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Europa ante la llegada de Biden a la Casa Blanca

Escribo este artículo viendo por televisión la toma de posesión del 46º presidente de los Estados Unidos. Por primera vez desde 1980, el entrante no ha sido capaz de renovar el mandato y este hecho es el quizás más destacable para entender qué ha ocurrido en la Presidencia de Donald Trump. Nos enfrentamos a un nuevo vaivén de la primera potencia mundial, cuando Europa también padece dos graves crisis, el Brexit y el COVID-19. De cómo afrontemos estos dos riegos dependerá nuestro futuro a medio plazo.

Con la nueva Administración, en cuestiones de seguridad debemos pensar a largo plazo y reflexionar sobre la fiabilidad de nuestro principal accionista en la empresa llamada Occidente, ya que llegará un día dentro de unos años que los republicanos regresarán al poder, ya que obtuvieron un resultado histórico. No olvidemos que Trump obtuvo más votos que Obama en su primera elección en 2008.

Hay un segundo aspecto a considerar: Biden ha reiterado, junto a su compromiso internacional, una clara apuesta por America First lanzada por Trump. Los tiempos del internacionalismo de Obama, Bush o Clinton han pasado a la historia. Las relaciones entre Estados Unidos y Europa no volverán a ser igual y esta realidad nos obliga a cambiar nuestra actitud respecto a las cuestiones de seguridad y defensa.

Es cierto que la gran mayoría de los países europeos, incluido el nuestro, ha comenzado a entender el mensaje y, así, todos los presupuestos de defensa europeos han tenido significativos aumentos, si consideramos el entorno macroeconómico, para este año 2021. El de Francia se elevará hasta 39.200 millones de euros, con un incremento del 4,5 por ciento, más un fondo adicional para contratar hasta 27.000 personas en sectores de inteligencia, ciberseguridad, etc., y para mejorar las viviendas y alojamientos militares. Alemania tendrá 46.930 millones, siendo ya el mayor de toda Europa por primera vez desde 1939, con 12.000 millones de euros para inversiones.

Italia gastará 15.300 millones de euros, más la dotación del fondo adicional para la industria de defensa de 2.640 millones, con una inversión total de 5.200 millones. Reino Unido llegará a un total de 46.000 millones de euros, Holanda a 9.000 millones y Polonia a 8.200 millones, todos con incrementos significativos. España, por su parte, dedicará 9.412 millones de euros a Defensa, incluyendo la partida de los programas especiales, que son devoluciones de créditos anticipados por el Ministerio de Industria a las empresas, es decir, dinero ya gastado, por importe de 2.431 millones de euros.

Pero observemos el abismo con los vecinos. Marruecos gastará en su defensa casi 7.000 millones de dólares, incluyendo un macro programa de inversiones que superará los 15.000 millones. Argelia dedicará casi 10.000 millones de dólares. Rusia alcanzará los 50.000 millones de dólares, aunque la gran mayoría de las agencias de inteligencia duplican esa cifra; y China a 178.000 millones de dólares.

Pero la defensa no es sólo una cuestión de números. Viendo estas cifras, uno podría pensar que Europa es fuerte y que saldría victoriosa de un conflicto militar; pero nuestras sociedades son débiles. Se transforman porque murió un policía en el asalto al Capitolio o porque en un atentado fallecen diez personas. Esto no ocurre en los modelos autoritarios, por una combinación de factores nacionalistas y de censura informativa.

Disponemos los europeos de una gran capacidad militar, pero que difícilmente los gobiernos serían capaces de activar de forma eficiente. En 1940, el Ejército francés casi duplicaba en teoría y presupuesto al alemán; dos semanas después de cruzar la frontera y pasarse por el forro la Línea Maginot, el primer ministro francés rendía Francia. Si no existe una conciencia de que la defensa es costosa, sobre todo desde el punto de vista político y social, estaremos derrotados, por muchos aviones o buques que dispongamos.

Este sentimiento también crece en la sociedad americana. Si Estados Unidos en 1941 decidió ayudar a Europa lo fue contra una fuerte contestación. Si hoy volviera a ocurrir lo mismo, ese sentimiento sería más fuerte y, por tanto, no podemos confiar en el nuevo mundo con todo su poderío que declarara Churchill en su famoso discurso en el Parlamento en mayo de 1940. Claro que de haber estado Trump en la Casa Blanca en 1941, ¿dónde estaríamos hoy?

Hemos entrado en una nueva guerra fría, en la que las amenazas son múltiples, ataques en las redes, violaciones de espacio aéreo, infiltraciones en conflictos regionales, espionaje, atentados contra la oposición y frente a todos ellos en conjunto tenemos una limitada capacidad de respuesta. Hoy en día, nuestras sociedades son directamente vulnerables a los ataques y, por tanto, los gobiernos ya no deben tratar estas amenazas desde el punto de vista militar, ocultando la información de lo que ocurre al público. Hoy es éste quién es directamente atacado sin disponer de los criterios adecuados para su defensa, que además son también manipulados.

Debemos entender que Estados Unidos ha iniciado un camino de regreso a sus orígenes, de menor internacionalización en sus prioridades y que, a diferencia de Trump, espera contar con una alianza más fuerte y efectiva con sus socios europeos. Si estamos a la altura de estas demandas lógicas, podríamos reconstruir el Eje Atlántico de la democracia y la libertad fundamental para la prosperidad del mundo a lo largo de este siglo.

Enrique Navarro


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