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Lecciones de la crisis con Marruecos

Entre las muy diversas clasificaciones que podemos hacer de las personas, hay una que me interesa especialmente: las que creen que el mundo es bueno y que todas las personas y gobiernos buscan el bien, de manera que invertir en defensa es un gasto inútil que no nos reporta nada positivo y que, sin embargo, alimenta el mal y los que ven amenazas por todas partes y tienen serias dudas de que todos los gobiernos se conducirán de forma racional, solidaria y pacífica con el resto del mundo. En este año del COVID 2021, apenas existen una treintena de países en el mundo que podemos calificar democráticos y occidentales, quizás otros treinta tengan procesos electorales medianamente libres y disfrutan de economías de mercado.

La población total del primer grupo de países, digamos pacíficos, no llega a un sexto de la población mundial y si sumamos los segundos, nos quedaría la mitad que vive en regímenes a los que la libertad y bienestar de sus ciudadanos les importa poco o nada, y que mantienen ambiciones incompatibles con la paz y la seguridad. China continúa un proceso de armamento y amenazas a sus vecinos con continuas violaciones de las fronteras y zonas de influencia, con ataques cibernéticos,y con crecientes dudas sobre si no hubo, en el mejor de los casos, negligencia en la muerte de millones de personas y el colapso económico de medio mundo con el coronavirus.

Rusia tiene un régimen que se alarga y que acalla a la oposición con medios que creíamos desterrados y que continúa con sus amenazas crecientes, tanto en los nuevos desarrollos nucleares o sobre las fronteras de los estados bálticos y Ucrania. A continuación tenemos estados que apoyan el terrorismo, como Irán; y otros como Nicaragua, Cuba y Venezuela que mantienen a la oposición en la cárcel y que actúan de forma creciente como agentes de Beijing y Moscú; y a continuación toda la panoplia de gobiernos corruptos y dictaduras de África y en Asia, como es el caso de Myanmar. Oriente Medio sigue siendo un polvorín con el conflicto de Siria y los ataques desde Gaza a Israel y el programa nuclear iraní.

Y si a eso unimos la violencia creciente en países como Estados Unidos, donde la población parece armarse para un conflicto civil y México donde cada día mueren asesinadas más personas, incluyendo mujeres y niños, que en Siria, como si no pasara nada. El cóctel no resulta muy tranquilizador. A pesar de este amplio catálogo de riesgos a la seguridad mundial, el buenismo diplomático español podría vivir en el limbo estratégico pensando que nada de esto le afecta y que la tradicional amistad con todo el mundo constituye nuestro mejor baluarte para mantener nuestra seguridad. Pero lo que era predecible que llegara, llegó y, como siempre pasa con este tipo de acontecimientos, por donde menos se lo esperaba el gobierno.

Tenemos a menos de media hora de avión a dos países con regímenes autoritarios, enfrascados en la mayor carrera de armamentos del globo, que desembocará necesariamente en un conflicto antes o después. Y es que España ha cometido diversos errores geoestratégicos en las últimas décadas que nos pueden poner en medio de un conflicto bélico, salvo que nos rindamos, y cedamos, lo que está en nuestro ADN desde que Franco comenzó a perder colonias a cambio de nada. El primer error es no distinguir entre amigos y menos amigos. Argelia se convirtió en un aliado estratégico por el suministro del gas, pero el país ha continuado con su cercanía a Moscú, mientras que Marruecos confiaba en su relación con Europa y en particular con Francia para mantener la seguridad.

Pero nuestro vecino del Norte ya ha dejado de ser el gran país director de Europa y existe al respecto una conciencia creciente no solo entre los militares, sino en una parte mayoritaria de la población francesa de toda la vida, para entendernos. Marruecos entendió que su superioridad estratégica sobre Argelia dependía no solo de un presupuesto de modernización muy superior al español, sino sobre todo de aliarse con los dos gigantes de la tecnología militar, Estados Unidos e Israel, que ya son referentes de Marruecos. España ha adoptado un proceso de desoccidentalización, con una creciente cercanía ideológica y política con los regímenes que están bajo el paraguas de los dos mayores enemigos de la libertad y la estabilidad, China y Rusia, y alejándonos de nuestros esquemas tradicionales de seguridad en la OTAN y Estados Unidos.

Este devaneo estratégico traerá unas consecuencias estratégicas y económicas desastrosas para nuestro país si no se remedia la situación inmediatamente. Ahora tenemos a Marruecos como el principal aliado de Estados Unidos en el Oeste del Mediterráneo, con un armamento más moderno y con mayor capacidad de proyección, enfrentado a Moscú vía Argel por el dominio del Sahara occidental, y con reclamaciones históricas sobre España. Que el Gobierno quiera convertir una acción agresiva contra nuestra soberanía en un problema de inmigración es la mejor muestra de la ceguera estratégica.

Mientras el monarca la acaba de regalar a su hermano un avión para que se pasee por todas las suites más lujosas del mundo, nosotros tenemos un ejemplo de culpa por ser más ricos y nos consideramos obligados a resolver los problemas sociales de la población marroquí que sus gobernantes les niegan. Es decir, tenemos un vecino capaz de enviar niños simplemente para mostrar su enfado por acoger a un líder del Polisario, ¿Qué no hará por obtener la soberanía de Ceuta, Melilla y Canarias? ¿Necesita España apoyar al Frente Polisario como si nos fuera la vida en ello? Si queremos tener la independencia estratégica para actuar, la primera acción no era curarle el COVID al jefe el Polisario, sino triplicar el presupuesto de Defensa y entonces podríamos decidir. Pero si creemos que todos son buenos y que nadie nos quiere ningún mal, pues entonces mejor dejemos el Sahara a Marruecos y nos quitamos un problema. Sin embargo, seamos serios: los problemas de fondo no se resolverían.

Posdata, viendo a los gibraltareños, unos pocos miles en un peñasco, sin COVID y tranquilamente tomando café en las terrazas, uno pensaría que viven con gran tranquilidad y sin ninguna amenaza ni desazón. ¿Esto será por el buenismo británico o por el poderoso compromiso con su país y con su seguridad? Si queremos que la vida en Ceuta, Melilla y en Canarias sea placentera y segura, sólo necesitamos mostrar nuestra decidida voluntad de defender nuestra soberanía e integridad y además garantizar la superioridad estratégica. Pero claro si estamos dispuesto a abrir una mesa de diálogo para la escisión de Cataluña, ¿qué mensaje estaremos transmitiendo a nuestro vecino del Sur?

Por Enrique NAVARRO

Presidente MQGloNet


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