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Los cambios en el escenario estratégico

Los gastos militares globales han venido aumentando con la progresiva salida de las economías de la crisis financiera de 2008 y debido a una mayor percepción de las amenazas existentes. Los dos países con los presupuestos militares más grandes del mundo, Estados Unidos (685.000 millones de dólares) y China (181.000 millones de dólares), continúan su aumento exponencial, con un alza del 6,6 por ciento en 2019 con respecto a 2018. Otras naciones con crecimientos por encima de la media global en 2019 fueron India, con un aumento del 7 por ciento, Rusia en un 5 y Corea del Sur en un 7,5.

La conclusión es evidente, el mundo se desoccidentaliza y se rearma. A ello se une la falta de transparencia en muchos países, que enmascaran parte de sus gastos militares en conceptos como investigación, subvenciones de pérdidas a su industria militar o mecanismos complejos de financiación de inversiones.

De acuerdo con el último informe anual de Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, los gastos mundiales en defensa aumentaron un 4 por ciento en 2019, el mayor crecimiento en los últimos diez años, siendo especialmente constatable la recuperación del gasto militar en Europa, especialmente en Francia y Alemania, que han retornado a las cifras anteriores a la crisis de 2008, mientras que España, Reino Unido e Italia han acumulado nuevos recortes a lo largo de la década pasada, debido al mayor impacto de la crisis financiera de 2008 y unos posicionamientos estratégicos más débiles.

La defunción del Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Mediano Alcance (500 a 5.500 km.) en 2019 y la posible extinción del New Start, sobre armamento nuclear intercontinental en 2021, han cambiado el equilibrio entre potencias, haciéndose muy evidente el ascenso de China y en menor medida de Rusia, a lo que se une una política exterior muy agresiva en regiones como Asia y África de estas dos superpotencias, aprovechado el repliegue táctico de Estados Unidos, claramente puesto de manifiesto en los últimos años.

Las nuevas armas desarrolladas por China y Rusia -que incluyen misiles supersónicos,  submarinos sin tripulación y satélites con armas ofensivas-, que son presentadas como invulnerables, han reavivado el lenguaje belicista de las naciones, como no habíamos visto desde la Guerra Fría, sugestionando a la opinión pública sobre la utilización de esta nueva adquirida capacidad militar y su supuesta superioridad estratégica.

La segunda clave del informe anual es la pérdida del occidentalismo. Ni siquiera los países occidentales están ya seguros de sus valores. Mientras que unos creen que Occidente está siendo amenazado por un internacionalismo liberal, otros están convencidos de que, precisamente, el retorno de los nacionalismos amenaza a Occidente. En conclusión, Occidente se está convirtiendo en el principal enemigo de Occidente.

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos marcarán un hito decisivo en la evolución de los posicionamientos geoestratégicos. La continuidad de Trump reforzará el aislacionismo y el enfrentamiento con China, a la vez que continúa el proceso de crecimiento del gasto militar, aunque más enfocado a los capítulos de personal e infraestructuras; mientras que una victoria de Biden, generaría una mayor internacionalización, en particular con Europa y un creciente enfrentamiento con Rusia. Podemos decir que Trump mira al Oeste y Biden más al Este, como escenarios de conflictos potenciales.

España se encuentra, junto a Italia, en una encrucijada estratégica muy condicionada por su situación económica. Padece una demografía en recesión y una deuda que ahogará en el futuro a una población más envejecida y menor, lo que limitará su capacidad de financiación; unas tasas de déficit público que se han disparado por el COVID aún más; y unas estructuras económicas más débiles, especialmente en el caso español, en el que la dependencia de los servicios de menos valor añadido es muy superior al caso italiano, lo que implica muchas mayores vulnerabilidades,

El peor escenario para el Sur de Europa sería quedarse descolgado del esfuerzo inversor, industrial y tecnológico de las naciones del Norte de los Alpes y Pirineos. Si perdiéramos ese tren, el retroceso sería de décadas y seguramente irrecuperable. Por ello resulta crítico que España realice un esfuerzo adicional para mantenerse al lado de sus socios, para asegurarnos que nos incorporaremos a los tremendos avances industriales, organizativos y tecnológicos de la segunda mitad de este siglo.

Para seguir en el nivel de los países desarrollados en la segunda mitad del siglo, necesitamos subirnos al carro ahora, que es cuando se está definiendo el futuro; esta vez no podemos llegar tarde a Europa, porque en un par de décadas viajará de forma hipersónica. Después del COVID, el mundo evolucionará de forma dramática a una aceleración de la confrontación, especialmente en el mundo asiático, donde el posicionamiento de China se encontrará con una fuerte oposición de una cadena de países pro occidentales liderados por Japón, Corea y Australia, que tratarán de impedir el ascenso chino.

Sin embargo, la principal amenaza no vendrá de las nuevas capacidades militares de China, sino de la reacción Occidental como respuesta a la epidemia. China está dejando de ser vista como un excelente proveedor de manufacturas para considerarla como un problema en caso de que se produjeran situaciones de conflicto. La mayoría de los países liderados por Estados Unidos fortalecerán sus capacidades industriales nacionales para evitar una dependencia exterior, que se ha vuelto la principal amenaza a nuestra seguridad.

La epidemia ha revelado los fallos de la globalización y es muy posible que los países europeos y norteamericanos opten por una cierta escalada de precios a cambio de una mayor soberanía. Un parón de la economía china, que al final depende de sus exportaciones e inversiones en el exterior, podría generar fuertes tensiones internas, cuyos resultados serían impredecibles.

Por Enrique Navarro


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