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Vietnam, cómo era en realidad: "¿Mataron nuestros soldados a soldados nuestros?"

De las guerras norteamericanas, dejando a un lado la de Secesión y la última contienda mundial, ninguna acumuló tantos materiales literarios y documentales como la de Vietnam. Se dice que ni tan siquiera la primera conflagración mundial y, mucho menos, la de Corea. Además, este caudal se engrosa constantemente dada la transcendencia que tuvo en muchísimos aspectos y, además, porque fue el primer choque que los Estados Unidos perdieron sin paliativos de ninguna clase. Como una contribución a comprender la guerra del Vietnam desde la óptica de un soldado reproducimos este texto, obviamente de parte, en el que cabe destacar el lenguaje franco, directo y vivo de uno de aquellos jóvenes que dejaron las comodidades de su hogar por el fatigoso combate en las junglas y altiplanos de la Península Indochina.

El hombre era más o menos de mi edad y usaba anteojos de concha. Sin siquiera saludarme, este hombre a quien yo no conocía, comenzó a hacerme preguntas sobre Vietnam. Sus preguntas tendían a ser ofensivas, y el interpelante se mostraba moralista. Obviamente su propósito era más bien el de porfiar, que el de escuchar. No tenía la menor intención de comprender, sino que sólo quería oír algo que reforzara su punto de vista. Recuerdo que pensé que si ese hombre realmente hubiera estado interesado en aprender algo sobre Vietnam, podría haberlo experimentado por sí mismo; pero había optado por no aprovechar esa oportunidad. Para él Vietnam era un asunto político y teórico.
Para mí, habiendo llegado recientemente de allí, no fue ninguna de esas dos cosas. Así que contesté simplemente, Sí fui. Sí, pude regresar. Esa es toda la historia, menos los detalles. No estando en condiciones de discutir —y un poco a la defensiva en aquel entonces— evité sus preguntas.

foto: La bandera de los pacifistas, opuestos a la intervención en Indochina, desplegada en la base norteamericana de Lang Vei, Vietnam, no lejos de la frontera con Laos.

Eso sucedió hace años, pero las preguntas de aquel hombre han vuelto a surgir a lo largo del tiempo. Siempre son esencialmente las mismas seis: —¿Cómo fueron las cosas en Vietnam?; —¿Se cometieron allí atrocidades?; —¿Mató usted a alguien?; —¿Mataron nuestros soldados a otros soldados nuestros?; —,¿Cómo eran las cosas en combate?; —¿Qué clase de individuos eran nuestros soldados en Vietnam? A todos los que fuimos a Vietnam, nos hicieron esas preguntas a nuestro regreso. En aquella época nunca intentábamos explicar cómo era estar en una zona de combate —a 16.000 km. de distancia de nuestras familias y amigos— tratando de sobrevivir. En ese periodo, la mayoría de la gente no estaba interesada, ni tenía capacidad para comprenderlo. Por eso sencillamente dejamos de contestar las preguntas, que eventualmente fueron olvidadas.
En la actualidad, la gente ha vuelto a formularlas; pero con el paso de los años y el inevitable cambio de las condiciones, han variado de tono, y la actitud de quienes preguntan no es tan moralista.
Para los interesados, este momento posiblemente sea el más propicio para responderles con todo lujo de detalle. Quizá ahora la gente esté más dispuesta a comprender; aunque yo creo que no es así. Pero hoy en día, las preguntas parecen ser más sinceras y por lo tanto, deben ser contestadas con toda honestidad.

“¿COMO ERAN LAS COSAS EN VIETNAM?”

La situación era muy dura, por supuesto. El servicio en el Ejército siempre es duro; pero fue increíblemente difícil encontrarnos en medio de una guerra en las junglas de la altiplanicie central de Vietnam. Era muy caluroso, muy difícil, horrible y miserable. La película “Platoon” es excepcionalmente realista. Muestra la vida en la maleza exactamente como yo recuerdo haberla vivido. En muchos aspectos, realmente fue así: los uniformes, el lenguaje, los horrores y el humor. Ya me había olvidado de otros aspectos: el sol infernal, la sofocante humedad, las picaduras de las hormigas rojas y el incesante fastidio de los mosquitos y las sanguijuelas.

foto: El soldado David Kleinberg echa un trago de una bota española en Ch-Chi, no lejos de Saigón.

Las patrullas en combate significaban un cansancio insoportable, una sed inapagable, uniformes de faena empapados de traspiración y pegados al cuerpo, y brazos y piernas que ardían con heridas y rasguños. Significaban lodo y pantanos; mugre y polvo; machetes y monzones. Después de dieciocho horas de abrir camino entre los matorrales, uno se encontraba totalmente exhausto; además el permanecer día y noche con los nervios de punta, causaba una gran fatiga mental. No podemos olvidar que estábamos constantemente atrapados en las grandes marañas de enredaderas, inmovilizados en medio de la yerba de elefante, y rodeados por el constante murmullo de soldados jóvenes, que refunfuñaban entre dientes.  Me acuerdo del olor de carbón procedente de las aldeas, y la fragancia de la lluvia a raíz de los monzones; olores que se filtraban por las narices tapadas por el polvo rojo, levantado por los helicópteros. También recuerdo la vegetación podrida cuando continuamente examinábamos las tronchas —siempre avanzando— buscando cazabobos constantemente. Sufríamos una miseria física y anímica.
De mayor importancia, en las patrullas llegamos a reconocer cuán flexible es realmente el ser humano, porque aprendimos a vivir con esos inconvenientes todos los días, y los aceptábamos.
Sin embargo, de todas las sensaciones la que menos se olvida es el siempre presente malestar de estómago y la constante tensión en el abdomen. Era algo casi imposible de describir. Primero se sentía en el estómago, luego pasaba al cerebro, y de allí otra vez al estómago. Era una condición incómoda, crónica, que provocaba una náusea que se sentía todos los días y nunca desaparecía completamente. Era pura y simplemente, el temor. Era la reacción física del cuerpo al peligro próximo. Cada vez que nos encontrábamos en campaña, nos desgarraba el estómago, y estoy seguro que eso fue una gran contribución al problema de la disentería. Esta también fue una condición que aprendimos a aceptar, y que tuvimos que controlar, para evitar que nos dominara.
Menos del 15 por ciento de los soldados en Vietnam pasaron mucho tiempo en la jungla. Afortunadamente, aquéllos de nosotros que íbamos no nos quedábamos allí todo el tiempo. Pero cuando estábamos, logramos sobrevivir. Después de la guerra había concluido y estábamos de regreso en nuestros hogares, sabíamos —por haber sufrido tanto— que la vida nunca más seria tan dura.

“¿MATO USTED A ALGUIEN EN VIETNAM?”

Para el soldado que combate, ésta es la más ingenua de todas las preguntas. Al igual que durante la Segunda Guerra Mundial y Corea, Vietnam fue una guerra; no un simple juego. La matanza es el aspecto más brutal, y, sin embargo, más básico de la guerra; y el soldado sabe eso mejor que nadie. ¡Claro que matamos! Ellos querían matarnos a nosotros, de modo que nosotros los matábamos a ellos. Se trata de un hecho que no debería requerir explicación; simplemente debe sobreentenderse. Perdónenme si no hablo de matar, pues ésas son experiencias imposibles de relatar. Habíamos violado un tabú antiguo —el de matar a otro ser humano— pero sólo por necesidad. Aunque así ocurre en todas las guerras, desde los principios de la Humanidad, todavía es algo que optamos por no confesar. Incluso en Vietnam, nunca hablamos de matar. Inventamos nuestro propio lenguaje para aludir a eso. Con la gente culta, —cómo vamos a hablar de destruir al enemigo; cómo podemos conversar de matar a Charlie? (Charlie” era como llamaban al enemigo, especialmente al Viet Cong).

foto: Captura de un guerrillero comunista durante las operaciones llevadas a cabo en Can Tho.

Una vez en Vietnam, un soldado de las fuerzas especiales, natural de Omaha, Nebraska, fue situado secretamente junto con su grupo de inteligencia en la jungla, a varios kilómetros de la base de fuego estadounidense más cercana. Su misión era matar o capturar a unos soldados norvietnamitas, y hacerse con sus documentos, a fin de obtener información. El sabía que si era capturado no lo matarían; por lo menos no inmediatamente. En el área donde operaba, el enemigo torturaba y mutilaba a sus prisioneros; pues ése era su procedimiento normal. Los norvietnamitas no vacilaban en cometer esas atrocidades. Era su forma de hacer la guerra.
El grupo estadounidense estableció su emboscada a lo largo de una trecha en la cual el enemigo se sentía seguro. Al pasar una pequeña columna nadie pensó en capturarla. Los estadounidenses hicieron fuego, dejando tendidos a cinco soldados que sólo momentos antes portaban armas AK-47. Instantáneamente, nuestras tropas tomaron los documentos que pudieron hallar y desaparecieron en las profundidades de la jungla. Incidentes como ése fueron muy comunes en Vietnam. También en la Segunda Guerra Mundial y Corea.
¿Cómo podría este ex combatiente relatarle a su esposa ese episodio de su vida en Vietnam? Para el civil, toda matanza es perversa. Tal vez lo sea. Pero nosotros nunca considerábamos que lo que hacíamos era malo. Ni tampoco lo percibían así los norvietnamitas; los dos bandos lo entendían. Nosotros necesitábamos la información, porque de ella dependían nuestras vidas y las vidas de nuestros compañeros, y hasta las vidas de inocentes civiles vietnamitas. ¡Cuán diferentes son las reglas de la guerra! ¿Cómo puede alguien, que nunca ha participado en una guerra, comprender la complejidad de esas reglas? Puesto que sabíamos que nadie las podría comprender, regresamos callados a nuestros hogares.

”¿MATARON NUESTROS SOLDADOS A OTROS SOLDADOS NUESTROS?”

Yo nunca he logrado comprender cómo puede ser que nosotros —una nación de tan refinada e inteligente— hayamos dejado que Hollywood y algunos sectores de la Prensa tomen la excepción, y la propaguen como si fuera la norma. ¿Qué mueve a esas dos instituciones, en su obsesión por predominar en la taquilla y en los titulares, a torcer y difamar la memoria de los jóvenes honestos que sirvieron en Vietnam? ¿Por qué les permitimos —a expensas de nuestra integridad nacional— imaginarse un suceso ficticio, y representarlo gráficamente como si fuera verídico?

foto: El paisaje vietnamita es bellísimo y sorprendente. Aquí vemos a una columna de la 173 Brigada estadounidense en Blao.

Pocos de los soldados que yo conozco, recuerdan una sola ocasión en la que un soldado estadounidense matara intencionadamente a un compañero en combate. Eso, simplemente, no sucedió nunca, nuestras vidas eran muy valiosas. De vez en cuando, un soldado disparaba contra otro o lo hería con un arma blanca durante una pelea por dinero o por una mujer; lo que puede suceder en cualquier parte. Pero nunca en combate, sino en Saigón o en un campamento grande; y los culpables siempre eran enjuiciados por sus crímenes.
Desafortunadamente, algunos estadounidenses les dieron muerte a otros estadounidenses en Vietnam. Nuestra propia artillería, apoyo aéreo, cohetes o granadas de napalm provocaron la muerte de soldados estadounidenses. Pero cada vez que sucedió, fue un accidente. Para aquéllos que la han presenciado, la guerra es muchas cosas; pero nunca ordenada. El fuego de artillería y de cohetes nunca es preciso, y las granadas de morteros y los tiros de las armas automáticas se desvían muchas veces. Quienes han participado en un combate, saben que en todo conflicto hay soldados que mueren o son heridos accidentalmente por sus propios compañeros.
Esta consecuencia del combate es uno de los aspectos más deplorables de la guerra; pero siempre que hayan hombres que confronten a otros hombres en un combate mortal, es una consecuencia inevitable. Aunque todos los combatientes reconocerán haber sido testigo de negligencia, pocos han presenciado casos de fratricidio.

”¿COMO FUERON LAS CONDICIONES EN COMBATE?”

Nosotros solíamos decir que la guerra es un infierno; pero el contacto con el enemigo es peor. Pero incluso esa descripción es inadecuada. Todo soldado afirmará que la guerra no tiene nada de romanticismo, y ciertamente ningún aspecto de ella puede catalogarse como atractivo. Las guerras son enseñanzas en sufrimiento excesivo y dolor extremo; en aburrimiento abrumador y temor absoluto; e, inevitablemente, en crueldad inexpresable y en muerte.
En Vietnam conocimos personalmente las realidades de la guerra. Cuando hicimos los primeros contactos, y los cohetes y las granadas de morteros comenzaron a estallar a nuestro lado, todos juntos aprendimos lo que es el terror y lo que es ser incapaz de actuar. Luchábamos como mejor podíamos para sobrevivir. No obstante nos habíamos entrenado para la guerra pero no para esquivar las balas, ni para hacer desaparecer la náusea que sentíamos. Sólo aprendimos a no correr en circunstancias en las que meses antes habríamos huido.

foto: Instantánea en la que trasciende la enorme tensión propia del combate

A pesar de todos los horrores y de toda la fealdad, y del derroche de vidas humanas; la guerra sigue —inexplicablemente— captando nuestros sentidos y sentimientos. Pues gústele a uno o no, el combate representa el momento más intenso en la vida de un hombre. Aunque es difícil de explicar, la primera vez que uno participa en un combate, sus temores normalmente son eliminados por las acciones del momento y —por un breve periodo— todo su cuerpo se regenera. Oye y ve más claramente, piensa mejor y se siente mejor que nunca lo estuviera antes. Su cuerpo y sus acciones son controlados por el instinto y por el deseo de sobrevivir. A medida que la adrenalina corre por todo el cuerpo, el temor es reemplazado por un gran deseo de vivir. Los japoneses tienen un dicho que reza: Sólo vivimos dos veces: una cuando nacemos; y otra, cuando confrontamos la muerte inminente. A fin de cuentas, la guerra es tanto cuestión de vida como de muerte.
Pero la guerra cambia al hombre, convirtiéndolo en otra persona. Tiene que ser así. El combate desarrolla en una persona un modo de vida diferente, una forma distinta de mirar la vida y vivir con la muerte. Después de presenciar las primeras bajas, nos dimos cuenta que nunca volveríamos a ser lo que éramos. Cuando por primera vez vimos los muertos y los heridos, la sangre y las camillas, y oímos a los hombres gritando de dolor; supimos que ya éramos soldados de combate. Ahora integrábamos una fraternidad terrible. Una fraternidad de muy alta cuota. Una fraternidad cuya creación nunca debió haberse permitido. Pero sabíamos que esta fraternidad nunca desaparecerá durante nuestras vidas, excepto en las mentes de los soñadores.

”¿COMO SE PORTARON LOS SOLDADOS?”

Esta última pregunta es tal vez la que más nos molesta; no por la pregunta misma ni por su respuesta, sino por la actitud de los interrogantes. Esa actitud se remonta a unos veinte años atrás. Entre muchos de los estudiantes que lograron evadir la guerra y algunos de los corresponsales de Prensa que la contaron, pero que no tuvieron que combatirla, existía cierto elitismo, cierta arrogancia y esnobismo que chocaban con nuestros ideales democráticos nacionales. Muchos de mi generación se consideraban demasiado cultos para ir a Vietnam. Eran individuos superiores y, por consiguiente, estaban de alguna forma exentos.

foto: La tensión en el rostro de este soldado es más que evidente

Para aquéllos que se las arreglaron para no entrar en el servicio militar, o que escaparon con éxito el servicio obligatorio; era importante que nuestros soldados parecieran ser diferentes y menos importantes que ellos. Después de todo, si éramos todos iguales, entonces aquéllos que no fueron a la guerra serían inferiores. Ellos tenían un interés personal —generado por una necesidad de protegerse a sí mismos— en fomentar la diferencia entre nosotros y ellos.
Así que en un esfuerzo por proteger el amor propio y la imagen de los que rehusaron servir, la creación de un estereotipo ofensivo del soldado estadounidense, se convirtió en un instrumento salvacaras. Entonces se empezó a representar a nuestros soldados como pobres y mal educados, y no tan buenos como los que se habían quedado en sus hogares. Con la imagen de un Ejército compuesto de pobres, de campesinos incultos y de aquéllos que no habían completado su educación secundaria, sería mucho más aceptable socialmente no entrar a formar parte del Ejército. Por supuesto, en Vietnam sirvieron indigentes blancos y negros, al igual que campesinos, jóvenes labradores y jóvenes sin diplomas. También prestaron servicios en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Siempre ha sido así, en nuestros Ejércitos modernos.
Pero la idea de un Ejército ineducado, analfabeto, socialmente inaceptable, fue sólo una idea; no una realidad. Las estadísticas no apoyaban esa idea; por lo tanto, nunca se mencionaron. Por lo general, el porcentaje de graduados de escuelas secundarias en Vietnam fue mucho más alto que en la Segunda Guerra Mundial, como también lo fue el número de graduados universitarios o soldados con algunos años de estudios universitarios. De hecho, en varios periodos, grandes segmentos de nuestro Ejército se componían de graduados universitarios, que perdieron sus prórrogas de aplazamiento del servicio militar, y naturalmente tuvieron que servir como soldados. Yo serví en Vietnam con abogados, ingenieros, especialistas en comercio, contables y trabajadores de la industria de acero. Aunque es posible que el personal que integraba las armas de combate no representara un fiel reflejo de la juventud de aquellos tiempos el Ejército, como conjunto, definitivamente lo representaba.

foto: Un infante de Marina trata de salvar un riachuelo caminando sobre un tronco caído, en Dong Tam.

Gústenos o no, nuestros soldados eran gente común, estadounidenses de todas las profesiones y condiciones sociales, que representaban la juventud de aquella época. Si tantos jóvenes no hubiesen eludido el servicio militar, el Ejército habría reflejado más completamente la sociedad. La razón por la cual tantos jóvenes intentaron evitar servir en el Ejército, tenía más que ver —a mi juicio— con la clase de gente que nosotros éramos, y cómo nos habíamos criado, que con la naturaleza de la Guerra de Vietnam. Había una gran diferencia entre nuestra generación, y la que prestó servicio en la Segunda Guerra Mundial. Los jóvenes en edad militar nacimos en los años de postguerra. Éramos hijos de la generación de combatientes que había servido en la Segunda Guerra Mundial. Aquella fue una generación dura, disciplinada y no consentida, que había madurado durante los años de la Quiebra Económica, y que aprendió la necesidad de aceptar sacrificios y una vida difícil. Para ellos, la responsabilidad y el trabajo fuerte eran parte de la vida y de la educación, y la existencia placentera era un lujo. Debido a esa época difícil, crecieron apresuradamente; y de la noche a la mañana se convirtieron en gente responsable.

foto: El capitán Robert W. Poolaw fue sometido a un consejo de guerra por asesinar a un prisionero norvietnamita. Los militares conducidos ante cortes marciales por hechos de esta naturaleza fueron muy escasos.

En cambio, nuestra generación no tenía por qué ser responsable y rehusó abandonar su juventud. Fuimos consentidos y mimados por los acérrimos combatientes de la Segunda Guerra Mundial, que deseaban darnos todo aquello que nunca tuvieron ellos. De mi generación, muy pocos querían ir a Vietnam. Esto afecta tanto a los que fueron como a los que no fueron. La razón era más una cuestión de conveniencia que de moralidad. Servir en las Fuerzas Armadas, significa aceptar responsabilidad. Ello significa —en cualquier época— que hay que sacrificar la comodidad. El combate mismo puede exigir el sacrificio último.
Consentidos y débiles, muchos de los jóvenes nacidos durante la explosión demográfica posterior a la Segunda Guerra Mundial, creían que era de alguna forma impropio y completamente innecesario sacrificar las comodidades; y nos parecía un sacrilegio pensar que podrían pedirnos que arriesgáramos nuestras vidas en el frente. La generación de yo antes que nada llegó a ser una realidad en los años 60.
Nosotros éramos una generación muy interesada en la libertad, y todavía poco proclive a aceptar responsabilidades. Siendo tan consentidos, odiábamos los inconvenientes y creíamos que la responsabilidad aún les pertenecía a nuestros padres. Alistarse en el Ejército era acelerar nuestra responsabilidad; e ir a la guerra constituía el inconveniente final. Tanta responsabilidad era para personas adultas; nosotros aún éramos muchachos.

foto:  El “estress” llevó a hechos como el de la compañía “Alpha”, mandada por el
teniente Eugene Schurtz (en la foto), que se negó a entrar en combate.

Ahora pueden señalarse las diferencias entre los de nuestra generación que fueron a Vietnam, y los que no fueron. A mí me parece que la diferencia no era de clase, ni de educación. Residía en que un grupo se negó a aceptar su madurez, y en otro que permitió que se desarrollara el proceso de crecimiento. En muy poco tiempo, el Ejército había convertido a chicos consentidos en jóvenes responsables y autosuficientes, por muy humillante y deshumanizador que fuera el proceso. Aunque éramos niños consentidos al entrar, cuando salimos nos habían convertido en soldados.
La guerra de Vietnam hizo que nos sintiésemos más vigorosos —tanto mental como físicamente— que nunca antes. Ahora nos sentíamos más duros, tanto por dentro como por fuera. De lo más profundo de nuestro ser, surgía una confianza que nuestra generación jamás había conocido antes. Descubrimos un orgullo mutuo que no sabíamos que podía existir. Al igual que nuestros padres, nos dimos cuenta que ya no éramos jovencitos inmaduros, y que habíamos perdido nuestra inocencia. Aunque todavía con cara de joven, habíamos envejecido en nuestro instantáneo recorrido de la adolescencia a la madurez, con la rapidez de un cohete. Y habíamos perdido esa inocencia en lugares tales como Dak To y Khe Sanh, el Valle del VC, la Drang, Tay Ninh y el Pico del Papagayo.

PUNTO FINAL

Hoy día, Vietnam sigue siendo una experiencia que ninguno de nosotros nunca podrá hacer revivir; pero es una experiencia que nunca olvidaremos. Allí aprendimos cosas sobre nosotros mismos, que jamás hubiéramos podido aprender en ninguna aula universitaria. Aprendimos en combate, que el valor de un hombre no lo determina su condición en la vida, sus logros educativos ni la opinión que uno tenga de sí mismo. Su valor ante los ojos de sus compañeros, lo determina una simple ecuación: cuando se confronta esa situación fundamental de vida y muerte, ¿podríamos confiarle nuestras vidas a él?
No hace mucho se me acercó otro hombre, que quería preguntarme algo. Años antes, una carta del médico de su familia, lo había dispensado de entrar al Ejército. Este hombre también deseaba saber cómo se portaron nuestros soldados. Quería que reconociera que él —y otros como él— gozaban de una exención moral de servicio en Vietnam. Yo le hablé muy cortésmente; pero no pude ofrecerle la tranquilidad mental que ahora buscaba.
Quería hablar sobre los soldados, pero ¿podría yo decirle en pocas palabras cómo realmente se portaron? ¿Cómo iba a saber de los soldados bajo el fuego, gateando para salvar a sus compañeros heridos; o de los soldados aguerridos que dedicaban su tiempo de descanso o de diversión a enseñar la mecánica de supervivencia a los novatos recién llegados? ¿Cómo habría de entender el placer que significa conversar con un grupo de amigos que, sentados todos sobre los sacos de arena, le hacían morir a uno de risa; o del dolor causado por la pérdida de un querido compañero en combate?

foto: Tres muchachas sudvietnamítas en la base aérea de Dong Ha. Su presencia allí no era inocente.

El chico deseaba hacer comparaciones; no obstante eran comparaciones que él nunca podría comprender. ¿Cómo podía compararse con hombres como aquéllos? Y entonces me vinieron a la mente recuerdos de Goodwin, que perdió un ojo; de Fiet, que caminará cojeando por el resto de su vida; de Wilder, que dejó a su esposa con dos pares de mellizos; y de Llewllynn, que me salvó la vida dos veces. ¿Cómo puede comprender que, para mí, el servir junto a esos muchachos fue un privilegio que no me merecía; y que de sus ejemplos aprendí muchísimo de la vida y mucho más sobre cómo vivirla? Para mí ellos son gente muy especial, y una parte de ellos siempre estará conmigo.
Juntos fuimos a esa guerra y juntos la conocimos; los panoramas y los ruidos, los sentimientos y temores, y los exóticos sabores y olores. Juntos compartimos el cariño y el respeto, la lealtad y la confianza; y sin emitir una palabra sabíamos que cada uno cuidaría de los demás.
No importando quiénes éramos, ni de dónde procedíamos; aprendimos a aceptar a nuestros compañeros tal como eran, y a confiarles nuestras vidas. El compañerismo era tal que trascendía raza, nacionalidad y educación. Sirviendo juntos por primera vez en nuestras vidas, descubrimos un compromiso fuera de nuestra comprensión. Este constituyó el descubrimiento fundamental para los de mi generación.

foto: 2 de mayo de 1975, a bordo del “Blue Ridge”, en el Mar del Sur de China. Este es uno de los quince helicópteros que llegaron tras el ¡sálvese quien pueda! en Saigón  y que fueron implacablemente arrojados al agua.

Nuestro código de conducta imponía nunca pensar en nosotros mismos, sino pensar primero en nuestros compañeros, porque ellos estaban pensando en nosotros. Nuestra primera regla era morir de ser necesario, pero primero salvar a nuestros compañeros. En Vietnam descubrimos la relación que mantiene unidos a los hombres.
Esa simple e inapreciable memoria de pertenencia y de orgullo común, ahora forma parte de quiénes somos y de lo que somos. Todos somos personas especiales por haber tenido esa experiencia; y debido a esa experiencia, siempre viviremos unidos espiritualmente.

Revista Defensa nº 267/268, julio/agosto 2000. James Martin Davis (*)

(*)El Sr. James Martin Davis es abogado en Omaha, Nebraska. Durante la Guerra de Vietnam luchó en la 4ª División de Infantería y prestó servicios con unidades de 75 Regimiento de Rangers, como líder de una sección de reconocimiento de largo alcance/grupo de inteligencia militar. Este trabajo lo hemos tomado de la “Military Review” norteamericana.


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