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1966: Operación “flecha rota”

(Revista Defensa nº 94, febrero 1986) El día 17 de enero de 1966 un acontecimiento saltó a los titulares periodísticos de la época como un prudente aviso de los peligros que conlleva la utilización del armamento nuclear. No pretende este trabajo incidir en la fácil censura de lo ocurrido hace dos lustros. Las circunstancias sociales y políticas han cambiado lo suficiente para que lo que entonces se minimizó desde las esferas oficiales, tanto norteamericanas como españolas, pueda ser hoy llevado a extremos que buscan más el propagandismo o el sensacionalismo que la mera relación histórica de lo acaecido en el pequeño pueblo de Palomares un soleado día de 1966.

La energía atómica desatada repentinamente se había convertido en el arma definitiva a partir de la primera prueba celebrada en secreto por los Estados Unidos en la base de Álamo-gordo, en Nuevo México, el 16 de julio de 1945. El lanzamiento operacional de los dos primeros ingenios se producía poco después, el 6 y el 9 de agosto, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La SGM había terminado de una forma insólita, dando comienzo a lo que se dio en llamar la era nuclear.

foto: El general Arturo Montel Toucet, coordinador de los trabajos desde el lado español.

No obstante, la paz universal estaba lejos de conseguirse. Como había ocurrido tantas veces, la guerra para acabar todas las guerras no paso de ser un conflicto más, mucho más sangriento y generalizado de lo hasta entonces habitual, pero al fin y al cabo otro enfrentamiento entre los países más civilizados del mundo que venía a cerrar una etapa de disputas territoriales cuyo origen podía ser rastreado a lo largo de varios siglos. La exclusiva estadounidense en la utilización del enorme poder que llevaba aparejada la bomba atómica no duró mucho. Los propios aliados de Estados Unidos la consiguieron a los pocos años, mientras que el otrora aliado indiscutible y posteriormente atávico enemigo en el que se había convertido la Unión Soviética entraba a formar parte del club nuclear con la correspondiente alarma de sus antiguos compañeros de fatigas. Lo que todavía diferenciaba soviéticos y estadounidenses era la posibilidad de una amenaza global inmediata, esto es: la posesión de un vector adecuado para lanzar la bomba en un lugar apartado dentro del territorio rival. A pesar de las reducciones operadas en el número de aviones militares estadounidenses a raíz de la finalización de la guerra, la recién nacida USAF contaba con los bombardeos más modernos y capaces del mundo, dotados con la suficiente autonomía como para alcanzar los objetivos prefijados en prácticamente cualquier lugar del Globo. La Unión Soviética no tardó en hacerse con una réplica del Boeing B-29 estadounidense, ya que dentro de la practicidad soviética resultaba mucho más sencillo copiar que diseñar un modelo totalmente nuevo. A partir de ese momento, la proverbial e histórica inmunidad del territorio continental de los Estados Unidos se vino abajo. El temor se convirtió en pánico al comprobar los progresos llevados a cabo por los rusos en el campo de la cohetería militar. Al igual que los norteamericanos, los soviéticos habían capturado a un buen número de especialistas alemanes de este campo, lo que sumado a sus propios esfuerzos en la materia, dio como resultado la aparición de toscos pero potentes misiles balísticos con capacidad intercontinental destinados a portar armamento nuclear. El desarrollo de este tipo de cohetes por los Estados Unidos había sido parejo, pero los caminos diferentes seguidos por la Fuerza Aérea, el Ejército y la Armada supusieron en cierta forma una diversificación de la investigación en detrimento de los resultados a corto plazo
Los primeros misiles balísticos intercontinentales del arsenal norteamericano, llamados por las iniciales de su nombre en inglés, ICBM, eran muy complejos y la propia entidad de sus combustibles y comburentes hacían impracticable que pudieran permanecer almacenados largo tiempo en los depósitos de los Atlas o Titan, primeros exponentes de la luego diversificada y pujante familia misilístíca. Para efectuar un lanzamiento, era necesario llenar los depósitos, lo que lógicamente debía ser llevado a cabo al aire libre o en un hangar no acorazado, para después izar el misil a la posición vertical. El tiempo de respuesta a un ataque soviético por sorpresa resultaba demasiado largo y en los estamentos militares estadounidenses se temía que la Unión Soviética pudiera sentirse capaz de destruir en tierra a un porcentaje significativo de los ICBM propios. La solución no era fácil —hoy tampoco lo es—, pero en aquel momento se optó por lo que dio en llamarse la Tríada Nuclear, constituida por los ICBM, basados en tierra; los misiles SLBM, de menor alcance pero susceptibles de ser lanzados desde submarinos sumergidos situados en las cercanías del litoral soviético, y por último los bombarderos del Mando Aéreo Estratégico (SAC), que constituían la opción más flexible al estar tripulados y poder recibir una contraorden en el último momento en el supuesto de que fuera necesario lanzarlos bajo la amenaza de un hipotético ataque que luego resultara ser una falsa alarma.
La posibilidad de que un ataque soviético pudiera dejar desarmado a Estados Unidos impulsó la creación de soluciones para ponerles difícil a los soviéticos la localización y destrucción de las fuerzas de la tríada. Los submarinos contaban con la gran ventaja de poder permanecer sumergidos largos períodos de tiempo y su seguridad relativa parecía aceptable, mientras que los ICBM habían sido instalados paulatinamente en silos acorazados que les garantizaban su integridad a no ser que el guiado de los misiles soviéticos mejorara de la noche a la mañana, ya que en un primer momento las cabezas nucleares de éstos requerían una potencia de muchos megatones para contrarrestar su falta de precisión. El único vector de la tríada que quedaba desguarnecido era la flota de bombarderos estratégicos, ya que hay pocos objetivos más apetecibles dentro del espectro militar que una base aérea en la que, dadas sus dimensiones y la fragilidad relativa de los aparatos allí estacionados, una explosión nuclear dejaría fuera de combate a decenas o cientos de aviones de un solo golpe.
Para salvaguardar la más flexible de las opciones estratégicas nucleares norteamericanas se ideó un plan que sólo la increíble infraestructura de la Fuerza Aérea era capaz de soportar.  Un número de bombarderos B-52 cargados con bombas termonucleares debían permanecer en vuelo 24 horas al día, 365 días al año, recorriendo itinerarios predeterminados en los que estaban establecidos varios reabastecimientos en vuelo necesarios para conseguir la autonomía requerida. Parte del secreto que rodeaba estas misiones se vio roto repentinamente cuando aquel 17 de enero de 1966 una inmensa tragedia llovió del cielo sobre la pequeña villa de Pa.lomares, en el sureste de España.

UN “B-52” LLAMADO “TEA-16”

La base aérea de Seymour Johnson en Goldsboro, Carolina del Norte, destilaba un ambiente tenso. A pesar de que la misión se había repetido infinidad de veces, siempre ocurría lo mismo cuando el Ala de bombardeo allí estacionada entraba en alerta. Una vez cada 10 días aproximadamente una tripulación del Escuadrón de Bombardeo 51 debía subir a un B-52 Stratofortress cargado con cuatro bombas de hidrógeno con el objeto de realizar un vuelo que rondaba las 24 horas de duración. Este período de tiempo había sido considerado como el más conveniente al conjugar una adecuada autonomía hasta los puntos de ataque y 4 vuelta, con la duración máxima que es capaz de soportar una tripulación sin empezar a manifestar signos de cansancio. Antes de que partiera el vuelo otra tripulación que se encontraba en alerta en tierra había realizado el preceptivo prevuelo en el bombardero número 256. Este gesto formaba parte ya de la camaradería existente entre las distintas tripulaciones con el fin de que la entrante en la misión dispusiera de unas horas más en sus hogares antes de emprender el despegue.
Las tripulaciones en estado de alerta en tierra del SAC de aquellos días ocupaban la mitad de los 680 bombarderos de este Comando, debiendo permanecer junto a sus aparatos cuatro días y tres noches, listos para despegar con su carga nuclear en seis o siete minutos, ya que el tiempo máximo de aviso de un ataque soviético con misiles intercontinentales proporcionado por la red de radares era de 20 minutos.
La tripulación del B-52 número 256, código Tea-16, elevó el pesado bombardero al atardecer y puso rumbo hacia el Este para cubrir el primer tramo de la más meridional de las misiones Chrome Dome (Cúpula Dorada), nombre codificado de los cuatro itinerarios fijados para dirigirse hacia distintos puntos de la Unión Soviética. En cualquier minuto, varios bombarderos cargados de ingenios termonucleares se encontraban en algún lugar de estas rutas. Normalmente, las tripulaciones consideraban la mision que acababa de emprender Tea-16 como la más agradable de las cuatro posibles. Las otras tres se dirigían hacia el Norte, sobre Canadá, Alaska o Groenlandia. Por su parte, el recorrido Sur cruzaba el Atlántico para sobrevolar parte de España y llegar a la mitad del Mediterraneo. Para completar este largo vuelo se habían programado de forma estratégica distintos reabastecimientos con la ayuda de los cisternas KC-135 del mismo SAC.
El primero de estos reabastecimientos se llevó a cabo sin incidentes y la tripulación del B-52 se aprestó para completar la extensa misión que tenían por delante. Los componentes de aquélla eran en esta ocasión: el capitan Charles F. Wendorf, de 29 años, con más de 2.500 horas de vuelo, 2.000 de las cuales habían sido en B-52 como piloto titular; el primer teniente Michael Rooney, copiloto; primer teniente Steven G. Montanus, navegante; capitán Ivens Buchana, navegante radar (bombardero); primer teniente George J. Glesner, oficial de guerra electrónica; sargento Ronald P. Snyder, técnico y artillero encargado de las cuatro ametralladoras de 12,70 instaladas en la torreta de popa. Como piloto suplente se encontraba el decano del grupo, el comandante Larry G. Messinger, que a sus 44 años era el único entre toda la tripulación que había lanzado bombas en acción de guerra sobre Europa, en la SGM, y sobre Corea.
Al amanecer tuvo lugar el segundo reabastecimiento sobre la desértica zona de los Monegros, entre Zaragoza y Barcelona, y una vez que se hubieron transferido 40.000 galones de combustible el B-52 se dirigió hacia la ultima parte de su itinerario de aproximación, sobrevolando parte de Italia y llegando hasta el punto donde se realizaba un viraje Sur seguido de otro hacia el Oeste con el fin de encaminarse hacia el merecido descanso en la base de partida. Hasta ahora todo había ido como una seda. El último reabastecimiento, necesario para dar el salto sobre el Atlántico, estaba programado de forma habitual sobre la costa del sureste español. A la hora establecida, la familiar silueta del KC-135 se recortaba contra el limpio cielo intensamente azul del litoral almeriense. El cisterna estaba tripulado por cuatro aviado- re norteamericanos que se encontraban destacados temporalmente en España desde su base en Bergstrom (Texas): el comandante Emil J. Chapla, piloto; capitán Paul R. Lene, copiloto; capitán Leo E. Simmons, navegante, y, por último, el miembro de la tripulación más importante durante el tiempo de transvase, el sargento Potolicchio. En su persona descansa la responsabilidad de guiar ambos aviones para que a lo largo del reabastecimiento no se produjeran interrupciones.
El código del tanque era Troubador 14 y así debió dirigirse Potolicchio a Tea-16 durante los momentos anteriores al contacto mientras accionaba los mandos de la cánula de combustible. El inmenso B-52 se acercó lentamente al KC-135 desde abajo, pero posiblemente la velocidad de aproximación superó la normal para esta maniobra y el aparentemente frágil conducto de combustible se incrustó en el larguero dorsal del bombardero detrás del receptáculo donde debía haber sido acoplado.

foto: Otro de los vehículos inmersión profunda que la US Navy dedicó a las tareas de detección y rescate de las bombas atómicas. Se trata del “Aluminaut”, que aquí vemos abandonar, remolcado al buque de desembarco “Plymouth Rock”.

La fuerza del golpe y la tensión aerodinámica producida posiblemente por las enormes alas del B-52 y los planos de cola del cisterna fue suficiente para que Tea-16 comenzara a desintegrarse. Las chispas producidas por el rozamiento o por la rotura de alguna conducción eléctrica inflamaron de forma instantánea el combustible alojado en la cánula que, como una gigantesca mecha, dio fuego a los depósitos rebosantes de Troubador 14, que en cuestión de segundos se convertía en una cegadora bola de fuego.
Los cuatro hombres del cisterna fueron carbonizados instantáneamente mientras que su aparato se deshacía como consecuencia de las explosiones. Por su parte, la tripulación del bombardero no había tenido nunca una emergencia semejante, pero reaccionaron de inmediato. Wendorf y Messinger en los asientos del anteros y Buchanan y Montarius en los situados ligeramente detrás y abajo tiraron de las manijas pintadas en negro y amarillo que accionaban el mecanismo de lanzamiento. Glesner y Snyder no pudieron salir debido a que posiblemente el impacto incidió justamente encima de sus cabezas. Rooney, que en el momento del accidente se encontraba descansando tumbado en un camastro situado en el pasillo que comunica las dos zonas de la cabina, pudo arrojarse en paracaídas después de luchar durante un par de minutos contra la fuerza de la gravedad, que le aprisionaba contra una de las partes aún intactas del fuselaje, que se precipitaba hacia la tierra situada 10.000 m. más abajo. Montanus debió recibir un golpe al eyectarse a través del suelo de la cabina, por lo que su paracaídas no llegó a abrirse. Los demás, con mejor o peor fortuna, descendieron hacia la villa de Palomares, pero debido al fuerte viento reinante, sus paracaídas los alejaron de la costa a excepción de Buchanan, que, incapaz de liberarse de su asiento, bajó más rápido que sus compañeros para caer en tierra a mayor velocidad de la aconsejable debido al peso extra de su asiento.
Dentro del amasijo de chatarra calcinada que se dirigía vertiginosamente hacia el modesto pueblo que ni siquiera constaba en los mapas de vuelo norteamericanos, podían distinguirse varios objetos no pertenecientes a la estructura de los aparatos siniestrados. Por un lado cuatro misiles señuelo desarmados Quail GAM-72 diseñados para simular la imagen radar de un B-52 con el fin de saturar las defensas soviéticas. Por otro, cuatro objetos largos y cilíndricos pendientes de un paracaídas. Nadie entre las personas que habitaban la región lo sabía, pero esos curiosos cilindros semejantes a gigantescos tubos de habanos eran bombas de hidrógeno.

OPERACION “FLECHA ROTA”
El accidente había ocurrido a las 10 y 22 minutos. A esa misma hora otro B-52 tenía su cita particular con un segundo KC-135 para reabastecerse de combustible. Este enganche no pudo completarse, pero fue este cisterna el que comunicó la noticia al Control de Vuelo del Mando Aéreo Estratégico en la base aérea de Morón, en Sevilla. De forma inmediata se puso el hecho en conocimiento del general de división Delmar E. Wilson, jefe de la 16 Fuerza Aérea de los Estados Unidos con cuartel en la base de Torrejón de Ardoz, a pocos kilómetros de Madrid. Al conocer el siniestro, el general Wilson no dudó en ponerse en contacto urgentemente con el Cuartel General del SAC, en la base de Offutt, cerca de Omaha (Nebraska).

foto: Parte de la cola de uno de los aviones siniestrados.

Cuando el contacto telefónico quedó establecido, la persona situada al otro lado de la línea era el general de división Charles Eisenhart, jefe de Estado Mayor de dicho Mando. Las palabras del general Wilson despertaron totalmente a Eisenhart: Flecha Rota en el sureste de España... Flecha rota, en inglés Broken Arrow, era el código para indicar un accidente nuclear.
Estados Unidos se enfrentaba de repente con uno de los episodios más turbios de toda la guerra fría. Con anterioridad se habían producido 11 accidentes que merecieron tal calificación, pero todos dentro del territorio estadounidense. Había que actuar con presteza para remediar el daño causado y minimizar dentro de lo posible la oportunidad gratuita que se brindaba a la Union Soviética para desprestigiar públicamente, y con una base poderosa, la estrategia nuclear preventiva de Estados Unidos.
¡ Eisenhart trasladó a Wilson por medio del teléfono todo el apoyo moral que pudo, prometiéndole la ayuda en hombres y material que precisara, ya que las cuatro bombas de hidrógeno a bordo del bombardero siniestrado tenían que se recuperadas con la mayor rapidez posible. Wilson se apresuró a informar a su Equipo de Control de Desastres, compuesto de 43 oficiales y soldados, entre los que se encontraban especialistas de todas las áreas pertinenes, médicos, expertos en comunicaciones y manejo de explosivos, etc.
Este Grupo fue trasladado por vía aérea al lugar de la catástrofe para ayudar con conocimiento de causa a los efectivos del Ejército y Guardia Civil españoles en las labores de auxilio y reconocimiento de daños.
A muchos kilómetros de allí también se trabajaba frenéticamente tratando de localizar el máximo de información sobre los ingenios termonucleares que portaba Tea-16. Cada uno de ellos poseía unas diferencias específicas en función de las características del objetivo a batir.
Era por tanto necesario recabar todos los datos posibles sobre aquéllos para actualizar los procedimientos a seguir para su recuperación con las máximas garantías de seguridad.
Existe un curioso dicho en el mundo anglosajón que es conocido como la Ley de Murphy. En una traducción libre viene a decir: Si hay alguna posibilidad de que algo vaya mal, tarde o temprano irá mal... En una ocasión más la terrible ley se había cumplido, pues después de miles de reabastecimientos sin incidentes serios, lo inevitable había sucedido, quedando por ver cuáles iban a ser las consecuencias inmediatas.
En honor a la verdad, la suerte para unos y la intervención de San Antón, patrón de los agricultores y ganaderos para otros, había acompañado a Palomares. A pesar de todo, el diluvio de metal en llamas no hubo que lamentar víctimas entre los habitantes. Algunos de éstos, conocedores ya del lugar donde cada mañana a la misma hora se aproximaban las dos estelas de condensación de los dos aviones, contemplaban parsimoniosamente el espectáculo, que los norteamericanos consideraban como secreto, pero que se había convertido en algo, corriente, por lo sabido, para aquella gente, cuando de repente se produjo la bola de fuego. La detonación llegó a los pocos segundos y sobresaltó al resto de los lugareños, que salieron a las ventanas para ver lo que sucedía. La situación se convirtió en algo patético. Grandes y pequeños amasijos de materiales incandescentes se precipitaban sobre sus cabezas arrastrando estelas de humo y silbando de forma ensordecedora. La gente comenzó a correr frenéticamente, tratando de ponerse a salvo. Un gigantesco trozo de la bodega de bombas del B-52 cayó a 20 m. escasos de la escuela donde segundos antes había 51 niños dando clase de aritmética, cortando el cable de energía eléctrica del pueblo.
Una vez que los objetos dejaron de caer, los habitantes de Palomares se repusieron y comenzaron a tratar de explicarse lo que había ocurrido. Muchos se apresuraron a ayudar, pero a excepción de Buchanan los demás aviadores norteamericanos habían muerto.

A PUNTAPIES CON LAS BOMBAS

De los cuatro ingenios termonucleares transportados por el bombardero y diseminados tras su desintegración, tres fueron encontrados rápidamente, pero no antes de que algunos de los habitantes, espoleados por la curiosidad, se acercaran a los misteriosos cilindros para tocarlos y, en algún caso, propinarles un puntapié para averiguar mediante el sonido si se encontraban vacíos o llenos. A estos ciudadanos españoles, que podrían perfectamente figurar en el libro Guinness de records, les cabe la dudosa distinción de haber sido las únicas personas en haber pegado una patada a una bomba de hidrógeno.
Los artefactos, por fortuna, no se encontraban armados. Esto es, no se les habían retirado los correspondientes seguros para que pudieran producir la explosión termonuclear.

foto: Las tareas fueron tediosas abarcando bastantes semanas, pese a que no se dudó en destinar a ellas grandes recursos materiales y económicos.  

El procedimiento para armar las bombas no se habría iniciado a no ser que el comandante del Tea-16 hubiera recibido verbalmente la orden emitida por el presidente de Estados Unidos autorizándole para abrir el pequeño saco marcado con la indicación top secret que siempre llevaba consigo en todas las misiones. A partir de ese momento, habría sido necesario manipular una a una las bombas para que los mecanismos destinados a producir el efecto final funcionase. La potencia de una bomba de hidrógeno es muy superior a la de un ingenio atómico llamémosle normal. La reacción de fusión de dos átomos ligeros de hidrógeno libera una cantidad de energía mayor que la producida por la reacción de fusión, pero para que pueda darse aquélla es necesario que se creen unas circunstancias máximas de presión y temperatura, sólo obtenibles en el seno de una explosión nuclear, por lo que para cebar una bomba H se utiliza precisamente eso, una bomba atómica.
El material fisionable que, a su vez, sirve para producir la reacción en cadena autosuficiente y descontrolada es usualmente Uranio 235 o Plutonio 239. Para que dicha reacción en cadena comience es necesario que la masa fisionable tenga una dimensión calificada como crítica, y esta masa crítica debe producirse justo en el momento de la explosión, para lo que debe utilizarse dos o más masas de pequeño tamaño o subcríticas, separadas convenientemente para evitar que inadvertidamente puedan entrar en contacto unas con otras y que en determinado momento se junten con la ayuda del empuje proporcionado por una cantidad de explosivo convencional. Otro método más elaborado de conseguir el mismo resultado consiste en rodear una esfera de materias fisionables de masa subcrítica con otra esfera de explosivos convencionales, como la trilita o el TNT, dispuesta para que la deflagración se produzca de manera simultánea y uniforme hacia el interior, provocando una implosión que comprimir a la masa subcrítica para convertirla en supercrítica y dar lugar a la explosión.
Cualquier usuario de estos artefactos los desea lo más inertes posibles hasta el segundo en el que se han de hacer explosión, por lo que en el diseño se tienen en cuenta todas las medidas de seguridad posibles al objeto de que las bombas no armadas sean totalmente inalterables a los golpes, las vibraciones e incluso al impacto de proyectiles disparados contra ellas. Dos de las bombas de Palomares se estrellaron contra el suelo con la suficiente fuerza como para que el explosivo convencional alojado en su interior explosionara, pero al no haber sido conectados los detonadores la implosión no llegó a producirse, ya que para que así hubiera sido tendrían que haber funcionado todos al unísono.
El impacto rompió la carcasa metálica del cilindro y arrojó al exterior el material radiactivo que al contacto con el aire se oxidó, convirtiéndose en minúsculas partículas que llevadas por la brisa contaminaron la tierra, los animales, las plantas e inevitablemente algunos de los habitantes que se encontraban cerca del punto de choque. Las radiaciones de los elementos liberados eran del tipo alfa, las menos nocivas de las posibles, pero un doble escalofrío recorrió la mente de los norteamericanos y de los españoles afectados cuando la noticia fue conocida. Aquéllos por haber contaminado la tierra y la gente de un país aliado; éstos por ser los primeros civiles que se veían expuestos de forma colectiva e inopinada a la radiación de un arma nuclear desde que las primeras bombas atómicas fueron lanzadas sobre el Japón, en 1945. Los soviéticos aprovecharon esta oportunidad de oro que se les presentaba para decir todo lo que les apetecía.

foto: El general Montgomery, segundo comandante de la USAF en Europa, impone la más alta condecoración norteamericana en tiempos de paz, la Medalla de Servicios Distinguidos, al general Wilson por su papel al mando de la operación “Flecha Rota”.

La situación era verdaderamente engorrosa para el Gobierno norteamericano y el español. La llegada de los primeros especialistas al lugar de la catástrofe enfundados en trajes antirradiación, con sus correspondientes máscaras, intranquilizó a la población. Cuando los miembros españoles de la Junta de Energía Nuclear aparecieron poco después vestidos de la misma guisa y señalando con banderolas rojas las zonas consideradas como de peligro, el sentir popular se resintió todavía más. La falta de noticias oficiales no hizo sino complicar en mayor grado la expectación. La gente comenzó a buscar información que evidentemente se produjo por parte de los sectores más interesados, la emisora de radio de tendencia comunista Radio España Independiente encontró un tema del que hablar que interesaba a muchos españoles que no comulgaban con la ideología marxista pero que necesitaban conocer lo que había sucedido. En el paroxismo de la desinformación se temió por las deformidades que podían haber sido causadas a varios niños que se encontraban a punto de nacer. Los análisis de orina y reconocimientos practicados en el pueblo preocupaban a los lugareños, y en algunos casos a los propios especialistas, ya que en determinadas pruebas de orina había caído parte de polvo radiactivo de la ropa de los analizados, con lo que los resultados indicaban cifras de contaminación superiores en más del doble a las suficientes para haber causado la muerte. Como medida general de profilaxis se recomendó que se hirvieran o quemaran las ropas o zapatos que hubieran estado en contacto con zonas contaminadas. Llegó un momento en el que los responsables de la operación comprendieron la angustia de los pobladores de Palomares y se dio la orden de despojarse de los trajes y máscaras protectoras y sustituir las banderas rojas de señalización por otras de colores menos inquietantes. Por su parte, los propios especialistas degustaron los tomates supuestamente contaminados, proclamando las excelencias de su buen sabor. Poco a poco el temor se fue disipando, los responsables norteamericanos se comprometieron a indemnizar a los agricultores por las cosechas perdidas y los daños causados a las propiedades.
La tierra contaminada fue retirada de la superficie en un espesor de 40 cm., guardada en infinidad de contenedores sellados y embarcada en navíos de la Armada estadounidense para ser enterrados en el depósito de residuos radiactivos de Aiken, en los EE.UU. Las casas fueron blanqueadas y se ofreció trabajo temporal a los habitantes del pueblo para ayudar en las labores de recogida y limpieza.

PACO, “EL DE LA BOMBA”
Los miembros de la tripulación del B-52 número 256 que lograron saltar con éxito del aparato tras la colisión se habían visto impulsados por el viento lejos del litoral, a excepción de Buchanan, que debido al peso de su asiento cayó a tierra a una velocidad superior a lo recomendable. La suerte le sonrió una vez más, ya que faenando en las aguas de Palomares se encontraban varios pesqueros de localidades cercanas, que al darse cuenta de lo sucedido se apresuraron a recoger a los maltrechos náufragos.
Uno de los pescadores, Francisco Simó Orts patrón del Manuela Orts Simó, un pequeño barco de pesca que lleva el nombre de su madre, vio un paracaídas que parecía sujetar a un hombre. Al dirigirse hacia él pudo apreciar que lo que el paracaídas sostenía era un cilindro metálico, pero cuando llegó al punto donde cayó al agua no pudo encontrar nada. Mentalmente trazó unas líneas imaginarias de los montes del Norte y del Oeste que se divisaban en el horizonte. Este genial experimento de rústica triangulación le sirvió para entrar en la historia con el apelativo de Paco, el de la bomba.


Al comprobar que el arma de hidrógeno que hacía el número cuatro no aparecía por más detallada y minuciosa que se hacía la búsqueda, todas las convicciones se dirigieron a que el objeto cayó al mar. Este hecho fue oportunamente silenciado por ambos Gobiernos para evitar el pánico que podría haberse producido, pero la abundancia de buques de la Armada norteamericana ante la playa de Palomares hacía pensar a todo el mundo que algo estaba ocurriendo. El inevitable pesquero espía de la URSS apareció en la zona poco tiempo después. Lamentablemente, la noticia se sabría más tarde o más temprano, por lo que el día 1 de marzo se hizo el anuncio oficial por parte española de que una bomba termonuclear no había sido hallada. Para acallar los rumores sobre la contaminación de las aguas, el 8 de ese mismo mes el embajador de EE.UU. en España, Angier Biddle Duke, y el ministro español de Información y Turismo de aquel momento, Manuel Fraga Iribarne, llegaron a Palomares acompañados de un séquito de personalidades, y en una ceremonia cuando menos inusual ambos dignatarios se dieron un baño en la playa para demostrar su inocuidad.
Cinco días después de la colisión, la Armada de los Estados Unidos se dirigió al Instituto Oceanográfico de Woods Hole, en Massachusetts, para solicitar la colaboración del Alvin, un pequeño submarino experimental de 6,70 m. de eslora diseñado en dicha Institución. El 23 de enero, el contralmirante William S. Guest, segundo jefe de las Fuerzas Navales de Ataque y Apoyo del Sur de Europa, se hizo cargo del mando de las operaciones de búsqueda y rescate marítimos. La unidad de Guest fue denominada Fuerza de Operaciones 65 y comprendía un equipo de 130 buceadores y buzos. La flota frente a Palomares se fue incrementando paulatinamente con la llegada de destructores, dragaminas, buques oceanográficos, etc. El material especializado lo componían varios sumergibles: Sealab II, Cubmarine y Aluminaut. Las primeras impresiones fueron descorazonadoras. El fondo marino de la zona donde se suponía que había caído el ingenio se encontraba cruzado por cientos de cañones y simas que se perdían en las profundidades.
La existencia de abundante cieno suponía que al menor toque de la capa del fondo saltaba una nube de materia en suspensión que oscurecía el agua de 20 minutos a varias horas. El contralmirante Guest, preocupado por las escasas expectativas de éxito, llegó a imaginar una analogía de lo que sería la búsqueda submarina.
La comparo con andar por un terreno abrupto en una noche sin luna, con un ojo tapado, mirando con el otro por un tubo largo y buscando con una pequeña linterna algo del tamaño de un bote de conserva. Las perspectivas no podían ser más tristes. Tal vez a causa de la desesperación se decidió dar crédito a la información proporcionada por Francisco Simó. La zona se dividió en cuadrados de 300 metros de lado con la idea de explorar uno cada día. La tarea resultó imposible, pues el fondo era demasiado abrupto para poder ser reconocido con esa cadencia. El Alvin y el Aluminaut trabajaban en equipo, introduciéndose aquél por donde éste no podía. Después de muchas inmersiones infructuosas, el día 15 de marzo el Alvin siguió un rastro producido en el cieno por un objeto pesado. Lentamente para no perder la pista, el diminuto sumergible se deslizó sobre la marca. Cuando de repente se encontraron con la tela del paracaídas que cubría parcialmente el cuerpo del cilindro, la excitación del descubrimiento hizo que el tripulante Valentine Wilson olvidara la palabra clave que había sido aplicada para describir la bomba en el supuesto de que fuera encontrada: el paracaídas era Benthasaurus y la bomba tablero de instrumentos, por lo que Wilson exclamó lo primero que se le ocurrió y dijo textualmente ¡veo un clavo oxidado! El pesquero ruso que se encontraba a la escucha no habría deducido nada de esta afirmación, pero para rematar las cosas el operador civil que se hallaba en comunicación con el Aluminaut respondió: ¿Quieres decir que has visto la bomba? No, respondió Wilson en plena euforia, veo el paracaídas. El cálculo de Paco había sido increíblemente correcto, pues el hallazgo se efectuó a poco más de un kilómetro del lugar indicado inicialmente.
Dado que el Aluminaut estaba en superficie recargando las baterías, el Alvin, no queriendo perder la bomba, paró los motores y se posó a su lado. Después de una espera de siete horas, el Aluminaut releyó al minisubmarino y tomó su posición. Cuando volvió el Alvin, traía consigo un cabo de polipropileno de 900 m. de longitud amarrado a una boya en la superficie, así como dos emisores de sonar para ser enganchados en la tela del paracaídas. Mientras tanto, en los talleres del destructor Cascade se había construido una especie de cama metálica con varios trozos de nylon resistente cubiertos de garfios en sus extremos. La idea era enganchar los garfios al paracaídas para que pudiera ser izado.
El estrafalario artefacto había recibido el nombre de Poodle.

foto: No se trata de una bomba, sino del depósito de combustible supletorio del B-52 del SAC.

Tras varios intentos, no fue posible amarrar nada más que un cabo al paracaídas, por lo que se decidió subirlo en esas condiciones. Cuando ya estaba cerca de la superficie, el cabo se partió y la preciosa carga que sujetaba volvió a hundirse en la negrura de la profundidad, levantando una gran nube de cieno.
Por fin, el día 2 de abril la tripulación del Alvin se topó nuevamente con la suerte. El paracaídas seguía envolviendo al cilindro, que ahora se encontraba en una ladera arcillosa a 853 m. de profundidad, pero en esta ocasión el equipo de rescate contaba con un aparato denominado CURV, siglas en inglés de Vehículo de investigación Submarina Controlado por Cable, que había sido desarrollado para recuperar torpedos de ejercicio. Los acontecimientos parecían sacados de una película de suspense. El Alvin se enredó con la tela del paracaídas y estuvo a punto de quedarse en el fondo; finalmente, la tripulación logró salir del atolladero y se decidió descolgar el CURV, que también se lió con las líneas del paracaídas y sus propios cabos de amarre.
No podía perderse más tiempo; a las siete y dos minutos los molinetes del buque Petrel comenzaban a girar para izar todo el conjunto. Para evitar la tensión que podía producirse justo bajo la superficie Guest ordenó que los buceadores se lanzaran al agua para asegurar la carga. A las nueve menos cuarto el arma termonuclear era izada a bordo. Las cuatro bombas habían sido recuperadas.
Hoy, cuando han pasado dos décadas del accidente, los habitantes de Palomares prefieren olvidar lo sucedido. Las indemnizaciones prometidas no resultaron ser tan generosas como se había anticipado. La planta potabilizadora de agua regalada por el Gobierno estadounidense al pueblo funcionó tan sólo unos días y la fuente de la que debía manar el agua es un triste monumento falto de contenido que recuerda indirectamente lo ocurrido.
Pero mucha gente todavía tiene pesadillas sobre lo que hubiera ocurrido si la infalible Ley de Murphy hubiera incidido por segunda vez en aquella tragedia. La explosión de las bombas habría devastado media España y los efectos nocivos de la contaminación se habrían extendido en un radio de mil kilómetros del lugar del siniestro. Palomares fue sólo un aviso de lo que podía suceder con el peligroso juego de la guerra fría. Lo malo es que tal vez no hemos aprendido nada.  

Revista Defensa nº 94, febrero 1986, Fernando de la Cueva


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