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Los nuevos retos de seguridad en América Latina

América Latina tiene la virtud de sobresaltarnos a todos cada cierto tiempo. Cuando parece que una tendencia se acentúa, se inicia otra en sentido contrario sin solución de continuidad. En los últimos meses, hemos asistido a una violencia organizada por elementos insurgentes que buscan en la inestabilidad social y política, el caldo de cultivo para sus intereses. La caída de Evo Morales, los acontecimientos en Chile, las revueltas en Bogotá, el cambio político en Argentina y anteriormente en Brasil, la inestabilidad política en Perú y la calma chicha dentro del régimen chavista y castrista denotan grandes riesgos para la seguridad que deben ser afrontados con urgencia.

El gran peligro que se deriva de estos movimientos es que al final generan tensiones entre países que respaldan a gobiernos o movimientos insurgentes, provocando situaciones de potencial conflicto. Nada de lo que acontece en Sudamérica desde los comienzos de la Guerra Fría es casual. La Unión Soviética y Rusia continúan con su injerencia política con el fin de debilitar el flanco Sur de los Estados Unidos; que a su vez durante décadas ha controlado la política y los recursos del Continente.

Por una parte, Trump ha abandonado al Continente a su suerte y cada vez resulta más evidente que la suerte de los latinoamericanos depende más de ellos mismos. El populismo ha mostrado allí su cara más dañina. Se ha aprovechado de la miseria de una gran parte de la población para implantar un régimen autoritario que busca romper con la solidez institucional y el equilibrio social y político para eternizarse en el poder.

Si en los años setenta las dictaduras militares amenazaban a las democracias e implantaban sistemas económicos injustos, en la actualidad el populismo, que es la versión edulcorada del comunismo tradicional, amenaza también la estabilidad, la democracia y la economía de mercado, que son los pilares que necesita el Continente para continuar en la senda de crecimiento económico y reducción de la desigualdad, que tanto éxito ha producido en muchos países, aun cuando debemos ser conscientes de que el camino por recorrer es muy largo.

Esta nueva situación de riesgo y amenaza a la seguridad se encuentra con unas fuerzas armadas en todos los países democráticos que padecen años de sequía inversora, faltas de modernización y con un entrenamiento insuficiente, a pesar del entusiasmo de sus efectivos. La defensa de las libertades y de la institucionalidad democrática requiere una inversión fuerte y decidida en seguridad, para no caer en las redes de los países que invierten masivamente en sus fuerzas armadas, que, además, son adoctrinadas políticamente con el único objetivo de amenazar la estabilidad y la democracia de sus vecinos.

A pesar de lo que una parte de la sociedad insiste en demostrar, invertir en defensa no es un coste social. La alternativa cañones y mantequilla no sólo no existe, es una excusa que se utiliza para ni cañones ni mantequilla. Los países democráticos que más han invertido en defensa en las décadas pasadas han sido los que más han crecido económicamente y más han reducido las desigualdades. Las fuerzas armadas viven en la inanición, pagando culpas que no son suyas, sino de una clase política que no ha sabido entender el papel clave de la institución militar para salvaguardar las instituciones y los sistemas políticos democráticos.

En contra de la actitud de los gobiernos de países como Colombia, Perú, Chile, Brasil y México, el camino hacia la estabilidad y la seguridad tan necesaria para generar el ambiente de confianza que estimule la inversión empresarial, la credibilidad frente a las instituciones financieras y la seguridad en las calles de las ciudades y pueblos perdidos en medios de desiertos y selvas, demandan el tomarse la defensa más en serio. Podríamos hacer una larga y exhaustiva lista de las carencias del Continente, sólo viendo los presupuestos y el estado de sus obsoletos equipos.

Para un continente en el que todos sus países tienen marinas de guerra, y muchos de ellos dependen para su desarrollo económico y para su seguridad de una amplia zona económica exclusiva, el estado de sus buques y submarinos es lamentable; muchos de ellos con tecnologías de hace cincuenta años, incapaces no ya de asumir los riesgos de la guerra moderna, sino de proveer seguridad contra amenazas asimétricas, como el narcotráfico o el comercio ilegal. Hoy en día, con los avances tecnológicos que se están produciendo, la diferencia entre las capacidades actuales de las marinas de muchos países y las de Rusia o China, son abismales.

Hemos de reconocer que las fuerzas armadas de muchos de los países hermanos están incapacitadas para desarrollar las funciones constitucionales que tienen asignadas y este lamentable estado, de quien debe ser la primera línea de defensa de la seguridad y democracia, es inaceptable. A ello debe sumarse la situación del personal, que debe subsistir en unas condiciones de vida muy difíciles, con unos cuarteles en abandono, con infraestructuras inseguras y unos sueldos impropios de quien tiene tan altas misiones. La profesionalización de las fuerzas armadas, un concepto mucho más amplio que el de asalariados, es una tarea urgente.

Los acontecimientos que se están produciendo pueden desembocar, si no se cortan a tiempo con medidas políticas y económicas y con una apuesta por la seguridad, en una situación de caos social y económico de consecuencias impredecibles. Invertir en las fuerzas armadas en estos momentos no ya es solo un desiderátum, es una necesidad para preservar la seguridad, que es el valor más importante de todos cuantos el estado debe proveer, y que se halla en el origen de la fundación del estado moderno. Sin seguridad no hay libertades ni desarrollo económico ni estabilidad y de ahí que sea imprescindible, precisamente en estos momentos de declive económico mundial y de nuevos retos de seguridad, que las fuerzas armadas reciban los medios necesarios para el cumplimiento de sus misiones.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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