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La verdadera historia del hundimiento del submarino C-5 de la Armada española

El pasado 5 de enero, el periódico “La voz de Galicia” publicaba una curiosa noticia: “El submarino fantasma que provocó un cese en la Armada”. Como antiguo comandante de submarino, no pude sustraerme a la curiosidad de leer con detenimiento la noticia al completo y posteriormente investigar la veracidad al respecto. Se refería al cese del capitán de fragata subdirector y jefe de estudios de la Escuela de Especialidades de la Estación Naval de La Graña (ESENGRA), por la publicación en la orden del día 31 de diciembre de la efeméride correspondiente a esa fecha, referente al “heroico hundimiento de un submarino de la escuadra roja”.

Esta efeméride no le gustó a un diputado del BNG, Néstor Rego, que pidió que se investigara ese hecho. Esta pesquisa, unida a un tweet, criticando el léxico, del jefe de gabinete del secretario general de Podemos -y ex JEMAD (Jefe de Estado Mayor de la Defensa-, Julio Rodríguez, hicieron que Defensa cesase fulminantemente al capitán de fragata jefe de estudios de la ESENGRA. Aquí convendría aclarar varios puntos. En primer lugar, en prácticamente la mayoría de los buques e instalaciones de la Armada en la Orden del Día se incluye una efeméride histórica naval, casi siempre referida a un hecho de armas correspondiente a la larga historia de la Armada española, efeméride que el escribiente de la unidad obtiene de un libro que data de 1968 y que se titula Gloriosas efemérides de la Marina de Guerra Española.

De aquí descartamos que la redacción corresponda al capitán de fragata, bajo mi punto de vista injustamente cesado, sino copia literal del citado libro de efemérides. Hay otro tema, además, que escapa de mi comprensión después de 48 años en la Armada. El responsable de un buque o dependencia, para lo bueno o lo malo y de cara al exterior, es siempre su comandante. Su responsabilidad es tanta como su autoridad, principio básico del mando.

En este caso concreto, el corpus delicti era la utilización en la efeméride de la expresión escuadra roja, por lo que, según el diputado del BNG, el Ejército español continuaba operando en claves políticas e ideológicas de la guerra y del franquismo, algo en lo que también incidía el ex JEMAD. Pero en bien de la verdad y del correcto léxico empleado, hagamos un recorrido sobre lo que hay de cierto en la denominación utilizada y de lo que realmente le sucedió al infortunado submarino C-5.

La flotilla de submarinos en julio de 1936

En el comienzo de la Guerra Civil, el 17 de julio de 1936 a las 17:00 en la Comisión de Límites de Melilla, la Armada Española contaba con 12 submarinos, 6 pertenecientes a la Serie B y otros 6 de la C. Los primeros habían entrado en servicio entre 1922 y 1926 y fueron construidos por la Sociedad Española de Construcción Naval (SECN) en el astillero de Cartagena. Su diseño estaba basado en el prototipo norteamericano F-105, producido bajo patente de Holland por los astilleros de la Electric Boat Company en Groton (Conneticut).

foto: Cámara de Oficiales del C-5

De 563 ton., podían considerarse anticuados, ya que su diseño era anterior a la I Primera Guerra Mundial y, por su pequeño tonelaje, se consideraban costeros. Los 4 más antiguos, B-1 a B-4, estaban destacados en la Estación Naval de Mahón y los 2 más modernos, B-5 y B-6, se asignaron a la Flotilla de Submarinos ubicada en el Arsenal de Cartagena. Su armamento lo constituían torpedos Whitehead de 450 mm., que podían ser lanzados por sus dos tubos a proa y otros tantos a popa, además de un cañón de 76 mm- ubicado a proa de la vela. Su cota máxima era de tan sólo 40 m. y la dotación de 34 personas, de ellos 5 oficiales.

Los 6 submarinos de la Clase C eran un desarrollo mejorado de los anteriores, realizado por la SECN, también en Cartagena. Todos entraron en servicio entre 1928 y 1930, por lo que se podían considerar como bastante nuevos en 1936. De 925 ton. de desplazamiento, eran oceánicos, con una cota máxima de 80 m., doble que la de los anteriores, y un armamento compuesto por seis tubos lanzatorpedos de 533 mm., cuatro a proa y dos a popa, con un cañón Vickers de 76/45 mm. Su dotación la formaban 40 personas, de ellos al menos 7 oficiales.

La llegada de la República en 1931 y su política naval no pasó de quedar en meras buenas intenciones. Se llegó a decir públicamente que las pocas obras realizadas a los buques se hacían para dar trabajo al personal de las factorías. Si a esto se le unía un presupuesto insuficiente, la escasez de repuestos y una organización poco ágil, el resultado era que las reparaciones se eternizaban y los submarinos se pasaban años enteros sin varar para limpiar fondos y recorrer las válvulas de casco.

Hay que destacar, además, que entre el 14 de abril de 1931, advenimiento de la II República, y el 18 de julio de 1936 hubo veinte cambios de Gobierno, con una docena de relevos en el Ministerio de Marina en tan sólo cinco años, con lo no había forma de realizar un programa naval ni de tomar decisiones a medio plazo. Lo único positivo fue la Orden Ministerial dada el 22 de noviembre de 1932 para construir el primer submarino de una nueva serie, denominada D, que sólo contaría con 3 unidades para reemplazar a los 6 anticuados B.

El estado y la moral de las dotaciones tampoco eran muy buenos en la Armada. Los cuerpos auxiliares y subalternos mantenían una pugna con el Cuerpo General, existiendo pruebas fehacientes de la infiltración marxista en las dotaciones de los buques, de forma similar a lo ocurrido a los marinos del arsenal ruso de Kronstadt, ya que los elementos revolucionarios de la sublevación de 1934, expulsados por sentencia judicial, fueron readmitidos con el advenimiento del Gobierno del Frente Popular. 

Fotografia fechadan en 1936 del submarino c-3, frente a la costa de Málaga

No obstante, el Arma Submarina española tenía desde sus inicios una gran solera y disponía de oficiales y dotaciones bien instruidas en maniobras y ejercicios y los problemas de indisciplina eran residuales, De facto, después de los  acontecimientos del 18 de julio de 1936 en toda España, las dotaciones submarinistas no se sublevaron en Cartagena contra sus mandos. Por el contrario, ante el llamamiento al amotinamiento desde la estación radio de Ciudad Lineal en Madrid del radiotelegrafista Benjamín Balboa perteneciente a la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), las dotaciones de los grandes buques de la Escuadra se sublevaron y asesinaron a sus oficiales.

El 18 de julio

El 18 de julio el Gobierno de Madrid, ordenó la salida a la mar de todos los submarinos operativos para impedir el paso del Ejército del Norte de África a la Península. Así los C-1, C-3, C-4 y C-6 largaron amarras desde Cartagena a las 10:00 de ese mismo día, uniéndoseles el B-6 pocas horas después, mientras que el resto terminaba su alistamiento, encontrándose el C-5 realizando obras de reparación. El día 19 los 5 submarinos, bloquearon el puerto de Melilla para evitar la salida de las tropas en algún buque transporte hacia la Península. Posteriormente, el C-6 y el B-6 fueron destacados al Estrecho de Gibraltar, mientras que el resto se dirigía a Málaga para hacer víveres.

Durante esta primera salida a la mar las dotaciones submarinistas se amotinaron apresando a sus oficiales, que fueron desembarcados en Málaga y entregados a las autoridades del Frente Popular para ingresar en prisión, siendo posteriormente fusilados ante las tapias del cementerio malagueño entre el 15 y el 21 del mes de agosto, junto con los oficiales de los destructores que habían entrado en el puerto andaluz. De esta forma un total 36 oficiales del Cuerpo General perdieron la vida en esas trágicas circunstancias a los que habría que sumar los 48 que fueron ejecutados en la mar por sus dotaciones en los buques de superficie sin juicio previo.

En Cartagena las cosas no fueron mejor. El día 19 un teniente de navío submarinista era asesinado en la Base por un fogonero y por la noche la masa revolucionaria intentaba escalar la muralla del Arsenal. El 20, auxiliares y cabos, abrieron las puertas a esa masa del Frente Popular, que por medio de grupos armados detuvieron a todos los jefes y oficiales de los buques y submarinos amarrados en los muelles, para ser encarcelados en los  mercantes España nº 3 y Río Sil, que se habilitaron como buques prisión en el puerto de Cartagena. Falto de oficiales del Cuerpo General, en medio del caos, el 2º maquinista Manuel Gutiérrez Pérez, del C-5 tomó, el mando de la Base de Submarinos y del Arsenal, haciéndose llamar “general” por la marinería, tras la destitución del almirante del Arsenal, contralmirante Molins.

De la Base Naval de Cartagena se hizo cargo el teniente de navío Antonio Ruiz, una vez destituido el vicealmirante Márquez, que en ningún momento se había sublevado contra el Gobierno. El 14 de agosto de 1936 atracaba en el muelle de la Curra el acorazado Jaime I con diversas averías y tres muertos, tras enfrentarse a la Aviación Nacional en aguas de Málaga. Por ello, en su tránsito hacia Cartagena, el comité revolucionario autodenominado Guardia Roja del buque formó en la toldilla a 10 jefes y oficiales, presos hasta el momento y los fusilaron sin juicio previo.

No contentos con esta vil acción, ese mismo día los amotinados del Jaime I se hicieron con el control del Río Sil, obligándole a salir a la mar y, al estar a 30 millas de Cartagena, procedieron a arrojar a todos los prisioneros al agua atados de a dos con las manos sujedas a la espalda y una parrilla de hierro amarrada a los pies. Vuelto el Río Sil a puerto, se repitió la misma maniobra con el otro buque prisión, el España nº 3, aunque el procedimiento fue distinto, ya que, según los prisioneros iban saliendo de la bodega del buque, se les disparaba un tiro en la nuca y se les arrojaba al agua con un peso en los pies. Un total de 52 jefes y oficiales fueron asesinados por este salvaje procedimiento en el Río Sil y 147 en el España nº 3.

foto: Planos Submarino Holland tipo F-105-1910

Mientras estos luctuosos hechos ocurrían en Cartagena y su Base de Submarinos, en el puerto de Mahón, donde se encontraban atracados los B-1 y B-4, la situación, no era muy diferente. El 19 de julio se constituyó un comité revolucionario que hizo prisioneros al jefe de la Flotilla de Submarinos y a todos los oficiales, enviándolos a la fortaleza de La Mola, constituida desde día 22 en prisión militar para 148 jefes y oficiales de la Armada y del Ejército. El día 3 de agosto los custodios de la prisión, cuando todos los presos se hallaban en el patio sobre las 19:00 horas, abrieron las puertas al exterior y una muchedumbre armada comenzó a disparar de forma indiscriminada sobre los indefensos presos. Al caer la noche un total de 132 cadáveres yacían tendidos sobre el patio de la fortaleza.

De esta forma tan irracional, a la que habría que sumar la muerte de 130 oficiales en Madrid y la de 35 pilotos aeronavales en San Javier, el Gobierno del Frente Popular se encontró con la triste paradoja de que contaba con el 90 por ciento de los buques de la Flota, compuesta por 1 acorazado, 3 cruceros, 17 destructores y 12 submarinos, amén de otras embarcaciones menores, pero con el 90 por ciento de sus oficiales, asesinados, 355 en total. En el bando Nacional tan sólo se contaba con 1 viejo acorazado, el España, apodado el abuelo, 1 crucero, el Almirante Cervera, y 1 destructor operativo, el Velasco, pero con todos sus cuadros de mando intactos.

Sin oficiales

Tras estas terribles masacres, toda la Escuadra, denominada por ellos mismos Roja por el fervor revolucionario de la marinería y auxiliares, se encontraba en Cartagena, donde, curiosamente y al contrario que en Ferrol y Cádiz, nunca se había declarado el estado de guerra ni hubo alzamiento. La preocupación del Gobierno del Frente Popular seguía siendo el paso de las tropas del Protectorado de Marruecos a la Península, pero a mediados de agosto se encontraba con 12 submarinos sin oficiales para manejarlos.

Una búsqueda por las prisiones para encontrar todavía a alguien con vida resultó infructuosa para la primera salida con un submarinista experimentado al mando del C-5, cuyos oficiales y comandante, capitán de corbeta Antonio Amusátegui, habían sido asesinados en el España nº 3, con la excepción del 2º Comandante, teniente de navío Ruiz, por lo que el 22 de agosto el submarino se hizo a la mar  bajo el mando del contramaestre Jacinto Núñez. Tras un  intento de hacer una primera inmersión fuera del puerto de Cartagena, el submarino mal trimado, es decir con mucha más agua en sus tanques de regulaciones y nivelaciones que la adecuada, se había precipitado hacia las profundidades sin control, lo que obligó a soplar todos los lastres y el tanque de seguridad en emergencia. Tras esta experiencia, la dotación, siguiendo las indicaciones del comisario político Porto, decidió seguir navegando en superficie hasta Málaga en espera de un comandante de submarinos cualificado.

El 23 de agosto el C-5 entraba en Málaga e inmediatamente el comité revolucionario de a bordo le planteaba su preocupación al recién nombrado Jefe de la Flotilla, teniente de navío Vicente Ramírez de Togores, que había reemplazado al capitán de fragata, Francisco Guimerá Bosch, depuesto en Málaga. El comandante elegido fue el capitán de corbeta José Mª de Lara Dorda, que había salvado milagrosamente su vida de los luctuosos acontecimientos de Cartagena, gracias a que había estado fuera con  veinte días de permiso por una lesión en un brazo y a quien el comité revolucionario de a bordo recibió con desconfianza, pues era católico practicante, padre de familia y, desde luego, tras los asesinatos de sus compañeros, nada afecto al Frente Popular, pero no había lugar para otra elección.

Como resultas de esta desconfianza, al capitán de corbeta Lara no le eran entregadas las órdenes de operaciones, ni le dejaban mirar por el periscopio cuando había algún buque enemigo a la vista. Ese mismo día el C-5 se hizo a la mar desde Málaga. El 26 de agosto el submarino sufrió su primer percance, por un error del oficial de guardia, procedente de la marina mercante, al quedar varado durante la noche en un bajo del Estrecho de Gibraltar frente a Tarifa. Afortunadamente, la marea y la fuerte corriente  librarían al C-5 horas después.

El 26, los submarinos C-1, C-2 y C-5, fondeados frente a Tánger, recibían la orden de levar anclas y navegar para impermeabilizar la costa del Cantábrico. La maniobra se hace con mucho viento de Levante y un golpe de mar hace que el C-5 aborde al C-1 en la popa, causándole averías en su gobierno, obligándole a regresar a Cartagena para reparar las averías, mientras el C-2 y el C-5 se dirigen hacia el Norte, llegando el 31 de agosto a Bilbao sin más incidencias, entrando el C-5 en el dique seco de Euskalduna para limpieza de fondos y reparación de la proa.

foto: Submarinos clase C en construcción en la SECN de Cartgena

La decisión de desplegar los submarinos en el Cantábrico fue un gran error estratégico de la Marina del Frente Popular y del ministro Giral, pues facilitó el paso de todas las tropas africanas a la Península y su posterior progresión por Andalucía y Extremadura hacia el Norte. Recordemos que el primer paso de estas tropas, realizado el 5 de agosto y denominado Convoy de la Victoria, sólo contó con la única oposición del destructor Alcalá Galiano, que no pudo atacar ningún buque mercante cargado de tropas por la suicida defensa del cañonero Eduardo Dato, muy inferior en potencia de fuego, pero con oficiales profesionales y motivados dispuestos a darlo todo.

Tras la salida de dique del C-5, fue estacionado junto con el C-2 en Portugalete, si bien este último tenía las baterías en muy mal estado. El 2 de septiembre, en su primera salida a la mar, el C-5 avista al crucero Almirante Cervera, pero el comisario político Porto, le arrebató el periscopio a Lara, comandante del submarino y único oficial del Cuerpo General a bordo, y por tanto cualificado para hacer un ataque a cota periscópica. Cuando le devolvió el periscopio, Lara avistó al crucero alemán Königsberg, que se interponía en la línea de lanzamiento de torpedos, por lo que el ataque es abortado. Porto acusó a Lara de traidor, pero no pudo hacer nada más.

Tripulación desmoralizada

El día 3 de septiembre, el submarino mantuvo un enfrentamiento nocturno en superficie al Norte de Luarca con los bous armados Argos y Juan Ignacio, llegando a realizar 70 disparos con su cañón de 76 mm. El Argos intentó pasar por ojo al sumergible, pero éste hizo inmersión, para recibir horas más tarde las bombas lanzadas por un hidroavión Savoia S-19 nacional y varias cargas de profundidad del destructor Velasco, que acudió al escenario de avistamiento.

El submarino alcanzó rápidamente su cota máxima de 80 m. y la sobrepasó, llegando a los 85 del fondo, posándose con los motores parados, pero, desafortunadamente, las cargas de profundidad del Velasco, sin haber impactado directamente, le habían causado diversas averías en timones y hélices, además de varias entradas de agua. Tras 44 angustiosas horas posados en el fondo con una escora a estribor de 20 grados y rea­lizadas las reparaciones de emergencia necesarias y el achique de las cámaras inundadas, el capitán de corbeta Lara dio las órdenes de sopla todo 30º a subir, avante toda las dos.

Felizmente el submarino despegó del fondo y cuando llegó a la superficie el horizonte estaba limpio de contactos enemigos. El 5 de septiembre el C-5 entraba en el puerto de El Musel con una dotación totalmente desmoralizada, tras haber visto la muerte tan de cerca. Posteriormente se trasladó a Portugalete para realizar las reparaciones de fortuna necesarias, sin tener siquiera la oportunidad de dirigirse a su astillero de Cartagena para solucionar correctamente todas las averías producidas por el ataque del Velasco. Finalmente, acabando el mes de octubre, el C-5 acabó su alistamiento, saliendo a la mar  ante la noticia de que el acorazado España, navegaba por aguas próximas a Santander.

Tras una búsqueda infructuosa, el C-5 entró en este puerto, hecho que aprovechó el comisario político Porto para coger una monumental borrachera en los abundantes bares de Puerto Chico. Avisado a las 22:00 el radio del C-5 que el España había sido avistado de nuevo y tras recuperar al achispado Porto, cuyo tránsito por la estrecha plancha de 40 cm. hasta e submarino fue toda una odisea, saldría a la mar para dar caza al acorazado enemigo. Sobre las 01:30 del 30 de octubre, el serviola avistó a una distancia aproximada de 2 millas una luz tintineante, posiblemente de algún portillo mal cerrado del España.

Porto ordenó sumergir el barco para iniciar un ataque con torpedos, algo que podía haber hecho en superficie, dada la escasa visibilidad. Tras la orden de alistar los cuatro tubos con torpedos en la proa y con la amenaza de Porto de este ataque no quiero fallarlo, pase lo que pase, dos fueron lanzados contra la inmensa mole del acorazado. Desafortunadamente para los torpedistas, que podían haber sido acusados de saboteadores, nada más salir del tubo invirtieron el rumbo, describiendo una trayectoria errática, fruto de una mala regulación. Como aún quedaban otros dos torpedos listos para ser lanzados, Porto se dirigió amenazante hacia Lara con estas palabras: Preste mucha atención al lanzamiento y hunda al “España”, si no quiere vérselas conmigo.

La corta trayectoria del C-5

El comandante le contestó que él no tenía la culpa del mal funcionamiento de los torpedos, dicho lo cual dio la orden de fuego a una distancia próxima a 1 milla, cayendo a continuación con toda la caña para alejarse del acorazado. Unos minutos más tarde se oyó una explosión lejana. Uno de los torpedos había estallado al impactar contra las estribaciones de Cabo Mayor. Posteriormente, al llegar el España a Ferrol, su casco fue recorrido por un buzo, descubriendo en la banda de babor y la altura de la torre nº 3 una marca por debajo de la quilla de balance, posiblemente producida por el impacto de un torpedo que no estalló, por incidir con un gran ángulo de inclinación o por un fallo de la espoleta de contacto.

El submarino, después de este fallido ataque, regresó a Bilbao, donde Porto llevó a Lara ante un tribunal, que lo absolvió gracias a las declaraciones de la dotación del C-5. Los meses de noviembre y diciembre transcurrieron con navegaciones cortas y sin ningún ánimo de buscar al enemigo, pues hasta Bilbao habían llegado las noticias del hundimiento del submarino B-6 el 19 de septiembre a la altura del Cabo de Peñas, tras un enfrentamiento en superficie con el remolcador Galicia y el destructor Velasco, si bien la dotación pudo ser rescatada en su mayoría, con 36 supervivientes.

foto: Ramón Cayuelas, único superviviente del C-5

Apenas un mes más tarde, el 17 de octubre, un hidroavión nacional Dornier Wal avistó al B-5 en superficie, que inmediatamente hizo inmersión, lo cual no fue obstáculo para que el hidro le lanzase una carga de profundidad, una bomba de 50 kg. y varias más pequeñas. Este fue el segundo submarino hundido desde el comienzo de la guerra, pero como no hay 2 sin 3, el 12 de diciembre el C-3 es hundido cuando imprudentemente patrullaba en superficie a plena luz del día en las proximidades del puerto de Málaga. El autor fue el sumergible alemán U-34, que finalizaba la operación Úrsula, y regresaba a su base en Kiel, no sin antes hundir a las 14:19 horas con un torpedo G-7a al confiado submarino, del que sólo se salvaron tres tripulantes, el oficial de guardia, capitán de la marina mercante García Viñas; el serviola Isidoro de La Orden y el repostero Asensio Lidón, que se encontraban en el puente tirando basuras en el momento del impacto.

Con estos 3 hundimientos, no es de extrañar que el espíritu combativo del C-5 fuese nulo. En estas circunstancias, y después de la Navidad, se alistó el 31 de diciembre para salir a la mar, habiendo embarcado víveres por la mañana y realizado la primera comida en puerto. A las 16:00, Lara ordenaba babor y estribor de guardia para salir de Bilbao. Sería la última vez que el submarino sería visto en superficie, pues esa misma noche se perdería el contacto de radio con él.

La desaparición

El protagonista de nuestra historia, el C-5, desapareció en la noche del 31 de diciembre de 1936 con 40 hombres de su dotación. La única prueba de su hundimiento fue una gran mancha de petróleo en las proximidades de Ribadesella. Su desaparición dio lugar a todo tipo de especulaciones, pues en la zona no había ninguna unidad naval o aérea enemiga que podía haber atacado al C-5. El Gobierno del Frente Popular mantuvo su pérdida en secreto mientras pudo para no terminar de desmoralizar a las dotaciones del resto de la Flotilla de Submarinos.

En la Zona Nacional su hundimiento se adjudicó a la acción de su comandante, el capitán de corbeta Lara, que, según sus compañeros, les había dicho que lo haría en cuanto pudiese. Esta versión, avalada por oficiales submarinistas, fue oficialmente aceptada en la Marina Nacional y sirvió para proteger a su viuda y huérfanos, que de esta forma quedaron amparados por las ayudas sociales y colegio de huérfanos. Ahora bien, desde el punto de vista técnico, analizando el accidente, se desprende que el casco del C-5, construido con un acero muy inferior al de los submarinos actuales y, además, iba remachado, no soldado, con lo cual su resistencia después de un ataque con cargas de profundidad, como el sufrido, era más que dudosa.

Todo ello nos inclina hacia la tesis de una avería catastrófica sin intervención exterior, debido al mal estado del casco y a la falta de un mantenimiento correctivo adecuado. La historia nos da ejemplos fehacientes de ello. El mucho más moderno y avanzado submarino nuclear norteamericano USS Tresher (SSN 593), se perdió con toda su dotación de 129 personas el 9 de abril de 1963, tras realizar una salida a la mar de pruebas después de la realización de obras incidentales. Parte de sus restos pudieron ser rescatados en un fondo de 2.600 m. y de su estudio se dedujo que la causa del hundimiento fue una mala unión en una junta de una tubería de agua salada en comunicación con el mar.

El estado de las tuberías del C-5 seguramente era bastante peor y aguantaron sin mantenimiento hasta que fallaron. La teoría del hundimiento por acción del comandante no tiene recorrido entre submarinistas profesionales. En primer lugar, el comandante del submarino no tiene acceso directo a los timones de buceo ni al timón vertical, ni tampoco a las palancas del piano de inundación de los lastres. Las escotillas no se pueden abrir estando sumergidos por la presión del agua y, por si todo esto fuese  poco, el comisario político Porto, perseguía a Lara a sol y sombra por no fiarse de él.

Desde el punto de vista moral, el capitán de corbeta Lara nunca habría asesinado a su dotación. Era su gente y seres humanos ni tampoco se suicidaría por sus convicciones católicas. De lo que no hay duda es que su ardor combativo estaría próximo a cero, algo que en otros submarinos provocó que sus comandantes fuesen sustituidos por oficiales rusos, con escaso éxito, por cierto. El gran fallo del Gobierno del Frente Popular fue consentir el asesinato de prácticamente todos los oficiales submarinistas, encontrándose en agosto de 1936 con 12 sumergibles inutilizados por falta de personal cualificado.

Sobrevivir

De haber estado bien mandados los submarinos, ningún barco que saliese de Ceuta o Melilla habría alcanzado un puerto de la Península Ibérica. En esta acción de aniquilar a los oficiales del Cuerpo General, la República perdió la guerra, pues sin las tropas africanas el alzamiento en la Península no habría tenido futuro alguno. Durante tres años las dos Españas se combatieron en la mar, pero no hubo muchos enfrentamientos abiertos entre la Flota Nacional y la Escuadra Roja, pues, tras el hundimiento de 4 submarinos en cuatro meses, la moral de la Flotilla decayó totalmente y se buscó esencialmente la supervivencia.

foto: Submarinos clase B y el buque de apoyo Kanguro en la bahía de Pasajes (1922)

A su vez, entre los buques de superficie el estado de la moral era similar, después que el crucero nacional Canarias, recién finalizado, se enfrentase el 29 de septiembre en el Estrecho de Gibraltar al destructor Almirante Ferrándiz, que intentaba bloquear ese importante paso. El acertado tiro del crucero hacía diana en el destructor a la tercera salva a 20.000 m., haciéndolo saltar por los aires. Este hecho desmoralizó aún más a las dotaciones de los buques de superficie, existiendo episodios como el del destructor José Luis Díez, enviado al Cantábrico, igual que el C-5, con base en Santurce y al que los lugareños apodaron como Pepe el del puerto, pues se resistía con todas sus fuerzas a salir a la mar.

El estado de la Flota del Frente Popular en abril de 1939, al acabar la guerra, era que los 6 submarinos Serie B estaban hundidos y, de los 6 de la C, 4 se habían perdido igualmente, quedando como únicos supervivientes el C-2, que pudo ser apresado en Cartagena por oficiales afectos al alzamiento para entrar en Palma de Mallorca en marzo de 1939; y el C-4, que salió el 5 de marzo de ese año con el resto de la Escuadra Roja, compuesta por  3 cruceros y 8 destructores, al mando del capitán de corbeta Buiza hacia la Base Naval de Bizerta, en Túnez, para internarse el 7 de marzo. Cuando el Gobierno francés devolvió estos buques al Gobierno Nacional tan sólo 23 días después, las dotaciones de la Flota  llegadas el 29 de marzo para su recuperación pudieron contemplar el estado deplorable de los buques, faltos de mantenimiento y en un situación lamentable de limpieza.

En Cartagena se encontraban, además, imposibilitados para navegar, el acorazado Jaime I con 5 destructores y en Gibraltar internado el destructor José Luis Díez. Tristemente el submarino C-4, único superviviente de la Marina de la guerra, se perdería en un desgraciado accidente el 27 de junio de 1946, cuando participaba con el C-2 en unas maniobras de la Flota, al salir a superficie a 13 millas al Norte de Sóller y ser abordado por el destructor Lepanto, hundiéndose con toda la dotación de 44 personas. Como resumen de todo lo anterior, en la capilla de la Base de Submarinos hay una gran inscripción In memoriam, con los nombres de los perdidos en la mar, B-5, B-6, C-3, C-4 y C-5, recordando que sus dotaciones, sin distinción de color ni credo, murieron por sus ideales cumpliendo con su deber. Almirante (S) José María Treviño


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