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Guerra de dioses

Después de tres años de trabajo, casi diario, publiqué mi nueva novela “Guerra de dioses”. Aunque no voy a hablar de mi libro, sí me sirve para algunas consideraciones que hago sobre los riesgos que se ciernen sobre nosotros en los próximos años y que nos obligarán a ser mucho más proactivos en las cuestiones de seguridad y, por encima de ello, a reafirmarnos en aquellos valores sobre los que queremos edificar nuestro futuro.

La primera cuestión tiene que ver sobre la universalidad de nuestros valores, que reposa sobre la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano promulgada por la Asamblea Nacional francesa en 1789. Lo que para nosotros son principios obvios hoy en día, como la separación entre lo público y lo privado, la igualdad, la justicia, la libertad, apenas alcanzan a una parte relativamente escasa del mundo. Basta viajar por África o Asia, donde se concentran dos terceras partes de la población mundial, para percatarnos de que somos vulnerables ante esta inmensa oleada humana que está más centrada en sobrevivir contra el hambre, el estado, la violencia o las enfermades, lo que sin duda no contribuye a centrar el pensamiento y la acción en valores trascendentales.

El mundo no será un lugar seguro hasta que haya una equiparación entre derechos y ambiciones de todos los habitantes del planeta, lo que me lleva a algunas cuestiones algo inquietantes. ¿Debe Occidente por su seguridad pactar o confiar en gobiernos que ignoran estos valores para su propia seguridad?; ¿debe, quizás, imponerlos por la fuerza? La respuesta a estas cuestiones no es fácil. ¿Cuál sería el coste para Occidente de sacar a China o a las monarquías del Golfo del sistema económico para forzarles a abandonar el autoritarismo?; ¿cambiarían por ello sus regímenes políticos?; ¿estará dispuesto Occidente a prescindir de una parte de su bienestar por esta acción virtuosa y universal?

La segunda cuestión que se plantea es cómo Occidente afronta sus dilemas internos. Tenemos grandes democracias, donde apenas votan la mitad del electorado. Muchos países anteponen intereses autoritarios o partidistas a los principios generales sobre los que se basa nuestro sistema democrático y se ponen en cuestión, por ejemplo, dentro de la Unión Europea, sus principios y valores fundacionales, en aras de una pretendida eficacia.

Las sociedades han aceptado un tremendo recorte en sus derechos para salvarnos del COVID, a sabiendas de que se trataba de ataques a derechos fundamentales. Observamos cómo los países autoritarios se desempeñan mejor en lo económico, al eliminar muchos de los costes de transacción políticos de la democracia, y esto genera una actitud propensa a imitar sistemas que anteponen lo público a lo privado e intentan hacer prevalecer sus creencias o ideas despóticas sobre la colectividad.

La tentación totalitaria habita en muchas capas de ciudadanos, que se sienten abandonados por sus gobiernos, que priorizan a colectivos que sienten ajenos en gran parte; que se sienten amenazados en sus creencias por una imposición ideológica personal desde el aparato de estado. El cansancio democrático nos inunda. Confiábamos que la democracia traería un modo de vida mejor, pero si en Francia se propone una medida inevitable, como elevar la edad de jubilación, lo que tiene por encima de todo una razón biológica, el mundo se echa a la calle porque no aceptan la realidad, Nos encontramos ante una sociedad que se resiste a reconocer la realidad.

Ellos sólo esperan que el gobierno les resuelva su problema y que encuentre el dinero que ellos no ahorran para pagar a cada ciudadano un sueldo para un cuarto de su vida. El estado democrático se ha ganado a la ciudadanía a base de generar unas expectativas de vida insostenibles, si no fuera, una vez más, por la ilusión monetaria, que tiene un recorrido muy corto en la aldea global. Debemos comenzar a admitir que democracia no es sinónimo necesario de bienestar.

El terrorismo islamista desde los años sesenta ha amenazado nuestro modo de vida a través de los cientos de atentados que se han producido y dejaron miles de víctimas. Dos modos de vida tan diferentes, el Occidente liberal y democrático y el Islam retrogrado y conservador, estaban destinados a chocar, como dijera Huntington, y llegamos a creer que esa era la principal amenaza que padecía Occidente en materia de seguridad. En los populismos de derechas occidentales surgió un odio al musulmán por su beligerancia, mientras que permitíamos a Rusia y China consolidar su modelo económico y militar.

Hoy el mundo ya no se separa por religiones, sino por el conflicto eterno entre religión y laicismo, entre libertad y autoridad, entre igualdad y privilegios por razón de sexo, nacimiento o creencias, entre democracia y autoritarismo, y podemos observar cómo los actores se van colocando en cada parte de este tablero de ajedrez. Pero lo más sorprendente es ver cómo existen tentaciones de cambiarse al otro lado de tablero, en republicanos en Estados Unidos y en gobiernos como Hungría o Turquía.

Al final de todo este proceso, lo que resulta crítico es el manejo de los miedos. La sociedad se ve bajo la amenaza de una nueva guerra que podría, por su violencia, ser la última. Los gobiernos occidentales han reaccionado con valentía contra éste, el primero de muchos ataques que vendrán, pero si no estamos listos para el siguiente, seremos derrotados o nos veremos conducidos a una guerra total. Pero no son pocas las voces del temor que abogan por el entendimiento, por generar una entente, por sacrificar a algunos pueblos como el ucraniano, por salvaguardar nuestro trasero, como si esto fuera tan fácil y como si nos llevara a buen puerto.

Vienen años turbulentos, en los que se va a definir el futuro de la humanidad. Si no damos todos los pasos para que prevalezca nuestro modelo de racionalidad y humanidad, en unos años este será historia. Surgirán nuevos líderes que nos sojuzgarán y, además, nos convencerán de que lo hacen por nuestro bien, y decenas de ejércitos privados en cada país que se encargarán de que el nuevo modelo sea invulnerable, cualquiera que sea su coste.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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