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Armas contracarro

Siempre se ha dicho que el mejor arma contracarro es un carro de combate. Hemos pasado de los cañones contracarro a los misiles y de los fusiles antitanque con balas ultrarrápidas a las minas de efecto direccional; las fábricas intentan vender a los responsables de los diferentes ejércitos las suyas, pero en el fondo todo esto son meros vectores. Lo más importante no es el tipo de carro, ni de misil, ni siquiera el calibre del arma. Lo realmente importante, el punto donde reside la eficacia de un arma, es el tipo de su cabeza de combate y su adecuación al objetivo a batir.

La lucha entre el escudo y la lanza, entre la coraza y las armas diseñadas para perforarla está presente en la guerra desde los coseletes de cuero protohistóricos hasta los modernos blindajes compuestos y, como siempre, los esfuerzos de atacantes y defensores inclinan la balanza, ora hacia un lado, ora hacia el otro. El propósito de este trabajo es presentar someramente la evolución de los proyectiles contracarro y su forma de funcionamiento, sin entrar en profundidades ni detalles técnicos, que sólo serían de interés para un pequeño porcentaje de los lectores. Partiendo de esta premisa, pido ya perdón por las posibles imprecisiones o generalizaciones que pueda hacer, que sólo buscan mantener un nivel de comprensión adecuado.

Para dar una visión global del tema, podemos agrupar los proyectiles contracarro de la siguiente forma:

1. Basados en energía cinética.

1.1. De forma constante.

1.1.1. Del mismo calibre que el arma.

1.1.1.1. Proyectil perforante AP (Ar­mour Piercing).

1.1.1.2. Proyectil perforante-rompedor APHE (Armour Pier­cing High Explo­sive).

1.1.1.3. Proyectil perforante con capacete balístico APBC (Armour Piercing Ballistic Cap).

1.1.1.4. Proyectil perforante-rompedor con capacete balístico APHEBC (Ar­mour Piercing High Explosive Ballistic Cap).

1.1.1.5. Perforante con capuchón APC (Armour Piercing Capped).

1.1.1.6. Proyectil perforante-rompedor con capuchón y capacete balístico APHECBC (Armour Piercing High Explo­sive Capped Ballistic Cap).

1.1.1.7. Proyectil perforante compuesto rígido APCR (Ar­mour Piercing Com­posite Ri­gid) o HVAP (High Velocity Armour Piercing).

1.1.2. De calibre inferior al arma.

1.1.2.1. Proyectil perforante subcalibrado APDS (Armour Piercing Discarding Sabot).

1.1.2.2. Proyectil perforante subcalibrado estabilizado por aletas APFSDS (Armour Pier­cing Fin Stabilized Discar­ding Sabot).

1.2. De forma variable.

1.2.1. Proyectil perforante compuesto no rígido APCNR (Armour Pier­cing Com­posite Non-Rigid).

1.2.2. Proyectil autoforjado SFF (Self Forged Fragment) o EFP (Explosively Formed Projectiles).

2. Basados en energía química.

2.1. Carga hueca HEAT (High Explosive Anti Tank).

2.2. Carga de aplastamiento HESH (High Ex­plosive Squash Head) o HEP (High Explosive Plastic).

Los inicios

Cuando aparecieron los primeros carros de combate en los campos de batalla de la I Guerra Mundial, los alemanes usaron la defensa contracarro más lógica, es decir, le disparaban con todo lo que tenían a mano hasta que algo, más por suerte que por otra cosa, conseguía perforar la coraza y neutralizar la amenaza. Evidentemente, cuando las armas de Infantería demostraron su ineficacia en este combate, y en tanto se desarrollaban los medios adecuados, fue la Artillería la que tomó protagonismo y los artilleros hicieron lo mismo que habían hecho antes sus compañeros de Infantería, dispararle con lo que tenían. Pero en esta ocasión el resultado fue diferente.

El proyectil normal de la Artillería es el rompedor, cargado con alto explosivo, y su eficacia se basa en su metralla y en la onda expansiva. Un impacto directo de un arma de calibre apropiado en un carro de la época, suponiendo que no llegara a inutilizar el vehículo, conseguiría con toda seguridad neutralizar a sus ocupantes, aunque sólo fuera por la violencia incrementada por la detonación de la carga explosiva.

Además, un impacto próximo podía causar efectos importantes, principalmente por desperfectos en el tren de rodaje que dejara el vehículo fuera de servicio. Los carros de combate actuales están mucho mejor protegidos y sus efectos quizás no sean tan determinantes, pero existen estudios, al menos aparentemente serios y rigurosos, que afirman que si bien no se puede esperar una perforación del blindaje en todos los casos, si que existirán efectos sobre la electrónica, óptica y tren de rodaje que podrían llegar a la inutilización del vehículo acorazado.

Otros proyectiles no específicos que han sido empleados en la defensa contracarro son los fumígenos, destinados en este caso a dificultar o impedir la conducción y control del vehículo, así como la observación y la dirección eficaz del tiro, facilitando así la acción de otros medios que pueden pretender la destrucción del carro. En cuanto a los proyectiles incendiarios, el humo produce los efectos ya mencionados en el párrafo anterior, pero lo que se busca es incendiar el vehículo, o como mínimo, inutilizarlo, haciendo detonar sus municiones o por destrucción de determinados elementos del grupo motopropulsor o del tren de rodaje.

El recurso inmediato en la lucha contra la coraza fue acudir a la experiencia de la marina, que ya llevaba muchos años luchando contra las cubiertas y cinturas blindadas de los buques de guerra. Los proyectiles que usaban contra estos objetivos eran externamente similares a los de uso general, pero con diferencias internas, según fueran perforantes o semiperforantes.

Siguiendo esta línea de razonamiento, la Infantería buscó también sus armas contracarro, y la primera idea fue el desarrollo de armas y municiones específicas, que eran poco más que fusiles supervitaminados. Sin seguir una ordenación temporal, encontramos dos tendencias, una seguida por España y Alemania, que buscaba armas de un calibre similar al empleado por las normales (7,92-8 mm.), y una segunda representada por la Unión Soviética, que promulgaba el uso de otros mayores (14,5 mm.)

También la artillería siguió el mismo camino, añadiendo a su panoplia de proyectiles habituales un nuevo disparo perforante (AP), que no era otra cosa que un bloque de metal con forma de proyectil, dotado de una punta aguzada para facilitar el inicio de la perforación y un tratamiento térmico destinado a incrementar la dureza del metal hasta los 400-600o Brinell (HB). El funcionamiento a la hora de perforar las corazas consistía simplemente en separar las moléculas del metal y conseguir la perforación a base de fuerza bruta, de forma similar a como lo hace un clavo que se hunde en una madera de un fuerte martillazo. Su efecto tras el blindaje lo producía el proyectil, o sus fragmentos, junto con las esquirlas que arrancara a la coraza, rebotando dentro del vehículo con la velocidad remanente que tuviera.

El siguiente paso, también dado a imitación del armamento naval, fue sacrificar un poco de masa del proyectil para hacerle un alojamiento que se llenaba de explosivo, activado por una espoleta colocada en el culote del proyectil con un pequeño retardo, lo suficiente para que la explosión se produjera en el interior del carro de combate. Se conoce como perforante-rompedor (APHE) y con él finalizó la guerra, dejando la incógnita del futuro de la lucha coraza/perforantes en el campo de batalla, es decir, de la eficacia de las posibles medidas de defensa ante un incremento de la protección de los carros.

foto: Disparo con proyectil HESH.

Proyectiles perforantes convencionales

Desde el primer momento quedó claro que la guerra que empezó en 1939 iba a estar dominada por los medios acorazados y que el que quisiera ganarla debía obtener la máxima eficacia en la lucha contra ellos. Los departamentos de material de los ejércitos más modernos del planeta se centraron en este desafío. El problema radicaba en que, para conseguir la mejor capacidad de perforación, se necesitaban ojivas agudas, por lo que si en el momento del impacto el eje del proyectil no estaba perfectamente perpendicular a la superficie a perforar, dada la dureza superficial de los dos cuerpos que colisionan, lo más habitual era que se deslizaran uno sobre otro sin producir daños de consideración o, al menos, sin conseguir la perforación deseada.

foto: Disparo para cañón de carro con proyectil APFSDS, también llamado proyectil “flecha”.

En el caso que el proyectil no rebote, la penetración depende fundamentalmente de su energía cinética, es decir de su masa y velocidad (Ec=½mv2). La segunda es función de una serie de factores extrínsecos e intrínsecos al proyectil y entre los últimos hay que destacar el coeficiente de forma, que simplificadamente se puede definir como la resistencia que el aire ofrece al avance del proyectil. Visto así, es fácil intuir que viene dado por la forma de la ojiva y que cuanto más afilada sea la punta, mejor penetrará el aire y conservará su velocidad.

Pero como hemos dicho antes, esa forma hace mucho más fácil que el proyectil rebote, por lo que su eficacia disminuye. Para solventar este inconveniente se le dio al proyectil perforante un perfil algo más romo y se recubrió con una falsa ojiva que actúa como capacete balístico, optimizando en lo posible el mencionado coeficiente de forma. Es el llamado proyectil perforante con capacete balístico (APBC) y de él derivó rápidamente la versión perforante-rompedora (APHEBC), con los mismos cambios mencionados anteriormente.

foto: Disparos de carga hueca (HEAT).

Pero el proyectil romo tiene peores características de perforación que el de punta aguzada, por lo que se estudió la forma de emplearlo disminuyendo la posibilidad de los rebotes. La forma que se encontró fue con la ojiva aguda, cubriéndola una capa gruesa de metal relativamente blando, que podemos llamar capucha, cuya parte frontal tuviera una forma roma para evitar los rebotes y luego todo con el capacete balístico. Nos encontramos con el proyectil conocido por las siglas APC, que se usó durante un tiempo muy breve, debido a que la masa de metal blando desequilibraba el proyectil, haciéndolo más inestable y menos preciso.

La misión que cumplía la capucha era múltiple. Por una parte se aplastaba sobre la chapa de blindaje, impidiendo el rebote, y por otra permitía que por inercia se colocara perpendicular a la superficie exterior de la coraza, consiguiendo actuar en la línea de mínima resistencia. Además, amortiguaba la fuerza del golpe sobre el cuerpo perforante, que podía llegar a romperlo, y el impacto de la capucha provocaba una serie de vibraciones que disminuían la cohesión superficial del blindaje, facilitando la perforación. Era un sistema bastante eficaz, por lo que no interesaba dejar de usarlo; la solución consistió en colocarle un capacete balístico y es conocido como APCBC. En cuanto a la masa del proyectil, debemos entender como la que actúa efectivamente sobre el blindaje, ya que el tratamiento térmico que aumenta la dureza, incrementa también su fragilidad y no eran extrañas las roturas de éste al impactar.

El incremento de la dureza del proyectil tiene otro efecto adverso, esta vez sobre el arma que lo dispara, ya que al ser más duro que el metal del cañón provoca un excesivo desgaste en el ánima, que acorta sensiblemente la vida de la pieza. La forma de luchar contra él consiste en hacerlo con un diámetro menor que el calibre del ánima y rodearlo con un falso proyectil para darle las medidas necesarias. La existencia de esta envuelta permite, por un lado, conseguir un perfil balístico adecuado y, por otro, que la punta del núcleo perforante tenga la forma más apropiada para cumplir su misión. Se conoce como perforante compuesto rígido, que corresponde a las siglas APCR.

foto: Disparo APDS.

Armas de ánima cónica

Hemos dicho antes que la capacidad de perforación de un proyectil está en función de su velocidad, por lo que es beneficioso que ésta sea la mayor posible en la boca del arma y que se reduzca poco durante el vuelo. Equivale a usar una gran cantidad de carga de propulsión –o, lo que es lo mismo, una recámara grande– manteniendo fijo el calibre, para lograr mayor presión en el ánima y, por lo tanto, superior velocidad inicial del proyectil. Sin embargo, no es posible incrementar el tamaño de la recámara indefinidamente, por lo que el camino estaba cerrado, al menos aparentemente, ya que poco antes de la II Guerra Mundial (SGM) en algunos países europeos se investigaron las posibilidades de los cañones con ánima cónica, que se materializaron en el sistema Gërlich en Alemania y en los adaptadores Littlejonhn en el Reino Unido.

En esencia, consistían en un cañón cuya ánima disminuía de calibre desde la recámara hasta la boca, de forma que la primera podía ser la correspondiente al calibre inicial, pero el proyectil que salía tenía un calibre sensiblemente menor, por lo que su velocidad era mucho mayor que si la recámara hubiera tenido el tamaño relativo a ese calibre. Lógicamente, el proyectil que disparaba no podía tener una estructura convencional y su nombre de proyectil perforante compuesto no rígido (APCNR) da una idea del camino que se tomó en su ejecución práctica.

El proyectil estaba compuesto de un núcleo perforante rodeado por una envuelta de un calibre inferior al mínimo del arma, con dos resaltes perimetrales que le daban el mismo diámetro que el que tenía el cañón en la salida de la recámara. A medida que el proyectil avanzaba por el interior del tubo y este disminuía de calibre, esos resaltes se iban deformando, manteniendo siempre perfectamente obturada el ánima y plegándose sobre el cuerpo del proyectil, de forma que al abandonar el cañón el calibre del proyectil coincidiera con el de la boca de fuego. En los modelos alemanes este proceso tenía lugar durante toda la longitud del ánima, por lo que eran armas que sólo podían emplearse con este tipo de proyectiles y en función contracarro. Por el contrario, los ingleses usaron un adaptador que se colocaba en la boca de su cañón de 2 libras, usado en vehículos de combate, optimizando su empleo contracarro, pero que podía ser retirado para emplear munición convencional.

foto: Disparo de carga hueca para cañón sin retroceso de 106 mm.

Pero el conseguir tubos con perforaciones cónicas que aguantaran las presiones correspondientes a estos proyectiles, que lógicamente no eran pequeñas, y que al mismo tiempo cumplieran los requisitos mecánicos exigidos no era una tarea fácil ni barata, por lo que el sistema no tuvo difusión fuera de los dos países mencionados, a pesar que algunas otras potencias europeas lo habían estudiado también.

Proyectiles subcalibrados

Esta dificultad aguzó el ingenio de los ingenieros de armamento, a los que el uso de una recámara mayor que la correspondiente al calibre del proyectil que incide sobre el vehículo enemigo pareció la solución óptima para desa­rrollar nuevos proyectiles. Además, si el tubo era cilíndrico, podían usarse otros tipos de munición, favoreciendo la polivalencia.

De esta forma, ya durante la SGM, la fábrica francesa Brand desarrolló un proyectil que iba rodeado por unas piezas postizas que le daban el calibre preciso para ser disparado, pero que se separaban del cuerpo perforante al abandonar la boca del arma, cayendo a poca distancia. El nombre es proyectil perforante subcalibrado, sin entrar en materia de la forma de adaptarlo al ánima. Sin embargo, la denominación en inglés Amour Piercing Discardinng Sabot (APDS) sí que hace referencia a esas piezas desprendibles, cuyo nombre se traduce normalmente al castellano por salerillo o zueco, pero que podría ser mejor zapata, que expresa perfectamente la función que desarrollan.

foto: APDS y APFSDS para cañón de 25 mm.

Tenemos ya un proyectil de un calibre inferior al del arma que lo dispara, animado por una gran velocidad inicial y formado por un núcleo perforante envuelto en una cubierta balística. Si queremos aumentar su capacidad de perforación sólo nos queda disminuir todavía más su sección, para aumentar la presión que provoca sobre la chapa de blindaje o incrementar su masa. Como la disminución de sección tiene unos límites prácticos, sólo nos queda la subida de masa, que se logra fácilmente haciéndolo más largo, pero también aquí tenemos problemas, ya que el ánima del cañón está rayada y eso, conjuntado con la longitud del proyectil, le ocasiona unos esfuerzos de torsión que lo rompen o, como mínimo, desestabilizan, por lo que la relación longitud/diámetro máxima que se emplea es de 10.

Pero si eliminamos el rayado de las ánimas tenemos el problema de la estabilización del proyectil. Descartada la giroscópica y la lograda por distribución de masas, se ha recurrido a la estabilización por aletas, consiguiendo los perforantes subcalibrados estabilizados por aletas, conocidos por las siglas inglesas APFSDS. Esto no quiere decir que no puedan usarse en cañones rayados, pero únicamente cuando la relación entre la longitud del mismo y su diámetro estén por debajo del mencionado valor crítico de 10.

En este estado de la técnica, parecería imposible incrementar las prestaciones de los proyectiles perforantes, pero el ingenio humano encontró la forma. Otra manera de incrementar la masa de los proyectiles, o de su núcleo perforante, es cambiar el material del que están hechos por otro de mayor densidad. El primero fue el del acero con diversos grados de cimentación y/o tratamientos térmicos por una aleación de wolframio o tungsteno. Si pensamos que la densidad del hierro es de 7.874 kg/m3. y la del wolframio de 19.250, veremos la importancia de la mejora obtenida.

Durante algunos años se ha hablado mucho de los proyectiles de uranio empobrecido DU (Depleted Uranium), unos diciendo que son el arma contracarro definitiva y otros denostándolos por sus efectos, reales o no, sobre el medio ambiente. Vale la pena detallar algo de este tipo de munición que tanto revuelo ha causado por su empleo en la zona de los Balcanes por la USAF.

foto: Sección de disparos HEAT y APFSDS correspondientes a un cañón de ánima lisa.

El uranio empobrecido es un subproducto de su enriquecimiento, al que prácticamente se le ha extraído parte del contenido radiactivo (U234 y 235), pero no todo el material radiactivo, dejando únicamente el que no emite radiaciones (U238), de hecho es aproximadamente el 60 por ciento de la que tienen las variedades naturales de ese mineral. Su densidad es de 19.050 kg/m3., casi la misma que el wolframio, pero tiene una característica distinta, el hecho de que las pequeñas partículas se inflaman muy fácilmente. Este efecto pirofórico se ve potenciado por el calor desprendido cuando el núcleo perforante atraviesa el blindaje, que hace arder las partículas desprendidas de aquel, consiguiendo un incremento de temperatura en el interior del vehículo que puede llegar a hacer detonar las municiones almacenadas en la santabárbara.

Recordemos también que este material tiene otros usos, como la fabricación de contrapesos para aeronaves o protecciones para los servicios de radioterapia de los hospitales. Real­mente el problema de su uso militar no proviene tanto de su peligrosidad innata sino del hecho que en su forma pulverizada puede ser absorbido con facilidad por el organismo, con los problemas que eso puede acarrear y que todavía parece que no se conocen con exactitud, si bien hay algunos estudios que indican que lógicamente tiene consecuencias similares a las de la exposición a la radiación.

foto: Proyectil HEAT de 125 mm. para cañón de carro de combate.

Cargas huecas

En el periodo entreguerras, una empresa suiza intentó sin éxito vender un nuevo explosivo milagroso, capaz de lograr grandes perforaciones en las chapas de blindaje. Tras algunos movimientos no demasiado claros y rondando el espionaje industrial, se descubrió que no existía tal explosivo revolucionario, sino que era una consecuencia del llamado Efecto Monroe, hasta entones sin aplicación práctica, cuyo único uso conocido eran demostraciones de salón consistentes en colocar una hoja de árbol entre el explosivo y una chapa metálica y detonar la carga, con lo que forma de la hoja, con los nervios incluidos, quedaba grabada en la chapa, con gran alborozo de la audiencia. Se trataba de una incipiente carga hueca, que durante la SGM se utilizó tanto en armas individuales como colectivas de todos los contendientes.

En su uso original y versión más sencilla, consiste simplemente en una carga de un explosivo de alta velocidad de detonación, una de cuyas caras tiene un vaciado de forma cónica, recubierto por una lámina metálica, normalmente de cobre o aluminio. Para ver su funcionamiento deberemos recurrir a algunos de los fundamentos de los estudios sobre explosivos como son: la explosión se transmite en el seno del explosivo por capas paralelas; la fuerza es perpendicular a las paredes del recipiente; y en un punto puede calcularse como la suma vectorial de todas las que actúan sobre él.

Imaginemos un cilindro de explosivo al  que le hemos hecho un vaciado en forma de cono en una de sus bases y forrado esta cavidad con una chapa de cobre. En la otra base colocamos una espoleta destinada a iniciar la detonación de la carga. En el momento en que la activamos, la capa de explosivo que está pegada a ella detona y, un instante después, se puede aplicar el concepto de diferencial, la siguiente y luego la otra, cada vez más cerca del cono de cobre. Cuando la detonación llega a este viaja desde su vértice hasta la base, tardando un tiempo determinado en hacerlo.

Pero la explosión no es más que una combustión extremadamente rápida, luego produce calor, el suficiente para fundir el metal e, incluso, dependiendo de la temperatura de vaporización de éste, pasa una parte al estado gaseoso. Y ahora apliquemos el segundo de los fundamentos antes mencionados; la fuerza de la explosión actúa de forma perpendicular a las paredes del cono y si lo vemos seccionado iría hacia su eje. Pero cada punto del recubrimiento metálico actúa igual, por lo que si aplicamos el tercer fundamento la fuerza resultante de la detonación coincidiría con el eje del cono y  tendría una componente axial muy importante, mientras que las radiales se anulan debido a la suma de pares opuestos.

Esta fuerza se emplea en propulsar un chorro de metal fundido que calienta el blindaje y en parte también lo funde y en parte lo atraviesa una vez debilitado por el calor. Sus efectos tras la perforación se basan en la sobrepresión y el incremento de temperatura, ayudados por el chorro que penetra en el carro de combate y las esquirlas que pueden saltar de la cara interna de la coraza. Pero si el proyectil gira, la fuerza centrífuga disgrega las partículas del dardo –que es el nombre que recibe el chorro de metal fundido– disminuyendo su capacidad de perforación.

Para eliminar este problema se han usado dos soluciones, la simple y la complicada. La primera consiste en sustituir la estabilización giroscópica por la proporcionada por un juego de aletas, cambiando la banda de forzamiento –cuya misión es encastrarse en el rayado del ánima y transmitir su giro al cuerpo del proyectil– por una de teflón o material plástico similar, que gire libremente en su alojamiento y no transmita el movimiento al proyectil. La complicada, el conocido como obús Gessner, consiste en colocar dentro del cuerpo del proyectil un vaso con la carga hueca y unirlos mediante rodamientos, de forma que sólo una pequeña fracción del giro de la carcasa se comunique al vaso interior. Es una solución mucho más cara tanto en cuanto a diseño como a fabricación, por lo que apenas se ha empleado.

Cargas de aplastamiento

El último tipo de proyectil contracarro desa­rrollado antes del final de la SGM fue la carga de aplastamiento, puesta a punto en Gran Bretaña por Sir Charles D. Bourney para su uso contra fortificaciones, pero que enseguida demostró su capacidad para combatir a los vehículos acorazados del Eje y cambió su papel hasta llegar a constituirse en la principal munición de algunos modelos de carros de combate de la posguerra. El fundamento es el efecto Misznay-Schardin, por el cual la onda causada por un explosivo adosado a una placa metálica se propaga dentro de ésta de forma perpendicular a su superficie.

En esencia, consiste en un proyectil de paredes muy finas lleno de explosivo plástico y con una espoleta de culote. Cuando incide en el carro enemigo, la carcasa se aplasta contra la superficie de la coraza y luego se activa la espoleta; la detonación envía un tren de ondas a través del blindaje, de forma similar a una piedra en una piscina, que cuando llegan a la cara interna del mismo rebotan y vuelven hacia atrás, otra vez igual que actúan las ondas en el agua al chocar con el borde de la piscina. El detalle curioso es que las ondas tienen sus máximos y sus mínimos y en el momento en que coinciden dos máximos, uno de onda original y otro de la reflejada, provocan en el metal una tensión que hace que se desprenda un fragmento de su cara interna, al que se le suele llamar menisco por su forma similar a ese hueso, que se mueve a gran velocidad y rompe todo lo que encuentra en su camino, mientras rebota por el interior del vehículo.

Proyectiles autoforjados

Pero si estos efectos no nos convencen y queremos perforar la coraza con algo más contundente que un chorro de metal fundido, debemos recurrir a los proyectiles convencionales, que tienen el claro inconveniente de necesitar un cañón para lanzarlos. Esto dificulta su uso en algunos cometidos que, hasta hace algunos años, fueron cotos cerrados en los que las cargas huecas imponían su ley. Sin embargo, un derivado suyo, los proyectiles autoforjados (SFF), pueden tomar el relevo a medio plazo.

En esencia, consisten en una modificación de la carga hueca habitual en la que el cono metálico se ha sustituido por un casquete esférico de grosor apreciable, que no se funde con la explosión de la carga, sino que es proyectado hacia delante a alta temperatura. El calor que se ha comunicado a la placa metálica la ha hecho más dúctil, de forma que la resistencia del aire la moldea hasta tener una forma similar a la de una gota de agua alargada, pero simultáneamente la enfría, endureciéndola, y sin bajar su velocidad. Dado que la forma ha sido optimizada para la penetración en el aire, será también buena para perforar el blindaje, que es otro material que, si bien tiene diferente densidad, es agujereado siguiendo análogos principios físicos.

Como en el caso de las cargas huecas, su eficacia va a depender de factores tales como la geometría y espesor de la capa metálica, su composición (en este caso parece ser que la mayor capacidad de perforación se consigue con tántalo) y adaptación al contorno del explosivo, así como el tipo de este y su capacidad para transmitir la detonación de forma homogénea en todo el bloque. Si pensamos que el objetivo es conseguir que el proyectil formado por el forro metálico alcance velocidades de Mach 6 (2.040 m/seg.), nos daremos cuenta de la precisión que debe presidir todo el proceso de diseño y fabricación de este tipo de material.

Otros diseños

Estas son en esencia las cabezas de combate contracarro que se emplean o han empleado. Quedan algunos flecos, que no son más que combinaciones, con o sin repetición, de los elementos anteriores, tomados normalmente de dos en dos, y permítaseme la expresión matemática. Por ejemplo, una la carga hueca múltiple, normalmente en tandem, diseñada para luchar contra las corazas reactivas, no son más que dos cargas huecas, una pequeña, llamada precursora y que va colocada en la punta del proyectil, cuya misión es provocar la detonación del blindaje reactivo, dejando así el camino libre a la principal, que es la que se ocupa de perforar el blindaje convencional.

Otro invento de estos último años es la cabeza de combate antibunker o antivehículo ligeramente protegido, que no es más que una combinación de una carga hueca que hace un agujero en el blindaje, con un proyectil rompedor que penetra por el mismo detonando en el interior del vehículo. Nada impide que esta misma técnica se emplee cambiando la carga hueca por un EFP y aprovechar que, a igualdad de calibre, si bien perfora menos espesor de coraza, hace un agujero de mayor diámetro, con lo que la granada posterior puede tener más potencia.

La lucha entre la lanza y el escudo, en su versión moderna, continuará todavía largos años. Ahora se mezclan dos tendencias, la que considera que los vehículos pesados, carros de combate y vehículos derivados, son los únicos capaces de proporcionar al personal la seguridad requerida y la que piensa que esos vehículos de combate no son políticamente correctos y no pueden desplegarse salvo en caso de ataque contra el territorio nacional, por lo que la banda baja de armas contracarro puede cobrar nueva vida. Parece que todavía quedan lejos los sistemas basados en armas de energía dirigida o pulsos electromagnéticos, pero…

Revista Defensa nº 375-376, julio-agosto 2009, Eugenio Garcés


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