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Europa en la encrucijada

Una vez más en nuestra historia, Europa, se encuentra en un cruce de caminos estratégicos y parece tomar el camino al precipicio, mientras que muchos miembros de la Unión buscan su propia senda de seguridad al margen de la UE, lo que concluirá también en el abismo. Prueba de esta desafección europeísta la tenemos en la reciente decisión polaca de adquirir aviones norteamericanos F-35, como antes también lo hizo de helicópteros en detrimento de las opciones europeas. Estas adjudicaciones no obedecen a cuestiones técnicas u operacionales: son decisiones estratégicas de hondo calado que muestran la pérdida de fe de algunos países fronterizos con Rusia de que Bruselas esté afrontando los problemas de seguridad en el Continente.

La nueva Unión Europea de la Defensa tiene ante si tres grandes retos que debe solventar con decisión y premura, para no caer en el ostracismo estratégico, lo que implicará un cambio drástico de la tendencia pacifista iniciada en 1989, ya que el esquema de seguridad de la post guerra fría ya no existe. El primer reto es superar una arquitectura institucional de seguridad que cruje por todas partes. La creencia convencional dicta que Estados Unidos estará allí en caso de confrontación armada que involucre a sus socios de la OTAN y que, en cualquier caso, los ataques a Europa probablemente serán de naturaleza no militar. Pero dicho análisis no es del todo reconfortante, especialmente a la luz de los esfuerzos estadounidenses para equilibrar a China, que inevitablemente requerirá una priorización del Este de Asia sobre Europa.

Debemos empezar a considerar seriamente que la defensa europea dependerá sólo de europeos y esta realidad nos llama a abrir debates que parecían cerrados, como incluso la capacidad de disuasión nuclear para hacer frente a la carrera nuclear, que Rusia está claramente liderando en el continente. La mayor garantía de seguridad es el convencimiento de que a un ataque nuclear le seguirá otro. Si esta peligrosa, pero imprescindible, cadena de seguridad se quiebra, por un lado, la disuasión quedaría en cuestión y nuestra vulnerabilidad se incrementaría de forma exponencial. Este nuevo contexto estratégico nos lleva al segundo reto. Los países europeos debemos reactivar el modelo de disuasión clásico de la Alianza atlántica y ello requiere invertir miles de millones de euros en equipos modernos, infraestructura y en capacidad de despliegue rápido de contingentes de tropas considerables en Europa. También será imprescindible abrir debates complejos relacionados con la estrategia nuclear, incluyendo el posicionamiento de misiles estadounidenses de alcance intermedio en suelo europeo.

Hasta ahora no se ha hecho nada para alertar a los ciudadanos europeos sobre estos cambios dramáticos en nuestro entorno de seguridad y menos aún explicar la necesidad de aumentar significativamente el gasto. Las amenazas y la evolución militar en Rusia y en Medio y Lejano Oriente llevan a la conclusión que debemos advertir seriamente a los ciudadanos de que el modelo de seguridad que ha funcionado en los últimos setenta años ha quebrado y que más de lo mismo nos hace más vulnerables. Cada vez que Europa ha confiando en el sentido común de un país cuyas acciones eran crecientemente amenazadoras, el resultado ha sido nefasto. La respuesta por defecto europea ha sido propagar soluciones multilaterales, como los intentos más recientes de Alemania de poner en marcha el control global de armas y las conversaciones sobre desarme; pero estos caminos ya no tienen cabida en el nuevo contexto internacional. Este enfoque ignora que la política de poder a la antigua usanza parece estar nuevamente de moda. El poder militar, y la voluntad de usarlo, es la moneda con la que se comercia la seguridad. Sin embargo, los europeos estamos poco dispuestos a aceptar una realidad tan desagradable.

Desde el punto de vista de las inversiones y la industria, existe una creciente incapacidad para producir y comprar sistemas de armas complejos. Los cambios tecnológicos nos deberían hacer reflexionar sobre cómo Europa debe manejar la innovación para disponer de capacidades industriales armonizadas y crecientes. Pero las estructuras de pensamiento y organizativas actuales difícilmente podrán digerir este auténtico cambio disruptivo para las organizaciones militares. Pero el factor más importante que acelera la desaparición del modelo militar europeo es la incapacidad europea de pensar estratégicamente. Los europeos no tienen una comprensión clara de lo que el poder militar realmente puede lograr en el mundo de hoy y de cómo interacciona con problemas económicos y sociales del día a día. Y éste es el tercer gran reto de la Europa de la Defensa.

Resulta sorprendente que un grupo de países industrializados avanzados, como son los grandes países europeos, no sean capaces de reunir suficientes recursos, incluida la voluntad política, para avanzar hacia la autonomía estratégica, y la principal razón es la ausencia de una estrategia de la guerra y la disuasión. España, más allá de ser partícipe de esta crisis continental, tiene un gran reto estratégico propio, sumarse de forma activa a la construcción de una defensa europea que deberá ser muy diferente del modelo que hemos creado desde la caída del muro de Berlín.

Debemos contar con un incremento de las amenazas nucleares y convencionales contra Europa y nuestro país, sin la certeza de que Estados Unidos cubrirá nuestras deficiencias, cuando su mirada estratégica está en el Pacífico; las tensiones y amenazas en el Continente africano crecerán a medida que el desarrollo económico, sin la adecuada arquitectura institucional genere más tensiones e inestabilidad; y estas dos realidades no pueden obviarse sacrificando nuestro bienestar y seguridad en beneficio de un aislacionismo estratégico que a nadie beneficia. España está perdiendo la superioridad militar en nuestra zona de influencia y, sin una arquitectura europea sólida y corresponsable, estaremos ante una situación de crecientes amenazas contra intereses españoles al Sur del Estrecho de Gibraltar, que no debemos ignorar.

España no puede ser parte activa de una defensa europea si no tiene una industria en plano de igualdad con sus competidores/socios y ello implica más inversión y pronto, mas planeamiento estratégico con recursos, y una política que entienda que la industria de defensa constituye un pilar tecnológico e industrial de nuestro país, clave para el entendimiento con nuestros socios, y que asuma que decisiones políticas que afectan a la producción y comercio de armas, que no deben servir para beneficiar a nuestros socios/competidores sino para contribuir a una arquitectura industrial y de seguridad europea real.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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