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La energía y la defensa

Durante siglos, los países entraron en guerras por razones aparentemente dinásticas religiosas o geográficas, pero todas en el fondo ocultaban intereses económicos. En general, los países invadían a otros para incrementar su riqueza, para asegurarse determinadas materias primas y, en definitiva, para garantizar su soberanía e independencia. Durante la I y II Guerra Mundial, los grandes movimientos militares tuvieron como objetivos las minas de hierro o los pozos de petróleo. La providencia no le había otorgado a todos los países el mismo nivel de riqueza y se distribuía de forma muy ineficiente y algunas naciones pensaban que estaba en sus manos equilibrar el mundo satisfaciendo sus intereses.

Hoy en día asistimos a una situación que ha estallado en nuestros bolsillos. De pronto, y tras el parón del COVID-19, nos hemos empeñado en salir muy deprisa de la crisis. Los gobiernos se han puesto de acuerdo en incentivar la demanda con un tremendo bombeo de liquidez, sobre todo en los países occidentales que tienen condicionadas sus políticas a los ciclos electorales. China ha sido el primero en lanzarse, aprovechándose de una estructura económica al servicio de la política, a continuar con su acoso a Occidente, acaparando materias primas, microprocesadores, chips y la energía.

Si los gobernantes estudiaran economía o se dejaran llevar por los expertos, entenderían cuáles son las fuerzas que intervienen en los fenómenos económicos; cómo actúan los comportamientos del homo economicus sobre los precios, sobre la distribución de la riqueza y sobre la renta. En estos momentos, asistimos a una crisis de oferta sin precedentes en la historia reciente del mundo. El COVID-19 ha sido un factor acelerador de la economía como consecuencia de unas políticas expansivas, que venían a culminar las de los diez años exteriores. Los gobiernos nos han subido en un fórmula uno y apenas tenemos el carnet para circular en motocicleta.

Así, de pronto, nos encontramos con circunstancias inimaginables. La industria del automóvil está parada por los chips; la de transformación bloqueada por un incremento en los precios de las materias primas en los últimos seis meses sin precedentes; el transporte colapsado por la subida del petróleo; y la industria en general se frena ante la imposibilidad de repercutir los costes de la electricidad en sus precios para no quedar fuera del mercado. El mundo se aboca a una crisis mayor que la de 2008 y la del Covid, y los gobiernos piensan apagar este fuego con más gasolina y esto sólo nos puede llevar a peor.

La próxima batalla vendrá con el gas. Europa se calienta con el gas que procede de Rusia, un enemigo estratégico, y de Argelia, aliado de Rusia y que ha roto relaciones con el país que se nos interpone, Marruecos. Lo que nadie nos explica en España es que estamos permitiendo estos precios de la luz para no quedarnos sin gas este invierno, pero es que nadie nos puede garantizar que esto no pueda ocurrir. Dada la situación en el Sur entre nuestros vecinos.

Argelia nos enviará todo su gas por una tubería en el fondo del mar, con todas las incertidumbres que eso supone. Podríamos pensar en traer gas licuado, pero este mercado todavía está peor; es decir, no es imposible que esa artería del que dependemos no se pueda cortar por intereses que no somos capaces de manejar y que no haya alternativas a corto plazo. Y nos encontramos en esta situación por la imprevisión. Nuestra matriz energética se está transformando y apenas nos hemos dado cuenta.

Durante décadas la red eléctrica nacía en las centrales de generación y terminaba en las ciudades. Hoy la energía se genera en nuestras montañas y campos gracias al viento y al sol y, sin embargo, estamos limitando su crecimiento porque la red no se está adaptando a esta realidad. Pero, además, existe un factor estratégico a considerar. Ante esta situación generalizada de desa­bastecimiento mundial, los países que demuestren más solidez y liderazgo internacional se verán menos afectados, pero nosotros no vamos en esa dirección.

Estamos permitiéndonos perder el liderazgo militar en la zona y nuestra contribución a la defensa occidental tampoco se fortalece, sino que más bien se debilita, de tal manera que cada vez somos más insignificantes en la esfera mundial. Hay quien piensa que esto tiene poco o nada que ver con lo que hablo y que se puede liderar el mundo de otra manera más buenista. Se equivocan. El mundo no sigue ese camino y no vamos a ser nosotros los que modifiquemos el rumbo de la historia sólo porque no nos gusta. El mundo es cómo es, la energía se produce dónde se produce y las materias primas están donde están y debemos jugar estas cartas, no otras que no nos tocaron en suerte.

España debería hacer una demostración de liderazgo, de fuerza, con el reforzamiento de nuestras capacidades militares, y eso pasaría por recuperar nuestro grupo aeronaval de combate, con equipar con capacidad de ataque a tierra a nuestros submarinos, con la entrada de España en el programa JSF, con la modernización de equipos de vigilancia y sistemas no tripulados, con la mejora de nuestro sistema de defensa antiaérea, con el incremento de efectivos militares y, sobre todo, haciendo un uso inteligente de estos medios para ponerlos al servicio de los intereses de nuestra política y de nuestros compatriotas.

Vamos a asistir a unos años complicados en los que los países acentuarán sus diferencias para salvaguardar sus intereses. Malos tiempos para el internacionalismo nos aguardan, lamentablemente, así que está en nuestras manos tomar decisiones valientes en beneficio de  nuestra seguridad y bienestar.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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