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El futuro de la Alianza Atlántica

Desde la caída del muro de Berlín estamos escuchando que la OTAN está en crisis y que la Unión Europea debería tomar un mayor protagonismo en lo que queda de defensa europea en el marco de una disuasión estratégica. La Presidencia de Trump también incidió en la necesidad de abandonar la defensa de Europa después de cuarenta años de presencia en el Continente. Una región económica tan próspera como Europa, con unos presupuestos sociales envidiados por muchos en Estados Unidos, no debería estar todavía haciendo recaer su seguridad sobre un tercero.

Esta externalización de la defensa sólo ha tenido un sentido, permitir que los gobiernos no se desgastaran ante electorados mucho más complejos que los de Norteamérica, pudiendo dedicar sus recursos a reconstruir una Europa que primero debió salir de la desolación de 1945 y que en 1989 tuvo que absorber el colapso del Este. Las relaciones entre Rusia y Estados Unidos siempre fueron mucho peores que entre Rusia y Europa y esto nos garantizaba que nuestro aliado siempre optaría por Occidente, así que los riesgos de quedarnos solos estaban muy limitados.

Sin embargo, con la llegada de Trump descubrimos una realidad latente desde hace casi ciento cincuenta años en Estados Unidos, su ansiada neutralidad para seguir liderando el mundo. Hoy Europa se siente mucho más amenazada por Rusia que antes. Las actitudes ante las acciones del Gobierno de Putin provocan más enfrentamiento, mientras que Estados Unidos, quizás por su lejanía física y psicológica, antepone sus intereses a la defensa de los derechos de unos ciudadanos rusos que en nada han contribuido ni a la seguridad mundial, ni al bienestar de Estados Unidos.

Rusia siempre se ha movido entre su expansionismo hacia el Oeste y su necesidad de crear alianzas económicas con Europa. La respuesta europea ante esta estrategia ha sido el enfrentamiento. La consecuencia es que Rusia mira más al Este, a la ruta de la seda, a China a la India. Europa es cada vez más irrelevante para Rusia, que la ve como ese amigo pequeño y revoltoso que no deja de meterse con nosotros, pero sin capacidad para hacernos daño.

La nueva administración Biden muestra un aparente europeísmo y un claro enfrentamiento contra Rusia, pero hay que tener cuidado con afirmaciones tan rotundas cuando se habla de la política exterior de Estados Unidos. Biden seguirá presionando a Europa para que gaste más y continuará con su progresivo desmantelamiento militar en el Viejo Continente. Para Washington su gran enemigo estratégico es China.

Rusia es cada vez más irrelevante en esta gran contienda mundial que marcará el resto del siglo y los americanos necesitan invertir y girar hacia esta nueva realidad que tiene dos escenarios, África, que es el Continente objetivo de las dos grandes potencias; y el mar de China y el Sudeste asiático, desde Japón a la India y desde Nueva Zelanda a Mongolia. Aquí vive la mitad de la población mundial y se congrega una gran parte del PIB del planeta.

Oriente Medio y la frontera europea con Rusia son cada vez más irrelevantes. En el primer caso porque Rusia asiste a un invierno demográfico y económico que la convertirá en una potencia de segundo nivel en cuanto se caiga del guindo en el que la tiene Putin; y en Oriente Medio, porque en dos décadas el petróleo será un producto menor ante el surgimiento de las nuevas tecnologías, que reducirán la dependencia de los combustibles fósiles en apenas veinte o treinta años.

Sin el petróleo, los países de Oriente Medio serán ten irrelevantes como los de la sábana africana en términos estratégicos. Como consecuencia, Europa y la alianza atlántica cada vez son menos relevantes en la esfera internacional, lo cual no significa que sus retos de seguridad hayan disminuido. Esta Rusia sigue siendo una amenaza militar enorme para los pequeños ejércitos europeos y el gas ruso seguirá dando calor a los países del centro de Europa durante todavía bastantes años.

Es decir, la guerra fría del siglo XX se ha convertido en un conflicto regional que ya no está marcado por un modelo político e ideológico diferente, sino simplemente por las rivalidades económicas y políticas tradicionales. La vieja Europa se vuelve a enfrentar a sus problemas tradicionales que la llenaron de guerras durante siglos, los nacionalismos, y en esta contienda el último que se va a meter será Estados Unidos.

El gasto en defensa de la Unión Europa sigue siendo ridículo. La fragmentación de la oferta y la demanda de la que llevamos hablando desde hace sesenta años se mantiene y siguen existiendo intereses estratégicos diferentes dentro de los países de Europa que hacen inviable una política común. La, por algunos, ansiada unidad política ha saltado por los aires, ya que el modelo actual es mantener la autenticidad de cada país; incluso con políticas contrarias al espíritu de la Constitución de Europa.

Hoy Bruselas es una vía para conseguir fondos adicionales y mientras que la Europa rica trague, la unidad se mantendrá. El Viejo Continente debe aprovechar todo este modelo de nueva generación para reforzar su estructura industrial y tecnológica de cada a su seguridad. El retraso tecnológico sigue siendo muy amplio y no nos podemos permitir que se evidencie que no sólo hemos perdido el tren con Estados Unidos, sino también con Rusia, porque entonces Europa estará bajo las fauces de Moscú.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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