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El "Puigcerdá" y el "Duque de Tetuán", los buques del tipo Monitor que dotaron a la Armada española

En tanto que en Europa los primeros acorazados se desarrollaron sobre la base de blindar las fragatas de madera y vapor, en los Estados Unidos se concibieron unos barcos completamente diferentes, más pequeños y de poco porvenir, cuya característica principal era Ia de tener un casco tan sumamente rebajado, que apenas sobresalía del nivel del agua. Es bien conocido el combate que sostuvieron las dos primeras naves de este tipo —el Monitor y el Merrimac en Hampton Roads (9-III-1862)— construyéndose seguidamente gran cantidad de ellos para operar junto a Ias costas y en los grandes ríos durante Ia guerra de Secesión.

Otra Marina del Continente americano que se distinguió por el empleo de monitores fue la del Perú sobre todo con el Huascar, fabricado en el Reino Unido, además de los de menor desplazamiento Atahualpa y Manco-Capac.

El Huascar fue uno de los barcos más interesantes de Ia época, pues, sublevado en 1877, combatió con los cruceros británicos Shah y Amethyst en aguas de Ilo, participando poco después en la guerra contra Chile, durante la cual hundió a la fragata Esmeralda que mandaba Arturo Prat, quedando dueño del mar durante los cinco meses siguientes. Al final fue destruido por el blindado chileno Cochrane, resultando muerto su valiente comandante Miguel Grau.

foto: Aspecto del celebérrimo monitor peruano ‘Huascar’

Barcos de este tipo figuraron más tarde en diferentes Marinas, destacando Ia treintena de monitores de diferentes tonelajes —desde las 570 de los tipo M hasta Ias 8.000 de los Eurebus y Terror armados con dos piezas de 38 cm.— de Ia Royal Navy, concebidos para bombardear Ias costas de Flandes durante Ia PGM y que llegarían a actuar en la siguiente guerra mundial en Ia que el Terror fue hundido por un submarino alemán (24-II-1941).

La Armada española también dispuso de esos barcos de este tipo uno, verdadero monitor de torres, el Puigcerdá y otro de casamata, el Duque de Tetuán.

EL “PUIGCERDA»

En 1874, siendo ministro de Marina el almirante Rafael Rodríguez Arias, le fue encargada la construcción de un monitor a la Societé Nouvelle des Forges et Chantiers de Ia Mediterranée, en La Seyne (Tolón). La construcción se llevó a cabo bajo la inspección de un ingeniero de la Armada, llamándosele Puigcerdá en recuerdo de Ia heroica defensa de esa ciudad por el brigadier Gabrineti.

El barco fue botado en octubre de 1874, dando un desplazamiento de 553 ton., una eslora  de 39,5 m., 9 de manga, 2,6 de puntal y un calado de 2. El blindaje de su casco, según el “Brassey Naval Anual”, era de 4 pulgadas, al igual que el de sus torres, que tenían un diámetro de 6 m., y una altura de 1,85. Era horrendo —escribe el historiador naval González Echegaray—, apenas sobresalía del agua y llevaba dos enormes torres acorazadas y una chimenea ridícula. Dos máquinas gemelas, horizontales, sistema Wolf de 318 HP, le proporcionaban una velocidad de 7 nudos, impulsando dos hélices. Ya desde el primer momento su comandante informó de lo difícil que resultaba hacerlo navegar, aunque el mayor defecto era su poca habitabilidad, tanto por falta de espacio—la mayor parte del casco Ia ocupaban Ias máquinas, pertrechos y Ias 25 toneladas de carbón que embarcaba— como por Ia obligación de mantener cerradas Ias escotillas durante Ia navegación, produciéndose gran humedad, diferencias de temperatura y enrarecimiento del aire, lo que se traducía en constantes afecciones respiratorias por parte de sus tripulantes.

foto: El monitor Puigcerdá’ en una interpretación Mística de Monleón.

Su primer comandante fue el teniente de navío de la clase Federico Estrán Justo, que tenía a sus órdenes a los alféreces de navío Antonio Martín de Oliva —segundo comandante— y Luis Sanz y Múxica, junto a un segundo contramaestre, un segundo condestable, un primer practicante, un maquinista de 2.’ y otro de 3’, un marinero carpintero, dos ayudantes, ocho fogoneros y 40 marineros; un total, pues, de 59 personas. Fue entregado a Ia Armada en el tiempo previsto —cuatro meses— figurando en sus listas a partir del 1 de febrero de 1875. Tras algunas averías e inconvenientes llegó a Barcelona el 16 de aquel mes, informando su comandante tanto de la falta de estabilidad como de Ia dificultad de gobierno hasta el punto de que “nunca tuve la satisfacción de vermmedio minuto seguido a rumbo, considerándose satisfecho cuando las guiñadas que daba no pasaban de 2 a 3 cuartas y expresando su opinión de que destinado este buque a la da de Bilbao, se encontrará con frecuencia comprometido y expuesto a varar en sus orillas, tanto más cuanto que en combate el timonel va cubierto por una torre que le impide ver Ia proa ni punto por donde pueda marcar el gobierno, de suyo tan difícil.”

Como pudo, el Puigcerdá siguió su viaje a Cartagena, pasando luego a Cádiz para alcanzar El Ferrol después de una travesía de 42 días, convoyado por Ia goleta Sirena, tras haber tenido que entrar en varios puertos portugueses y gallegos. Lo dirigió, durante este viaje, el teniente de navío José de Jaudenes y Maldonado. Dado lo desastroso de los informes rendidos por sus dos comandantes, se creó una comisión —presidida por el capitán de navío José Pita da Veiga en Ia que figuraban varios ingenieros y artilleros- que procedió a una detallada inspección del barco, señalando sus deficiencias y recomendando se realizaran algunas reformas.

En base a Ia misma se le dotó de un puente de mando más alto situado detrás de Ia torre de proa, que le permitiese ver al piloto, fue mejorada Ia ventilación, se revisó el tiro de su chimenea y se protegieron Ias escotillas, haciéndolas más altas para impedir Ia entrada del agua, al tiempo que eran prolongadas las bordas de la proa, para que tomase mejor el mar.

COMBATES EN LA RIA DE BILBAO

El 4 de agosto, a remolque del vapor de guerra Fernando el Católico, el monitor salió rumbo a Santander, aunque viéndose obligado a entrar en Gijón y en Ribadeo. En Ia capital de Ia Montaña recibió su artillería, consistente en un cañón rayado de 12 cm. transformado (sistema Palliser, según el “Brassey”) en su torre de proa y otros dos de 10 cm., de bronce, en la de popa. Por fin, el 29 de septiembre fondeó en Ia bocana de la ría del Nervión, habiendo tardado más de siete meses en contornear la Península. En aquellos momentos Ia Armada estaba bastante sensibilizada por Ia muerte, cuatro meses antes, del capitán de navío Victoriano Barcaiztegui, jefe de las Fuerzas Navales del Norte, cuando bombardeaba Ias posiciones carlistas en Motrico (Guipúzcoa) a bordo del vapor Colón por lo que, contar con un barco protegido, parecía imprescindible. El nuevo comandante de dichas Fuerzas, el contralmirante José Polo de Bernabé, decidió que entrara en Ia ría, ya que su presencia podía serle muy útil a los defensores de Bilbao.

foto: Una alegre representación artística del ‘Duque de Tetuán’

Su bautismo de fuego tuvo lugar el 28 de octubre cuando fondeado junto al volado puente de Luchana, frente a Ia torre de este nombre, disparó veintiún proyectiles de 12 y doce de 10, más setecientos disparos de fusil. Fue éste su más habitual fondeadero, pero llegó a situarse en Ia vuelta de Elorrieta desde donde apoyó activamente a las fuerzas de tierra en los ocho meses que aún duró la guerra civil. Cabe señalar que tanto el monitor como los cañoneros Segura, Arlanza y Turia, también destacados en la ría eran constantemente atacados de noche por el enemigo, sosteniendo con éste continuo fuego y activa vigilancia, impidiendo que los carlistas cortaran nuevamente el tráfico de la importante plaza de Bilbao; que era lo que intentaban. A pesar de que su papel fue muy eficaz, molestando continuamente a las fuerzas del bloqueo y aliviando a los sitiados, su actuación es casi desconocida y no se le cita en ninguno de los libros referentes a Ia campaña que hemos podido consultar.

Cabe suponer lo duros que debieron ser estos meses para el pequeño barco, anclado en Ia ría, en Ias más difíciles condiciones, sometida su tripulación a un continuo estado de alerta, y agravado el panorama por su deficiente habitabilidad, lo que se tradujo en numerosas bajas por enfermedad.

Terminada Ia guerra y disueltas las Fuerzas Navales del Norte —por Decreto de 9 de mayo de 1876— el Puigcerdá entró en el bilbaíno dique de Olavega para limpiar fondos, marchando después a El Ferrol, ahora al mando del teniente de navío José García Quesada y llevando a bordo al ingeniero de Ia Armada Calixto Romero y Donalla, encargado de nuevo de estudiar Ias deficientes características de barco. Fue él quien recomendó realizar algunas nuevas transformaciones, para lo que se le puso en seco, siendo botado en agosto en presencia del rey Alfonso XII y ahora bajo el mando del teniente de navío José Solé y Tejada. Pero las condiciones del buque no debieron mejorar puesto que no se le asignó comandante en los sucesivos Estados Generales de la Armada, pasando a ser utilizado, en abril de 1886, como Escuela de Torpedistas. El Puigcerdá aún habría de sufrir una nueva reforma en 1893 cuando se le mostraron en cada una de sus torres piezas González Hontoria de 12 cm., inusitada decisión de reformar un barco absolutamente obsoleto que al poco fue asignado otra vez a Ia Escuela de Torpedistas. Puesto en activo en 1898, con ocasión del conflicto hispano nortaemericano, se acordada por el Gobierno de Francìsco Silvela la venta de todo el material de guerra sobrante tras el desastre de 1898, el Puigcerdá salió a subasta comprándolo, por 30.000 pesetas, unos industriales que decidieron transformarlo en buque mercante. Ya en este papel Ia naviera Nueva Montaña lo utilizó como transporte de carbón desde Payás a El Cuadro, cerca de Carranza, explicándonos González Echegaray que aún conservaba el espolón y su palo militar, no teniendo quilla cosa muy rara por entonces por lo que era muy apto para el tráfico a que había sido destinado. Unos años después fue adquirido por Ia John Huit Company Limited, de Liverpool, por 2.500 libras esterlinas, siendo preparado para Ia navegación comercial en los astilleros Rey y Martín, de Cádiz, con el nombre de Anita. Su habilitación como mercante debió de ser eficaz, ya que pudo efectuar un largo viaje hasta el estuario del Níger, en el golfo de Guinea, a donde llegó en octubre de 1905, uniéndose a la nutrida flota de barcos de desecho que navegaban por entonces en aquel río. Incluso fue empleado en operaciones de guerra contra Ias tribus de negros, creyéndose que lo desguazaron en los años veinte.

EL “DUQUE DE TETUÁN”

Aparece clasificado en algunas publicaciones como cañonero blindado y en otras como batería flotante, pero en realidad era un monitor de casamata, con su característico casco casi a nivel del mar, concebido sin duda para actuar durante Ia guerra carlista. Armado en El Ferrol, en 1874, sobre la base de un casco de madera forrado de planchas de hierro de cuatro pulgadas (casco y casamata), era algo más grande que el Puigcerdá, con 703 tons, de desplazamiento pero no mayor eslora, lo que hace suponer se trataba de una chapuza y que el peso de su blindaje lo hundía demasiado en el agua. Dotado de dos máquinas de 420 HP que accionaban dos hélices, se le suponía capaz de alcanzar los siete nudos. Estaba dotado de un cañón de 16 cm. sistema Parrot a proa, y cuatro piezas de bronce en Ias bandas. Sus pruebas debieron de constituir un absoluto fracaso, pero fue aceptado por Ia Armada, recibiendo sumando el teniente de navío de la clase José de Ia Puente Sedano, aunque en sucesivos Estados Generales de Ia Armada figura como barco en construcción y sin adjudicarlecomandante. Finalmente fue dado de baja como inútil en 1891. Se supone que quedó arrumbado en algún lugar de Ia ría ferrolana, pero Agustín R. Rodríguez González, en un libro publicado en 1988, asegura de que fue acondicionado y nuevamente botado el 24 de octubre de 1886, al producirse la crisis de Las Carolinas, en el Pacífico, para reforzar Ia seguridad de Ias islas Baleares ante un posible golpe de mano alemán. Desconocemos el final de este desafortunado barco.

Nota.—Las ilustraciones que acompañan a este trabajo proceden del Centro de Historia Contemporánea de Cataluña.

Revista defensa nº 143, marzo 1990, José Luis Alcofar Nassaes​


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