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Porqué del fracaso de las grandes potencias en las guerras de menor escala

Históricamente, las grandes potencias han enfrentado las guerras de menor escala y las insurgencias en forma indebida. No sufren la derrota, pero tampoco logran ganar la guerra. El autor de este trabajo considera algunas instancias históricas de este fenómeno y concluye que la asimetría en estrategia, la tecnología o la voluntad nacional, crea un talón de Aquiles para las grandes potencias.

Estas aseveraciones engendran dos verdades incuestionables acerca de las organizaciones militares de las grandes potencias: aceptan el paradigma de la guerra a lo grande, puesto que son instituciones enormes y jerárquicas, y generalmente innovan incrementándose. Ello quiere decir que las instituciones militares de las potencias de primer nivel no producen cambios efectivos, particularmente cuando las innovaciones y adaptaciones requeridas caen fuera del ámbito de la guerra convencional. Es decir, las grandes potencias no ganan las guerras de menor escala por serlo; sus fuerzas tienen que mantener su nivel en la guerra simétrica para preservar su estado de gran potencia con relación a otras potencias mayores; y sus fuerzas militares tienen que estructurarse en grandes organizaciones. Estas dos características se combinan creando una máquina formidable en las llanuras de Europa o en el desierto de Iraq, pero ninguno de los dos rasgos es capaz de crear instituciones y culturas que demuestren un particular interés por la guerra de contrainsurgencia.
Además de la cultura de la gran guerra, hay algunas contradicciones derivadas de que existe un poder superior industrial o pos industrial que enfrenta un adversario inferior, en parte feudal, colonial o preindustrial. Por un lado, la gran potencia posee una superioridad de recursos y tecnología abrumadora en este tipo de conflicto. Pero por otro lado, el oponente en apariencia inferior exhibe generalmente voluntad superior, demostrada por su disponibilidad a pagar precios más altos y de perseverar, sin amilanarse, ante la superioridad numérica de su enemigo. Victoria o muerte no es simplemente un lema; es el dilema que encarna los conflictos asimétricos. El bando cualitativa y cuantitativamente inferior lucha con recursos limitados para lograr una meta estratégica —la independencia, por ejemplo—. A la inversa, el bando en apariencia superior utiliza recursos casi ilimitados para lograr una meta limitada —mantener el control de un territorio en la periferia o una base extranjera, pongamos por caso—. Las fuerzas militares supuestamente más débiles muchas veces vencen a quienes disponen de potencia de fuego y tecnología superiores porque luchan para sobrevivir.
La historia nos ofrece muchos ejemplos de fracasos de las grandes potencias en el contexto de un conflicto asimétrico: los romanos en el bosque de Teutoburgo, los británicos en la Revolución norteamericana, los franceses en la Guerra Peninsular, y en Indochina, los estadounidenses en Vietnam, los rusos en Afganistán y Chechenia y los estadounidenses en Somalia. Es importante aclarar que la Revolución norteamericana, la Guerra Peninsular y la Guerra en Vietnam son ejemplos del fracaso que sufren las grandes potencias cuando enfrentan estrategias que combinaron las aproximaciones asimétricas con las simétricas.
No obstante, es preciso analizar dos puntos cuando se hacen generalizaciones sobre los fracasos de las grandes potencias en las guerras de menor escala. Primero, las grandes potencias no necesariamente son derrotadas, sino que no logran ganar la guerra. De hecho, muchas veces obtienen victorias tácticas en el campo de batalla. Sin embargo, en ausencia de la amenaza a su supervivencia, el fracaso de las grandes potencias sucede porque no logran su meta estratégica en forma rápida y decisiva, lo que da como resultado que pierden el respaldo de sus propias opiniones públicas. Segundo, los oponentes más débiles deben ser cautelosos con su estrategia para evitar el enfrentamiento directo con las grandes potencias en el ambiente simétrico que caracteriza a las guerras convencionales.
La historia recoge muchos ejemplos de grandes potencias que lograron victorias abrumadoras sobre países pequeños cuando los más débiles no actuaron juiciosamente y lucharon según los principios propios de gran potencia. La batalla de las Pirámides, en Egipto, y la batalla de Omdurman, en Sudán, son los ejemplos más destacados de fuerzas militares primitivas que se enfrentaron a fuerzas militares avanzadas en un combate simétrico. La guerra del Golfo Pérsico de 1991 es el ejemplo más reciente de una fuerza militar con una desventaja manifiesta, la iraquí, que luchó de acuerdo con las normas preferidas por su oponente. Lo mismo ocurrió en la victoria italiana en Abisinia de 1935, en la cual Mao Tse-tung observó que la derrota de los locales era inevitable, puesto que fuerzas más o menos feudales entablaban una guerra de posiciones y de enfrentamientos directos contra fuerzas modernas.
El conflicto asimétrico es la forma más lógica de guerra que puede enfrentar los EE.UU. Existen cuatro factores que apoyan esta probabilidad:

- Las potencias occidentales poseen las fuerzas militares más avanzadas del mundo en términos de tecnología y potencia de fuego.
- La similitud económica y política entre las naciones occidentales previene la guerra entre ellas.
- La mayoría de los adversarios racionales no occidentales aprendieron las lecciones de la guerra del Golfo Pérsico y saben que no deben enfrentarse a las naciones occidentales en los términos de éstas.
- Como resultado, los EE.UU. y sus aliados en Europa emplearán su potencia de fuego y tecnología en el mundo menos desarrollado en contra de adversarios aparentemente inferiores mediante aproximaciones asimétricas.
En consecuencia, el conflicto asimétrico será la norma, no la excepción. Aunque la guerra en Afganistán está lejos de ser un modelo de conflicto asimétrico, resalta la magnitud de los enfrentamientos de este tipo.
El término conflicto asimétrico apareció por primera vez en un documento en 1974, y se ha convertido en un término estratégico de uso común. Pero lo asimétrico ahora incluye tantos matices que ha perdido claridad. Por ejemplo, un artículo describió el ataque directo japonés en la SGM contra el Puerto de la Perla como convencional y el ataque indirecto contras las fuerzas convencionales británicas en Singapur como asimétrico. Una definición tan amplia disminuye la utilidad del término. Si todo tipo de asimetría o aproximación indirecta se incluye en la categoría de esta definición, entonces, ¿cuáles son las aproximaciones que se excluyen? Aquí nos proponemos definir el ámbito del conflicto asimétrico para analizar las guerras en las que las fuerzas militares enfrentan Estados o grupos indígenas inferiores actuantes en el terreno de estos últimos. Las insurgencias y guerras de menor escala pertenecen a esa categoría, y vamos a emplear los dos términos en forma intercambiable. Las guerras de menor escala no son guerras de fuerza versus fuerza, de Estado versus Estado, convencionales, tradicionales o directas en que se mide el éxito por medio de las cambiantes líneas del frente o terreno conquistado. Las guerras de menor escala son contrainsurgencias y conflictos de baja intensidad en que la ambigüedad domina y la potencia de fuego no necesariamente garantiza el éxito.

foto: Una patrullera francesa en el delta del Mekong. La guerra de Indochina evidenció las posibilidades de unas fuerzas sin más disyuntiva que la victoria o la muerte, frente al superior poder tecnológico colonial.

La asimetría en la estrategia

“La guerrilla gana si no pierde. El Ejército convencional pierde si no gana.“
Las guerras simétricas son aquellas guerras totales de las que el ejemplo más obvio podrían ser las dos contiendas mundiales del siglo pasado. La lucha asimétrica implica una guerra total para los insurgentes locales pero limitada por lo que hace a la gran potencia. Ello se debe al hecho de que los insurgentes no representan ninguna amenaza directa para la supervivencia de la gran potencia. Más aún, para la gran potencia metida en una situación asimétrica, la movilización completa de sus recursos bélicos, no es políticamente prudente ni militarmente necesaria. La desigualdad de capacidades es tan grande y la confianza que mantiene el poder militar es tan fuerte que la gran potencia tiene siempre expectativas de victoria. Sin embargo, aunque la fuerza inferior cuenta con medios limitados su meta, así y todo, es la expulsión de la gran potencia’. La única opción para la fuerza más débil literalmente es, como ya se dijo, la victoria o la muerte.
Después que el Ejército continental norteamericano defendiese infructuosamente la ciudad de Nueva York y Brandywine, en Filadelfia, en 1777, el general Washington fue obligado a adoptar una estrategia fabiana. Fabio Máximo fue el cónsul romano encargado de la defensa de Roma contra el avance de Aníbal. Según B.H. Liddell Hart, la estrategia de Fabio no fue simplemente una evasión de la batalla
para ganar tiempo, sino que fue calculada precisamente por el efecto que tendría con respecto al estado de ánimo del enemigo. Fabio se dio cuenta de la superioridad numérica de éste y no se arriesgó a entrar en una batalla con él. Quiso evitar el enfrentamiento directo con las concentraciones superiores dirigidas por los cartagineses y, en vez de eso, prolongó la guerra al emplear golpes de mano para desgastar la resistencia del enemigo.
Como Fabio en contra de Aníbal, Washington por lo general rehuyó los enfrentamientos directos con el Ejército británico. Puesto que el suyo era limitado en personal, recursos y adiestramiento, bien pronto se dio cuenta que comprometer sus fuerzas en un combate abierto sería exponerse al desastre. Washington adoptó una estrategia indirecta de desgaste destinada a evitar las acciones contra de las fuerzas británicas principales y en vez de ello concentró las fuerzas de que disponía enviándoles contra los puestos avanzados y destacamentos aislados. El plan de Washington incluyó mantener viva la Revolución al preservar el Ejército continental y desgastar la voluntad británica de sostener la guerra por medio de incursiones contra los destacamentos periféricos. La meta política de Washington fue forzar la expulsión de los británicos de las colonias norteamericanas, pero sus recursos eran tan modestos que, como escribiera Russell F. Weigley: Las esperanzas de Washington tuvieron que inclinarse principalmente no por la victoria militar sino que por la posibilidad de que la oposición política en la Metrópoli con el tiempo pudiera forzar al gobierno británico a abandonar el conflicto.
La Revolución norteamericana fue un ejemplo de los mayores escenarios de combate no convencional y guerra de guerrillas en la historia de las operaciones militares de los EE.UU. En el Departamento del Norte, las fuerzas irregulares provocaron la rendición del Ejército del general de división británico John Burgoyne, en Saratoga, al atacar sus flancos y líneas de comunicación. En el Departamento del Sur, el general Nathana Greene combinó la táctica convencional con la no convencional para erosionar las fuerzas del general de división británico Lord Charles Cornwallis. Greene desarrolló la capacidad de mezclar las operaciones de los guerrilleros con las acciones de sus tropas regulares con una maestría que lo hace comparable con Mao Tse-tung o Vo Ngu yen Giap. En parte, la estrategia de Greene nació de la escasez de provisiones que sufrían sus tropas regulares y de la presencia de grupos partisanos en el mencionado Departamento.

Asimetría en la tecnología

Para los chechenos, una victoria militar contundente era poco probable, así que su meta fue infligir tantas bajas como fuera posible a los rusos y disminuir su voluntad de lucha. Los chechenos emplearon una estrategia asimétrica que evitaba el combate abierto con los medios blindados, la artillería y el poder aéreo enemigo. Una y otra vez, le forzaron a enfrentarlos en el campo de batalla urbano donde los soldados rusos podían morir fácilmente.
La asimetría tecnológica nace de la gran desigualdad en las capacidades tecnológicas e industriales que existe entre los adversarios de conflictos asimétricos. La disparidad es inherente a la estructura de cualquier conflicto en el que un poder periférico enfrente a un poder central. La superioridad militar convencional y tecnológica no sólo es capaz de garantizar la victoria, sino que puede hasta socavar la victoria en el contexto asimétrico. Sólo se necesita preguntarle a un veterano de la batalla de Grozny, en 1995, de qué sirve la superioridad numérica y la tecnológica contra un enemigo audaz que emplea una aproximación asimétrica.

foto: Los vietnamitas acudieron a toda suerte de recursos, algunos tan eficaces en ambientes de jungla como las flechas. Dispararon con ellas incluso contra los helicópteros.

Las fuerzas rusas que asaltaron Grozny el 31 de diciembre de 1994 contaron con una superioridad tecnológica y numérica de la que carecían sus antagonistas. Tal vez, la percepción de las fuerzas rusas sobre su propia invulnerabilidad, debido a la superioridad numérica y tecnológica de la que gozaban, contribuyó a la forma despreocupada con que deambularon sus medios blindados en un nido de emboscadas chechenas. En cifras concretas, los rusos emplearon 230 tanques, 454 transportes blindados y 388 piezas de artillería, contra los 50 tanques, 100 vehículos blindados y 60 piezas de artillería en manos de los chechenos. A pesar de la superioridad de los sistemas rusos de armas, nunca fueron capaces de obtener una posición de ventaja. A pesar de la afirmación del ex ministro de Defensa ruso, Pavel Grachev, quien declaró que podría acabar con el régimen de Dudayev en unas horas con sólo un regimiento de paracaidistas, la diestra resistencia efectuada por las fuerzas chechenas en Grozny forzó la retirada de los rusos del centro de la ciudad para reagruparse. Disparando desde todos lados y desde todos los pisos de los edificios, de barrio en barrio de la ciudad, unidades antiblindajes chechenas sistemáticamente destruyeron un gran número de tanques rusos con lanzacohetes RPG-7. De hecho, durante un asalto realizado el 31 de diciembre, un regimiento perdió 102 de sus 120 vehículos, así como a la mayoría de sus oficiales.
El conflicto en Chechenia entre 1994 y 1996 fue testigo del masivo empleo de tecnología y potencia de fuego ruso —bombardeos constantes y ataques masivos con artillería—. Este uso indiscriminado de las armas mostró la falta de preocupación por las bajas civiles o
los daños colaterales. Por otro lado, durante el resto de la guerra, las fuerzas chechenas evitaron el combate directo y aislaron a los rusos en grupos pequeños que podían ser emboscados y destruidos poco a poco. Para los rusos, inexpertos en las técnicas y en la naturaleza problemática de las operaciones de contrainsurgencia, la artillería concentrada fue el sustituto de las maniobras de la infantería, y el principio convencional de la ofensiva llegó a ser interpretado en términos de las toneladas de municiones perdidas en contra de los blancos. Al parecer, en vez de adoptar la conducta habitual en las operaciones de contrainsurgencia de separar a los guerrilleros de la población civil, en Chechenia los rusos trataron de destruir toda la población, incluyendo a todos los guerrilleros.
El hecho de que su superioridad numérica y tecnológica no les permitiese lograr sus metas sólo resalta la naturaleza ilusoria de la tecnología. Lester W. Grau escribe: La tecnología ofrece pocas ventajas decisivas en la guerra de guerrillas, el combate urbano, las operaciones de paz, y el combate en terreno accidentado. El arma preferida bajo estas condiciones sigue siendo un masivo número de soldados de infantería. Y es que la guerra de guerrillas es más una prueba de la voluntad y resistencia nacional que un enfrentamiento militar.

La asimetría de voluntades

Hace más de dos milenios, ciudadanos-soldados profesionales, asalariados, retirados, y los dedicados al arte militar de las legiones romanas, diariamente tuvieron que combatir contra guerrilleros deseosos de morir gloriosamente por su tribu o su religión. En aquel entonces, sus superiores no eran indiferentes a las bajas, aunque tan sólo porque resultaba muy costoso adiestrar las tropas y había una escasez de ciudadanos para la mano de obra. Esto resalta la disparidad profunda que caracteriza a los poderes imperiales de los que no lo son. Los primeros son incapaces o no están dispuestos a aceptar grandes bajas por un tiempo indeterminado en las guerras periféricas. Algunas veces, la voluntad del oponente más débil se manifiesta en un alto nivel de sacrificio que permite que las pequeñas potencias tengan éxito cuando se enfrentan a las grandes. Samuel B.Griffith II explica: El éxito de la guerra de guerrillas no depende de la operación eficiente de complejos componentes, sistemas logísticos bien organizados, o la precisión de computadoras electrónicas. El elemento básico es el hombre, y el hombre es más complejo que cualquiera de las máquinas que posee. El hombre está dotado con inteligencia, emociones y voluntad.
Tonos los conflictos muestran esta misma disparidad de voluntad. Ninguna frase la recoge tan bien como esta pregunta planteada en “Jardines de Lápidas” (Gardens of Stone), una película de Francis Ford Coppola que trata de la guerra en Vietnam: ¿Cómo se derrota a un enemigo que es capaz de combatir contra los helicópteros con arcos y flechas? En Vietnam, la táctica guerrillera pareció ser motivada por el deseo de infligir bajas a los norteamericanos sin consideración del costo. Según un análisis de la Corporación Rand sobre aquella contienda, el enemigo aceptó sufrir bajas a un nivel mucho más alto que nosotros y rechazó buscar una solución pacífica. En Somalia, los secuaces de los señores de la guerra emplearon hondas contra los helicópteros y mujeres y niños como escudos humanos en los tiroteos.
El conflicto asimétrico no se limita a las operaciones militares en el campo de batalla. El oponente débil pretende afectar la cohesión interna de la gran potencia, infligiendo una suma continua de costos a sus adversarios. Desde una perspectiva estratégica, la meta de los rebeldes es provocar a la gran potencia para que escale el conflicto. La escalada genera costos políticos y económicos para la potencia externa —soldados muertos y equipamiento destruido— que con el tiempo, pueden ser considerados demasiado onerosos cuando la seguridad nacional de la gran potencia no está directamente en peligro.
Este problema fue especialmente grave en Vietnam ya que el sistema político-militar, con una mentalidad clausewitziana, determinó incorrectamente que destruyendo los medios de guerra con que contaba Vietnam del Norte eso afectaría a su voluntad de mantener la guerra. Aunque los norteamericanos lanzaron más de siete millones de toneladas de bombas en Indochina —300 veces más que la potencia de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki— la voluntad de Vietnam del Norte no fue erosionada, pero la de los EE.UU. flaqueó. Por carecer de poderío militar para destruir al de los EE.UU. y enfrentar la guerra, Ho Chi-Minh y el general Vo Nguyen Giap apuntaron correctamente a la voluntad política interna de los EE.UU. de continuar respaldando los esfuerzos de la guerra. Mao lo expresó como la destrucción de la unidad del enemigo, pero otro autor lo explica en forma aún más clara: Si la determinación de la potencia externa de continuar la lucha flaquea, entonces su capacidad militar —no obstante ser tan poderosa— es totalmente irrelevante.
Las grandes potencias toleran menos las bajas en las guerras de menor escala que sus oponentes. Esta disparidad surgió de nuevo durante la participación del Ejército estadounidense en Somalia: El entusiasmo de la nación por tomar un papel activo en la formación de un nuevo orden internacional mediante la ONU y las operaciones multinacionales, nunca fue muy fuerte desde sus inicios pero murió junto con 18 soldados de los EE.UU. en las calles de Mogadiscio. Las operaciones del Ejército culminaron con la batalla que tuvo lugar en esa ciudad y que causó 18 soldados norteamericanos muertos y 84 heridos, contra 312 somalíes muertos y 814 heridos. En cifras globales, la participación de los norteamericanos en Somalia produjo 30 soldados muertos y por más de 100 heridos mientras que las bajas somalíes se contaron entre 1.000 y 3.000. No obstante, cuatro días después de la fracasada incursión en Mogadiscio, el presidente Clinton anunció la retirada de Somalia, ostensiblemente debido a la reacción adversa pública a las bajas.
Desde entonces, la decisión de emplear la fuerza por parte de los EE.UU. ha parecido aún más restringida por el síndrome de cero bajas. Otra manifestación fue Kosovo donde una campaña aérea exacerbó la idea de emplear la fuerza sin derramar sangre propia. Más aún, las tropas estadounidenses que se desplegaron en Kosovo para efectuar las operaciones de paz establecieron el no sufrir ninguna baja como lo más importante para el éxito.

Convencionalismo arraigado

Las grandes potencias suelen exhibir homogeneidad en el pensamiento militar. Desde la victoria prusiana en la guerra franco-prusiana, las grandes potencias han aceptado a Carl von Clausewitz como oráculo fundamental de la guerra, y continúan abrazando esta teoría de origen alemán con respecto a la guerra convencional y de maniobra mecanizada. Pero puede apreciarse en las culturas militares de las grandes potencias la idea de separar la esfera política de la esfera militar una vez que comienzan las hostilidades. Esta forma de pensamiento crea dos problemas para los grandes poderes en los conflictos asimétricos: la poca integración político-militar y la seguridad que da el depender de lo que se conoce, lo que se traduce en el paradigma preferido: la guerra convencional de intensidad mediana a intensidad alta. A esta situación, se añade la tendencia de las grandes organizaciones a cambiar lentamente, siendo el resultado una fuerza militar que actúa con mentalidad convencional cuando una aproximación convencional no es apropiada ni eficaz, como sucede con los conflictos asimétricos. En ningún lugar ha sido más claro esto que en la invasión soviética de Afganistán. El Ejército soviético no fue adiestrado para realizar operaciones de contrainsurgencia sino para la guerra convencional de alta intensidad en las llanuras europeas. Scott Mcintosh ha escrito: [La doctrina soviética dio] un gran valor a la masa de tropas, escalonamiento, maniobra rápida, apoyo de fuego pesado, altos ritmos de avance y acciones coordinadas de armas combinadas a todo nivel. El Ejército soviético no tuvo la doctrina ni las habilidades necesarias para entablar una guerra no convencional. No existieron frentes ni retaguardias convencionales para penetrar en los avances con masas de fuerzas blindadas pesadas; en lugar de eso, enfrentaron a un enemigo no convencional, tenaz y esquivo en terreno accidentado y montañoso. La meta de una victoria rápida y decisiva fue poco realista.

foto: El líder de la guerrilla angoleña, Agostinho Neto, junto a un periodista extranjero. La imposibilidad de dominar la insurgencia en sus tres provincias africanas llevó al hundimiento del régimen político portugués y a la independencia de esas regiones.

El Ejército soviético se adhirió estrictamente al paradigma de la guerra de gran escala: Los soviéticos invadieron Afganistán empleando las mismas tácticas militares que utilizaron en Checoslovaquia en 1968. Aún más, el mismo oficial que dirigió la invasión checoslovaca, el general Ivan Pavlovsky, también fue el encargado de la incursión inicial en Afganistán, embarcándose el Ejército soviético en una guerra de gran escala con medios blindados hasta 1982. Más o menos, dos veces al año lanzaban grandes ofensivas convencionales, empleando divisiones motorizadas de fusileros que habían sido adiestradas para el combate contra fuerzas de la OTAN en Europa central en vez de emplear a sus unidades aerotransportadas más ligeras y adecuadas al propósito. La fuerza excesiva y la destrucción indiscriminada que ello supuso, no obstante, no produjo los frutos esperados. La táctica soviética de tierra calcinada, a mediados de la década de los años 80 fortaleció la resistencia rebelde.
La de Vietnam también fue esencialmente una guerra de contrainsurgencia. En 1961 y 1962, las Fuerzas Especiales (FF.EE.) norteamericanas inicialmente tuvieron éxito empleando técnicas ya experimentadas de contrainsurgencia tales como la batalla agresiva de pequeñas unidades, la recolección de datos o la búsqueda del respaldo de la población civil. A fines de 1962, las FF.EE. habían recuperado y asegurado centenares de aldeas. Más aún, integrantes del Cuerpo de Infantería de Marina que operaban en el área del Cuerpo de Ejército emplearon técnicas similares con sus pelotones de acciones combinadas, logrando el éxito. No obstante, el equipo del general William C. Westmoreland minimizó los esfuerzos de las FF.EE. y el programa de pelotones de acciones combinadas de los Marines porque ambos estaban en desacuerdo con su forma de hacer la guerra y lo que buscaban era el enfrentamiento convencional, con una gran cantidad de potencia de fuego y aprovechando la tecnología para buscar y destruir.
Se ha dicho que el Ejército de los EE.UU. nunca tuvo una intención seria de encarar la guerra de contrainsurgencia en Vietnam. La victoria estadounidense sobre los japoneses y alemanes durante la SGM había sido tan absoluta, tan brillantemente norteamericana, que la idea de ser derrotados era impensable. La clave de la victoria de esta guerra —potencia de fuego superior, mano de obra superior, tecnología superior—, alentó a los generales en Vietnam a menospreciar al enemigo y confiar demasiado en su propia superioridad en el campo de batalla. Los norteamericanos fueron incapaces de adaptarse al tipo de guerra realizado por Vietnam del Norte y el Vietcong. Basado en la reacción más convencional, su estrategia de desgaste y una cruzada incesante para el gran combate, hizo que el Ejército de los EE.UU. llegase a ser como un gran Cuerpo de Ejército expedicionario francés —y encontró las mism as frustraciones que aquel—, escribió Peter M. Dunn. El US Army puso sólo un mínimo esfuerzo en la doctrina de la guerra no convencional. Con poco interés o práctica en las operaciones de contrainsurgencia en gran escala —y con escasos beneficios reconocibles en ascensos de grado o asignación de fondos presupuestarios— lo que iba a ocurrir fue predecible. El Ejército iba a emplear el mazo para aplastar una mosca, mientras que la práctica de la guerra convencional fue dejada principalmente en las manos de las FEEE., añade Dunn.
La buena noticia es que después de más de una década de realizar operaciones de no guerra, a cultura de las FF.AA. de los EE.UU. está cambiando. Eso es evidente, sobre todo por el hecho de que los principales líderes del Ejército reflejan y tienen nuevas posiciones con respecto a las operaciones de paz. En un informe realizado por el Instituto de la Paz de los EE.UU. y que recoge entrevistas a un grupo de generales, el general Eric K. Shinseki manifestó que él tuvo que enfrentar un prejuicio cultural en Bosnia porque la base de la doctrina de adiestramiento del Ejército, le preparó para la guerra a todo nivel, pero no existía ninguna doctrina para las operaciones de estabilidad. Luego, como jefe de Estado Mayor del Ejército, el general Shinseki lidera el cambio en la mentalidad del mismo y la estructura de fuerzas para hacerla estratégicamente más relevante. El informe del Instituto de la Paz de los EE.UU. concluyó que las operaciones de paz representan el nuevo paradigma de conflicto que enfrentará el Ejército norteamericano en futuros despliegues mientras emergen más Estados fracasados y la imposición de la paz y la reconstrucción nacional llegan a ser la norma para los líderes militares superiores. En otro estudio expresó la necesidad de formar Fuerzas Armadas capaces de muchas cosas —no sólo de llevar a cabo la guerra en gran escala—.
En octubre de 2001, las FF.AA. estadounidenses condujeron a feliz término una estrategia eficaz y sin precedente contra los talibanes y el grupo Al Qaeda en Afganistán. Al combinar el bombardeo de precisión y las FF.EE. en un rol de guerra no convencional, decapitaron el régimen de los talibanes. No obstante, la guerra norteamericana en Afganistán difiere de los ejemplos expuestos aquí en forma significativa. En la guerra contra el terrorismo, las FF.AA. de los EE.UU. defienden los intereses vitales de la nacióri En ese sentido, esta guerra tiene más en común con la SGM que con Vietnam o Somalia. Es una guerra —una cruzada— en contra de un agente no estatal que nos atacó y continúa amenazando.
Los EE.UU. y Al Qaeda parecen luchar para lograr metas ilimitadas: los EE.UU. tratan de erradicar la red terrorista de Al-Qaeda alrededor del mundo, y ese enemigo quiere forzar la retirada norteamericana del Medio Oriente y de Asia Oriental. En este caso, la población civil de los EE.UU. probablemente se verá obligada a tolerar bajas y a respaldar una guerra prolongada contra el terrorismo porque está claro que ese esfuerzo tiene como propósito defender los intereses vitales de los EE.UU. Por la misma razón, los políticos norteamericanos son unánimes en el deseo de concluir la mencionada guerra en forma exitosa.
La guerra en Afganistán fue diferente. La primera y más brillante campaña fue el papel en pro de los insurgentes antitalibán que desempeñaron las FF.EE. —inicialmente, las fuerzas de los EE.UU. fueron guerrillas—. Ser guerrilla y actuar en contra de la guerrilla son dos cosas muy distintas. Desde el principio de 2002, las fuerzas militares de los EE.UU. han llevado a cabo operaciones de contraguerrilla en la parte oriental de Afganistán. Aunque el resultado final no fue determinado, la aproximación que combina la inteligencia, las acciones de pequeñas unidades de FF.EE. y el bombardeo de precisión dio frutos excelentes.

No obstante, el potencial de lugares seguros para los guerrilleros del Talibán y Al Qaeda a lo largo de la escasamente guardada frontera entre Pakistán y Afganistán de unas 1.300 millas parece que ha funcionado, puesto que la Policía Nacional de Pakistán estima que casi 10.000 talibanes y 5.000 combatientes de Al Qaeda permanecen escondidos en refugios situados en Pakistán. Esta situación presenta un problema exasperante: ¿Qué fuerzas serán capaces y buscarán a estos 15 mil enemigos que se emboscan en un país amigo en el que el uno por cien de la población son extremistas islámicos y el 15 por cien demuestran sentimientos antiamericanos? Si existe la posibilidad de que las fuerzas estadounidenses entren a Pakistán para apoyar a su gobierno a aislar y erradicar a esos guerrilleros, existen algunas lecciones de otra guerra en Asia de hace más de 25 años que pueden proporcionar ejemplos de lo que los EE.UU. no deben de hacer.
De todas las instituciones militares de los EE.UU. el Cuerpo de Infantería de Marina parece ser la mejor fuente para un serio pensamiento sobre las guerras de menor escala. Bajo sus auspicios, se publicaron dos obras que tratan de este tipo de contienda que merecen otro análisis. La primera es un texto elemental que data de 1962, “El guerrillero y cómo luchar contra él” (The Guerrilla and How to Fight Him), y la segunda, publicada en 1940, es el “Manual de guerras de menor escala” (Small Wars Manual).
Esta última obra ofrece directivas y técnicas sempiternas para la conducción de las operaciones contraguerrillas: En las guerras de menor escala, hay que ser cauteloso, y en vez de esforzarse a generar el máximo poder con la fuerza disponible, la meta es lograr resultados decisivos con una aplicación mínima de fuerza. En las guerras de menor escala, la tolerancia, simpatía, y la bondad deben ser la idea central de nuestra relación con la masa de la población. Las guerras de menor escala involucran un ámbito extenso de actividades que incluyen la diplomacia, contactos con la población civil y la guerra de índole más difícil.  

Revista Defensa nº 303-304, julio-agosto 2003, Robert M. Cassidy (*)

(*) El Sr. Cassidy, es mayor del Ejército de los Estados Unidos. Este trabajo lo hemos tomado de la “Military Review” norteamericana.


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