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La primera guerra del Amazonas (1932-1933): las luchas entre Colombia, Ecuador y Perú

El reparto de la Hoya del Amazonas entre Colombia, Ecuador y Perú se definió en la tercera y cuarta décadas del siglo XX, mediante dos guerras no declaradas, y tras un proceso histórico que vino arrastrándose desde los albores de la independencia de las tres repúblicas. La primera guerra, de la que trata este informe, fue la disputada por la posesión del trapecio de Leticia, entre Colombia y Perú (1932/1933), que quedó para Colombia. La segunda, la peruano-ecuatoriana de 1941, dejó en poder del gobierno de Lima las fuentes del gigantesco río.

El origen de estos conflictos, como el de muchos otros en Iberoamérica, remonta a los defectuosos y contradictorios mapas emitidos por la Corona Española, cuando fijaba las fronteras de virreinatos y capitanías. Al proclamarse la independencia de las antiguas colonias se aceptó, en cuestión de límites, el principio reconocido por todas del “uti possidetis juris” de 1810, según el cual le corresponderían a cada Estado, por derecho, los territorios pertenecientes en la época de la Independencia.
Empero, estos mapas solían ser conflictivos a causa del escaso o ningún conocimiento de regiones remotas, de modificaciones dispuestas por España en los límites de sus dependencias y alimentaron conflictos que, como el de la Hoya del Amazonas, fueron liquidados por las armas.

ANTECEDENTES

Al formarse la República de la Gran Colombia —por los esfuerzos de Simón Bolivar, en 1819— ésta quedó constituida, según el Congreso de Angostura, por el Virreinato de Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela, a la que se incorporó más tarde, en abril de 1822, la Presidencia de Quito y luego, en julio del mismo año, la Provincia de Guayaquil; provincia ésta que, habiendo estado bajo la protección del Perú, fue obligada por el Libertador a pasar primero bajo su protección y, luego, a incorporarse a la República de la Gran Colombia.
Por su parte, el Perú tendría como límites, segregada ya por la fuerza la Provincia de Guayaquil, lo mismo que contempla la Real Cédula de 1802.
La Gran República de Bolívar proclamaba en cambio, los límites que señalaba la Real Cédula de 1793, que reerigió el Virreinato de Nueva Granada y que no era, naturalmente, la del “uti possidetis” de 1810.
La primera gestión para definir los límites entre el Perú y Colombia se llevó a cabo en 1822, comprometiéndose ambas repúblicas a fijar sus límites por un convenio particular, y por medios conciliatorios de paz. Al año siguiente se firmó una convención, en la que ambos países reconocieron como límites los mismos que tenían en 1809 los ex-virreinatos, pero que no fue aprobado por el Congreso Colombiano, porque Perú no aceptó como base para los límites la línea Tumbes-Marañón.
En 1828, Perú y Colombia van por primera vez a la guerra, que termina con la firma de un convenio, en septiembre de 1829, por el cual ambas partes contratantes acuerdan nombrar una comisión para fijar los límites, sirviendo de base los que tenían los respectivos virreinatos.
Ese tratado no pudo ejecutarse porque las partes estuvieron en desacuerdo sobre la extensión de los respectivos virreinatos, y luego por la separación del Ecuador de la Gran Colombia, en mayo de 1830. Más tarde, en diciembre de 1894, se firma la Convención Adicional de Arbitraje, entre las repúblicas del Perú, Colombia y Ecuador.
En diciembre de 1904, Perú y Colombia celebran un convenio de límites para someterlo al arbitrio del Sumo Pontífice, el cual quedaría subordinado al fallo arbitral del rey de España, entre el Ecuador y el Perú. Acuerdan al mismo tiempo, un “modus vivendi”, estableciendo dos zonas de ocupación provisional en el río Putumayo, entre los ríos Cobuya y Cotuhé, al norte para Colombia y al sur para el Perú. Esto último fue desaprobado por el Congreso de Colombia. El 12 de septiembre de 1905 se firma un nuevo tratado, rechazado esta vez por el Congreso peruano.
El 24 de marzo de 1922, Perú y Colombia firman el tratado Salomón-Lozano, por el cual se fijó la frontera entre ambos países a lo largo del río Putumayo. Perú cedió una franja de 120.000 kilómetros cuadrados entre el Putumayo y el Caqueta, así como el Trapecio de Leticia, entre el Putumayo y el Amazonas. Por su parte, Colombia reconoció a Perú la soberanía sobre las fuentes del Putumayo y del Napo.

foto: Puerto Alegría. Desde aquí partieron los peruanos que tomaron Leticia sirviéndose, para ello, de lanchas (V. Talón).

Era entonces presidente del Perú Augusto Leguía. Había llegado al poder con la promesa de recuperar Anca y Tacna, perdidas en la guerra del Pacífico (1879/1884) contra Chile. El objetivo de Leguía —firmando el tratado con Colombia— era despejar peligros al nordeste para concentrar esfuerzos frente a Chile. Algunos de los historiadores sostienen que Estados Unidos presionó al gobierno de Lima a ceder en el Amazonas para compensar a Colombia por la pérdida del Panamá, donde Washington había alentado una revolución separatista a principios de siglo, para construir el canal.
El 31 de julio de 1930, Perú entregó Leticia a Colombia. El 22 de agosto del mismo año, la guarnición de Lima se subleva y obtiene la renuncia de Leguía. El Ejército peruano consideraba como “una repudiable traición a la peruanidad el inconsecuente tratado Salomón-Lozano y la entrega de territorios que por todos los derechos eran legítimamente peruanos y ocupados tradicionalmente por peruanos, como el Trapecio de Leticia”.
El primero de septiembre de 1932, civiles armados peruanos, provenientes del departamento de Loreto, frente a Leticia, la reconquistaron. El gobierno de Lima aprobó la iniciativa, aunque oficialmente siempre se sostuvo que no la había alentado, e inició negociaciones para recuperar la localidad por la vía legal. Pero el presidente colombiano, Enrique Olaya Herrera optó por reconquistar el pequeño puerto amazónico.

UN EJÉRCITO A LA CHILENA
El Ejército colombiano contaba con 8.094 efectivos y 51.200 reservistas instruidos a partir de la clase 1914, cuando se implantó el servicio militar. El Ejército colombiano estaba formando a la chilena, y éste, a la alemana. Chile se interesó siempre en Ecuador y Colombia, enemigos potenciales del Perú. Los dos primeros asesores chilenos que llegaron a Colombia fueron dos capitanes, en el año 1907. El Ejército chileno estaba aureolado por su victoria en la guerra del Pacífico. Cuando estalló el incidente de Leticia, el coronel chileno Francisco Javier Díaz, que había sido jefe de la misión militar de su país en Colombia en 1911, fue contratado como asesor del Estado Mayor General del Ejército colombiano.
En la zona del conflicto, las FF.AA. colombianas consistían en:
-Ejército: III División Militar, con jurisdicción en los departamentos de Cauca, Valle, Huila y Nariño y la Intendencia del Amazonas. En Cali, el Comando de la Región, el Batallón de Infantería (BI) “Pichincha”, el Batallón de Ingeniería “Mejía” y el Primer Grupo de Artillería. En Popayán, el BI “Junín”, en Neiva, un regimiento de Caballería y en Pasto, el BI “Boyacá”.
-Marina: 2 cañoneras, “Santa Marta” y “Cartagena” en el Putumayo, con una tripulación de 30 hombres cada una. Dos lanchas de transporte y una en reparaciones.
-Aviación: no disponía en el Teatro de Operaciones, salvo ocho hombres para conservar los aeródromos de Caucaya y Puerto Boy.
Total de efectivos: 1291 de Ejército, 87 de la Fuerza Fluvial y 21 de Policía.
Colombia carecía de una flota de alta mar. El Ejército del Aire alineaba 7 “Curtiss” de caza y 8 aviones trimotores para misiones de reconocimiento y bombardeo. Disponía de una reserva de pilotos: los aviadores alemanes veteranos de la Primera Guerra Mundial, que explotaban la aerolínea comercial SCADTA, lejano ancestro de AVIANCA.

UN EJÉRCITO A LA FRANCESA
El Ejército peruano, adoctrinado a la francesa desde 1896, fecha de la llegada de la primera misión militar, contaba con 8.955 efectivos. La zona en conflicto dependía de la jurisdicción de la Quinta Región Militar, con sede en Iquitos, con los elementos siguientes: Comando y Plana Mayor del Regimiento de Infantería Mixto número 17, dos batallones, una batería de artillería y una sección de Zapadores, con un total de 551 hombres. El armamento incluía 689 fusiles, 2 ametralladoras, 3 cañones Krupp (uno malogrado), 5 cañones Krupp 1904, medio millón de cartuchos de fusil y 1.200 granadas de artillería, de las cuales la quinta parte era inutilizable.
Las fuerzas fluviales incluían dos cañoneras —“América” y “Napo”—, 3 transportes armados y 4 lanchas auxiliares. La Aviación: 5 hidroaviones en Iquitos.
La Fuerza Aérea peruana también disponía de cazas “Vought Corsario”, no basados en la zona de operaciones. Perú también poseía líneas comerciales que operaban en la selva y que, como la SCADTA, se iban a mostrar eficaces para transportar hombres y pertrechos al Teatro de operaciones (TO).
Sin embargo, la fuerza de Perú residía en el mar. La flota oceánica alineaba dos cruceros: el “Almirante Grau” y el “Coronel Bolognesi”. Ambos habían sido armados en Gran Bretaña en 1906 y desplazaban 3.200 toneladas cada uno. Contaba, además, con cuatro submarinos de modelo reciente, construidos en Estados Unidos entre 1926/28, armados de 4 tubos lanzatorpedos de 21 pulgadas, con un desplazamiento de 576 toneladas y un radio de acción de 8.000 millas.
En el mismo año 1933, la Marina peruana compró en Estonia dos destructores de fabricación rusa —capturados por los británicos en diciembre de 1918 en operaciones contra la Marina Roja y cedidos a la flota estoniana. Los navíos fueron bautizados “Almirante Guise” (exLennuk) y “Almirante Villar (exVamb ola).

SOLO 20 KILOS

Las Divisiones III y V de Colombia y Perú, respectivamente, cubrían extensiones aproximadamente iguales, de unos 500.000 kilómetros cuadrados por término medio.
El TO estaba implantado en el declive que desde las estribaciones de la cordillera Oriental (Andes) conduce hasta las llanuras amazónicas, cubiertas totalmente de exuberante vegetación. Se trata de una región inhóspita, de clima tropical, en donde los ríos constituyen casi las únicas vías de comunicación. “Lluvias de 2 a 3 días de diciembre a abril con vientos huracanados y descargas meteorológicas, que producen inquietud y pánico en los hombres no habituados’ precisa el teniente coronel peruano José Zárate Lescano.

foto: El submarino R-1, uno de los cuatro de que disponía Perú durante el conflicto de Leticia. Los otros eran el R-2, R-3 y R-4. Habían sido recibidos por la Marina peruana en el período 1927-28 y fueron desplazados al Atlántico con el objetivo final de penetrar en el Amazonas para destruir a la flotilla colombiana, misión que no llegaron a cumplir porque la guerra terminó antes.

Para llegar al TO desde Lima (1.200 km.), los peruanos empleaban de 16 a 17 días, de los cuales uno en ferrocarril, 8 de camino de herradura y 7 de canoa. Esta era la ruta hasta Pantoja, a 132 km. de la posición avanzada del “Güeppi”, sobre el río Putumayo. La última parte del trayecto necesitaba de una trocha abierta en plena selva, que atravesaba 238 quebradas y donde un hombre no podía transitar con más de 20 kg. de peso. El viaje por trocha consumía de 8 a 10 días.
Los colombianos (Bogotá estaba a 800 kilómetros del TO), a partir de Pasto
—cruce de carreteras provenientes del Pacífico y del Norte— necesitaban 7 días para llegar a Popayán, terminal del ferrocarril que venía de Bogotá. Luego, 11 días, más hasta sus posiciones frente a las trincheras peruanas del Güeppi, protegidas por el Putumayo.
A fines de 1932, ambos países movilizaron reservas y procedieron a comprar armamentos.

EXPEDICIÓN DE CASTIGO
Las hostilidades se iniciaron el 28 de enero de 1933, con un choque de patrullas en Puerto Meléndez, en el cual los colombianos tuvieron un muerto.
Mientras tanto, el Estado Mayor del Ejército colombiano había decidido organizar la “Expedición del Amazonas”: expedición que llegó al TO ingresando por la boca del río, con el objetivo de limpiar el Putumayo. Con esta operación, los colombianos sorteaban el difícil camino desde Bogotá al TO. La expedición partió de Cartagena, sobre el Atlántico y por el Amazonas llegó hasta Leticia: un periplo de 7.000 kilómetros posibilitado porque las aguas del Amazonas son internacionales, bajo el régimen de la libre navegación de los ríos. La expedición —llamada también “punitiva” contaba con 2.000 hombres, 6 cañoneras, 2 transportes armados, 1 buque hospital, 2 lanchas patrulleras, 12 embarcaciones menores y disponía de apoyo aéreo.

foto: El presidente colombiano Enrique Olaya Herrera. La influencia prusiana en los  uniformes, transmitida por las misiones militares chilenas contratadas por el gobierno de Bogotá, en el curso de los años, es evidente. El arma que presentan los soldados es un Mauser modelo 1907, calibre 7,2 mm. Los músicos lucen en el brazo el “nido de golondrina”del ejército alemán. El casco es el Pickelhaube sin funda protectora (Roger Viollet).

Jefe de la Expedición fue designado el general Alfredo Vásquez Cobo, segundo general Efráin Rojas y jefe de Estado Mayor el coronel Arturo Borrero.
Vásquez Cobo llegó con la flotilla a Ipiranga, Brasil, el 12 de febrero de 1933 y desde allí, tres días después, sus fuerzas ocuparon la posición de Tarapacá, 130 kilómetros al norte de Leticia y a 4 km. de la frontera brasileña. Los colombianos atacaron con 3 cañoneras, 2 transportes armados, 3 aviones de caza y 2 de bombardeo, o sea, un total de 457 efectivos de Ejército y 122 de Marina. Los peruanos hicieron frente con dos secciones de infantería y una de artillería con 2 cañones Krupp, 94 hombres en total, incluidos 10 enfermos. Los peruanos evacuaron la posición antes del desembarco colombiano.
Una parte de la expedición siguió luego por el Cotuhé y volvió a derrotar a los peruanos, el 17 de marzo, en Tambo Hilario Fonseca (nomenclatura peruana) o Buenos Aires (nomenclatura colombiana). Los colombianos tuvieron 2 muertos y 6 heridos. Sus adversarios no tuvieron bajas, pero abandonaron 256 raciones de víveres (8 días para 32 efectivos) 5 equipos de campaña incompletos, 28 hamacas, documentos personales y 2 relaciones del personal de la sección.

GUERRA DE TRINCHERAS
La batalla más importante se libró por las posiciones peruanas del Güeppi, el 26 de marzo de 1933. Los colombianos atacaron desde trincheras en la orilla opuesta del Putumayo y con parte de la Expedición Punitiva. Un total de 500 hombres, apoyados por artillería, aviación, cañoneras y una flotilla de desembarco de 4 lanchas a motor y 12 canoas grandes. Los peruanos eran 200. Tras un bombardeo y ataque aéreo, un primer desembarco fue rechazado. El segundo tuvo éxito. Los colombianos contabilizaron 9 muertos y 16 heridos, y los peruanos 10 muertos y 26 prisioneros.
Botín del vencedor: 2 ametralladoras, 110 machetes, 47 fusiles. Las posiciones peruanas estaban constituidas por largas líneas de trincheras, construidas de acuerdo con las enseñanzas de la misión militar francesa, marcada por su experiencia de la Primera Guerra Mundial.

foto: Trincheras peruanas en Leticia. Ninguno de los ejércitos combatientes dotó a sus soldados de cascos de acero pese a la experiencia de la 1 Guerra Mundial (Roger Viollet).

Las dificultades de los peruanos para abastecer Güeppi fueron gigantescas. Según el tte. coronel peruano Zárate Lescano “es menester tener presente la dificultad de abastecimiento por la trocha Pantoja-Güeppi con más de 113 km. de distancia, de los cuales 48 km. por arreglar, pendientes de cerca de 40 grados y con numerosos cursos de agua, con puentes en su mayoría de un solo palo, lo que requería una gran cantidad de cargueros, ya que por las características de la vía y condiciones del clima, cada carguero no podía llevar más de 30 kilos que, descontado el peso de su propio racionamiento de 12 kilos para 12 días de ida y vuelta, sólo quedaba un peso útil de 18 kilos, o sea 15 raciones por viaje.  Los colombianos estuvieron mejor organizados: “El adversario, precisa Zárate Lescano, tuvo gran cuidado en el abastecimiento de medicamentos para las tropas en el frente a fin de evitar pérdidas inútiles, envíos que realizó en proporciones adecuadas y oportunas, así como implementos, equipos preventivos, filtros para agua, botas, ponchos enjebados“.
Los peruanos, se enfrentaron con escasez y dificultad de abastecimientos; particularmente de víveres y medicamentos; no se disponía de envases impermeables ni convenientes para el transporte de abastecimientos. Fue más grave aún la deficiencia en número y calidad de los cargueros, elegidos entre el personal de inaptos para el servicio militar, y por lo tanto sin las condiciones físicas requeridas, muchos de los cuales fueron evacuados por tuberculosos. Así consta en un informe del teniente coronel jefe del Servicio de Intendencia del TO, Daniel Flores, del 20 de mayo de 1933.

EL FINAL
Una guerra de patrullas siguió hasta el fin del conflicto en la trocha que une Güeppi con Pantoja. Pero los colombianos estimaron muy difícil la conquista de la trocha, y prefirieron concentrar el eje de su esfuerzo sobre Puerto Arturo para llegar al Napo y amenazar, en una operación de vasta envergadura, la sede de la V división peruana, Iquitos. Los peruanos optaron por hostigar a los colombianos a lo largo del río a partir de Puerto Arturo.
Incursiones en la retaguardia colombiana fueron conducidas con éxito por destacamentos especiales al mando del teniente coronel Oscar Sevilla. El 18 de abril de 1933, los hombres de Sevilla, que habían venido por el Putumayo y desembarcad o en la selva, en Calderón, 70 km. arriba de Puerto Arturo, sorprendieron a 120 colombianos de espaldas al río en revista de uñas y los atacaron con fuego de ametralladoras. Otro golpe de mano, el 28 de abril, sorprendió a las cañoneras colombianas en Yabuyanos. La guerra comenzaba a complicarse. Los contendientes habían aumentado a casi 4.000 hombres cada uno sus efectivos en el frente, mientras comenzaban a llegar las armas compradas en el exterior.
Cuando la amenaza contra Puerto Arturo tomaba proporciones alarmantes, la flota peruana salió por el canal de Panamá hacia el Atlántico, con la intención de navegar el Amazonas, llegar hasta el TO y destruir el grueso de la expedición colombiana. Esta maniobra puso fin al conflicto.
La situación colombiana se tornaba incómoda, pese a los triunfos sobre el terreno. La moral del personal serrano traido desde la cordillera al infierno verde —el problema iba a repetirse para los bolivianos durante la guerra del Chaco— era deficiente.
Por su parte, Perú vivía un clima de guerra civil: el 30 de abril, el presidente Sánchez Cerro era asesinado mientras pasaba revista a 20.000 reservistas. Su situación internacional era también precaria: la Sociedad de Naciones lo había declarado “agresor” y Perú encontraba dificultades para sus compras de pertrechos. Fue en ese momento cuando los cruceros “Almirante Grau” y “Coronel Bolognesi”, junto con dos submarinos, aparecieron en el Atlántico listos para atacar a los colombianos por la retaguardia.
La amenaza fue suficiente: paró el ataque colombiano a Puerto Arturo y llevó a un alto el fuego definitivo el 25 de mayo de 1933. Leticia quedó en manos de Colombia.

Revista Defensa nº 21, enero 1980, Alberto Carbone


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