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Hasta cuándo China aguantará con Rusia

Comprender a China quizás sea el esfuerzo intelectual más complejo que se puede acometer en el análisis de la geoestrategia. En lo único que coincidiríamos todos es en que se trata de un país gobernado por un partido, una élite endogámica en la que los puestos de los órganos de gestión política y administrativa se heredan y que se dicen comunistas, que no significa otra cosa que el control por el Partido Comunista de los derechos y obligaciones, de la educación y la cultura. En definitiva, el Estado se fundamenta en el férreo control de la sociedad a través de la inexistencia de derechos políticos o individuales. Entre el partido y los empresarios surgidos alrededor de este contubernio reina un capitalismo salvaje, donde no existen restricciones a las operaciones inmobiliarias, financieras o medioambientales.

La apuesta de Beijing por una defensa estratégica es muy reciente, no tiene más de quince años. Hasta ese momento, las Fuerzas Armadas dependían de la tecnología rusa y apenas disponían de material moderno, encontrándose a una distancia sideral de Estados Unidos. Desde entonces se ha realizado un esfuerzo enorme en nuevos aviones de combate, portaviones, submarinos nucleares, etc. En definitiva, China es ahora mismo el líder militar del Continente, con una destacada superioridad sobre el resto de países. Recientemente se ha dotado de algunos misiles DF-41 de alcance intercontinental, pero su arsenal nuclear, según todas las estimaciones, se cifra en unas 200 cabezas nucleares. En cualquier caso, su entidad es insuficiente para enfrentarse a Estados Unidos e incluso a la alianza de corte occidental en Asia. Es posible que en unos treinta años alcance el nivel actual de Estados Unidos, pero suponemos que, antes de que esto ocurra, Washington ya habrá tomado nota.

Los intereses estratégicos de China en el mundo pasan por abastecerse de las materias primas que necesita su economía, mantener la cohesión territorial y el liderazgo en el Continente y liderar la economía mundial con su enorme superávit. Sin embargo, a diferencia de Putin, carece de una ambición estratégica de corte político. China no aspira a exportar su modelo, ni tiene ansias expansionistas. De hecho, le sobran terreno y habitantes. La recuperación de Taiwan es un objetivo político y el éxito de la democracia en la isla es una amenaza enorme para Beijing y por eso es tan importante recuperarla. Esta es otra clave importante para comprender el escenario ante el que nos encontramos.

China, además, reconoce que su economía padece fuertes debilidades. El sistema financiero asociado al boom inmobiliario podría estallar en cualquier momento y con unas consecuencias impredecibles. Cada vez depende más del consumo interno y menos del sector exterior, lo que tiene mucho que ver con hábitos de consumo y de producción diferentes, que son menos expansionistas. Es decir, en un modelo autoritario que carece de emprendedores, el sostenimiento de un crecimiento cercano al 10 por ciento anual se antoja imposible. Este es otro riesgo añadido que debemos considerar. Decía Napoleón que si China despertase el mundo temblaría. Yo suelo decir lo contrario, que cuando China se duerma el mundo temblará, pero lo cierto es que las perspectivas económicas a medio plazo apuntan más a un colapso que a un sostenido crecimiento económico.

Las sanciones económicas contra Rusia de Occidente son una importante llamada de atención, dada la extraordinaria dependencia china de esta parte del mundo libre para mantener su economía. Más allá de beneficiarse de Rusia adquiriendo petróleo, y en menor medida gas a precios reducidos, y de aprovechar para situar el yuan como moneda de referencia en Rusia, lo cierto es que China, a diferencia de otros países, como Irán o Corea del Norte, no ha hecho nada por apoyar a Rusia, a pesar de la creciente presión desde el Kremlin. Ha manifestado en sus sucesivos encuentros y comunicaciones con Rusia su interés en cambiar el orden mundial dominado por Estados Unidos por uno más justo y democrático, pero no ha avanzado nada de cómo ambos países iban a proceder en dicho objetivo común.

El problema es que, si esa ambición apadrina una invasión y la anexión ilegal de un territorio, perderá legitimidad y sobre todo capacidad de atracción y, por ello, Beijing se muestra tan recelosa en mostrar un apoyo más allá del deseo de paz. La portavoz del Gobierno chino declaraba hace unos días, a preguntas sobre la anexión ilegal de las cuatro regiones ucranianas, que su posición era muy clara: Todos los países merecen el respeto a su soberanía e integridad territorial. Las resoluciones de Naciones Unidas deben cumplirse y las legítimas ambiciones de seguridad de todos los países deben ser tomadas en serio. Una posición demasiado clara contra Rusia.

Cada semana que pasa, y a la vista de los acontecimientos militares en Ucrania, el distanciamiento de Beijing es cada vez más evidente. Si en un principio podría ser una oportunidad para debilitar a Occidente, la consecuencia más relevante de la invasión ha sido el resurgir de la OTAN y de la Unión Europea como baluartes de los principios occidentales y de la seguridad en el Viejo Continente. China necesita con urgencia restaurar la confianza de Occidente. De nada le sirven las ambiciones en el Mar de China y sobre Taiwan, porque no existe el nacionalismo chino que se pueda arropar de la bandera ante un conflicto. En cierta manera parece que China se ha pasado de frenada y ahora se encuentra con un Occidente más determinado a defenderse y, en particular a preservar la libertad en Taiwan y con un gasto en defensa que será inabordable para China, Rusia o India. Putin ha despertado al verdadero gigante dormido y ahora todos tienen miedo de su respuesta.

Esta tensión también resulta tremendamente perjudicial para China. Estados Unidos tomó conciencia de que la amenaza nuclear es real y que, si bien confía en que los grandes estados, por su enorme arsenal, se cuidarán mucho de iniciar una guerra, los pequeños, como Corea del Norte, Paquistán e Irán, son amenazas mucho más peligrosas y resulta urgente acabar con esta capacidad. Debemos tener claro que si Putin lanza una primera bomba nuclear, aunque sea táctica, no será la última y otros se abonarán al club de los que la usarán para sus grandes intereses estratégicos, como Israel, India o Corea del Sur. Un ataque nuclear de Rusia en cualquier parte llevaría de forma inmediata a la destrucción de la capacidad militar de todas estas potencias aliadas de China o de Rusia. En conclusión, es muy probable que, si China no se desmarca pronto de Putin, se vea abocada a una situación de inseguridad, caos económico y de reacción política interna. Lo último que necesita su Gobierno es mostrar debilidad y, quizás, esta sea la mejor baza que tenemos para que Rusia abandone el Este de Ucrania y la paz vuelva a Europa.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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