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Milei, la nueva Defensa argentina y el papel de Estados Unidos

Tras años de gobiernos peronistas y en caída libre económica, el proyecto de nación que el presidente de la República Argentina, Javier Milei, quiere acometer es todo un revulsivo a nivel interno y externo, cuya consecución será compleja. Cuando se toca fondo de esa manera, cuatro años son a todas luces escasos para encauzar caminos y la paciencia del electorado es un bien escaso que no suele admitir prórrogas. Internamente, en lo que a Defensa toca, las manifestaciones públicas de total apoyo a las Fuerzas Armadas son una novedad inaudita.

Es tónica habitual en los discursos del ministro de Defensa, Luis Petri, en las semanas escasas al frente de esta cartera, recordar el nivel de devastación a que se han sometido las capacidades de defensa en el país e insistir en un mensaje que se ha querido obviar por décadas: Las Fuerzas Armadas no son las de los setenta, son las de la democracia y la Constitución.

Pero el espaldarazo a la Institución difícilmente podrá traducirse, al menos en el corto plazo, en la dotación de los necesitados medios que permitan paliar ese escenario. La durísima situación económica de Argentina, simplemente, no lo permite.

En el plano internacional, con Milei las relaciones exteriores argentinas han dado un giro de 180 grados. Muy probablemente no será todo lo radical que pretende su pregonado alineamiento con Occidente y defensa de los valores de la libertad, de entrada, porque el alejamiento de China se topa con las fortísimas relaciones comerciales existentes, que, hoy por hoy, son insorteables.

Sin embargo, el acercamiento a Washington sí va a tener recorrido y afectará de manera directa al ámbito de la Defensa. La visita en noviembre pasado a Estados Unidos, la primera que hizo como presidente electo, evidenció la nueva estrategia en materia de política exterior de Milei. El más reciente encuentro, en enero, de Luis Petri con el embajador en Argentina, Marc Stanley, ha marcado el inicio de una nueva etapa en las relaciones bilaterales en el área de Defensa entre ambas naciones.

Más allá de cuestiones relativas a la cooperación en temas de formación, promoviendo la presencia de oficiales argentinos en cursos en Estados Unidos y la participación de las Fuerzas Armadas en ejercicios bilaterales y multinacionales, un punto clave es el ofrecimiento norteamericano de soluciones para los requerimientos de sistemas de armas en Argentina.

Entrará aquí en juego la conocida fórmula de ventas militares al extranjero FMS (Foreign Military Sales), toda vez que las capacidades de compra del país iberoamericano se ven abocadas a la adquisición de sistemas nuevos, o usados en buenas condiciones, pero siempre a precios y formas de pago asumibles.

Sigue en el tapete la posible adquisición de cazas F-16 daneses ya autorizada por la Casa Blanca, frente a la opción de los JF-17 de factoría china; la de blindados a ruedas 8x8 M-1126 Stryker, toda vez que no se logró en Brasil la financiación para comprar los Guaraní; o la de helicópteros UH-60 Black Hawk para la Aviación del Ejército, abocada a remplazar sus viejos Bell UH-1 Huey. La buena voluntad del nuevo ejecutivo argentino respecto al fortalecimiento de la Defensa nacional es clara, pero la evolución de ese deseo en logros tangibles será, no obstante, todo un reto. 


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