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El trágico sino de los “BACALAOS’

Airoso y elegante, el Dornier “Do-17” puede ser considerado como uno de los más bellos aviones de cuantos combatieron en la guerra civil española. Por su estilizada figura los alemanes le llamaban el “lápiz volador” y los españoles, más exagerados, lo motejaron de “bacalao”, por recordar —tan plano, tan plano era... al sabroso pescado conservado al salazón.

Con el fin de sustituir a los He-70 Rayos en sus misiones de reconocimiento, en marzo de 1937 llegan a España los primeros quince Do-] 7F.1, que se encuadran en la 1 A/88 de la Legión Cóndor (1), donde ostentando varios de ellos el nombre de Pablo y emblemas como el diablo, el gato negro el búho comienzan inmediatamente sus acciones de guerra. Su notable rapidez --cuentan que García Morato no pudo dar alcance con su CR-32 Chirri al Bacalao que pilotaba Micheo— y su gran penetración, a nada que se le bajara el morro, les hizo en un principio invulnerables a la caza enemiga; de aquí que más adelante, y para reforzar a los He1 I1B Pedros del 1 y 2 K/88 de la Legión Cóndor, fueran enviados a España veinte Do-17 más, de la versión E.1 adaptada al bombardeo. Pero, pronto, el sensible crecimiento en cantidad y calidad de la caza republicana acabaría quebrando ese concepto de intocables de que los Bacalaos gozaban.

Foto: El teniente Carlos Coll Baurier, superviviente del lamentable suceso del 4 de abril de 1939.

Nuevos desarrollos del Do-17 fructificaron en una mejorada versión P de reconocimiento, a la que fundamentalmente, se le dotaba de motores en estrella de una mayor potencia, y como sucedería con otros aviones, la Luftwaffe, contando con unidades operativas en España, donde podían ser experimentados en condiciones reales, envió en diciembre de 1937 diez aparatos destinados a potenciar y cubrir bajas en la A/88 que fue a donde se incorporaron los P.1.
En agosto de 1938, con los seis primeros Domier que la Legión Cóndor entrega a la Aviación Nacional, se crea, bajo el mando del comandante Rambaud Gomá, el 7-G-27, que aunque compuesto de personal exclusivamente español, se encuadra en un principio en la Agrupación de Bombardeo K/88 germana. Sus primeras misiones, con base en el aeródromo de Sanjurjo, en Zaragoza, son de bombardeo y ametrallamiento de los aeródromos enemigos del frente del Ebro.

LA GUERRA SUCIA

Solíamos ir —me relataba un piloto— cuatro o seis aviones por delante, en vuelo de reconocimiento para localizar las baterías antiaéreas, que cuando disparaban, las atacábamos. Una vez calladas, a mucha mayor altura, llegaba “la balumba” la “K/88”.  Dada la altura a que volábamos bajo —a veces inferior a 300 m. humoristibcamente nos llamaban “los platos”, por convertirnos en un blanco, aparentemente, bastante fácil de la DCA. Pero si aforutunadamente, hasta entonces, en estas misiones el efecto de la defensa enemiga eró- en los “Bacalaos” españoles no fue más allá de algunos impactos, que en alguna ocasión motivaron a toma de emergencia de algún avión, en adelante, además de la temible DCA, serian víctimas de una guerra sucia: la de los sabotajes.
El 29 de octubre de 1938, al incorporarse al frente desde el aeródromo de León, en cuyos talleres había sufrido una
 revisión, inexplicablemente se incendia sobre Salas de los Infantes (Burgos) en el aire el Do-17 que pilotado por Rambaud, llevaba como tripulantes a los oficiales Del Arco y Vierna y a los sargentos mecánico y radio González y Ramos. Lógicamente, todos intentan su salvación en paracaídas, pero... el primero se sale incomprensiblemente de los atalajes, al segundo no se le abre, el tercero es segado por las hélices al abandonar el avión, al cuarto tampoco se le abre y únicamente, si bien herido gravemente, Ramos consigue salvarse. La investigación pertinente demostraría que el avión fue saboteado, encontrándose, para colmo, que el paracaídas de Del Arco se hallaba anudado, haciendo por tanto imposible su apertura.
A Rambaud, uno de los más prestigiosos aviadores españoles, le sustituyó en el mando el capitán Micheo Casademunt, y los vuelos de guerra continúan: Chiva y otros puntos de la región valenciana..., el depósito de locomotoras de Tarragona..., Bellpuig, Borjas Blancas, Mayals, Granadella, en la provincia de Lérida, son algunos de los objetivos de los Bacalaos españoles.

Foto: Aunque los alemanes lo denominaban Lápiz volador”, los españoles le bautizaron ‘Bacalao”, al recordarles ese pez lo plano de líneas que era.

El 27 de diciembre, una patrulla al mando de Micheo, quien lleva como observador al teniente Dávila, despega para realizar el tercer servicio del día: bombardeo de posiciones en la carretera Artesa-Cubells. Ya en las cercanías del objetivo, y con el fin de conseguir una mayor concentración a sus bombas, los aviones adoptan la formación de rombo, siendo entonces cuando la defensa antiaérea, que últimamente se había mostrado muy hostil, alcanza al aparato que con Osborne, Chacel y Manzano formaba de punto izquierdo, segando la exposión su plano derecho. Los tenientes Coil y Zavalla que cerraban el rombo inmediatamente detrás ven a través de la amplia cristalera cómo los restos del avión tocado, con los que por un pelo no colisionan, se estrellan contra el punto derecho, es decir, contra el aparato que tripulado por Minguel, Galera y Félez cae a tierra incendiado también. La trágica carambola le había costado seis hombres al Grupo y, curiosa coincidencia, el Bacalao de Coil-Zavala, que milagrosamente no se vio envuelto en el derribo, ostentaba en el fuselaje una matrícula no apta para supersticiosos, 27-13, que para mayor abundamiento, la suma de sus números totalizaba también trece.
Otro caso inexplicable se produce en el aeródromo leridano de Albatarrech, donde se descubren virutas de metal en el depósito de uno de los Bacalaos estacionados temporalmente allí; pero este hallazgo se quedaría corto al lado del que por estas fechas iba a tener lugar en León, donde tripulantes del 8-G-27 se aprestaban a recoger aviones. Tras el preceptivo vuelo de prueba, realizado por el virtuosísimo piloto Enrique Cárdenas, el teniente Julio Alegría toma los mandos de uno de ellos para trasladarlo a su base, pero al poco tiempo, con los motores al rojo, se ve precisado a volver. Tras una primera inspección, para sorpresa de todos los presentes, en el depósito de aceite aparece un saco de “Azucarera de Epila”. Las sospechas anteriores, junto a las últimas evidencias, pusieron al descubierto una pequeña célula de anarquistas que, camuflada entre el eficiente y abnegado personal de los importantes talleres de León, fue la causante de una serie de sabotajes que ocasionaron no pocas victimas.
Todavía antes de terminar la guerra, el 8-G-27 sufriría más bajas, ya que el 26 de febrero de 1939 se estrella en Medina de Rioseco un Bacalao en el que pierden la vida los tenientes Garrido Capa, Andrés Alonso, Mendoza Gorostiza y el cabo Fernández Escobar. Aunque en un principio pareció encontrarse la causa, al suponer que el accidente había sido debido a una pasada en el pueblo del que era oriundo el piloto, parece ser que se encontraron indicios —los cables de mando limados— de un posible sabotaje, lo que con los trágicos antecedentes a que nos hemos referido no sería de extrañar.

UN SENO TRAGICO

En marzo, el Grupo español realiza sus últimas misiones actuando en la región valenciana y el fin de la guerra le sorprende en su base de Alfamen. Como premio a sus valerosas acciones, no exentas de peligro, como hemos podido ver, todos sus tripulantes podrían lucir en su bocamanga la Medalla Militar Colectiva.
Pero, por desgracia, aquella tan anhelada paz poco iban a poder disfrutarla —al menos terrenalmente— un buen número de aviadores del Grupo, incluido su recién nombrado jefe, comandante Ibarra Montis. Por otro lado, el avión 27-13, rompiendo con todas las leyendas supersticiosas, iba a ser nuevamente favorecido por la suerte.
La Aviación victoriosa comenzaba a desplegarse hacia los campos situados en los alrededores de Madrid con vistas a su participación tanto en la revista que en Barajas habría de pasar el generalísimo Franco como en el posterior Desfile de la Victoria. Con tal motivo, el día 4 de abril una formación de cuatro Do-17 al mando de Ibarra despega de Alfamen rumbo al aeródromo de Azuqueca de Henares (Guadalajara). Las malas condiciones meteorológicas que encuentran en la ruta llevan al comandante a descender de nivel para en vuelo visual sortear el frente nuboso.

Foto: Un bacalao sobre la deriva de un Do-17 fue el emblema que en sus uniformes lucieron los pilotos y personal navegante del 8.G-27

Más arriba, siguiendo la misma ruta, vuela una formación de He-l11 Pedros al mando del comandante Frutos. El teniente Calparsoro, que comparte el pilotaje con el citado jefe, descubre bajo su avión la estilizada silueta de los Bacalaos y presagiando el riesgo se los muestra a su comandante a la vez que profetiza:

Poco después, al ponerse la cosa fea, los Pedros regresan a Alfamen, no así los Bacalaos, que a muy baja altura, formados en ala a la derecha, siguen el cauce del río Jalón y se ven envueltos en una intensa lluvia. Han transcurrido veinticinco minutos desde su despegue, aproximadamente la mitad del tiempo necesario para cubrir la ruta, y la meteorología es infame. Coll, quien a bordo del 27-13, junto al teniente Marco y el sargento Ruiz, vuela en segundo lugar tras Ibarra, ve entre la lluvia, en un momento dado, el avión de su jefe virando en posición totalmente vertical. ¡Volvemos!, piensa, suponiendo que aquél inicia un cerrado viraje de 1800. Por tanto, con decisión, pero con sumo cuidado, dada la mala visibilidad, y la baja altura, vira ceñido y se dirige a la vertical del Monasterio de Piedra, a la espera del resto de la formación, que supone de regreso, pero al no aparecer nadie se vuelve a la base de partida.
Una vez en tierra se presenta inmediatamente al comandante Frutos, que se dispone a almorzar junto a sus oficiales, a quien da parte verbal de lo ocurrido. Una tremenda angustia se apodera de todos los comensales pero, por desgracia, las deseadas fervientes esperanzas se truncan antes de finalizar la comida cuando una llamada del puesto de la Guardia Civil de Alcolea del Pinar anuncia la tragedia. En las cercanías de esta localidad, y en un reducido radio, habíanse estrellado tres aparatos. Allí quedaron once aviadores, cuyos nombres habrían de unirse, como muertos en acto de servicio, al del as de la caza comandante García Morato, caído también, aproximadamente a la misma hora, en el madrileño campo de Griñón.

Foto: En una hamaca a la sombra de un chamizo, este piloto de un “Bacalao”  repone fuerzas  

Ocho días después del suceso, el aeródromo de Barajas, todavía con alguna huella de las recientes batallas, engalanado con guirnaldas, estandartes, banderas y los emblemas de los Grupos Aéreos, muestra bajo un sol radiante un aspecto deslumbrador. El espectáculo es impresionante. Cuatrocientos cincuenta y siete aviones de la Aviación Nacional, Aviación Legionaria y Legión Cóndor se alinean en interminables hileras con sus tripulaciones al frente para ser revistados por el generalísimo Franco. Entre ellos, aquellos hombres del tan castigado 8-G- 27 y cinco Bacalos, que ostentando los nombres de Rambaud, Osborne, Viema... recuerdan a los mejores.
Dentro de la formación germana se alinean igualmente cuatro Bacalaos, vers ión P, que luego pasarían a engrosar una unidad de reconocimiento de la Aviación Militar española, que poco después, y como Arma independiente, se denominar ía Ejército del Aire.

SIGUE LA RACHA

En los primeros días de la paz, los Dornier otra vez en su base de Zaragoza, y nuevamente bajo el mando de Micheo, cumplen una importante actividad, cual es el reconocimiento fotográfico. Tres aviones concretamente, volando a 5.000 metros de altura, realizan el levantamiento fotográfico de los Pirineos desde Port Bou al Bidasoa.
Volábamos, con oxígeno, claro está, y lo hacíamos sesenta minutos antes y otros tantos después de las doce horas solares, con el fin de evitar las sombras, me dice uno de los pilotos que intervinieron en esta tarea.
Con la reorganización que se llevó a cabo tras la creación del Ejército del Aire, los Bacalaos —unos 10 ó 12 entre las tres versiones— se trasladan a Alcalá de Henares, donde como parte del Regimiento Mixto n° 1, constituyen el 44 Grupo.
Levantamientos fotográficos, maniobras e intrucción, amén de algún vuelo curioso, transportando niños enfermos de tosferina, son el objeto fundamental de sus misiones.
Pero, sigámosle la pista al 27-13, aun a riesgo de que nuestro trabajo no termine con una novela rosa.

Foto: Junto a un “Bacalao” vemos su temible carga.

A fin de participar conjuntamente en las maniobras que realiza la Escuadra en aguas del Cantábrico, en noviembre de 1946, se destacan al pequeño aeródromo de Rozas, en Lugo, tres Bacalaos, que poco antes de las 10 de la mañana del día 26 despegan para iniciar su participación en ellas. A bordo del 27-13 vuelan como piloto el alférez Municio, como observador navegante el teniente Fernández García (José Manuel), así como un radio y un mecánico, cuyos nombres no he podido encontrar, y un soldado, que como no había volado nunca, pidió permiso y se le concedió para hacerlo en aquella ocasión.
A los pocos minutos de vuelo, a la vista del mal tiempo reinante, los aviadores reciben orden de regresar al aeródromo y tomar tierra. En el muy amplio viraje que el 27-13 realiza para la aproximación, y por estimar su piloto, aplicando el orden de antigüedad, que le corresponde tomar tierra en último lugar, se aleja relativamente de su base, adentrándose en nubes muy bajas.

Foto: La DCA averió a este avión, que hubo de posarse en emergencia sufriendo algunos daños.

El tan aplanado Bacalao parece cada vez más pegado al suelo de aquel verde paisaje gallego de colinas, montañas y valles, envuelto todo él en la clásica meteorología invernal: nubosidad, chubascos y fuerte viento racheado.
Volábamos —me relata el observador— casi pegados al suelo, sin ver nada. Para colmo perdimos la radio y dejó de funcionar el altímetro. Por un momento intentamos sobrevolar la capa de nubes, ascendiendo totalmente a ciegas hasta 700 o más metros, pero viendo la cosa negra, por el primer agujero perforamos, encontrándonos a no más de 50 metros sobre el terreno. Saltando casas, bordeando colinas, buscábamos ardientemente algún lugar apropiado para tomar tierra, pero creo que fue la tierra la que nos tomó a nosotros, en una ladera boscosa. No habíamos sacado el tren para evitar mayores peligros, y lo último que vi, tras una tremenda colisión, fue el ala derecha que salía desprendida. Desperté tirado en el suelo bajo la lluvia y creo que estuvimos en esta situación varias horas. El soldado, que no había sufrido mas que contusiones, empezó a recorrer aquellos lugares en busca de auxilio y al fin, unos campesinos, vinieron a rescatamos.

Foto: Ya en las cercanías del objetivo los “Do-17”, con el fin de conseguir una mayor concentración de sus bombas, adoptan la formación de rombo.

Por medio de unas improvisadas parihuelas, hechas con restos del avión, o el simple capot de un motor, los heridos fueron trasladados, no sin esfuerzo, a través de caminos de monte, hasta un caserío, donde después de descansar unos minutos y hacer beber al observador un vaso de aguardiente casero, continuó la penosa marcha hasta la carretera, donde ya esperaba una ambulancia que a media tarde hizo su entrada en el hospital de Lugo transportando dos heridos gravísimos, dos graves y uno leve, que, afortunadamente, con el paso del tiempo, curarían de sus heridas (2).
Ya en esta época, los Bacalaos, con problemas de repuestos, sobrevivían gracias a la socorrida canibalización, pero cada vez volaban menos debido a la falta de combustible.
El 12 de enero de 1947, en las cercanías de su base de Alcalá, se estrella el R.3-7 (R.3 era la nomenclatura que se dio al Dornier 27 en 1946) perdiendo la vida en el accidente el teniente Galán Galán y tres cabos segundos que le acompañaban.

La última pista que he podido encontrar de los Bacalaos españoles me la dio el Cuaderno de Navegación del general Galbe Pueyo que, afamado piloto de pruebas en aquellos días —el popular cucurucho—, vuela el Do-17P (R.3-30) para ingresarlo en la Maestranza de Logroño, de donde no vuelve a salir. Era el 30 de noviembre de 1951. ¿Sería el último? Creo que sí. Lástima que entonces no hubiera esas inquietudes de museo, que al menos entre muchos de nuestros aviadores existen hoy…


Fotos Archivo “Canario “Azaola

(1) La Legón Cóndor era una fuerza que Alemania envió a combatir a la guerra civil española para apoyar el esfuerzo bélico del general Franco.

(2) Si bien se sale del aspecto puramente aeronáutico, aunque atañe al compañerismo entre aviadores y como reflejo de aquella época, no queremos dejar de reseñar que la noche que siguió al accidente, el teniente Nieto Puime preocupado, como el resto de los compañeros que alcanzaron sin novedad el aeródromo de Rozas, por la suerte de los accidentados, de los que se tenían las noticias más pesimistas, partió con urgencia a El Ferrol, donde levantó de la cama al almirante a fin de que por su mediación pudiera conseguirse penicilina —entonces un preciado, caro y escasísimo antibiótico— con la que de madrugada llegó al hospital de Lugo, a fin de que inmediatamente comenzara el tratamiento, ya que además de otras lesiones, Municio y Fernández sufrían pulmonía doble traumática.


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