Perder el mar no es perder un frente, es dejar de respirar
Su tesis central señala que la única alternativa realista para reconstruir el poder naval chileno es una “fuerza naval híbrida colaborativa”, basada en plataformas tripuladas y sistemas no tripulados / autónomos. Pero antes de entrar en cuántas fragatas, cuántos submarinos o cuántos drones, conviene rescatar la pregunta que antecede a todo ese debate y que la columna apenas roza: ¿para qué necesita Chile una flota? La respuesta no la da la tecnología del momento, la entrega la geografía y es tan antigua como tajante: para Chile el mar no es un flanco, es el pulmón; perder el mar no es perder un frente, es dejar de respirar. Esa es la premisa que conviene fijar antes de discutir sobre plataformas.
Marinas como la del Reino Unido y Australia han enfatizado esta necesidad de adoptar nuevas tecnologías, que complementen las actuales, generando avances notorios en la reestructuración de su fuerza. El fundamento principal de esta aproximación es mantener la relevancia de las fuerzas marítimas, otorgándoles mayor letalidad, entendimiento situacional y resiliencia. El caso australiano, país con algunas similitudes con Chile, es interesante de analizar, puesto que decidieron modificar su programa original de fragatas tipo 26, complementándolas con fragatas tipo Mogami de Japón, además de plataformas no tripuladas que acompañen a las fuerzas.
Con esto permitirían alcanzar tres conceptos que son muy importantes para la fuerza: dispersión de medios, concentración de poder de fuego, con una capacidad de masificación rápida y abordable. En el caso nacional, podemos deducir de las noticias y notas disponibles para la opinión pública, que el actual Comandante en Jefe de la Armada ha impulsado con fuerza esa línea como parte de sus ejes de gestión y debemos presumir que lo que es visible abiertamente para la opinión pública solo es una parte de su plan; así manejan por seguridad sus proyectos clasificados las Fuerzas Armadas serias del mundo.
Las cifras
Con respecto a la reconstrucción de las capacidades navales tradicionales, Eduardo Santos, argumenta que Para ello es inevitable que nuestra Armada para el siglo XXI reformule sus programas de construcción de ocho fragatas y de adquisición de dos submarinos nuevos (de un valor total actual de más de MMUS$8.000). La primera contradicción es la cifra, en una columna suya del año 2023, en este mismo diario, señalaba que la construcción de fragatas y la adquisición de dos submarinos significarían una inversión de 6.600 MMUSD; sin embargo, hoy, sin mayor explicación, la valoriza en una cifra bastante más elevada.
Por otra parte, la cifra en sí también es debatible; tomando como referencia el proceso de construcción de las fragatas Tamandaré de la Armada de Brasil, el costo unitario de cada una de ellas bordea los 555 MMUSD. Si a esa cifra consideramos que las capacidades de construcción naval en Chile ya fueron recuperadas (mediante una alta inversión incurrida desde la construcción del rompehielos “Almirante Viel”) y están en marcha, además de una serie de sensores, sistemas y armas que podrían traspasarse de actuales buques de combate para el primer batch de cuatro buques, podríamos estar hablando de 400 MMUSD para el primer lote y unos 550 MMUSD para el batch 2 de la serie (sin considerar inflación internacional); hasta aquí llevamos 3.800 MMUSD.
Ahora bien, y para comparar peras con peras, del reemplazo de dos submarinos 209 a los que se refiere el autor, una cifra reciente, asociada al proceso de búsqueda de unidades para la Armada de la República Argentina, bordea un costo cercano a los 700 MMUSD por submarino de la clase Scorpène. Entonces, sumando batch 1 y 2 de las fragatas, más 2 submarinos, el monto se aproxima a 5.200 MMUSD.
La segunda realidad, que la alarmante cifra que Santos entrega no profundiza, es que no todas las capacidades incluidas en el monto son requeridas en el mismo instante. Usando como base temporal la plurianualidad de la Ley de Financiamientos de Capacidades Estratégicas de Chile (Ley 21.174), es probable que la Armada tenga planificado acometer al reemplazo de solo 4 fragatas y los 2 submarinos 209 en el siguiente ciclo de la Ley (2032 – 2043), lo cual entrega un costo de reposición cercano a 3.000 MMUSD; es decir, flujos de caja cercanos a 250 MMUSD anuales (a precios de hoy), aproximadamente el 0.27% del presupuesto nacional del sector público para este año, sin siquiera mencionar que el estudio por parte de la Escuela Ingeniería de la Universidad Católica determinó que no solo era factible construir fragatas en Chile, sino que sus externalidades son positivas para el país, particularmente por el encadenamiento productivo y mejora en la sofisticación industrial que conllevaría para variadas empresas nacionales, tal como lo han demostrado una serie de proyectos militares y su posterior transferencia a soluciones duales; no podríamos estar leyendo esta columna de El Mostrador sin la creación de ARPANET.
Por otra parte, solo como ejemplo de la capacidad logística de la institución en comento, independiente de la edad actual de la flota de combate chilena, la Armada de Chile es un ejemplo (para varias organizaciones del Estado) y un orgullo cuánto tiempo de vida útil obtiene de las inversiones que el Gobierno autoriza, particularmente para activos del Estado que flotan en agua salada, que prácticamente no se pueden apagar nunca y que no es posible resguardarlas en un galpón con aire acondicionado; sin embargo, la flota chilena está vieja, tiene hoy mayor edad que la que tuvo Chile para la crisis de 1978, y requiere renovarse antes que sea inabordable por los tiempos que conlleva y por la vulnerabilidad que abre por años.
Los buques
Respecto al tipo de buques, Santos argumenta que países como Portugal han construido buques dedicados para actuar como buques nodriza, llevando de esa forma drones de todo tipo para realizar las tareas asignadas. Una de las principales características de cualquier plataforma de superficie es su flexibilidad.
Es así como el Reino Unido está adaptando el RFA “Lyme Bay”, buque logístico construido el año 2005 de concepción similar a los que se están construyendo en ASMAR para la Armada, a los que la Royal Navy les está agregando la capacidad para una serie de vehículos no tripulados, de superficie, submarinos y aéreos para que operen en lugares como Ormuz. En otras palabras, siempre está la opción de modificar plataformas más que partir de cero. Sin dudas eso aporta al ahorro de recursos.
La tercera línea argumental que parcialmente aborda el autor es la necesidad de una flota para la defensa nacional del futuro. Primero, los conflictos de Armenia – Azerbaiyán, y particularmente la guerra Ruso – Ucraniana, entregan valiosas lecciones sobre la evolución del “carácter” del conflicto, terminología empleada bajo la conceptualización de Clausewitz: la “naturaleza” del conflicto responde a que el fenómeno de la guerra obedece a componentes inmutables en el tiempo, dado su sustento violento y político atravesado por el azar, la incertidumbre y la fricción de voluntades enfrentadas, todo dentro de un triángulo interior que contiene al gobernante, al militar (a cargo de la acción conjunta) y al pueblo.
El carácter, en cambio, se relaciona con la fisionomía particular y circunstancial que una época en particular imprime al cómo la confrontación violenta es conducida: doctrina, tecnología, condiciones de las sociedades afectadas, geografía, entre varias otras. En este sentido, los conflictos actuales entregan valiosas lecciones sobre la potencial evolución de los conflictos militares del futuro y de las potenciales líneas para el desarrollo futuro de las Fuerzas Armadas de un Estado; sin embargo, las particularidades del conflicto Rusia – Ucrania no son para nada extrapolables directa y completamente a la defensa nacional de Chile. Aquí mis argumentos sobre aspectos a considerar y elementos diferenciadores:
- Ucrania tiene rutas alternativas al mar, denominadas “Solidarity Lanes”, que permiten movilizar cerca del 80% de las importaciones y cerca del 60% de su exportación (no agricultura) por vías terrestres y ríos internos. La particularidad de Chile es tremendamente distinta; más del 90% de su actividad comercial y de supervivencia circula por mar. ¿Tendrá Chile en caso de un conflicto militar entradas y salidas terrestres abiertas para abastecerse y exportar como lo son Polonia y Rumania para Ucrania? Personalmente, y basado en nuestra historia, estimo que no. Tal como argumentan Colin S. Gray y Geoffrey Sloan, Geopolitics, Geography and Strategy (Frank Cass, 1999), “la geografía es la madre de la estrategia”. A mi parecer, tal como en el pasado, Chile seguirá necesitando una flota de combate para asegurar su sobrevivencia y comercio.
- Concordando con Eduardo Santos, la tasa de natalidad de nuestro país es muy preocupante y, realistamente, difícilmente mejorará en el mediano plazo. La incorporación de sistemas no tripulados es una necesidad hoy para la seguridad, defensa y prosperidad nacional; con mayor razón lo será en el futuro cercano, sobre todo porque permite aumentar la seguridad del personal de a bordo en zonas de conflicto y aumentar la capacidad de la fuerza. Quizá la mejor descripción de esta realidad es la aproximación del actual jefe de la Marina Británica donde ha enfatizado que, con respecto al personal, buscará mantener naves “sin tripulación cuando sea posible, tripuladas solo donde sea necesario”. Esta visión ofrece la oportunidad de dedicar el cada vez más escaso recurso humano a tareas fundamentales y más seguras.
- Si bien podría seguir argumentando respecto al punto, lo cierto es que hay que ser cuidadosos al importar realidades externas. El Océano Pacífico y el Mar Negro poseen características muy diferentes, desde su clima hasta el tipo de costa. Y más aún, a diferencia de otros países, Chile depende en forma vital del mar y, aunque las marinas del mundo actúen “colaborativamente” como indica el nombre de su flota, la seguridad del país no se puede dejar en manos de terceros; es responsabilidad del Estado tener los medios adecuados para enfrentar en forma coherente las amenazas externas.
Los buques son verdaderas estaciones de combate, ciudades flotantes con capacidad de auto sustento logístico prolongado y con amplios sistemas de comunicaciones y de mando y control, con una importante cantidad de espacio para llevar armamento convencional y nuevas armas como las que están empleando y desarrollando en los conflictos actuales. Si a lo anterior se suma su capacidad anfibia, de transporte de tropas y logística, en plena renovación mediante el proyecto “Escotillón IV”, es posible extrapolar las lecciones estratégicas que dejó la Guerra Civil de 1891, donde el control del mar fue el habilitador para movilizar a la fuerza terrestre de los Congresistas (y su logística) en puntos y en momentos decisivos para obtener la victoria. Por doloroso que sea, particularmente en una lucha en connacionales, la historia no debe ser olvidada. Es por lo anterior que estimo esencial que la continuidad del Plan Continuo de Construcción Naval siga su curso sin prejuicios políticos y con una visión de Estado.
- La costa ucraniana corresponde a un arco corto y concentrado sobre el Mar Negro y el Mar de Azov de aproximadamente 2.782 kilómetros de extensión versus los 6.435 kilómetros de línea de costa chilena. A lo anterior, se suma que Ucrania sí tiene profundidad estratégica para absorber inicialmente una invasión terrestre; el caso de Chile corresponde a las configuraciones geoestratégicas más difíciles de defender dado su ancho promedio de 177 kilómetros y facilidad de ser cortado en varias secciones. Tal como sucedió en la Guerra Civil de Chile, y la geografía no ha cambiado, la profundidad estratégica del país está en el Océano Pacífico desde donde se puede transportar logística en forma masiva y desplazar donde sea necesario las escasas tropas chilenas con la movilidad habilitante que debiese entregar el control del mar, su flota logística y la flota mercante nacional movilizada en caso de un conflicto. He aquí, aunque algunas personas podrían no visualizarlo, la relevancia de cuidar a nuestra Marina Mercante Nacional.
Independiente del buen relacionamiento actual, recomiendo al lector un interesante artículo escrito en el Memorial del Ejército de Chile (p.50), donde su autor estima la estrategia argentina para enfrentar un conflicto con Chile el año 1978, desde donde se puede visualizar donde Chile sería invadido y cortado (p.61-63). Percepción similar, porque la geografía es la madre de la estrategia, era la del Brigadier General (R) argentino Basilio Lami Dozo, donde expresa a la pregunta —¿Cuál era su plan de guerra? — “Atacar y partir a Chile en dos partes, un poco más bajo de Puerto Montt, por la zona de Neuquén. La Fuerza Aérea iba a apoyar esa incursión”.
De la misma forma, en la crisis con Perú de 1975, ese país habría tenido previsto aislar Arica mediante un asalto aerotransportado en Pampa de Camarones que cortaría la llegada de refuerzos desde Iquique; un sutil razonamiento militar invertido al adoptado por nuestras Fuerzas Armadas durante la Guerra del Pacífico.
En la línea del párrafo precedente, pero con una connotación más estadísticamente probable que la crisis o guerra, en la paz la Marina debe custodiar la onceava Zona Económica Exclusiva más grande del mundo. En el Océano Pacífico que conocemos, que su nombre no hace justicia a su braveza, los medios no tripulados sirven, pero no son reemplazo a las fragatas, patrulleros oceánicos, submarinos y medios aeronavales que regularmente la vigilan.
En este sentido, la Armada de Chile, a diferencia de varias otras marinas del mundo (como Estados Unidos o Argentina), fue fundada en base a una integración de sus funciones navales (o militares) y marítimas, usando todas sus capacidades para cumplir con funciones de poder naval, guardia costera, regulador y fiscalizador de la actividad marítima de todo el país, salvaguarda de la vida humana en el mar y proveedor de un servicio hidrográfico y oceanográfico para el país. Siempre Chile, por su mar, necesitará plataformas de un tamaño razonable para acudir a resguardar los intereses del Estado y para eso utiliza medios militares (esencialmente oceánicos) y marítimos (costeros); esta configuración integrada de origen es fuente de eficiencia y eficacia para un Estado de tamaño mediano, particularmente para una Armada que opera más que entrena y mantiene, especialmente dado su involucramiento permanente en seguridad interior en el mar, puertos y en todo el borde costero.
Volviendo al conflicto que Chile busca evitar mediante la disuasión, algo que está demostrando la guerra Ruso – Ucraniana es que las bases de operación fijas, o unidades de baja velocidad promedio de avance, tales como aeropuertos y formaciones terrestres clásicas, están muy contestadas por el ataque de distintos tipos de UAV con carga explosiva.
El hecho de tener una flota que se aleja de la costa, que puede mantenerse meses alejada de cualquier puerto gracias a sus características propias (como las que cuentan los submarinos) o por las capacidades de reabastecimiento en la mar de su fuerza de superficie junto a los petroleros de flota, hacen que su vulnerabilidad a un primer ataque, o a persistentes incursiones de pequeños o grandes UAV (como los que obtuvo Bolivia desde Irán), sea algo a considerar para el diseño de las Fuerzas Armadas del futuro.
Chile no eligió su geografía, pero está obligado a leerla
Un país con más de seis mil cuatrocientos kilómetros de costa y apenas ciento setenta y siete de ancho promedio, sin retaguardia terrestre y con casi todo su comercio y su sustento moviéndose por mar, no tiene su profundidad estratégica en el continente: la tiene en el Pacífico. Y eso no es una conjetura sobre las guerras del futuro, es la lección que ya dejó 1891, cuando el control del mar y no la cuenta de soldados decidió quién llevaba la fuerza al punto que importaba. La geografía que ordenó aquella guerra sigue donde estaba y no negocia.
Lo que está en juego, entonces, no es la viabilidad de una flota, es pagable y a flujos perfectamente asumibles para las dimensiones del gasto público, sino la madurez para entenderla como una inversión soberana y no como un capricho de uniformados: custodia la zona económica más extensa que administramos, sostiene el comercio que financia todo lo demás, resguarda la vida humana en el mar cada día del año y pone a trabajar a la industria nacional que la construye, aumentando en paralelo su necesaria interrelación y sofisticación.
Renovar y adaptar la Marina es una política de Estado, no de gobierno; como tal merece sobrevivir a los ciclos electorales y a los prejuicios de turno. El Plan Nacional Continuo de Construcción Naval debe seguir su curso, sin pausa y con visión de largo plazo. Porque el mar que nos da de vivir es el mismo que, llegado el caso, tendría que defendernos; renunciar a dominarlo es renunciar a respirar por cuenta propia. (G. Concha)





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