciones estructurales del poder militar cubano mediante herramientas de bajo costo y alto impacto estratégico. Durante décadas, el grueso del arsenal de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba ha dependido de equipos de origen soviético y de los países satélites del Pacto de Varsovia con décadas de antigüedad, lo que ha obligado a adoptar estrategias asimétricas frente a un adversario tecnológicamente superior. En ese contexto, los vehículos aéreos no tripulados ofrecen una alternativa eficaz para vigilancia, reconocimiento e incluso ataque, sin requerir las inversiones que implican los sistemas convencionales.
Diversas fuentes abiertas y análisis comparativos con inventarios internacionales —como los que estudia el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI)— permiten inferir qué tipo de capacidades podrían estar integrándose a las FAR. En el caso de Irán, uno de los socios señalados en los informes, destacan sistemas como el Shahed‑136, un dron de ataque tipo merodeador ampliamente empleado en conflictos recientes, y el Mohajer‑6, diseñado para misiones de reconocimiento y ataque ligero. Ambos modelos se caracterizan por su bajo costo relativo y su capacidad para saturar defensas, lo que los convierte en herramientas típicas de la guerra asimétrica.
Por su parte, Rusia ha desarrollado y desplegado drones tácticos de distinta índole, incluyendo variantes adaptadas de diseños iraníes —como los drones de ataque unidireccional Geran—, así como plataformas destinadas a tareas de inteligencia y apoyo en combate. La cooperación militar entre Moscú y La Habana, respaldada por acuerdos recientes, refuerza la posibilidad de asistencia técnica o transferencia de este tipo de sistemas.
A estas adquisiciones externas se suma un esfuerzo incipiente de desarrollo nacional. Cuba ha producido drones ligeros orientados principalmente a tareas de observación, monitoreo de desastres y apoyo a operaciones internas. Aunque estas plataformas carecen de la sofisticación de los modelos de combate, reflejan una intención de construir capacidades propias en un entorno marcado por restricciones tecnológicas similares a la experiencia iraní.
El creciente protagonismo de los drones en el arsenal cubano coincide con una intensificación de la Operación Lanza del Sur en la región, en la que el Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM) ha desplegado un importante número de medios y militares, así como la creación de dos Comandos (Fuerzas Espaciales de EE. UU. Sur y de Guerra Autónoma), esto como parte de su estrategia de vigilancia y control en el Caribe. Este intercambio de capacidades de la FAR, aunque indirecto, ha sido interpretado por analistas de inteligencia estadounidense como una señal de competencia tecnológica en un espacio geopolítico históricamente sensible para Washington.
Pese a la alarma que generan estos informes, las propias evaluaciones de inteligencia estadounidenses matizan el alcance de la amenaza. Funcionarios citados por Axios indican que no existe evidencia de preparación inmediata para un ataque, y consideran que el potencial cubano sigue siendo limitado si se compara con el poder militar estadounidense. En ese sentido, el arsenal de drones podría responder más a una lógica de disuasión y preparación defensiva que a una estrategia ofensiva directa.
El desarrollo de estas capacidades, sin embargo, altera el equilibrio estratégico en el Caribe al introducir un factor de incertidumbre. A diferencia de los sistemas tradicionales, los drones permiten proyectar fuerza con mayor flexibilidad, menor costo y un perfil más difícil de detectar o neutralizar. En un escenario de escalada, su empleo podría complicar significativamente la respuesta militar convencional del SOUTHCOM.
Así, más allá de la magnitud real del arsenal o de las intenciones inmediatas de La Habana, el avance de su programa de drones confirma una tendencia global: el desplazamiento progresivo hacia formas de guerra más descentralizadas, adaptables y tecnológicamente accesibles. En el caso cubano, esta transformación adquiere un significado particular, al redefinir —aunque sea parcialmente— la ecuación de poder a apenas 90 millas de la costa sureste estadounidense. (D.B. Colmenares)
Foto: Un oficial de la FAR operando un drone DJI Mavic. (Créditos: Granma)






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