Durante casi ochenta años, el mundo se acostumbró a una anomalía histórica. El comercio global navegó protegido, escoltado y garantizado por una sola potencia… los Estados Unidos. Sin importar el color de su bandera ni la alianza política, millones de barcos cargados de alimentos, petróleo, gas, medicinas y materias primas cruzaron océanos enteros con la certeza absoluta de que nadie atacaría un solo buque de carga… sin jamás preguntarse quién cuidaba la ruta. La respuesta siempre fue la misma, aunque rara vez se dijera en voz alta: la Marina de Guerra de los Estados Unidos, sus 11 portaviones nucleares, 2.000 aeronaves embarcadas, 55.000 tripulantes desplegados y sus casi 600 buques de combate patrullando los siete mares, día y noche, sin cobrarle un dólar a nadie. Esa era terminó.
El 4 de diciembre de 2025, Washington finalmente decidió retirarse de esa tarea autoimpuesta, no con discursos grandilocuentes ni comunicados solemnes, sino con una decisión fría pero sustentada en una lógica brutal. El pueblo norteamericano ya no está dispuesto a morir por guerras que no amenazan directamente su supervivencia ni sus fronteras. Los territorios de África, Medio Oriente, Europa del Este o el Mar del Sur de China pueden ser relevantes para los manuales de geopolítica, pero no para el votante norteamericano promedio, hoy hiperconectado, profundamente escéptico y – por primera vez en la historia - informado por decenas de canales de noticias sobre las guerras a las que otros quieren arrastrarlo junto a su familia.
Ese votante hoy entiende algo fundamental: el territorio continental de Estados Unidos no está siendo invadido por Rusia ni lo estará en el futuro previsible. No hay flotas enemigas cruzando el Atlántico ni ejércitos chinos planeando desembarcos anfibios en California. Desde esa certeza —porque es absoluta— nace una nueva política exterior, militar y comercial que, aunque muchos aún no quieran admitirlo, está cambiando rápidamente el orden mundial. De hecho… en lo que concierne a América Latina, ya lo cambió para siempre.
Menos guerras, más negocios y una mejor calidad de vida en los Estados Unidos
El nuevo enfoque estadounidense —algo difícil de entender para quienes no conocen el corazón de la sociedad norteamericana— es simple y, para algunos, brutalmente honesto. A partir de hoy, Estados Unidos deja de ser el soldado global que pone el cuerpo en todas las guerras, por las cuales siempre termina siendo maldecido, y ahora pasa a ser el proveedor que vende su armamento desde la comodidad de sus fábricas en Texas o Nueva York. En lugar de gastar billones de dólares en mantener tropas estadounidenses desplegadas en países inmensamente ricos, pero huérfanos de modernas unidades de combate, Washington decidió eliminar ese gasto autoasignado retirando inmediatamente a sus regimientos y, en cambio, convertir la ausencia de sus tropas en un negocio para su industria de defensa mediante la venta masiva de su propio armamento… a esos mismos países ricos.
Europa, Japón, Corea del Sur, Australia y Taiwán seguirán armándose desde los arsenales norteamericanos, pero ahora pagando por las armas, y dejando de recibir protección gratuita. La OTAN, tal como la conocimos, es una organización que se resquebraja a la velocidad del rayo, no por falta de amenazas, sino por la ausencia de voluntad política en Washington para seguir formando parte de ella. Para el ciudadano norteamericano, la idea de financiar la defensa de países con niveles de bienestar y seguridad social muy superiores, mientras su propia clase media se empobrece, dejó de ser aceptable. Estados Unidos no se aísla del mundo. Cambia de rol. Y ese cambio tiene una consecuencia directa, instantánea y tangible desde el día 1: el policía marítimo global, la Marina de Guerra de los Estados Unidos, se va a casa.
El océano se ha quedado sin sheriff
A partir de 2026, la Marina estadounidense concentrará la inmensa mayoría de su poder naval en el hemisferio occidental. Entiéndase por ello el mar Caribe, el océano Atlántico y el océano Pacífico sudamericano desde México hasta la Antártica chilena. El resto del planeta deberá aprender a navegar por sí solo. Durante casi un siglo, la seguridad marítima fue un servicio invisible y gratuito proporcionado exclusivamente por los Estados Unidos. Nadie escoltaba sus propios buques comerciales.
Nadie pagaba peaje. Nadie pensaba seriamente en la piratería más allá de las películas. Nadie concebía que sus barcos, esos que traen el invaluable gas y petróleo para entregarnos electricidad… no llegarían porque serían retenidos a lo largo de su trayecto por varias naciones que estaban en desacuerdo con nuestro gobierno. Pues bien, a partir del 1 de enero de 2026, esa comodidad comercial, esa certeza política de que “nada iba a pasar” y esa tranquilidad militar otorgada por el Sheriff marítimo han llegado a su fin.
El comercio global marítimo —ese que mueve cerca del 80 % de todo lo que consumimos— queda, a partir de hoy, totalmente expuesto. Y cuando el comercio queda expuesto, la historia es extremadamente predecible: aparece la oportunidad de hacerse con cientos de millones de dólares al día con facilidad, la violencia queda sin castigo y el negocio se vuelve extremadamente lucrativo. La palabra “piratería” se instala en el centro del escenario, aunque ahora esos “piratas” tengan destructores, fragatas y corbetas armadas con drones, misiles y banderas nacionales. Asegurarse de que ahora todos – absolutamente todos - paguen tasas o tarifas por navegar en nuestras aguas territoriales es el nuevo nombre del negocio, y para ejercer efectivamente este nuevo control fiscal – sobre la totalidad de la zona marítima exclusiva - se requiere de una nueva clase de embarcaciones de combate que deben fabricarse a gran escala… y a gran velocidad.
Este año 2026 marcará la llegada de las lanchas rápidas de ataque multimisión y su rápida entrada en los mercados internacionales. Y es que estas nuevas plataformas de combate multipropósito, cada una armada con decenas de drones kamikazes o municiones merodeadoras de largo alcance, drones de reconocimiento (ambas dotadas de I.A.) y otras con sistemas de vigilancia, le entregan a la marina de guerra de un país pequeño una inmensa y casi desproporcionada capacidad de combate en zonas costeras por que pueden reemplazar - con dolorosa eficiencia - la necesidad de fragatas y destructores en misiones de bloqueo marítimo, control de rutas costeras y ataque contra todo tipo de embarcaciones civiles y militares que cometan el error de acercarse a menos de 100 kilómetros de una playa.
¿De qué sirve una poderosa flota de fragatas misileras si ninguno de sus buques puede acercarse a la costa sin ser hundido en cuestión de minutos? En el siglo 21, el combate en zonas de islas, estrechos, canales y fiordos no permite el uso seguro de buques de guerra de gran calado. Veloces, casi invisibles al radar, equipadas con un desproporcionado poder de fuego y capaces de operar en manadas o enjambres… las lanchas rápidas de ataque multimisión claramente representan un sistema de armas muy completo – y de bajísimo costo - que viene a quedarse por décadas.
América Latina entra en escena
Washington ha decidido usar a Centroamérica y el Caribe como campo de pruebas de su nueva política exterior. No como socios, no como aliados, sino como escenario. Para ello, le ha entregado a la 4.ª Flota, bajo el paraguas del Comando Sur, una carta blanca operacional que rompe con décadas de diplomacia decorativa y devuelve al hemisferio occidental a una lógica brutal de fuerza y control.
Dicho en cristiano: la flota saldrá a cazar. Hundirá, abordará y capturará buques militares, mercantes y de transporte cada vez que así lo determine, sin explicaciones, sin negociaciones y sin pedir permiso. La destrucción mediante misiles dejará de ser una excepción para convertirse en un procedimiento de rutina. El uso de la fuerza será diario, masivo y ejemplarizante.
Los buques petroleros y sus cargas no serán “interceptados”; serán incautados. La mercancía cambiará de dueño, las rutas serán reescritas y, en el proceso, la flota mercante bajo control estadounidense crecerá a costa de buques capturados de quienes aún creen que el Caribe es un espacio neutral. El mensaje es inequívoco: el mar ya no es un corredor, es un territorio en disputa. Y Washington ha decidido patrullarlo como tal.
Las misiones asignadas a la Fuerza de Tareas “Lanza del Sur” no admiten lecturas ambiguas ni dobles interpretaciones. En el plano estratégico, durante la fase uno, la flota tiene un objetivo explícito: provocar la caída del régimen venezolano. Consumado el cambio de gobierno, se activará de inmediato la fase dos: acelerar el colapso del régimen comunista cubano. Sí, Cuba es el plato fuerte de Washington. Y su caída no es una hipótesis, es una consecuencia matemática. Sin petróleo venezolano, sin electricidad subsidiada y sin agua garantizada, La Habana no aguanta. Se apaga. Se seca. Se rinde.
En el nivel operacional, la misión es aún más directa: neutralizar —mediante ataques de precisión de alto impacto— los centros de entrenamiento, mando y control de las guerrillas colombianas refugiadas en territorio venezolano. Traducido: sus jefes. Las casas de seguridad del Tren de Aragua, las FARC y el ELN se convertirán en blancos recurrentes de la aviación naval estadounidense. Ataques semanales. Sin advertencias. Sin comunicados diplomáticos. Los escuadrones embarcados regresarán a su rol original: fuerza expedicionaria de ataque, no policía marítima.
En el nivel táctico, el golpe será quirúrgico y sostenido. Drones pesados de largo alcance y misiles Tomahawk comenzarán a borrar del mapa los laboratorios del narcotráfico en las selvas colombianas, así como sus centros de mando y control. Cientos de objetivos serán atacados selectivamente en ambos países. En el caso Cubano, no habrá campañas prolongadas ni ocupación terrestre de la isla. Solo destrucción sistemática de la infraestructura criminal que aporta recursos al régimen comunista desde el extranjero. La lógica que sustenta este planteamiento es tan simple como implacable. Sin petróleo y sin el dinero del narcotráfico, el régimen cubano es inviable. No puede pagar, no puede producir, no puede reprimir. Bajo este esquema, su colapso no superaría los 180 días. Probablemente mucho menos.
Pero el orden de los factores importa. Para que Cuba caiga en septiembre de 2026, primero debe asfixiarse la dictadura venezolana, el verdadero pulmón energético y financiero del eje regional. Sin Caracas, La Habana es solo una isla a oscuras. Desde la perspectiva de Marco Rubio y del Pentágono, el diseño estratégico es, sencillamente, perfecto: operaciones de bajo costo relativo, riesgos políticos y militares acotados, y un impacto geopolítico excesivamente beneficioso. Si ambos objetivos se cumplen, las ganancias internas se obtienen de inmediato. El éxito en el Caribe y América Latina no solo reconfiguraría el equilibrio regional, sino que además allanaría el camino hacia la reelección de otro gobierno Republicano aislacionista, con un mensaje claro para el electorado estadounidense: resultados rápidos, beneficiosos, decisivos y sin guerras largas.
Pero la campaña en América Latina, lejos de ser breve, será prolongada. Estados Unidos planea mantener a miles de U.S. Marines, junto con escuadrones de combate y de ataque de la U.S. Navy, desplegados de forma permanente a lo largo de toda la región. Con ese objetivo, en los últimos meses Washington ha firmado acuerdos de cooperación militar con Guyana, República Dominicana y Panamá, mientras que otros países ya han sido incorporados mediante el incremento de la presencia militar estadounidense, a través de bases existentes en Puerto Rico, Honduras y Cuba, así como de centros de vigilancia instalados en aeropuertos estratégicos de El Salvador, Aruba y Curazao.
La decisión de Trinidad y Tobago de autorizar la instalación de un sistema de radar estadounidense y conceder acceso a sus aeropuertos y zonas portuarias a la flota de ataque terminó de cerrar el cerco. El anillo de acero en el Caribe está completo. Las operaciones ofensivas están a punto de comenzar y, gracias al acceso privilegiado y al empleo de estas diez (10) nuevas bases adelantadas de carácter expedicionario —dotadas de capacidades aéreas, navales y terrestres—, resulta previsible que, una vez alcanzados los objetivos en Venezuela y Cuba, la presencia militar norteamericana no solo se consolide, sino que se expanda con fuerza durante varios años en todo el mar Caribe y el Atlántico Sur. (la expansión en el Pacífico Sur comenzará en 2027 y se consolidará en la Antártica en 2029).
El mensaje es tan evidente que resulta imposible ignorarlo. Ante un tan plan sorpresivo, robusto y ejecutado con semejante determinación, China y Rusia —sorprendidos— han optado por retirarse silenciosamente, dejando a Venezuela y a Cuba a su suerte. No queda otra. Desde la perspectiva de Moscú y Beijing, ambas naciones al mando de líderes autoritarios históricamente muy mal asesorados militarmente, no existe margen real de maniobra para alterar el desenlace de acciones ofensivas que, para variar, no se esperaban.
Para América Latina, este giro estratégico no es teórico ni gradual. Es inmediato, tangible y profundamente incómodo. Estados Unidos ya dejó claro qué espera de la región: las marinas de guerra latinoamericanas deben asumir, sin dilaciones, el control total de las rutas marítimas del narcotráfico y ejecutar la destrucción efectiva de los cárteles en el mar. Se agotó el tiempo de las advertencias diplomáticas y de la retórica vacía.
Washington exige resultados verificables: lanchas narcotraficantes hundidas, rutas cerradas, flujos interrumpidos y toneladas de cocaína incautadas y pesadas en los puertos, ante agentes de la DEA que supervisarán directamente las operaciones en cada país. No habrá espacio para fotografías en las embajadas ni para declaraciones de buenas intenciones. Si no se exhiben las toneladas decomisadas, llegarán las sanciones. El mensaje es directo y sin ambigüedades: si las marinas latinoamericanas cumplen, Estados Unidos no intervendrá. Si fracasan, el Pentágono actuará directamente desde portaviones y bases avanzadas, sin pedir permiso, sin aviso previo y con escasa paciencia.
Para cumplir con esta nueva política norteamericana, América Latina debería desplegar cientos de lanchas rápidas de ataque e intercepción que, sencillamente, no existen en la actualidad. El financiamiento estatal está disponible; los presupuestos destinados a la industria de defensa existen y, en muchos casos, cuentan con recursos de sobra. Sin embargo, y aquí emerge el problema estructural que pocos se atreven a expresar en voz alta: América Latina no está preparada para esta misión. Los astilleros regionales carecen de la capacidad industrial necesaria para fabricar, en cantidad y calidad, el volumen de lanchas interceptoras de combate moderno requerido para enfrentar a las flotas híbridas del narcotráfico, esas que están compuestas por cientos de buques “pesqueros” reconvertidos, barcos de apoyo logístico, lanchas de alta velocidad armadas hasta los dientes e incluso submarinos al servicio de los cárteles de la droga.
El desfase entre la guerra moderna y las marinas latinoamericanas
Las marinas de la región fueron diseñadas para otro tiempo. Grandes buques, lentos y costosos, pensados para una presencia simbólica más que para la ferocidad, la rapidez y la violencia extrema del combate moderno en zonas costeras. Destructores, fragatas y corbetas lucen imponentes en fotografías oficiales, pero son prácticamente inútiles frente a enjambres de lanchas rápidas que operan desde ríos, islas pequeñas, manglares y costas selváticas. Por ejemplo; si el objetivo de la Marina de Guerra del Ecuador es proteger a 20 buques de carga y portacontenedores en su arribo seguro al puerto de Guayaquil… una marina adversaria – o una organización guerrillera - equipada con una flota de solo 35 lanchas de ataque pequeñas operando desde la seguridad de la costa podrá hundir – con infinita facilidad – no solo a todos y cada uno de los buques portacontenedores, sino también, le negara el acceso a las fragatas Ecuatorianas y destruirá sin riesgo alguno a cualquier buque de guerra que se acerque a las costas del propio Ecuador en un intento por regresar a sus propios puertos. ¿Absurdo? No, para nada. Se llaman avances tecnológicos en la industria militar.
La nueva guerra naval no se libra con acero pesado, sino con velocidad, persistencia y volumen. La victoria tampoco se decide en alta mar, en una batalla épica al medio del océano. No señor. La guerra naval del siglo 21 se define en zonas costeras, en el Estrecho de Magallanes, en el Canal de Panamá, en el Golfo de México y frente a las costas de Cuba. Quien controle estos cuellos de botella domina el mar. La nueva guerra naval se libra hoy con embarcaciones pequeñas, baratas, rápidas, armadas con drones de reconocimiento y municiones merodeadoras potenciadas con I.A., capaces de operar en enjambre y saturar el espacio marítimo con decenas de blancos imposibles de hundir, bloqueando – con sus olas de pequeños misiles - las escasas y mal diseñadas defensas de las grandes y lentas fragatas. Y aquí surge la verdad más incómoda de todas: América Latina no tiene cómo fabricar por sí sola estas plataformas de combate naval diseñadas para el conflicto asimétrico moderno. Al menos no con rapidez, a gran escala y sin la asesoría de un astillero europeo o norteamericano.
La brecha industrial que nadie quiere admitir
Los astilleros latinoamericanos, incluso los más avanzados, solo pueden fabricar cascos y ensamblar estructuras, integrar, armar y dejar a punto, pero no producen motores de alto rendimiento, ni mucho menos turbinas, o sistemas de propulsión avanzada. La dependencia de tecnologías y proveedores extranjeros para la fabricación de radares para fragatas, sonares y sistemas modernos de mando y control es total. Mucho menos pueden integrar, a escala, drones y municiones merodeadoras en las cubiertas de estas nuevas lanchas de ataque multipropósito y multimisión, que deben fabricarse a la mayor brevedad. Todas estas tecnologías – ya sea de forma parcial o total - deben importarse. Y esta misión se la estamos encargando a América Latina justo en un momento de la historia en que el 90% de los fabricantes de barcos de guerra están exclusivamente concentrados en venderle todo a Europa.
¿El resumen del problema? La región enfrenta una paradoja brutal: necesita de inmediato una flota nueva, rápida y numerosa, pero carece de la base industrial para construirla. La consecuencia es inevitable y, para muchos, incómoda de aceptar: la solución vendrá desde afuera. No hay más opciones… y si es así, ¿Quién llegaría primero?
Europa: prestigio, experiencia… y límites
Europa tiene una tradición naval, así como conocimientos y tecnologías avanzadas. Nadie lo discute. Pero el nuevo escenario no premia el pasado, sino la capacidad de respuesta inmediata. La guerra en Ucrania absorbió la capacidad industrial, el presupuesto y la atención estratégica. Los astilleros europeos están hoy concentrados en reforzar las marinas de la OTAN y recomponer inventarios. América Latina, para muchos de ellos, es un mercado secundario. No irrelevante, pero sí lejano.
Damen Shipyards es uno de los nombres más reconocidos en América Latina. Su historial en México, Brasil, Argentina, Panamá, Colombia y el Caribe es extenso y real. Las transferencias tecnológicas, la construcción local y decenas de buques entregados avalan su exitoso pasado. Pero el problema no es lo que fue, sino lo que es hoy. Damen enfrenta procesos judiciales por corrupción, acusaciones de violación de sanciones europeas contra Rusia y una creciente presión política dentro de la Unión Europea. En paralelo, Europa acelera su propio rearme frente a Moscú. Para países latinoamericanos que necesitan previsibilidad, rapidez y continuidad contractual, la incertidumbre legal y reputacional no es un detalle menor. Damen sigue siendo técnicamente capaz, pero en el contexto actual ya no es una apuesta libre de riesgos.
Otros astilleros europeos poseen tecnología de primer nivel, pero enfrentan los mismos obstáculos: costos elevados, plazos de entrega de hasta 10 años y procesos políticos complejos en un escenario en el que América Latina necesita actuar en meses, no en lustros.
Turquía y Corea del Sur: pragmatismo sin romanticismo
Fuera del eje europeo tradicional, Turquía y Corea del Sur emergen como actores pragmáticos. El grupo turco de construcción naval TAIS ha desarrollado una industria naval agresiva y exportadora, y a pesar de no haber concertado ventas si cuenta con fuerte presencia comercial en América Latina. El astillero surcoreano HD Hyundai Heavy Industries (HHI) aporta confiabilidad, calidad y volumen y, al igual que Turquía, no tiene inconvenientes industriales para firmar contratos de coproducción y hasta traspasar tecnología, pues ambos gozan de una amplia flexibilidad política. Consecuentemente, ambos son opciones reales. Pero ninguno termina de resolver un factor clave: la adaptación específica al entorno latinoamericano, mediante la oferta, el diseño y la fabricación a gran escala de embarcaciones de combate pensadas para un entorno de lucha marcado por ríos, selvas, manglares y el peligroso combate costero contra actores no estatales. No fragatas ni buques de desembarco anfibio… sino lanchas rápidas de ataque multimisión.
Estados Unidos y Metal Shark
Metal Shark es una empresa norteamericana consolidada y exitosa, con presencia relevante en toda América Latina. No obstante, es importante señalar que, a día de hoy, no dispone en su portafolio de plataformas de ataque específicamente diseñadas para integrar municiones merodeadoras ni drones de reconocimiento de larga duración, ni ofrece lanchas pequeñas para operar en escuadrones numerosos bajo tácticas de enjambre, esas pensadas para operar a alta velocidad, con tripulación reducida y casco blindado. Dicho esto, en caso de recibir una orden de compra de algún país sudamericano, la empresa sí cuenta con la capacidad industrial y técnica para diseñar y fabricar, en plazos relativamente cortos, una flota de embarcaciones con estas características. Sus astilleros en Estados Unidos podrían adaptarse con rapidez a este tipo de requerimientos.
Sin embargo, al igual que varios de sus competidores europeos, Metal Shark aún no ha desarrollado una plataforma verdaderamente multimisión, concebida desde su origen con una mentalidad multipropósito: generar, diseñar, fabricar y desplegar una embarcación pequeña, de bajo costo, pero con una capacidad de fuego masiva y escalable. Lo llamativo es que, aunque el concepto en sí no resulta particularmente complejo desde el punto de vista del diseño naval o de la integración de sistemas, esta necesidad aún no ha sido plenamente identificada —y mucho menos explotada— por la empresa. Esto la mantiene, en el buen sentido de la palabra, parcialmente desconectada de la realidad operativa y comercial del nuevo mercado latinoamericano, que hoy demanda volumen, rapidez de despliegue y poder de fuego distribuido.
Con todo, insistimos: si Metal Shark logra anticiparse y “ver la luz” a tiempo, podría activar sin mayores dificultades una capacidad de producción en serie en sus astilleros estadounidenses, orientada a entregar grandes cantidades de embarcaciones multimisión, exactamente del tipo que la región necesita con urgencia en el contexto actual.
Australia y TWPG: entender la guerra
Aquí es donde Australia rompe el molde europeo. Australia se preparó durante décadas para conflictos dispersos, costeros y rápidos. Archipiélagos, canales, selvas marinas y adversarios asimétricos no tradicionales. Exactamente el tipo de guerra que hoy enfrenta América Latina. En ese contexto surge The Whiskey Project Group (TWPG), un astillero que no diseña barcos para exhibiciones, sino para combatir a corta distancia. Sus plataformas —ya seleccionadas por el U.S. Marine Corps para combatir en las islas cercanas a China — alcanzan velocidades cercanas a los 60 nudos, están blindadas, integran drones y municiones merodeadoras, y operan como enjambres en sus ataques. Pero el verdadero diferencial no es solo técnico. Es industrial y estratégico. TWPG entendió que América Latina no necesita promesas, sino capacidad inmediata, transferencia tecnológica real y producción regional. El acuerdo de coproducción con COTECMAR en Colombia no es simbólico: es un modelo replicable que debería ser imitado por otros astilleros.
Mientras otros venden contratos con entregas a largo plazo - con cláusulas de cancelación en caso de guerra en Europa - TWPG vende tiempo. Y en este nuevo escenario, donde el dinero ahora sobra en los astilleros sudamericanos… el tiempo es el recurso más escaso.
El mercado que nace del vacío creado anoche…
Estados Unidos ya definió la misión. El mar volvió a ser peligroso. Y la región, sencillamente, carece de marinas de guerra modernas, numerosas y operativas, incluso para protegerse a sí mismas. Desde hoy, el comercio marítimo vuelve a necesitar convoyes de escolta y América Latina claramente no puede proporcionarlos. Cuando el policía se va, alguien ocupa ese espacio de forma instantánea. En este caso, no con soldados ni banderas, sino con embarcaciones de ataque, de todo tipo, diseñadas y equipadas para capturar buques portacontenedores y petroleros valuados en más de 270 millones de dólares por unidad.
En términos prácticos, cualquier nación latinoamericana, con una marina mínima pero decidida, puede —en apenas unas horas de “trabajo”— capturar una docena de petroleros o buques de carga pesada que naveguen sin escolta frente a sus costas. El botín se mide en cientos de millones de dólares en menos de 24 horas. Extienda esa lógica durante diez días y una pequeña armada caribeña o centroamericana podría apoderarse de miles de millones de dólares en activos pertenecientes a empresas extranjeras francesas, italianas o noruegas, que no tendrían otra alternativa más que pagar rescates o perder buques, carga y tripulaciones.
La pregunta incómoda es inevitable: si existe la certeza de que la Marina de Brasil y la Armada de Colombia no pueden escoltar ni proteger de forma sostenida a sus propios buques petroleros y mercantes en su propia zona marítima exclusiva, ¿por qué no habrían de ser capturados por actores estatales o redes criminales bien organizadas operando desde Cuba, Venezuela o Nicaragua?
El vacío ya existe, y ese vacío de poder naval crea un mercado con necesidades inmediatas, urgentes y multimillonarias. Para los astilleros extranjeros, esos que sí están bien informados, América Latina dejará de ser periférica y se convertirá en el nuevo mercado marítimo emergente del siglo XXI. Para los gobiernos latinoamericanos, la decisión es clara aunque incómoda: comprar capacidad afuera o aceptar que otros impongan el orden desde el aire y el mar. El océano volvió a ser salvaje. Y esta vez, navegar sin protección no es una opción. (José Miguel “Mike” Pizarro, ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), Analista de Defensa de CNN en Español, ex U.S. Marine y veterano de 4 años de la guerra en Irak)





2 comentarios