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Lunes, 15 de junio de 2026 Iniciar Sesión Suscríbase

Trump y Teherán abren la puerta a un acuerdo de paz en Irán, Israel amenaza con hacer descarrilar la negociación

Tras semanas de anuncios, rectificaciones y mensajes cruzados desde la Casa Blanca, Estados Unidos e Irán han alcanzado por fin un principio de acuerdo que abre una vía de salida a un conflicto que amenazaba con desbordarse en toda la región. El movimiento, todavía frágil y sujeto a múltiples condiciones, supone un giro relevante en una negociación que había ido encallando entre ataques limitados, advertencias públicas y una creciente presión sobre Donald Trump para evitar una escalada sin control y una hecatombe económica global si se llega a agosto sin acuerdo.

 

 

La principal novedad es que ambas partes parecen haber aceptado una lógica de fases. En la primera, se consolidaría un alto el fuego amplio, se restablecería el tráfico comercial por el estrecho de Ormuz y Washington levantaría el bloqueo naval, al menos de forma progresiva. En una segunda etapa quedarían los asuntos más delicados, especialmente el programa nuclear iraní, el régimen de sanciones y el futuro de ciertos activos congelados.

Ormuz, el factor decisivo

El estrecho de Ormuz sigue siendo el gran elemento de presión de Teherán. Irán considera que su capacidad para condicionar ese corredor marítimo le permite negociar desde una posición de fuerza, no solo por el impacto económico que tendría un cierre prolongado, sino por el precedente jurídico y estratégico que sentaría cualquier intento de imponer peajes o tasas de tránsito.

Washington, por su parte, se opone frontalmente a cualquier fórmula que implique un cobro formal por el paso de los buques, ya que interpretaría ese mecanismo como una limitación al libre tránsito. El problema es que la apertura de Ormuz no depende solo de una decisión política: también exige una arquitectura legal y de seguridad que permita reanudar el tráfico sin que ambas partes sientan que han cedido demasiado.

La Casa Blanca habría aceptado un esquema inicial de dos fases precisamente para evitar que el conflicto siguiera deteriorándose. La alternativa, sostener la presión militar y económica sobre Irán, podía terminar en una guerra de desgaste con consecuencias imprevisibles para la navegación, la energía y la estabilidad global.

El núcleo nuclear

La segunda gran cuestión es el programa nuclear iraní. Aquí está el verdadero punto de fricción, porque las concesiones que exige Estados Unidos son inmediatas e irreversibles, mientras que las contrapartidas que reclama Teherán —levantamiento de sanciones, devolución de activos o garantías políticas— dependen de decisiones futuras y revocables. Irán, de entrada, habría renunciado a la obtención del arma nuclear, pero no a mantener capacidad civil de enriquecimiento, algo que sigue defendiendo bajo el paraguas del Tratado de No Proliferación.

La discusión, por tanto, no gira solo en torno a la existencia o no de un programa nuclear, sino a su alcance, a los niveles de enriquecimiento permitidos y al destino del uranio altamente enriquecido que aún estaría en territorio iraní.  Un punto especialmente sensible es el control internacional.

Cualquier acuerdo que aspire a durar necesitará inspecciones robustas del Organismo Internacional de Energía Atómica, porque la desconfianza acumulada entre ambas partes es enorme. Washington teme que Irán oculte capacidades militares; Teherán recuerda que Estados Unidos abandonó el acuerdo nuclear de 2015 y que ya atacó durante fases de negociación anteriores.

Israel como variable

La otra gran incógnita es Israel. Sin la aceptación de Tel Aviv, cualquier pacto corre el riesgo de quedarse en un alto el fuego precario. Y en este punto el escenario se complica todavía más, porque sectores del gobierno israelí consideran que un acuerdo entre Trump e Irán limitaría su libertad de acción en el Líbano y frenaría su estrategia de presión sobre Hezbolá.

Las declaraciones atribuidas a Itamar Ben-Gvir van en esa dirección: el ministro israelí habría advertido de que Israel no permitiría que el acuerdo se materializara si perjudicaba su seguridad. Esa posición refleja la resistencia de parte del Ejecutivo israelí a aceptar un cierre diplomático del conflicto mientras se mantenga la amenaza de Hezbolá y el pulso regional con Irán. De hecho, los ataques israelíes sobre el Líbano y la respuesta de Hezbolá demuestran hasta qué punto el tablero sigue siendo extremadamente volátil. Cualquier bombardeo adicional puede reactivar la lógica de represalia y obligar a Estados Unidos a recalibrar su propia estrategia negociadora.

Qué busca cada uno

Para Trump, el incentivo es claro: evitar una guerra prolongada, proteger la economía global y presentar un resultado político vendible como acuerdo de paz. El presidente estadounidense, según el texto base, considera que Estados Unidos puede soportar más que Irán las tensiones económicas, pero también sabe que una crisis prolongada en Ormuz pondría en riesgo mercados, suministros y credibilidad estratégica.

Irán, en cambio, busca tiempo, alivio económico y garantías de seguridad. No quiere un mal acuerdo que lo deje expuesto a futuras campañas militares, pero tampoco desea permanecer indefinidamente atrapado entre sanciones, bloqueos y ataques selectivos. Por eso insiste en una negociación gradual, con beneficios visibles desde el principio y compromisos escalonados en el plano nuclear y financiero.

La clave ahora es si el principio de acuerdo será suficiente para frenar a los actores que prefieren mantener el conflicto abierto. Si Washington logra imponer disciplina a sus socios y si Israel acepta, aunque sea a regañadientes, un marco de contención, podría nacer un pacto imperfecto pero operativo. Si no, la región volverá a entrar en una espiral de ataques, advertencias y represalias con Ormuz en el centro de la tormenta.

 

 

 


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