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De "Balmis" a "Baluarte", los presupuestos de Defensa deben respaldar la primera línea de las Fuerzas Armadas

Tras 98 días, el 21 de junio finalizaba la Operación Balmis del Ministerio de Defensa de lucha contra el coronavirus, que con 20.000 intervenciones supuso el mayor despliegue de las Fuerzas Armadas en tiempos de paz. Lejos queda ya aquella fecha, cuando la pandemia se antojaba algo más controlada y los servicios de los militares españoles parecían no ser ya necesarios. Hoy la situación dista mucho de ser la prevista, anticipándose la llamada segunda ola antes de la habitual gripe y sin que el verano haya llegado a su fin. Con una segunda fase de la Balmis a la vista, los militares deben de nuevo calentar motores y ponerse al servicio del país, preparándose para desempeñar nuevas misiones. Nunca dejaron de hacerlo realmente.

Y es que la planificación y la previsión son unas de las ventajas del pensamiento militar y, así, lejos de relajarse, desde el principio del verano el Ministerio de Defensa ha adquirido equipos y hecho acopio de recursos por si fuera necesario volver a actuar. Muchos de sus profesionales se han formado para desempeñar el rol de rastreadores de casos positivos, después de que el Ministerio pusiera a disposición 2.000 militares para esta nueva misión, actualmente desplegados en trece comunidades autónomas y las ciudades de Ceuta y Melilla. Esta Operación, bautizada Baluarte contempla no solo el trabajo de esos rastreadores, sino que se han ofrecido más si fuera necesario y formar a los propios de las comunidades. Actualmente es la Inspección General de Sanidad quién la coordina, pero si se reactiva Balmis pasará a depender del Mando de Operaciones.

La ministra Margarita Robles confirmó la disponibilidad máxima para ayudar a contener la segunda ola de contagios, retomando las tareas de desinfección en centros médicos, el traslado de enfermos o el montaje de hospitales de campaña. Ya está preparado, por ejemplo, uno en el Hospital Militar Gomez Ulla, listo para reforzar el servicio de urgencias ante el inminente desbordamiento. Baste recordar la visita a la UME (Unidad Militar de Emergencias) del pasado mes de la titular de Defensa y el de Sanidad, Salvador Illa, reconociendo y agradeciendo a las Fuerzas Armadas su decisiva colaboración, resaltando su profesionalidad, metodología y altísimo nivel.

Todo este esfuerzo se les exige con presupuestos que siguen en caída libre, con previsiones negativas para el próximo ejercicio. Sirva para ilustrar esta merma de capacidades que el Ejército del Aire ha perdido en una década más del 40 por ciento de sus recursos (827,19 millones en 2008 frente a 493,96 en 2020) y, además, como Armada y Ejército de Tierra, teniendo que renovar parte de sus importantes medios, modernizaciones que se van aplazando sine díe. La situación de lucha contra la pandemia seguirá demandando recursos públicos, por lo que los fondos disponibles serán aún menores en el próximo ejercicio. Y esto tiene que cambiar y así lo esperamos, en beneficio de todos.

Con menos de 1 por ciento del Producto Interior Bruto destinado a Defensa, España sigue a la cola de la inversión en la OTAN, con unos objetivos de Cardiff a los que se comprometió el Gobierno español (2 por ciento en 2024) muy lejos de conseguirse, sino imposibles. Tanto o más que los fondos disponibles, es necesario un Plan Estratégico de la Defensa que racionalice las prioridades y adquisiciones del Ministerio más allá de los intereses políticos. Y es que la normalidad para los militares siempre pasó por servir a su país y acatar las órdenes sin cuestionarlas, aunque ello pase por tener que desempeñar sus misiones con una carencia de medios tal que convierte su trabajo en sacrificio.

 


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