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La guerra del Atlántico sur, desarrollo y primeras lecciones

El conflicto bélico que enfrentó a Argentina y Gran Bretaña, saldado con la victoria de esta última, aporta elementos altamente valiosos a los conceptos de la guerra moderna, especialmente en el plano aeronaval y, más concretamente, en el ámbito de la guerra electrónica. El Atlántico Sur fue, durante casi tres meses, campo de experimentación para las armas más avanzadas de que disponía Occidente en guerra convencional, y las experiencias extraídas del desarrollo de las operaciones serán materia de profundo y dilatado análisis durante mucho tiempo. El periodista Arturo Pérez Reverte, enviado especial por DEFENSA, fue uno de los únicos tres periodistas no argentinos presentes en el teatro del conflicto durante las operaciones. Este  fue su análisis:

La guerra por las Malvinas puede ser, en una primera aproximación, dividida en cuatro fases específicas. La primera consiste en el llamado Operativo Rosario, el asalto anfibio realizado el 2 de abril a las islas Malvinas por fuerzas argentinas, que puso el archipiélago bajo el control de las Fuerzas Armadas de Buenos Aires, siendo el primer factor militar entre los que desencadenaron la guerra. La segunda fase es la del apresto de las respectivas fuerzas argentinas y británicas para la batalla, con el desplazamiento a las aguas australes de la Fuerza Operativa inglesa y la organización de la defensa por Argentina. Una tercera fase, posiblemente la más espectacular técnicamente, fue la de la guerra aeronaval. Y finalmente, la cuarta fase, eminentemente terrestre, abarca desde el establecimiento de la primera cabeza de playa británica en Malvinas hasta la rendición de las fuerzas defensoras de Puerto Argentino (Port Stanley).

foto: El IA-58 “Pucará”. Hizo más de lo que nunca pudiera haberse imaginado que era capaz de realizar un avión de estas características. (Foto Jorge Figari).

PRIMERA Y SEGUNDA FASE: COMIENZAN LOS ERRORES
No vamos a extendernos en el Operativo Rosario. Diremos solamente, por ahora, que se trató de una acción anfibia clásica basada en fuerzas especiales de tipo comando, ejecutada de forma brillante, con la característica de que, a pesar de que opusieron fuerte resistencia, ninguno de los 84 infantes de marina reales de la guarnición británica en Malvinas resultó muerto ni herido, cumpliéndose así al pie de la letra las instrucciones previamente impartidas por el Mando argentino.

La segunda fase comenzó con la salida de los puertos británicos de la Fuerza Operativa inglesa, bajo el mando del almirante Woodward, a la que se encomendó por el gabinete Thathcer la misión de recuperar las Malvinas, así como Georgias del Sur y Sandwich. Según datos de procedencia británica, el grueso de la fuerza aeronaval enviada en los primeros momentos al área de operaciones constaba de los siguientes efectivos:
Portaaeronaves: Hermes (con doce V/STOL Sea Harrier, helicópteros Sea King, Wessex, y AM Seacat) e Invencible (8 Sea Harrier, Sea King, Sea Dart). Cruceros: Antrim y Glamorgan (Seaslug, Seacat, Exocet, Wessex). Destructores: Sheffleld, Glasgow y Coventry (Sea Dart, Lynx, cañones de 114 mm.). Fragatas: Alacrity, Antelope y Arrow (Exocet, Seacat, Lynx, cañones de 114 mm), Broadsword y Brilliant (Exocet, Seawolf, Lynx), Plymouth y Yarmouth (Seacat, Wasp, cañones de 114 mm.). Buque de asalto: Fearless (Seacat, Wessex, Bofors 40 mm.). Submarinos nucleares: inicialmente 3 (torpedos Tigerfish). Aviones: 20 Sea Harrier y disponibles en bases lejanas 10 Vulcan. Helicópteros: 32 Sea King, 10 Lynx, 7 Wessex, 2 Wasp. Lanzamisiles 28 Exocet, 8 Sea Dart, 56 Seacat, 4 Seaslug y 24 Sea Wolf.

foto: Esperando a los “Harrier” con un HS-661 de 30 mm. Los medios contra-aéreos de que disponían los argentinos, como se ve, no eran extraordinarios.
De acuerdo con fuentes argentinas, este núcleo inicial de la Fuerza Operativa británica se vio considerablemente aumentado posteriormente, además de ser reforzado con buques de transporte de tropas y de apoyo logístico tanto de la Marina Real como de procedencia civil, a los que se sumaron, siempre según fuentes de la Inteligencia Naval argentina, buques de apoyo en número no determinado que habrían sido suministrados por la Marina de guerra de los Estados Unidos.
Por parte argentina, los efectivos aeronavales alineados para la batalla eran los siguientes:
Portaaviones: 25 de Mayo (Super Etendard originalmente, aunque estos aviones solían operar desde bases terrestres, Skyhawk, Sea King, Alouette, Bofors 40 mm.) Crucero: General Belgrano (Seacat, cañones de 152/47 y 127/ 25 mm.). Destructores: Hércules y Santísima Trinidad (Sea Dart, Exocet, Lynx, cañones de 114/55 mm.), Rosales y Almirante Storni (cañones de 127/38 y 76/50 mm., torpedos), Segui, Hipólito Bouchard, Piedrabuena y Comodoro IV (Exocet, cañones de 12/38 mm.  Fragatas: Drummond, Guerrico y Granville (Exocet, cañones de 100/55 mm.). Submarinos: Salta y San Luis (tipo 209, torpedos 533 mm.),  Santiago del Estero y Santa Fe (ex-US Guppy, torpedos 533 mm.). Aviones de la Armada: 6 Super Etendard, 14 Skyhawk, 6 Tracker S-2A. En lo que se refiere a aviación disponible para acciones de ataque contra la fuerza británica, consistía en: 11 Canberra, 68 Skyhawk no embarcados, 26 Dagger, 19 Mirage-III, 45 Pucará, 10 Neptune. Los helicópteros eran 2 Lynx y 4 Sea King. Las rampas de misiles: 28 Exocet, 4 Sea Dart y 8 Seacat. En cuanto a los efectivos de las fuerzas terrestres, en la fecha de elaboración de este informe no se habían hecho públicos por los contendientes el número empleado en la batalla. Los datos referentes a los combates que terminaron con la tema de Puerto Argentino hacían referencia al empleo, por parte británica de la III Brigada de Royal Marines con tres batallones y dos baterías de 105 mm., del Special Air Service (SAS), del 2° batallón del Regimiento Paracaidista, un batallón de Guijas. Se encontraba también el 2° batallón del The Scots Guards y el primero de The Welsh Guards, todos ellos apoyados con artillería de 105 milímetros y dos secciones de carros ligeros Scorpion y Scimitar y abundante dotación de intensificadores de luz para visión nocturna, visores IR, misiles tierra-aire Blowpipe y Rapier y contracarro Milan y Swingfire. En la batalla final, los datos conocidos hablan del empleo de unos 9.000 hombres desembarcados para las acciones terrestres.

foto: Un ‘Pucará” en Puerto Argentino. Obsérvese que se encuentra sobre un simple terreno aplanado.

Por parte argentina, datos de Buenos Aires aluden a 6.200 hombres empleados en la defensa de la isla Soledad, 1.800 en Gran Malvina y otros 1.000 en diversos puntos del archipiélago. Estas cifras incluyen efectivos de Infantería y Artillería, así como Infantería de Marina y fuerzas especiales de comandos anfibios y buzos tácticos, apoyados por carros TAM y AMX-13, cañones autopropulsados Küirassier, autoametralladoras-cañón AML H-90, misiles tierra-aire Blowpipe, Tigercat y Roland.
En esta segunda fase del conflicto, los planteamientos argentinos se basaron, primero, en la gran distancia (15.000 kilómetros) existente entre el Reino Unido y las Malvinas, que suponía un considerable obstáculo logístico para la Fuerza Operativa inglesa. Se contaba asimismo con el factor climático (por esas fechas estaba muy pronto el invierno austral) para entorpecer las labores de la flota británica. Finalmente, se consideró que los efectivos destinados a la defensa del archipiélago eran suficientes para resistir el asalto si éste (lo que en un principio fue considerado poco probable) tenía lugar.
Si fracasados los intentos de mediación internacionales el gabinete Thatcher seguía adelante con los planes de invasión el Mando argentino era de la opinión, ante la imposibilidad de defender la totalidad del archipiélago a causa de su peculiar geografía, por razones político-estratégicas la posesión de la capital del archipiélago —principal punto, por otra parte de concentración de población civil malvinense— era la pieza clave del conflicto. Por ello, bajo el mando del general Menéndez, las fuerzas expedicionarias fortificaron Puerto Argentino, concentrándose en el perímetro defensivo que, apoyado en las colinas y alturas próximas, se estableció en torno a ésta.

foto: El destructor HMS “Glasgow” llega a Portsmouth procedente del Atlántico Sur. Sobre la línea de flotación se observa el boquete causado por una bomba argentina que lo atravesó de lado a lado sin estallar. (Foto Archivo).
El segundo núcleo de defensa, en la isla Soledad, quedó establecido en torno a Puerto Darwin y Goose Green, lugar este último en el que existía un aeródromo de utilización militar. Reforzaba estos planteamientos el hecho de que las características del suelo malvinense, blando en unos lugares y escarpado en otros, le imposibilitaban al enemigo, en el caso de que llegase a desembarcar, la construcción de pistas desde las que pudieran operar los Harrier sin recurrir al despegue vertical, lo que supondría para la Aviación británica un considerable consumo de combustible. En realidad, lo que se esperaba era que los aviones británicos operasen desde el Hermes y el Invincible, bases que la Aviación argentina iba a tratar de convertir en vulnerables.
La gran baza argentina era, desde luego, la Aviación. Excepto los Pucara destinados al apoyo de las tropas de tierra, con bases en el archipiélago (isla de Borbón, Goose Greeen y Puerto Argentino, entre otras), el resto de la Fuerza Aérea actuaría desde los aeródromos situados en suelo continental. Ello le daba al Estado Mayor bonaerense la posibilidad de cubrir el área Malvinas y ponía, por otra parte, las bases a salvo de posibles incursiones lanzadas contra el Continente desde la flota británica, debido a la menor autonomía de los Harrier. Sólo las amenazaba la acción de los bombarderos británicos Vulcan de la isla de Ascensión, pero ello supondría un importante y grave paso político que se esperaba no diese el gabinete Thatcher. De todas formas, consistentes efectivos fueron destinados a la defensa de todos los aeródromos situados en tierra firme.
Por su lado, los británicos apostaban sobre la superioridad numérica y tecnológica de su flota, creyendo que ésta saldría victoriosa de un enfrentamiento con las unidades navales enemigas. Los submarinos de propulsión nuclear constituían un recurso de gran valor, en este capítulo. También se confiaba en los sistemas de defensa aérea embarcados para proteger a las unidades de superficie y darle cobertura a las operaciones de desembarco que tendrían lugar mediante aproximación indirecta al objetivo, por pasos de presión creciente. La defensa aérea sería completada por los Sea Harrier, a utilizar también en apoyo a las fuerzas que combatiesen en tierra.

foto: Misil Blowpipe empleado por los ingleses contra la aviación argentina. (Foto Archivo.)

Entre el Reino Unido y el área de operaciones se estableció un corredor naval de gran magnitud en el que desempeñaría un papel clave la isla de Ascensión, hito importantísimo del dispositivo logístico. En cuanto a la información sobre movimientos enemigos se basó desde un principio, según fuentes de la Inteligencia argentina, en los sistemas de detección y reconocimiento proporcionados por los Estados Unidos, incluyendo la observación por satélite. Con esos medios, la intención de los británicos consistía en bloquear por mar y aire las Malvinas para después ir asestando una serie de golpes que habrían de culminar con la toma de Puerto Argentino. Para la fase del combate terrestre, los británicos contaban con la superioridad de sus efectivos humanos, profesionales y altamente operativos, frente a la bisoñez de las tropas enemigas, en su mayoría reclutas de reemplazo con tres meses de entrenamiento, empleadas en la defensa de Puerto Argentino.
Como puede apreciarse, ya desde el primer momento ambos bandos incurrieron en errores que habrían de acarrear trágicas consecuencias. Por las dos partes se infravaloró la capacidad enemiga. Londres subestimó la eficacia de la Aviación argentina magnificando, en cambio, la capacidad defensiva de sus unidades navales. En cuanto a Buenos Aires, no consideró la capacidad logística británica y el peso de la cooperación norteamericana con Londres, así como la eficacia de los efectivos ingleses destinados al combate terrestre, confiando excesivamente en los daños que su Aviación podría causar a la Task Force enemiga. Además, colocaron en el archipiélago tropas con escasa preparación militar y concibieron una defensa estática, clásica, de Puerto Argentino. Y, sobre todo, Buenos Aires dio a los británicos tiempo y tranquilidad para que concentrasen en el área los efectivos de la Fuerza Operativa concediendo a éstos, incluso, la oportunidad de aplicar los primeros golpes.

TERCERA FASE: A SANGRE Y FUEGO

Dejando al margen la toma por el Reino Unido de las islas Georgias del Sur, situadas 1.300 kilómetros al Este de Malvinas (hecho que se saldó con el hundimiento del submarino argentino Santa Fe y la captura por los ingleses de 261 militares enemigos), la tercera fase del conflicto comenzó el 30 de abril, con las primeras incursiones de los Sea Harrier sobre Puerto Argentino y el intento de destrucción del aeródromo de la citada capital.

foto: Aunque parezca increíble, una gran parte de los soldados argentinos que ocuparon las Malvinas eran bisoños, con sólo tres meses de preparación militar.

El 2 de mayo, el sumergible británico Conqueror torpedeó y hundió al crucero argentino General Belgrano, sin declaración previa de guerra y cuando esta nave se hallaba fuera del área de operaciones. El desastre del Belgrano (20 muertos y 301 desaparecidos de un total de 1.042 tripulantes) puso en marcha el mecanismo de respuesta argentino, hasta entonces a la expectativa.
El hundimiento del Belgrano y el del transporte argentino Isla de los Estados fueron las dos únicas acciones de buque a buque llevados a cabo en el conflicto por la flota británica. Del lado argentino, hay constancia de dos acciones de submarinos: el torpedeamiento y avería de una fragata del Tipo 22, no identificada, y el ataque fallido de otro sumergible argentino al portaaeronaves Invincible, que pagó el submarino con 70 horas de inmersión, eludiendo ataques de torpedos y cargas de profundidad. No hubo unidades de superficie argentinas envueltas en la batalla porque, ante la presencia de los submarinos enemigos, la flota de Buenos Aires se mantuvo durante todo el transcurso de las operaciones replegada sobre el litoral continental, en aguas poco profundas, al objeto de rehuir el contacto con la Royal Navy, cuyas características técnicas les daban a los marinos argentinos pocas posibilidades de supervivencia.
Todos los restantes ataques sufridos por unidades navales argentinas (destrucción del submarino Santa Fe en las Georgias, hundimiento del pesquero Narwal, avería de los transportes Río Carcañá y Bahía Buen Suceso, avería del aviso Alférez Sobral y del guardacostas Río Iguazú) fueron obra de los aviones británicos. En cuanto a los submarinos, aunque fueron fuente de preocupación para el Mando británico, hay que señalar que, salvo las mencionadas, no llevaron a cabo otras acciones de consideración. Hay que tener en cuenta que el patrullaje de los helicópteros antisubmarinos de la Royal Navy fue constante, empleándose avanzados medios de detección británicos y norteamericanos para proteger los convoyes que navegaban desde Ascensión, así como los buques actuaban en la zona de las Malvinas.

foto: Un observador de artillería argentino dirigiendo el fuego propio. Al fondo un oficial otea el horizonte con sus prismáticos.

Con el intento de desembarco frustrad o que la Task Force británica argumentó a primeros de mayo recurriendo a sus helicópteros de ataque y transporte, se inició la tercera fase del conflicto, coincidiendo con la respuesta masiva de la Aviación argentina contra la flota inglesa. El 4 de mayo, un Super Etendard de la Armada argentina hundía al destructor Sheffield con un misil AM-39 Exocet disparado desde 35 kilómetros de distancia. Era la única arma no convencional de que disponían los aviadores argentinos. Esta fue la primera de una serie de acciones encaminadas a quebrantar la operatividad de la Fuerza Operativa enemiga, que los pilotos argentinos llevaron a cabo con inesperada profesionalidad y eficacia, no discutidas por nadie. Hasta el final del conflicto, los pilotos argentinos hundieron otro destructor del Tipo 42, el Coventry, dos fragatas del Tipo 21: la Ardent y la Antelope y la Plymouth del Tipo 12, además del portacontenedores Atlantic Conveyor, con 16 Harrier y abundante equipo de repuestos a bordo, y del buque de asalto Sir Gallahad.
Además de estas acciones, reconocidas oficialmente por Londres, habrían resultado fuera de combate o dañados de diversa consideración los portaaeronaves Hermes e Invincible, un destructor del Tipo 42, dos destructores de la clase County, dos fragatas del Tipo 22, una fragata clase Leander, cinco o seis fragatas no identificadas con averías de poca consideración y dos buques de desembarco seriamente averiados. Fuentes argentinas cifran también las pérdidas aéreas británicas en un mínimo de 30 Sea Harrier y Harrier (sin contar los transportados por el Atlantic Coneyor) y unos 35 a 40 helicópteros, mientras que las pérdidas aéreas argentinas habrían sido, según Londres, 1/3 de los efectivos en Mirage y Dagger, de 1/8 a 1/7 de Skyhawk y 1/4 de Canberra, además de Pucará y helicópteros en número no determinado. A este respecto, Buenos Aires reconoce unos 40 aviones destruidos y otros tantos helicópteros, cifras en las que no incluye los Pucará puestos fuera de combate en tierra. De todas formas, ya se sabe que en cuestión de cifras resulta extraordinariamente difícil establecer evaluaciones fiables. Lo que resulta claro es que la Fuerza Operativa británica pagó un alto precio por la victoria, y que la Aviación argentina sufrió un severo costo en hombres y máquinas en su búsqueda de resultados eficaces.

foto: Cuando se tomó esta fotografía, en la que se ve al general Galtieri contemplando un Super Etendard de la Armada argentina, recién recibido, nadie podía imaginar qué es lo que, en el mayor de los secretos, preparaba Buenos Aires (Foto Archivo).

Las acciones aéreas que tuvieron lugar en el área Malvinas pueden clasificarse en cinco apartados: combates ávión-avión, que se fueron haciendo poco frecuentes con el paso del tiempo; ataques a tierra de Harrier y Pucará en apoyo de acciones propias; raids de poca envergadura llevados a cabo contra la Royal Navy por Pucará y por entrenadores Aermacchi MB-326 y MB-339; ataques a la flota británica con bombas por aviones Skyhawk (el tipo de acción más frecuente); y ataques a la flota británica efectuados por el temible binomio Super Etendard-Exocet.
De todo ello, las misiones de uno y otro bando contra objetivos terrestres pueden considerarse clásicas (señalando una notable actuación defensiva, en ambos lados, del SAM ligero Blowpipe), y las de los Aermacchi y Pucará contra unidades navales, más simbólicas que efectivas (la intervención de los primeros, dadas sus limitaciones, fue una sorpresa). En cuanto a los pilotos de Pucará hicieron prodigios de valor y acrobacia aérea atacando buques ingleses en vuelo rasante. Uno de ellos, el teniente Daniel Juckik, llegó a alcanzar con su fuego al Hermes, siendo derribado y muerto en la acción. Por lo que respecta al combate aéreo clásico el dogfight, los Harrier se mostraron inferiores a los Mirage, llegando finalmente hasta eludir este tipo de enfrentamiento. Los Harrier también fueron encargados de interceptar a los Skyhawks que atacaban a la flota con aparentes mejores resultados, aunque en su mayor parte, según los indicios, estos últimos fueron derribados por la defensa antiaérea de las naves británicas.
El plato fuerte, por lo que se refiere al acoso de la Royal Navy, se centró en los Super Etendard, los Mirage/Dagger, y los Skyhawks, que tienen en su haber casi la totalidad de las pérdidas navales británicas. Los aviones argentinos debieron hacer frente a tres problemas fundamentales: la habitual limitación de visibilidad y techo (el Mirage fue el menos afectado), el problema del combustible (el área Malvinas estaba situada a 700 u 800 kilómetros de sus bases, mientras que los portaaviones británicos se hallaban a sólo 150 kilómetros lo que daba lugar a que los argentinos tuvieran más aviones, pero los británicos pudieran realizar más misiones) y, finalmente, la carencia de medios aéreos apropiados de reconocimiento y detección. A todo ello hubo que añadir el enorme potencial de defensa aérea con que contaba la Fuerza Operativa británica, que adoptó un dispositivo de defensa circular alrededor de los objetivos más codiciados: los portaaeronaves.

fofo: Organizando posiciones defensivas, camufladas con hierba seca, en Puerto Argentino.

La indiscutible decisión de combate y el tremendo valor de los pilotos argentinos, les llevó a adoptar una táctica escalofriante en 1982, para la localización de objetivos antes del ataque, problema que los ingleses no tenían al contar con los informes suministrados por Estados Unidos, amén de por sus propios medios de detección. Las escuadrillas de Skyhawks, armados con bombas convencionales, despegaban escalonadas, rumbo a la zona donde se suponía podrían hallarse los objetivos. De esta forma una primera oleada localizaba al enemigo, lanzándose inmediatamente al ataque, a costa de elevadas pérdidas, comunicando al mismo tiempo la posición exacta a las oleadas siguientes, que ya actuaban sobre seguro. Los Skyhawk se acercaban a sus blancos en vuelo rasante (los aviones tenían que ser lavados con agua dulce al regreso para eliminar el salitre del agua del mar), en masa, con el fin de que parte de la escuadrilla llegase al objetivo y pudiera lanzar las bombas. Estos ataques se combinaban con movimientos de otros aviones (incluyendo aparatos civiles) en misiones de diversión y saturación de radares enemigos. La fase aeronaval de la guerra de las Malvinas puso de manifiesto graves fallos en los sistemas de defensa aérea de las unidades navales británicas, cuyos misiles Sea wolf respondieron bien, pero cuyos Sea Dart defraudaron las esperanzas depositadas en ellos. La experiencia demostró que pilotos altamente cualificados (los argentinos tenían un mínimo de 1.000 a 1.200 horas de vuelo) operando a ras del agua y con las suficientes agallas todavía pueden, hoy en día, burlar a los más avanzados sistemas técnicos con métodos que los estrategas consideran anticuados (recordemos que los Skyhawk, por ejemplo, no llevan radar).

foto: Cazabombarderos A-4B “Skyhawk”. Combatieron desde una posición sumamente precaria dada su antigüedad y escasez de equipos. (Foto Archivo).

Por lo que se refiere a la actuación de los SuperEtendard/Exocet, ésta se materializó en 3 ataques: contra e lSheffield , contra el Atlantic Conveyor y contra el Invincible,  con el resultado del hundimiento de los dos primeros y la puesta fuera de combate del tercero. De esas misiones cabe destacar el hecho de que, en el caso del ataque contra el Invincible, el Exocet disparado desde el Super Etendard fue escoltado a ras del agua hacia el blanco por una escuadrilla de cuatro Skyhawk que protegían el misil frente a los radares enemigos y que, momentos antes del impacto, se quedaron retrasados para, siguiendo la estela del misil, rematar el ataque con sus bombas de 400 kilos:
Aparte de la competencia de los pilotos atacantes y de la incuestionable eficacia de este binomio avión-misil de tecnología francesa, el desarrollo de las operaciones en las que fueron utilizados, y en general las acciones aéreas argentinas, pusieron de manifiesto graves fallos en las unidades navales y en algunos de los sistemas de defensa aérea utilizados por la Armada británica. Las fragatas, dotadas de muy avanzada tecnología electrónica, se revelaron excesivamente vulnerables a los golpes enemigos. La concentración de los mandos de armas electrónicas de a bordo en una sola consola, por ejemplo,  hizo posible, en ocasiones, que un solo impacto de bomba dañase la central de computación de los sistemas integrados dejando a las naves completamente indefensas. Esto debió ocurrir al menos en dos de las fragatas británicas, ya que pilotos argentinos informaron que al pasar sobre ellas no fueron atacados por misiles superficie-aire. Por otra parte, resulta importante reseñar que el destructor Shejfield (alcanzado por Exocet) y las fragatas Ardent y Antelope (misiles y bombas convencionales) no se hundieron de inmediato, sino que fueron presa del fuego durante varias horas antes de naufragar, lo que motivó su abandono cuando, quizá, podrían haberse mantenido a flote de no haber mediado el incendio. El motivo radica en que las superestructuras de estos buques contenían grandes cantidades de aluminio, a causa de los modernos sistemas de propulsión y armamento. Y el aluminio se funde a 660 grados centígrados, la mitad antes que el acero. Los elementos de madera y otros materiales destinados al confort de las dotaciones también contribuyeron a aumentar la inflamabilidad.
Tampoco hay que olvidar que si el Sheffield, por ejemplo, no hubiese sido construido demasiado corto de eslora por razones presupuestarias, podría haber dispuesto, quizá, de un sistema Sea wolf y de los últimos modelos de radares para detección de misiles, que habrían permitido, quién sabe, neutralizar el Exocet que lo echó a pique. El conjunto de todos esos factores, unido a los anteriormente citados, fue lo que dio en las operaciones un carácter letal e infalible al Exocet como protagonista más destacado.

foto: Comandos de Marina argentinos. Su actuación fue importante en la primerísima fase de la conquista

CUARTA FASE: UNA DERROTA EXPLICABLE
La cuarta fase, o fase terrestre del conflicto de las Malvinas, se inició el 21 de mayo, con el desembarco británico en la cabeza de playa de Bahía San Carlos, al oeste de la isla Soledad. Por esas fechas, los británicos habían logrado un rotundo éxito logístico al situar en el área de operaciones un centenar de buques y 27.000 hombres, de los que unos 10.000 integraban la fuerza de desembarco (soldados profesionales, con tres o cuatro años de entrenamiento específico, expertos en las operaciones heliportadas que tan vital papel habrían de jugar en la batalla). Las pérdidas sufridas hasta entonces por la Flota y la Aviación estaban nuevamente cubiertas, y aunque ya volaban pocos Sea Harrier con el característico color azul de la Royal Navy, habían sido sustituidos por los pintados con colores de camuflaje de la RAF, llegados a la zona tras ser reabastecidos en vuelo.
Según fuentes de la Inteligencia argentina, en el notable esfuerzo logístico desempeñaron un papel importantísimo los aviones cisterna KC-135, de la USAF, y diversos tipos de buques de la US Navy, aparte de las entregas de avanzado material de repuesto y para la lucha terrestre. Incluso informes no difundidos oficialmente en Buenos Aires hablaban, ya cuando el Hermes y el Invincible se encontraban fuera de combate, de que una inesperada treintena de Harrier británicos que actuaron en los últimos días de la batalla final habrían despegado de la cubierta de un portaaviones norteamericano, llegándose incluso hasta a mencionar el nombre del Saratoga.

foto: Una patrulla argentina y una constante: mirar al cielo. Por ahí llegaba el peligro.

Dados los planteamientos tácticos británicos una vez férreamente establecido el bloqueo de las tropas que defendían el archipiélago, sólo un desembarco podía dar la exacta medida del grado de decisión de la defensa argentina, así como mostrar al enemigo el grado de determinación propia. El almirante Woodward contaba a su favor con el hecho de que a su rival, el general Menéndez, le resultaba imposible predecir el lugar exacto en que tendría lugar el desembarco, y que para prever cualquier contingencia en el complicado litoral malvinense habrían hecho falta el triple de los efectivos acantonados en las islas (lo que hubiera exigido triplicar un abastecimiento que el bloqueo inglés tornaba imposible). Por consiguiente, para evitar una inútil dispersión, las tropas argentinas se habían concentrado, en la isla Soledad, en torno a los dos objetivos más obviamente codiciados: Puerto Argentino, la capital, clave política y militar de la estrategia argentina en las Malvinas, y Puerto Darwin y Goose Green, en la zona central de la isla Soledad. Tras analizar la situación, el Mando de la Fuerza Operativa resolvió correr el riesgo calculado de meter sus naves en el estrecho de San Carlos para establecer allí la primera cabeza de playa de la invasión. Woodward confiaba en su defensa antiaérea, en las bajas ya sufridas por la Aviación argentina, en las nubes bajas y niebla cerrada que favorecían los desembarcos, en la menor calidad militar de las bisoñas tropas terrestres enemigas, en la descoordinación existente entre Marina, Aviación y Ejército argentinos (para la coordinación hace falta entrenamiento conjunto, y Argentina no lo tenía), en la profesionalidad de sus tropas de asalto y, finalmente, en la evaluación general previa que le daba unas posibilidades de éxito superiores al 70 por 100. Así que resolvió lanzar el asalto.
Sería largo y prolijo relatar aquí las vicisitudes de las operaciones terrestres en detalle, así que nos limitaremos, por el momento, a retener las líneas generales. Utilizando al máximo y con plena eficacia su capacidad de helitransporte, las fuerzas británicas lograron establecer en San Carlos una cabeza de playa de 10 kilómetros de profundidad por 15 de frente. Los 400 hombres inicialmente desembarcados ascendieron pronto a 1.000 y después a 5.000, ampliándose el ataque hacia Puerto Darwin y Goose Greeen, defendidos sólo por un millar de argentinos, localidades que fueron tomadas el 29 de mayo. Obligado por su defensa estática de Puerto Argentino, el general Menéndez se mantuvo en sus posiciones reforzadas de la zona oriental de la isla, sin que se registrase ataque alguno contra los efectivos enemigos desembarcados. El peso de las operaciones recayó nuevamente sobre la Aviación argentina, que se lanzó a fondo en un intento por cortar el cordón umbilical de los abastecimientos que la flota inglesa aportaba a las tropas terrestres. Las pérdidas británicas resultaron altas (en ese momento fue cuando se hundieron el Coventry y el Atlantic Conveyor), pero el esfuerzo logístico de la Fuerza Operativa fue superior.
En un clima infernal, enfrentando tanto a los argentinos como a las duras condiciones del terreno, la invasión progresó en un movimiento de pinza hacia Puerto Argentino, mientras las fuerzas defensoras veían frustradas sus esperanzas de que las dificultades del suelo y el rigor invernal, así como los golpes asestados a sus líneas navales de abastecimiento, frenasen la sólida ofensiva enemiga, lenta pero metódicamente ejecutada. Poco a poco, la profesionalidad de los británicos, unida a su abundante despliegue de medios, iba empujando a las tropas adversarias hacia la península de Fresinet, al perímetro defensivo de la capital malvinense.

foto: Los MB -339, actuando como lo hicieron, pusieron en evidencia tanto 1a escasez de medios de la Aviación como la bravura de los pilotos.  (Foto Jorge Figari.)

La ausencia de contraataques argentinos abandonaba prácticamente en manos enemigas todo el resto de la isla, lo que posibilitaba a los atacantes mejorar sus movimientos y logística. A la táctica tímida y estática de los defensores vino a unirse el hecho de que en ningún momento hubo decisión para recurrir a otros efectivos situados fuera del archipiélago (y sin embargo preparados para intervenir) con objeto de organizar, en coordinación con la flota inútilmente replegada en la costa continental, contraataques o movimientos que comprometiesen seriamente las operaciones de desembarco enemigas, o al menos, aliviasen la creciente presión ejercida sobre Puerto Argentino. La impresión desde el primer momento fue que, del mismo modo que la guarnición de Puerto Argentino abandonó a su suerte a los defensores de Puerto Darwin y Goose Green tras la ofensiva británica desde la cabeza de playa de San Carlos, la propia guarnición de la capital malvinense quedaba abandonada por el resto de las Fuerzas Armadas argentinas que, a excepción de la Aviación, no protagonizaron intento alguno de cambiar el curso de los acontecimientos. Y si es cierto que, en esta guerra plagada de malos cálculos, los británicos subestimaron la capacidad de la Aviación argentina en la fase aeronaval del conflicto, no es menos cierto que en la fase terrestre, y decisiva, los argentinos aceptaron, equivocadamente, desde el primer momento, una situación defensiva que después se revelaría como insuficiente, resignada y suicida.
A mediados de junio, cuando el Mando británico ya tenía concentrado el grueso de sus efectivos para asestar el golpe decisivo, la presencia argentina en el norte de la isla Soledad se limitaba a la península de Fresinet, en el perímetro defensivo de la capital malvinense, apoyada en las colinas y cerros colindantes. El Mando defensor confiaban todavía en la invulnerabilidad de Puerto Argentino, mostrándose dispuesto a mantenerse indefinidamente frente a un largo asedio. Por su parte, los dos avances en pinza británicos, uno por el Norte y otro por el Sur de la mitad norte de Soledad, se habían centrado ya para el golpe final, y los 7.000 hombres del comienzo sumaban ahora 9.000 tras nuevos desembarcos en otros puntos de la isla (en uno de ellos, en el sector de Bahía Agradable, los ingleses sufrieron el último gran desastre de la guerra: la fragata Plymouth y el buque de desembarco Sir Gallahad fueron hundidos, otras unidades tuvieron averías y hubo 400 bajas entre muertos y heridos). Y entonces, aprovechando las horas nocturnas para sus primeros ataques, los británicos volcaron todo su peso en la batalla.

foto: Abriendo fuego con un 105/14. Al principio la artillería argentina tuvo efectos resolutivos pero la intervención de contramedidas, del lado británico, la redujeron al silencio.

Colinas y cerros cayeron uno tras otro. Medios oficiales argentinos manifestaron en aquel momento en Buenos Aires su sorpresa ante el avanzado material y la potencia de fuego desplegado por el enemigo en la batalla; material hasta aquel momento totalmente desconocido por los servicios de información propios. Mientras las unidades navales castigaban duramente Puerto Argentino, los británicos potenciaron el helitransporte, la artillería, las acciones tipo comando. Sus unidades iban provistas de precisos aparatos de visión nocturna (Pocketscope individual, Sniperscope Snipe para tiradores, Night Observation Device para artillería a base de infrarrojos y láser, Night Driver’s Viewer para conductores, Baird General Purpose Night Visión Goggie para todo uso...) y su potencia de fuego era abrumadora. Los Harrier efectuaron sesenta misiones de combate. La defensa argentina se desmoronó, y las avanzadas británicas llegaron hasta los suburbios de la capital, una ciudad de casas bajas y livianas, muy poco a propósito para intentar, como último recurso, el combate callejero contra los atacantes. Por otra parte, la Junta Militar argentina llegó a la conclusión (algo tardía) de que no estaba dispuesta a pagar el alto precio político que podría suponer la muerte de varios miles de reclutas a los que se les ordenase resistir hasta el último cartucho. La Marina de Guerra argentina seguía inmovilizada junto a la costa y los Rapier, Hawk y Blowpipe británicos, desplegados masivamente, habían creado un paraguas defensivo impenetrable para la Aviación. Puerto Argentino estaba perdido. Y el 14 de junio, el general Menéndez recibió autorización para rendirse.
Las razones del triunfo británico podrían quizá resumirse en tres palabras: logistica, profesionalidad y paciencia. Las de la derrota argentina, en dos: imprevisión y descoordinación internas. Esas fueron, en un primer análisis, las claves en la guerra del Atlántico Sur.

ALGUNOS DATOS SOBRE LA AYUDA MADE IN USA

En su interesante reportaje, Arturo Pérez Reverte hace reiteradas alusiones a la ayuda recibida por el Reino Unido, en el campo militar, de Washington. Como en otros muchos capítulos de este enfrentamiento, todavía es demasiado pronto para saber, con detalle, en qué consistió esa ayuda que ha sido, desde luego, cierta, cuantiosa, precisa y oportuna, oficializándose a partir del momento en el que el entonces secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, dijo que su país iba a responder positivamente a las peticiones de apoyo material —y de otro tipo— formuladas por Londres. ¿De qué material se trató? Las propias fuentes británicas han hablado de misiles AIM-9L Sidewinder, que fueron utilizados por los Harrier para derribar algunos de los aviones argentinos, así como de misiles tierra-aire Hawk, distintos equipos para la detección de submarinos, grandes cantidades de munición, sobre todo para la artillería naval, paneles de acero destinados a la construcción de pistas de aterrizaje de fortuna, piezas de repuesto de diversas clases y, por supuesto, equipos electrónicos y otros ingenios muy avanzados.

foto: Desde un pozo de tirador este infante argentino ve pasar, por la carretera, el tráfico propio.

Vital ha sido, en el capítulo logístico, la isla de la Ascensión, situada frente a las costas africanas y a 6.000 km. de las Malvinas. Allí se encuentra una gran base aérea, construida por los Estados Unidos y bajo mando norteamericano, así como una base naval de primera importancia, costeada igualmente con fondos yanquis. Ambas sirvieron de escala para la fuerza aeronaval expedicionaria británica y allí aterrizaron, atiborrados de material, los C-130 Hércules y C-5 Galaxy, de la US Air Force, que llegaban desde los Estados Unidos tras una escala en la base aérea de Howard, situada en la Canal Zone panameña. Otros C-5 transportaron aviones Harrier entre el Reino Unido y Ascensión, comprendiéndose muy bien que un alto mando británico haya afirmado, oficiosamente, que sin la base intermedia de Ascensión 110 podríamos haber emprendido esta guerra o nos habría resultado enormemente más onerosa y difícil de ganar.
De extrema importancia pueden considerarse también las informaciones de tipo meteorológico y, más aún, las proporcionadas sobre los movimientos de las unidades argentinas —navales, aéreas y terrestres— por los aviones de reconocimiento U-2 y SR-71 norteamericanos, extremo dado como seguro en los medios generalmente bien informados de Washington y recogido, sin mentís alguno, en la Prensa de esa capital, que sí descartó, en cambio, la participación de los AWACS en la recogida de datos.
En esta misma línea cabe incluir la labor de los satélites de observación lo que, por otra parte, resulta explicable ya que el Reino Unido tiene acceso al caudal del Centro de Información y Vigilancia de las Flotas Oceanicas (FOSIC) norteamericano, donde se centralizan las informaciones que proporcionan los satélites denominados espías, además de las de los buques y aviones de vigilancia. Se da el caso curioso de que la central del FOSIC no se encuentra en los Estados Unidos, sino en el cuartel general que la US Navy posee en Grosvenor Square, en Londres, mientras que también tiene su centro en el Reino Unido, concretamente en la localidad escocesa de Edzell, otro sistema norteamericano: el Orsus, de satélites centrados en la observación de los océanos que, en bandadas de a cuatro, cada 104 minutos completan la órbita terráquea a mil kilómetros de altura, proporcionando inteligencia mediante fotografías, radio y radares. Todos estos sistemas, a los que cabe añadirles los satélites que controla directamente la CIA y otros, compatibilizan sus datos, dentro del cuadro de la OTAN, con los satélites Skynet británicos.
Siempre dentro del campo de la inteligencia, no hay que olvidar que el Reino Unido y su pariente sajón del otro lado del Atlántico forman parte del consorcio SIGINIT, para la localización de buques en el océano mediante las señ ales radio que éstos transmiten, una de cuyas bases se encuentra en la ya mencionada isla de Ascensión.
La beligerancia de la Administración Reagan ha sido, desde luego, muy acusada en el plano militar y si en Londres existió un Gabinete de Guerra, lo que es lógico, en Washington funcionó, lo que lo es mucho menos, otro organismo del estilo denominado Gabinete de Crisis, a cuyas sesiones asistieron el presidente y vicepresidente norteamericanos, el secretario de Estado, el secretario de Defensa, el jefe del Estado Mayo Conjunto y el secretario de la US Navy, entre otros.
Estados Unidos hizo algo más que ayudar a Londres. Puso sus inmensas capacidades al servicio de un objetivo logrado: evitar que Buenos Aires pudiera reponer sus pérdidas y adquirir medios de defensa o de apoyo nuevos. Y llevó su celo hasta el extremo de imposibilitar que fructificase una compra de asientos eyectables para los Skyhawk argentinos, lo que hizo que el coronel Ruben Corradetti, de la misión argentina en Washington, declarase que la medida va en contra de los derechos humanos. Nuestros pilotos tripulan aviones sin equipos de seguridad. Si son derribados no pueden saltar.
Un hecho curioso, si las Malvinas han vuelto a caer bajo la férula imperial inglesa es, en buena parte, gracias al reverdecimiento de la alianza que hizo posible su conquista por la Royal Navy hace siglo y medio largo. En efecto, el proceso que acarrearía su pérdida se inició cuando el gobernador argentino de las Malvinas, Luis Vernte, apresó tres pesqueros norteamericanos que, sin permiso, se dedicaban a la caza de la ballena en las aguas jurisdiccionales del archipiélago. Tras este suceso, el buque de guerra Lexington, de la flota de los Estados Unidos fue despachado a las Malvinas que abordo, destruyendo las instalaciones y dispersando a quienes allí vivían. Esto tuvo lugar en diciembre de 1831 y en enero de 1833, un año después, dos buques de la Royal Navy se presentaron, quedándose con las islas bajo el pretexto de que eran suyas. Como ha escrito Jean J.A. Salmón, profesor de la Universidad Libre, de Bruselas: La Argentina protestó, ¿pero que podía hacer frente a la más grande potencia marítima mundial de la época. La acción acumulada de los EE.UU y de la Gran Bretaña le hicieron perder la Malvinas.
La historia, pues se ha repetido.

Revista Defensa nº 52-53, agosto-septiembre 1982


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