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Los submarinos españoles en la postguerra

Al finalizar la Guerra Civil española, en 1939, de los doce sumergibles con que contaba la Armada antes de la contienda y que quedaron en el bando republicano, tan sólo dos estaban en condiciones de hacer inmersión. El resto habían sufrido diversas incidencias que los inutilizaban para el servicio: cuatro fueron hundidos en la mar, dos más en puerto y otros cuatro quedaron muy dañados en Cartagena, su base de origen.

Ante este panorama y visto que los dos submarinos de la clase C supervivientes no tenían ningún valor operativo, la Armada decidió reanudar los trabajos interrumpidos en los tres submarinos de Ia clase D cuya construcción databa de antes de la contienda. La serie, inicialmente de seis unidades, hubo de ser recortada a la mitad por dificultades presupuestarias.

Contaba además Ia Flotilla de Submarinos, en 1939, con los dos submarinos italianos adquiridos por el bando nacional en Italia, los General Mola y General Sanjurjo, que tan excelente resultado dieron durante Ia campaña en Ia mar, en contraposición con los clase B y G republicanos, faltos de oficiales y personal competente para manejarlos. La sexta unidad que compondría Ia incipiente Flotilla, sería un submarino alemán de Ia clase VII C, el U-573, refugiado en Cartagena tras ser gravemente averiado por un avión de Ia RAF británica que lo sorprendió navegando en superficie a la altura de Argel.

Veamos, con detalle, Ias particularidades y vicisitudes de aquellos viejos submarinos y las incidencias por las que pasaron hasta causar alta en Ia Lista Oficial de Buques de Ia Armada Española.

LOS SUBMARINOS  DE LA CLASE «B»

En octubre de 1931, D. José Giral Pereira ocupó Ia cartera de Marina y seis meses más tarde, al cumplirse el primer año de ia proclamación de Ia República, nombró al capitán de navio Pérez F. Chao, jefe de una comisión que debería determinar Ias necesidades de la Armada en cuanto a buques. Para ello los comisionados viajaron por los tres Departamentos (Cartagena, Cádiz y Ferrol) redactando un completo informe sobre las deficiencias observadas y proponiendo al ministro Ias soluciones para corregirlas. Así mismo le comunicaron un proyecto de Plan Naval que auspiciaba, entre otras cosas, Ia construcción de cinco submarinos de 1.000 ton. (dos de ellos minadores) y doce más pequeños, de 650 ton.

foto: Un oficial en el periscopio de observación del G-7 y timoneles en los timones de buceo.

El resultado de todo esto fue que Ia Sociedad Española de Construcción Naval, recibió el encargo de proyectar un submarino oceánico de 1.000 ton. Y 20 nudos de andar. El estudio corrió por cuenta del ingeniero naval D. Aureo Fernández Ávila, que era a la sazón director de la factoría cartagenera. Este proyecto fue conocido con el nombre clave de Sigma II y, en esencia, se trataba de un submarino de la clase C mejorado, pero que a la larga demostraría que lo de las mejoras tan sólo era en el terreno teórico de Ia sala de gálibos.

El 30 de agosto de 1932 el presidente de la República, D. Niceto Alcalá Zamora, firmaba una Ley que decía textualmente en su artículo primero: Se autoriza al ministro de Marina para dictar la orden de ejecución a Ia Sociedad Española de Construcción Naval de un sumergible tipo «Sigma II», con arreglo a las características y requisitos establecidos por la Junta Especial que se constituyó en el citado Ministerio y que serán debidamente revisados..

Tres meses más tarde se iniciaba el acopio de material, poniéndose Ia quilla en gradas el 23 de septiembre de 1933, siendo D. Luis Companys ministro de Marina. El submarino fue bautizado como D-1, cabeza de una serie de tres unidades, cuyas características más importantes eran las siguientes: 84,3 m. de eslora, 6,9 de manga y 6,3 de puntal. Ei desplazamiento ligeramente superior a las 1.000 ton., con un andar en superficie de 20,5 nudos y en inmersión de 9,5. Su armamento estaba constituido por seis tubos lanzatorpedos de 533 mm., ubicados cuatro a proa y dos a popa. Aunque se había proyectado montarle un cañón de 120 mm., llevó uno alemán de 88 mm., junto con dos ametralladoras antiaéreas de 20 mm. Su autonomía en superficie era excelente: 12.000 millas a 12 nudos.

foto: Cámara de torpedos de proa en un submarino tipo «Mola».

El plazo fijado para la entrega era de tres años, pero la orden de construcción de otras dos unidades similares, dada por el nuevo ministro D. José Rocha García el 27 de marzo de 1934, ralentizó el no demasiado rápido ritmo del astillero, que se dedicó al acopio de materiales y puesta de quilla de las dos nuevas unidades. Esto hizo que el comienzo de la Guerra Civil sorprendiese a los tres submarinos en gradas y en diversas etapas de construcción.

Durante el trienio 1936-1939, no se trabajó una sola hora en el astillero, al no recibirse los equipos ni los materiales necesarios debido al férreo y eficaz bloqueo impuesto por Ia Flota nacional. Finalizada Ia contienda estalló, a los pocos meses, la SGM que dificultó a su vez la recepción de los aceros y materiales especiales tan necesarios para Ia finalización de los tres submarinos. En febrero de 1940 se dio por fin la orden de reanudar los trabajos, creándose el Consejo Ordenador de Construcciones Navales Militares (COCNM), ya que el contrato suscrito con Ia SE de Construcción Naval en 1908, había prescrito.

EI Consejo hizo lo que pudo en aquellos años difíciles, sometidos a un aislamiento internacional, con una industria nacional casi inexistente, una economía hundida por tres largos años de guerra y otras prioridades más importantes. A pesar de todo el 11 de mayo de 1944 se puso a flote el D-1, después de permanecer en gradas más de diez años, verdadero récord digno de figurar en el libro Guinness. No obstante, aún continuarían los trabajos a flote durante tres años más hasta que en 1947 fue definitivamente entregado a Ia Armada, que le encontró importantes defectos en su estabilidad, lo que obligaba a hacer superficie aproado a Ia mar para evitar una excesiva escora. Esto ocurría si se hacía con Ia mar de amura o de aleta, dado el pequeñísimo par adrizante de que disponía el submarino y que obligó a aumentar el lastre depositado en Ia quilla en 50 ton,, por lo que hubo de reducírsele Ia cota a 50 m. al disminuir Ia reserva de flotabilidad.

En eI segundo de Ia serie, el D-2, se corrigieron algunos de estos graves defectos, lo que atrasó su entrega definitiva hasta 1951. El tercero y último fue entregado en 1954, después de permanecer en construcción veinte años, otro récord digno de figurar en el libro antes mencionado. Pero lo peor de este programa no fue la lentitud en acabarlos, sino la total obsolescencia de los buques al ser entregados: en una época en que el primer submarino nuclear, el Nautilus, se encontraba haciendo sus pruebas de mar, nuestra serie D, carecía hasta de snorkel. El programa de ayuda norteamericana, que sirvió para modernizar al 80 por cien de los buques españoles a partir de 1960, no aportó nada al D-1, considerado demasiado viejo para invertir en él un solo dólar de Ia ayuda pero, al menos, proporcionó equipos nuevos de detección y sensores electrónicos a sus hermanos, rebautizados S-21 y S-22.

Se aumentó su desplazamiento en casi 300 ton, adoptando unas nuevas líneas mucho más hidrodinámicas, aunque disminuyendo su velocidad máxima en superficie en dos nudos. La incorporación del snorkel fue desechada dado lo carísimo que resultaba su instalación que suponía prácticamente desguazar los submarinos, así que fueron relegados al cometido de instruir otras unidades y dotaciones al casi carecer de todo valor táctico.

foto: Primer plano de Ia parte de cola de un torpedo.

En 1965 causó baja el S-11 (ex D-1) y el S-21 fue relegado al papel de buque auxiliar de la Escuela de Máquinas de El Ferrol, en 1971, soldándose todas sus ventilaciones para que no pudiera hacer inmersión, causando baja unos meses más tarde. Ese mismo año fue también dado de baja el S-22, buque poco afortunado donde los haya, pues después de permanecer en obras durante más de un año, al realizar sus pruebas de mar y dar atrás saliendo de su atraque en Ia fosa de poniente de Ia Base de Submarinos de Cartagena, colisionó con el mercante Almenara, que se encontraba en obras en el muelle de poniente de Ia EN Bazán sin Ias planchas de Ia obra muerta de babor. El mercante, como consecuencia de Ia vía de agua producida por Ia colisión, comenzó a escorar hasta que el agua entró por Ias planchas que faltaban del costado provocando su inmediato hundimiento, aunque luego fue puesto a flote por los buzos del Centro de Buceo de Ia Armada. EI causante del incidente, el S-22, fue dado de baja y desguazado siendo enviada su dotación a recoger en EE.UU. un nuevo submarino el Isaac Peral (S-32).

LOS SUBMARINOS LEGIONARIOS

El estallido de la Guerra Civil sorprendió, como ya se ha dicho, a los doce submarinos con que contaba Ia Armada Española en el bando republicano. Al verse la Escuadra nacional sin este tipo de buques, considerados fundamentales para bloquear los puertos del Mediterráneo y hundir el tráfico enemigo que procedía de Ia Unión Soviética, hizo todo lo posible para comprar un par de submarinos en Alemania o Italia.

La respuesta alemana fue negativa pero Italia, que ya había enviado aviones y armas, a primeros de noviembre de 1936 comenzó a utilizar unos submarinos, llamados Legionarios, para ayudar a Ia menguada Escuadra nacional. Estos submarinos llevaban a bordo un oficial español como enlace con el Estado Mayor de Ia Armada, para cumplimentar Ias misiones encomendadas, que inicialmente eran destruir los buques de guerra afectos al Gobierno del Frente Popular y hundir aquellos mercantes que arbolando bandera republicana o soviética se dirigiesen a los puertos de Levante. En uno de estos ataques, realizado por el submarino Torrîcelli, fue torpedeado el crucero Miguel de Cervantes, que tuvo que entrar en dique seco en Cartagena con un enorme agujero en su obra viva, lo que le mantuvo alejado de Ia contienda durante casi un año.

foto: Montaje sencillo de 37mm. a bordo del G-7.

Dado que este tipo de colaboraciones comprometía a Italia, país teóricamente neutral, Ia Regia Marina ofreció al Gobierno de Burgos, en virtud del Acuerdo Anfuso, dos submarinos en muy buenas condiciones ya que habían sido botados tres años antes los Archimede y Torricelli.

Estos excelentes buques, desplazaban 985 ton., en superficie y 1.259 en inmersión, con una eslora de 70,5 m., una manga de 6,9 y un calado de 4,1, tenían una velocidad máxima en superficie de 17,5 nudos y 7,7 en inmersión. Su autonomía en superficie era de 10.300 millas a 8 nudos y su armamento lo componían dos cañones de 100/47 mm y dos ametralladoras de 13 mm., además de cuatro tubos lanzatorpedos a proa y dos a popa.

Bautizados como General Mola y General Sanjurjo, utilizaron sin embargo Ias numerales de los submarinos republicanos hundidos, C-3 y C-5, para provocar el desconcierto en las filas contrarías y en sus servicios de información. La Marina italiana para hacer pasar Ia cesión desapercibida, construyó otros dos submarinos con los mismos nombres que tuvieron peor suerte, ya que ambos fueron hundidos en Ia SGM por los aliados. Los recién adquiridos submarInos fueron basados al Norte de Ia Isla de Mallorca, en el Puerto de Sôller, espléndida bahía cerrada a los vientos dominantes y en Ia que fue habilitada una pequeña base de submarinos, que más tarde se transformaría en Escuela de Armas Submarinas para pasar a ser en la actualidad una mera Estación Naval.

Estas dos naves, al contrario que sus congéneres republicanos, contaron con magníficas dotaciones llenas de moral y espíritu combativo, hundiendo su primer buque, el correo Ciudad de Barcelona, el 30 de mayo de 1937. Una larga carrera de éxitos jalonó Ias operaciones de estos dos submarinos que patrullaron desde el canal de Sicilia hasta Ia costa levantina sin descanso, durante los dos años que aún duró el conflicto, mereciendo sus comandantes, los capitanes de corbeta D. Pablo Suanzes Jaúdenes y D. Rafael Fernández de Bobadilla y Ragel, Ia Medalla Militar individual.

foto: Túneles para submarinos en Cartagena

Como dato anecdótico se puede apuntar que el almirante Cervera, jefe del Estado Mayor de Ia Armada, intentó conseguir más submarinos de Italia, pero dada Ia baja disponibilidad de divisas y al no obtener un pago aplazado para Ia compra, Ia Marìna italiana, desde octubre de 1937 hasta enero de 1938, prestó desinteresadamente otros cuatro submarinos (Galilei, Ferraris, Iride y Onice) que se integraron temporalmente en Ia Armada Española con los nombres de Sanjurjo II, Mola II, González López y Aguilar Tablada.

Recién acabada Ia Guerra Civil, el Mola y el Sanjurjo llevaron el peso de la Flotilla de Submarinos, al ser barcos más modernos y fiables que los C supervivientes, hasta Ia entrada en servicio del G-7, siéndoles suprimido el cañón de popa, de dudosa utilidad, para aumentarles de esta forma Ia estabilidad. Estos submarinos, que no sufrieron percances dignos de mención durante Ia Guerra Civil, habían de protagonizar una serie de incidentes más tarde y así uno de ellos fue abordado por un submarino británico, durante la SGM, cuando se disponía a auxiliar a unos náufragos alemanes procedentes de un avión derribado.

En 1947 el Mola colisionó con el mercante italiano Etna, en el momento en el que iba a salir a superficie. Unos meses más tarde, encontrándose fondeado en Sanlúcar de Barrameda, el Sanjurjo sufrió una explosión en uno de los compartimentos de baterías lo que le ocasionó graves averías y un muerto, además de numerosos heridos. En 1959 causaron baja en Ia Lista Oficial de Buques, perdiéndose el Mola cuando era remolcado a la altura de Ia ría de Vigo, e 23 de diciembre de ese mismo año, al estrellarse su casco contra Ias islas Cíes.

EL «U-BOOT» ESPAÑOL

En el año 1942 se inició el declive del Eje. Los submarinos que habían sido enviados al Mediterráneo para hostigar a Ia Mediterranean Fleet en beneficio de Ias tropas de Rommel, comenzaron a sufrir los embates de la Royal Air Force y uno de ellos, el U-573, fue sorprendido el 1 de mayo de 1942 navegando en superficie al NW de Argel, por un Hudson del 233 Escuadrón de la RAF. El resultado fue que el U-boot, gravemente averiado, quedó incapacitado para hacer inmersión, y por consiguiente inútil para seguir combatiendo por lo que su comandante, el capitán Leutnant Heinsohn, puso rumbo al puerto neutral más próximo, Cartagena, donde una vez cumplido el plazo que marcaba el Derecho Intemacíonal, quedó internado el buque en el Arsenal Militar.

foto: La cámara de motores del G-7

Transcurrido un corto periodo de tiempo su dotación fue repatriada a Alemania, no sin antes destruir todos los códigos y máquinas de cifra, entre ellas la famosa Sigma. El buque así abandonado fue adquirido por el Gobierno español en 1943, procediéndose a su reparación el 10 de agosto, bajo la dirección del ingeniero alemán Sr, Stozel, En la reparación surgieron un sinfín de problemas pues Ia industria nacional no era capaz de reponer los equipos destruidos por las bombas británicas ni de reparar los averiados que por su elevada tecnología eran totalmente desconocidos. Por otra parte Ia  KrIegsmarine, ya tenía demasiados problemas con reparar y obtener los repuestos de sus propios submarinos como para preocuparse de los demás, por lo que hubo de esperar a que acabase el conflicto europeo para adquirir los repuestos y materiales necesarios.

Por fin, el 15 de noviembre de 1947, el G-7, nombre con el que fue rebautizado el U-573, causó alta en Ia Lista Oficial de Buques. Sus características físicas no diferían de los del tipo U VII-C. Con un desplazamiento de 769 ton, en superficie y 861 en inmersión, tenía una eslora de 66,5 m., una manga de 6,2 y calaba 4,8 m. La autonomía máxima en superficie a 10 nudos era de 8.500 km. Estaba proyectado para bajar a 100 m. de profundidad, pudiendo dar en inmersión una velocidad máxima de 7,5 nudos y 17,5 en superficie. Su armamento principal lo constituían cuatro tubos a proa y uno a popa, contando además con el clásico Cañón de 88 mm. que tan buen resultado dio en todos los campos.

A pesar de haber sido sobrepasado por los adelantos técnicos desarrollados durante Ia SGM por los aliados, fue el submarino más moderno con que contó Ia Armada Española durante más de una década, hasta la modernización de los D. De su buen quehacer y eficacia da pruebas, entre otros, el hundimiento del carguero noruego Helten el 21 de diciembre de 1941, a 4 millas de Cabo Negro y pese a la intensa vigilancia de los destructores británicos basados en Gibraltar. Su calidad Ia reflenda el hecho de que habiendo sido proyectado para que durase unos cuantos meses, pues raro era el submarino que sobrevivía a una docena de patrullas, en Ia Armada Española navegó durante 23 años, desguazándose en 1970 con el numeral de S-01. Su destrucción fue una auténtica monstruosidad, pues era el único U-boot procedente de Ia 2GM en activo, pudiendo haber sido conservado en seco como una valiosísima pieza de museo, o haberlo cedido a alguna institución que lo guardase para satisfacer  Ia curiosidad general.

CONCLUSIONES

En un rápido repaso hemos visto los diferentes tipos de submarinos que se integraron en Ia Rotula de Submarinos española a partir de la Guerra Civil. Los tres D, los Mola y Sanjurjo, y el G-7, formaron Ia espina dorsal del Arma Submarina durante más de 20 años, hasta la cesión del primer submarino procedente de Ia ayuda norteamericana, el S-31.

En estos barcos, auténtica ferralla comparados con los modernos submarinos diesel eléctricos actuales, se formaron todos los viejos oficiales submarinistas de nuestros días, Ia mayoría ya almirantes, además de Ias sufridas dotaciones que tenían que soportar temperaturas extremas en Ias cálidas aguas del Mediterráneo durante Ias prolongadas cargas de baterías sin aire acondicionado ni nada que se le pareciese. Las inmersiones eran siempre una aventura, sobre todo a Ia hora de hacer superficie con unos hidrófonos bastantes sordos que más de una vez provocaron una colisión, afortunadamente sin importancia para estos buques, aunque no así en el caso del C-4 que se perdió con toda su dotación el 27 de junio de 1946 en aguas de Sôller al ser pasado por ojo por el destructor Lepanto.

foto: Torreta y cañón de 88 mm. del submarino G-7.

Otro dato significativo, y que supuso el declinar del Arma Submarina hasta unos límites insostenibles, fue el hecho de que no se pusiese Ia quilla a ningún submarino en gradas españolas, desde el 11 de diciembre de 1934, las del D-3, hasta el 13 de agosto de 1968, la del S-61, es decir durante casi un cuarto de siglo. Afortunadamente Ia construcción de los cuatro submarinos de Ia clase Delfín, en los años 70, y una década más tarde la de los cuatro Galerna, sirvió para llevar a la Armada al nivel que le corresponde, pero al contrario que en el resto de las naciones occidentales esta continuidad en Ias construcciones se ha interrumpido, por lo que al final de Ia presente década España puede verse sin la mitad de sus submarinos con lo que eso significa para Ia Defensa. Confiemos en que Ias enseñanzas adquiridas durante los años negros de los viejos submarinos, hayan servido para evitar caer en los errores del pasado al comienzo del siglo XXI.

Revista Defensa nº 179, marzo 1993.

Texto: Almirante (R) José María Treviño.

Fotos: Jesús Nuño.


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