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“El que tolera el desorden para evitar la guerra…”

…tiene primero el desorden y después la guerra”. Esta frase atribuida al diplomático (no lo olvidemos) y escritor italiano Nicolás Maquiavelo puede ser una de las máximas que ilustre lo que los pasados días lunes y martes se vivió en la ciudad española de Ceuta tras la invasión a la que fue sometida por hordas de marroquíes que violentaron la frontera española ante la pasividad, cuando no la complicidad, de las autoridades de su país.

Lo que aconteció así como las reacciones de uno y otro lado de la frontera resultan ilustrativas de la determinación y claridad de ideas de un lado y la tibieza al otro. Por el lado de Marruecos el plan estaba claro, emplear de nuevo a su propia población, incluyendo bebés, jóvenes o ancianos, como medio de presión contra las fronteras y plazas de soberanía española en el norte de África, en respuesta a lo que consideraron una ofensa como la atención médica en nuestro país al líder del Frente Polisario Brahim Ghali. Mientras, del lado español se hablaba de un “conflicto de interior” o una “crisis migratoria”, pero por si quedaba alguna duda, las declaraciones de la embajadora de Marruecos en España, Karima Benyaich, dejaban clara la situación al afirmar que “en las relaciones entre países hay actos que tienen consecuencias y se tienen que asumir”.

Por el lado español, destacó una vez más la falta de decisión en la respuesta, la indecisión en el empleo de las Fuerzas Armadas ante la necesidad de garantizar la seguridad de los territorios nacionales así como la integridad de las fronteras, dejando principalmente en manos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado una tarea para la que no están preparados ni suficientemente dotados. Representativo de esta visión resulta que en todo momento la repuesta oficial viniera del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, sin aparición alguna de la ministra de Defensa Margarita Robles.

Igualmente representativo resulta que mientras los gendarmes marroquíes abrían sus fronteras, el Consejo de Ministros se reunía como todos los martes, acordando la “autorización de una ayuda de cooperación policial internacional para contribuir a la financiación del despliegue de las autoridades marroquíes en actividades de lucha contra la inmigración irregular, el tráfico de inmigrantes y la trata de seres humanos” que luego Grande-Marlaska cuantificaría en 30 millones de euros. Increíble, como poco, ver que en la página web de La Moncloa se informaba de la situación de Ceuta al mismo nivel de las medidas destinadas al impulso del reciclado y las limitaciones a los plásticos de un solo uso o la restauración de zonas degradadas por la minería.

Solo cuando la situación estaba a todas luces desbordada, tras más de 8.000 personas entrando por los accesos fronterizos marroquíes, abiertos como quedó de manifiesto o a nado hasta la playa de El Tarajal, se decidió desplegar al Ejército de Tierra y algunos medios blindados. Mientras, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado han sido apedreados desde el lado marroquí en cada intervención sin que nadie al otro lado lo impidiera.

Al que escribe le quedaban dos años para nacer aun cuando se dio la conocida como Marcha Verde que supuso el abandono por parte de España del Sáhara español, pero la situación recientemente vivida recuerda a los primeros compases de aquella afrenta que supondría la retirada desordenada de España y sus Fuerzas Armadas de aquel territorio, dejando atrás importantes inversiones, la población saharaui y un territorio que no lo olvidemos, era tan español entonces como lo es ahora Ceuta.

Y no hay que olvidar que en la defensa de los territorios de soberanía española en el norte de África, España está sola como ya ha quedado de manifiesto en anteriores ocasiones. Junto a la una vez más, tibia respuesta de la Unión Europea, hay que recordar que, a diferencia de las Islas Canarias, el Tratado de Washington, el texto fundacional de la OTAN, deja fuera de la defensa conjunta entre aliados las plazas de soberanía españolas en África (según el artículo 5 los Estados miembros responderán de manera conjunta a cualquier ataque armado contra el territorio de uno de ellos, pero el artículo 6 especifica que esto se aplicará si el ataque tiene lugar en Europa, Norteamérica o territorios insulares del Atlántico al Norte del Trópico de Cáncer).

A menudo hablamos de estados fallidos refiriéndonos a otros situados en latitudes lejanas, pero un estado que no controla sus fronteras y su soberanía puede considerarse un Estado fallido. (José Mª Navarro García)


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