El mayor problema de América Latina en materia de defensa no es hoy el presupuestario, tecnológico ni doctrinario: es intelectual. Desde hace más de un siglo, ningún país de la región ha enfrentado una guerra convencional de alta intensidad contra un vecino que haya obligado a movilizar a la nación, a todas sus fuerzas armadas y a su industria para combatir y vencer. En términos generales, sus Altos Mandos no están acostumbrados a manejar el colapso. Nunca lo han hecho. Durante más de medio siglo sobrevivieron sin enfrentarse jamás a una amenaza militar creíble y directa. Eso los volvió rígidos para leer el momento histórico.
En términos simples y brutalmente honestos, no existe hoy en América Latina un solo oficial que haya vivido, olido o siquiera pisado un campo de batalla moderno. Esta ausencia absoluta de experiencia real —esta orfandad operacional— distorsiona la comprensión de cómo se libra una guerra en el siglo XXI y conduce a decisiones estratégicas profundamente equivocadas.
Uno de los ejemplos más peligrosos de esta ignorancia es la creciente creencia de que los carros principales de combate han quedado obsoletos, supuestamente desplazados por el uso masivo de drones observado en Ucrania. Esta lectura superficial del conflicto europeo – muchas veces liderada por civiles educados en universidades online y ahora convertidos en viceministros de Defensa - ignora deliberadamente el contexto industrial, tecnológico, doctrinario y logístico que sustenta ese tipo de guerra moderna. Asumir que esos mismos medios (millones y millones de drones de ataque) en esas mismas cantidades y con ese mismo nivel de integración tecnológica de punta, estarán también disponibles para los ejércitos latinoamericanos - en un momento en que los ejércitos del mundo están en pleno proceso de equipamiento para una posible tercera guerra mundial— es una fantasía, una alucinación propia de un joven educado en la Universidad de Netflix y que nunca ha experimentado ni los horrores de una guerra moderna y menos aún, a comandado unidades de infantería en batalla. En una batalla contra tanques. Contra muchos, muchos tanques.
Este artículo sostiene que esa conclusión no solo es errónea, sino también peligrosamente irresponsable. Lejos de haber perdido relevancia, el carro principal de combate continúa siendo el instrumento decisivo para romper defensas, maniobrar ofensivamente bajo fuego, conquistar terreno enemigo y sostener esa victoria con tropas… por meses. En los conflictos futuros de América Latina —rápidos, violentos y eminentemente terrestres, en donde el objetivo será conquistar ciudades— el carro de combate no será una reliquia del pasado, sino que volverá a ser el centro de la maniobra del ataque terrestre. El “rey” del campo de batalla no solo no ha muerto, sino que está llamado a recuperar un rol central en los escenarios de guerra del siglo XXI de la región.
“Los tanques siguen siendo indispensables en la guerra moderna del siglo XXI porque combinan alta movilidad todo terreno, protección acorazada y potencia de fuego en una sola plataforma, vital para conquistar y mantener territorios adversarios. A pesar de los avances tecnológicos y las nuevas amenazas antitanque, su capacidad de impacto directo en el campo de batalla moderno no ha sido reemplazada por otros sistemas.” US. ARMY War College 2025.
El error conceptual: drones versus tanques
Seguir pensando que los ejércitos latinoamericanos dispondrán, en caso de conflicto de larga duración, de millones de drones de ataque, integrados con inteligencia artificial, sensores avanzados, enlaces seguros y capacidades de fabricación local sostenidas, es cerrar los ojos a la realidad. Ni siquiera las potencias industriales más avanzadas del planeta tienen hoy la capacidad de producir ilimitadamente estos sistemas. Las fábricas de drones tienen sus líneas de producción comprometidas desde hace años, y en tiempos de guerra, los mercados internacionales simplemente se cierran.
A esto se suma un hecho incuestionable: ningún país de América Latina —con excepciones muy puntuales y aún incipientes— ha desarrollado una industria capaz de producir masivamente drones diseñados para la destrucción sistemática de carros de combate modernos. La idea de que estos sistemas reemplazarán al tanque pesado en el corto o mediano plazo carece de sustento tecnológico, industrial y económico. No somos ni siquiera capaces de fabricar refrigeradores con nuestra propia tecnología y pretendemos dar este salto en plena guerra.
El tanque en el campo de batalla moderno
En contra a la narrativa dominante, el tanque no ha desaparecido del campo de batalla moderno. Ha evolucionado. Un carro principal de combate no opera aislado: avanza integrado al interior de poderosas formaciones acorazadas, protegido por infantería mecanizada, vehículos de combate blindados, unidades de guerra electrónica, defensa antiaérea de corto alcance y, cada vez más, y más sistemas antidrones. Un tanque moderno como el Leopard 2A4 puede resistir múltiples impactos de drones improvisados y continuar combatiendo.
¿Por qué? Los drones de ataque o municiones merodeadoras con altos explosivos – esos diseñados para destruir vehículos blindados - aún no existen en América Latina y, si la industria local pudiera fabricarlos jamás, lo lograría en los niveles industriales requeridos para destruir formaciones de 200 a 400 tanques pesados. Además, para cuando los ejércitos latinoamericanos enfrenten un conflicto convencional en el 2030, la proliferación de sistemas de interferencia, bloqueo y destrucción de drones será estándar en todas las unidades blindadas.
El empleo indiscriminado de drones contra formaciones acorazadas bien protegidas será, en muchos casos, tácticamente ineficaz. (el 90% de los drones de ataque que vemos en Ucrania llevan entre dos y cinco kilos de explosivos y solo pueden dañar levemente – no destruir - tanques ligeros como los T-55, T-72 y T-90 con escaso blindaje en la torreta y que, además, se encuentren con las escotillas abiertas en el momento del ataque.) Como estos drones no son misiles antitanque, no están diseñados para penetrar el blindaje y solo se limitan a dar de baja a las tripulaciones que se encuentran expuestas, con la mitad de su cuerpo fuera del vehículo. Finalmente, prácticamente todos los tanques destruidos en Ucrania han sido impactados por costosos misiles específicamente diseñados en Europa y Estados Unidos con avanzadas ojivas de alto explosivo antitanque (HEAT) de carga hueca, a menudo en configuración tándem para superar blindajes reactivos.
Estos misiles —como el FGM-148 Javelin, el NLAW, el MILAN y Carl Gustaf—, todas armas antitanque proporcionadas por aliados occidentales como parte de la ayuda militar, sumadas al Stugna-P, un sistema de misiles guiados antitanque de fabricación ucraniana, maximizan la penetración vertical de la torreta mediante un chorro de metal fundido a hipervelocidad. Como comprenderán, un dron comercial, por gigantesco que sea, no posee estas complejas capacidades de penetración, y nunca las tendrá. Esa no es su misión ni su diseño. Pero el punto central es otro: una guerra vecinal solo se gana capturando y manteniendo el terreno capturado, y esa labor la realizan solo los tanques. Acumular videos virales de impactos de drones desde el aire con fines de propaganda no cumple con esa misión final en el campo de batalla.
La falacia de la “guerra ligera”
También existe en la región una peligrosa idealización de la guerra “ligera”: pequeños grupos móviles, camionetas 4x4, motocicletas, drones de ataque y fuerzas irregulares a las que llaman “el ejército nacional”. Este enfoque puede ser útil en situaciones de lucha antiterrorista, alteración del orden interno, operaciones contraguerrilla o conflictos de baja intensidad, pero un “ejército” de camionetas Toyota no conquista capitales, no toma puertos estratégicos y no obliga a un Estado enemigo a rendirse. Sobre todo, si ese estado está equipado con centenares de tanques pesados.
La victoria estratégica sigue siendo terrestre y se logra únicamente mediante el avance de decenas de miles de soldados, apoyados por infantería mecanizada y carros principales de combate, capaces de penetrar defensas urbanas, resistir el fuego enemigo y sostener posiciones – generalmente puertos y ciudades – durante meses. Todo esto, apoyado por la superioridad aérea y el control total del aire, mediante el ataque de medio centenar de cazabombarderos que lanzan municiones de precisión contra las posiciones adversarias, totalmente expuestas. Hay que recordar que toda esta destrucción la realizan nuestras unidades de artillería mucho antes de que lleguen los tanques propios.
Con la sola excepción de Brasil y Chile, ningún país latinoamericano cuenta con una fuerza aérea moderna de al menos un centenar de aviones polivalentes supersónicos de tercera y cuarta generación capaces de realizar misiones de apoyo aéreo estrecho (AAE). Si también sumamos oleadas adicionales de aviones de ataque a tierra Super Tucano equipados con sistemas de precisión de última generación para realizar misiones de apoyo aéreo estrecho de forma nocturna destruyendo bases adversarias, aeropuertos, hangares, puentes en retaguardia, comprenderán que al momento del arribo de centenares de tanques Leopard 2 A4, y mil vehículos de combate acorazados - en misiones de apoyo y protección - serán escasos los recursos de los defensores para hacerle frente a tanques pesados especialmente diseñados para resistir cualquier tipo de armamento que aun posean los sobrevivientes de esos ataques aéreos. En resumen, el tanque no opera por sí solo.
La guerra urbana y el mito del tanque inútil
Desde 1950 hasta hoy, ninguna gran ciudad ha sido tomada ni defendida con éxito sin tanques. Las ciudades no anulan al tanque. Castigan al tanque mal empleado y al comandante inepto. Cuando el tanque avanza con infantería, tiene apoyo de ingenieros de combate y zapadores, domina todos los cruces y avenidas de aproximación con su infantería mecanizada y resiste impactos que detendrían a cualquier vehículo ligero, los tanques se toman la ciudad.
Los ejemplos son demasiados. (Mariúpol, 2022 – Tanques rusos toman la ciudad; Mosul, 2016–2017 – Blindados iraquíes derrotan a ISIS; Faluya, 2004 – El tanque vuelve a ser rey: los Abrams recibieron decenas de impactos de RPG y siguieron combatiendo pues fueron decisivos para pulverizar posiciones fortificadas en edificios, Grozny (segunda guerra), 1999–2000 – Rusia aprende y gana. En 1994 fracasaron, pero en 1999 volvieron con infantería mecanizada, artillería, procedimientos urbanos bien entrenados y tomaron la ciudad, etc.
América Latina no es Ucrania. Nadie le va a prestar billones de dólares para financiar una guerra vecinal durante cinco años
Las ciudades modernas no se capturan con fusileros a pie, vehículos Polaris de Golf, ni drones comerciales. Las capitales se capturan con brigadas mecanizadas compuestas por miles y miles de hombres, apoyadas con masivas formaciones blindadas, artillería autopropulsada de 155 mm, baterías de cohetes de largo alcance, miles de vehículos de combate de infantería armados con cañones automáticos de 20, 25 o 35 mm, y con columnas logísticas robustas – esas que están compuestas por cientos de vehículos de soporte - que permiten mantener el esfuerzo de combate durante semanas o meses… no por un fin de semana.
La historia reciente del siglo XXI ha demostrado, una y otra vez, que las fuerzas acorazadas sí ingresan con facilidad a las ciudades, puertos, villas y aldeas, y sí las capturan cuando esas mismas fuerzas blindadas están bien empleadas profesionalmente, conforme a la doctrina de la batalla aeroterrestre. Veamos ahora la realidad de la región.
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Tanque Leopard 2A4 en la 3ª Brigada Acorazada del Ejército de chile (Ejército de Chile)
Chile: Una fuerza acorazada plenamente operativa en América Latina
Chile constituye, sin discusión, la referencia regional en materia de fuerzas acorazadas. No por narrativa institucional, propaganda ni por cifras presentadas en anuarios internacionales, sino por una condición que escasea en América Latina: la capacidad real, sostenida y verificable de operar modernas fuerzas mecanizadas en combates de alta intensidad. El Ejército de Chile dispone – hace décadas - de una masa crítica de carros principales de combate que ningún otro país latinoamericano puede igualar en términos de números efectivos, nivel de alistamiento, letalidad y tecnología.
Su núcleo está compuesto por aproximadamente doscientas (200) unidades Leopard 2A4CH, complementadas por cerca de doscientas unidades Leopard 1A5, todas ellas doctrinariamente integradas en brigadas acorazadas y mecanizadas plenamente operativas. Más allá del modelo específico, lo verdaderamente determinante es que estos carros se encuentran operativos y no almacenados, cuentan con sistemas de tiro estabilizados y sensores térmicos modernos, disponen de munición vigente y compatible, y operan con tripulaciones completas entrenadas de manera permanente… por décadas. Esta combinación permite al Ejército de Chile concentrar, desplegar y sostener modernas formaciones acorazadas de gran tamaño – incluso superiores a la mayoría de los ejércitos europeos - algo que simplemente no existe en el resto de la región.
La principal ventaja chilena no radica únicamente en el carro de combate, sino en la impresionante arquitectura logística que lo respalda. Chile desarrolló, con apoyo alemán, gigantescos centros de mantenimiento pesado capaces de recuperar motores, transmisiones y sistemas electrónicos complejos, reparar sofisticados sistemas optrónicos, modernizar plataformas completas y sostener flotas acorazadas durante campañas prolongadas. A diferencia de la mayoría de los ejércitos latinoamericanos, el Ejército de Chile, al haber tomado las precauciones del caso con años de anticipación, no depende actualmente de la importación inmediata de repuestos críticos en tiempo de guerra, un factor decisivo en escenarios de conflicto real, especialmente cuando los mercados internacionales priorizan a países ya involucrados en conflictos de alta intensidad.
Las fuerzas acorazadas chilenas no operan de forma independiente, sino que están plenamente integradas a una extensa y moderna flota de vehículos de infantería mecanizada. Con una flota de más de 1.000 vehículos que incluye plataformas M-113 modernizadas, vehículos Marder armados con cañones automáticos de 20 mm y una amplia gama de vehículos 6x6 y 8x8 – debidamente protegidos por regimientos de artillería pesada – la infantería acompaña a los tanques Leopard, permitiendo ejecutar operaciones combinadas en terrenos abiertos y, en particular, en entornos urbanos de forma nocturna. Esta integración garantiza que los tanques avancen siempre protegidos por una moderna infantería mecanizada capaz de asegurar o destruir todo tipo de edificios, neutralizar amenazas antitanques, penetrar en el corazón de la ciudad adversaria y consolidar el terreno conquistado, algo esencial en cualquier operación ofensiva moderna.
En el ámbito del entrenamiento, Chile mantiene una ventaja cualitativa decisiva. Es el único país de América Latina que dispone de sistemas avanzados de simulación de combate acorazado capaces de reproducir con alto realismo el trabajo coordinado del comandante, el artillero, el conductor y el municionero. Estos simuladores europeos replican con gran realismo el interior de un tanque Leopard, lo que permite, al utilizar cuatro simuladores, entrenar simultáneamente a varias tripulaciones, que actúan como pelotón de tanques o como subunidad táctica. Este tipo de entrenamiento desarrolla velocidad de reacción, coordinación bajo presión y toma de decisiones – a niveles de pelotón, compañía y batallón - en escenarios nocturnos complejos. Todas estas capacidades no se pueden adquirir mediante ejercicios aislados o simuladores básicos de tripulación – esos que ocupan un laptop en una mesa de escritorio con un mouse - aún muy comunes en el resto de la región, sino más bien por medio del empleo de grandes y complejos simuladores de tanque europeos en el gigantesco centro nacional de entrenamiento de blindados ubicado en medio del desierto Chileno.
Desde una perspectiva estrictamente militar, ningún país vecino dispone hoy de la capacidad integrada necesaria para detener una ofensiva acorazada chilena correctamente planificada. Para hacerlo, sería imprescindible contar con superioridad aérea sostenida, helicópteros antitanque especializados, artillería de cohetes de largo alcance con alta precisión, sistemas de inteligencia y vigilancia en tiempo real, y la capacidad de operar estas herramientas de forma coordinada día y noche con avanzados sistemas de mando y control.
Este conjunto de capacidades no existe de manera integrada en ningún ejército sudamericano, con la sola excepción parcial de Brasil, país que, por razones geopolíticas, económicas y estratégicas, no representa un escenario de conflicto con Chile, pues es una nación que ve a Santiago como un aliado militar. Gracias a este nivel de preparación, Chile no enfrenta una urgencia inmediata para reemplazar sus carros principales de combate. Su desafío estratégico no es la compra apresurada de nuevos tanques en un mercado internacional saturado y con plazos de entrega que oscilan entre ocho y doce años, como veremos en el caso peruano, sino la continuidad de procesos de modernización selectiva, la integración de capacidades antidrones y de guerra electrónica, el incremento y la mejora de sus unidades logísticas de ataque en campañas ofensivas de larga duración (talón de Aquiles en la planificación chilena) y la profundización del entrenamiento combinado. Prácticamente todas estas necesidades están siendo cubiertas por la empresa Turca ASELSAN. Aun así, no todo es perfecto. El limitado número de vehículos recuperadores de tanques – esos que cambian los motores y torretas en el campo de batalla - reduce la velocidad de ataque de esos 400 Leopard. Esto representa una clara oportunidad de negocios para empresas Danesas como GLAUCUS, especializadas en la venta de este tipo de vehículos, que, a diferencia de casi todos los fabricantes europeos, no tienen todas sus líneas de fabricación comprometidas con contratos de la OTAN y pedidos en Ucrania por los próximos ocho años.
En síntesis, Chile no solo posee tanques: posee una fuerza acorazada funcional, equilibrada y sostenida, algo excepcional en América Latina. Su diseño de fuerza y doctrina de combate demuestran que el carro principal de combate no ha perdido relevancia en el siglo XXI, sino que sigue siendo decisivo cuando está respaldado por una doctrina de combate ofensiva, logística veloz y agresiva que acompaña en el ataque a las fuerzas blindadas en el campo de batalla nocturno. Para el resto de la región, Chile no es un competidor directo, sino el estándar que evidencia la brecha entre los inventarios teóricos y el poder militar efectivo de la fuerza acorazada.
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Tanque Leopard 1 del Ejército Brasileño.
Brasil y sus Leopard 1, la disuasión dormida
Cuando Brasil decidió adquirir más de 370 carros de combate Leopard 1A5BR procedentes de Europa, la apuesta parecía lógica en el papel. Un blindado probado, robusto, conocido por la doctrina occidental y disponible a bajo costo. Lo que no se dijo entonces —o no se quiso ver— es que muchos de esos vehículos llegaban al país en un estado lamentable, casi fantasmal: incompletos, canibalizados, sin piezas críticas, con motores agotados y con sistemas de combate esenciales ausentes o inoperantes.
Hoy, años después, el balance resulta aún más incómodo. El programa de revitalización de la fuerza blindada brasileña continúa formalmente en marcha, pero más del 70 % de la flota permanece inmovilizada en bodegas, como una colección de reliquias industriales. Carecen de repuestos de motor, sus sistemas de armas no están operativos y la logística que debía sostenerlos simplemente no existe. El número de carros plenamente operativos no supera —en el mejor de los casos— las 48 unidades, y aun así apenas están en condiciones para operar más allá de unos pocos días en un escenario real de combate. Y esas son las buenas noticias.
El origen del problema no es técnico, sino político. Hace ya varios años, el gobierno alemán decidió cancelar el apoyo logístico, el suministro de repuestos y la asistencia de mantenimiento al gobierno del presidente Lula. Desde ese momento, los Leopard brasileños quedaron huérfanos. Sin visión nocturna moderna, sin miras térmicas de adquisición de blancos, sin sistemas de estabilización de tiro y sin stocks críticos en inventario, su valor estratégico quedó severamente degradado. No son tanques inútiles, pero sí tanques incompletos, limitados, dependientes de una solución externa que nunca llegó.
Pero el error estructural fue aún más profundo. En el momento de la compra, el Ejército Brasileño no creó un centro nacional de mantenimiento de nivel europeo. No se estableció una capacidad industrial propia, ni una cadena logística integrada y autónoma, ni un plan de ciclo de vida. Los carros llegaron al país, se estacionaron en bodegas y se confió —casi como un acto de fe— en que algún futuro general impulsaría un programa serio para levantar esa enorme flota. Ese momento nunca llegó. Lo que ha existido desde entonces son contratos aislados, esfuerzos fragmentarios y una enorme cantidad de ingenio para lograr que, al menos, un puñado de carros vuelva a moverse. Pero solo eso… moverse. Paradójicamente, la oportunidad sigue ahí. Y es una oportunidad enorme.
La vía más realista para devolver a esta flota un nivel aceptable de alistamiento y efectividad pasa hoy por empresas europeas —especialmente españolas— que aún mantienen capacidad industrial disponible. Empresas que no solo cumplen con sus compromisos OTAN en el viejo continente, sino que también podrían desplazarse a Brasil con motores adicionales, repuestos, piezas críticas e ingeniería especializada para sacar de las bodegas a casi 320 Leopard 1A5 dormidos. No se trata de modernizarlos al estándar de un carro de última generación, sino de devolverlos a la vida, a la masa, al número, que es donde realmente estos tanques recuperan su verdadero sentido estratégico.
En segundo lugar, aparecen actores turcos, como ASELSAN, que podrían estar en condiciones de reparar con notable rapidez al menos una porción significativa de esta flota. Brasil necesita soluciones pragmáticas, rápidas, orientadas a volumen, no a la perfección técnica. Si la guerra está cerca… y todo parece indicar que así es, entonces Brasil no tiene tiempo que perder.
Recordemos que el verdadero valor de los Leopard brasileños no está en la sofisticación individual, sino en el conjunto, en la masa de esos casi 400 tanques. El día en que Brasil logre reactivar esta gigantesca fuerza blindada, pasará automáticamente a ser la segunda fuerza acorazada más poderosa, moderna y bien equipada de América Latina. Y el contexto geográfico multiplica ese poder.
El sur de Brasil es un terreno hecho para la maniobra: grandes extensiones planas, una red de carreteras que conecta con rapidez el interior del país y con sus vecinos inmediatos, y la capacidad de desplegar en pocos días brigadas acorazadas completas. En ese escenario, cualquier intento de penetración terrestre por parte de una fuerza estatal —o incluso de una coalición de países en contra de Brasil — sería un ejercicio suicida. No solo por los Leopard. El Ejército Brasileño dispone probablemente de la mayor y más diversa artillería de la región: regimientos de artillería pesada, autopropulsada, tractada y de cohetes MRLS de largo alcance. Un paraguas de fuego capaz de pulverizar concentraciones enemigas, abrir corredores y permitir el avance rápido de grandes masas acorazadas. En ese marco, los Leopard 1, empleados conforme a la doctrina moderna y en volumen, se convierten en un instrumento devastador de defensa territorial.
Así, estos tanques cumplen una misión que trasciende el combate directo. Generan paz a través de la disuasión. No necesitan disparar para ser efectivos; basta con que estén operativos, desplegables y visibles. Brasil, con esta flota reactivada, garantiza la protección de sus fronteras frente a cualquier intento serio de agresión terrestre.
Hoy, los Leopard brasileños duermen en bodegas. Pero no están muertos. Son una disuasión dormida. Y cuando despierten —si despiertan— cambiarán el equilibrio estratégico del Cono Sur durante décadas.
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Un tanque K2 Pantera Negra como expuesto en Perú en SITDEF 2025. (foto SITDEF)
La fuerza blindada del Perú: una potencia que descansa en la fe y la esperanza
La historia de las unidades blindadas del Perú es, en todos los sentidos, una auténtica montaña rusa. Desde su origen, la totalidad de sus carros de combate ha provenido de arsenales soviéticos, una herencia que, en su momento, otorgó volumen y presencia, pero que hoy se ha convertido en un pasivo estratégico.
La llegada, durante la década de 1970, de más de 330 tanques T-55 armados con un cañón de 100 mm, sumada a un parque superior a 110 vehículos AMX-13 antitanque con cañones de 75 mm incorporados en 1965, proyectaba, sobre el papel, una imagen de poder blindado considerable. Sin embargo, esa imagen nunca pasó de ser eso: una fotografía congelada en el tiempo. En combinación con estos más de 400 vehículos blindados, el Ejército del Perú ha arrastrado históricamente un problema estructural y cultural: la incapacidad crónica para gestionar el mantenimiento con estándares profesionales elevados. Cualquier visita —en cualquier época y en cualquier región del país— a una unidad del Ejército peruano permite constatar en cuestión de segundos la ausencia de una cultura sólida de mantenimiento profundo y preventivo.
El mantenimiento, ese que nace de una comprensión íntima de los sistemas de armas y de la disciplina técnica heredada de ejércitos profesionales antiguos, nunca logró arraigarse en la cultura del oficial peruano. Y como ocurre siempre en las organizaciones militares, el mal ejemplo se replica hacia abajo. Lo mismo sucede en los escalones subalternos y en el cuerpo de suboficiales: La falta de atención al detalle, la ausencia de inspecciones diarias rigurosas, el incumplimiento sistemático del registro técnico de cada vehículo, y la inexistencia de una cadena efectiva de reportes escritos hacia los comandantes de regimiento y, desde allí, hacia la Dirección de Material de Guerra prácticamente nunca fue bien implementada. El resultado es devastador. En la práctica, un material que hoy supera los 52 años de uso ha desaparecido de los inventarios operativos del Ejército peruano.
En términos simples y brutales: el Perú no dispone hoy de más de 17 tanques T-55 capaces de encender motores y desplazarse dentro de un cuartel. Ninguno de ellos cuenta con sistemas de visión diurna o nocturna, carece de asistencia electrónica de puntería, ni —mucho menos— posee computadoras balísticas que permitan efectuar fuego preciso más allá de los 800 metros. Estamos, por tanto, ante una fuerza acorazada nominal, que deja al país con sus fronteras críticamente vulnerables frente a un ataque blindado adversario. Y el problema se agrava por la geografía. Los terrenos del Perú son ideales para la maniobra acorazada: extensas zonas planas, ausencia de obstáculos naturales relevantes y ejes de penetración claros tanto desde el norte como desde el sur. En una guerra, grandes formaciones blindadas enemigas podrían avanzar a alta velocidad sin encontrar una resistencia estructurada y bien organizada que les haga frente. Esta es una vulnerabilidad estratégica que debió haberse corregido hace décadas.
Tan importante y crítico es el tanque que – en pleno siglo 21 - el Perú decidió invertir una suma millonaria para adquirir cientos de tanques principales de batalla a la mayor velocidad posible. Sin embargo, como ha ocurrido históricamente, el Ejército del Perú continúa firmando acuerdos y anunciando futuras adquisiciones de “tanques modernos”, sin leer la letra chica del contrato. En ese contexto se inscribe la decisión —anunciada pero no materializada— de adquirir 150 tanques K2 de Corea del Sur, junto con más de 280 vehículos 8×8 del mismo origen. Todo esto con una inversión inicial estimada en $270 millones de dólares y un valor total del proyecto que podría superar los $1.400 millones. Todo parece indicar que este país tiene muy claro que sin tanques… la guerra no se gana.
Sin embargo, firmar acuerdos cuando el mundo está ingresando a un período de guerras, no implica la llegada segura de estos tanques. Un análisis mínimamente serio revela la realidad: en el mejor de los escenarios, las fábricas surcoreanas no están en condiciones de entregar más de 12 tanques por año. Sus líneas de producción están comprometidas con pedidos prioritarios de 360 tanques K2 para Polonia y 150 tanques más del mismo modelo para el ejército surcoreano. La orden peruana, si llega a ejecutarse, quedará inevitablemente al final de la lista de pedidos al interior de la fábrica, con entregas de 5 a 10 tanques anuales a partir del 2029 y hasta el año 2040. Dicho en Cristiano, si el Perú va a la guerra el 2030, lo hará con 11.3 tanques K2 y con tripulaciones con escaso y reciente entrenamiento. Lo ve hasta un niño.
Todo esto refuerza el valor central, crítico y estratégico de disponer, con la debida antelación, de fuerzas blindadas operativas, que, al menos en el caso peruano, permitirían garantizar un mínimo de disuasión frente a fuerzas acorazadas modernas. Lamentablemente, firmaron el contrato demasiado tarde: 14 años tarde, para ser exactos. A modo de equilibrar la situación, y aunque el Perú adquirió entre 2008 y 2012 aproximadamente 600 misiles antitanque a proveedores israelíes, es altamente probable que, debido a la misma deficiente cultura de mantenimiento, una parte significativa de esos misiles no esté correctamente almacenada ni operativa. A ello se suma la ausencia de simuladores y programas de entrenamiento adecuados, lo que implica una escasez de tripulaciones y de equipos de tiro realmente capacitados para su empleo efectivo en el combate antitanque, tanto diurno como nocturno.
Y es que, al definir cómo van a detener a los tanques enemigos, el problema es aún mayor. El Ejército del Perú carece de una doctrina moderna para el empleo de unidades cazatanque, esas que están integradas a redes y sistemas de inteligencia de campo de batalla, debidamente combinadas con ágiles unidades de reconocimiento y capacidad de maniobra. El ejército, al parecer, descarta – o no recuerda - que toda fuerza blindada enemiga siempre, absolutamente siempre, avanza precedida por sensores aéreos, navales y terrestres. En caso de un conflicto, los vecinos del Perú siempre utilizarán el mar como vía natural para desembarcos anfibios en la retaguardia de cualquier posición defensiva. La observación desde el mar, combinada con medios aéreos, es constante, por lo que cualquier posición defensiva peruana sería rápidamente detectada y atacada a grandes distancias mediante artillería de campaña, cohetes de largo alcance de 160 mm y aviación en misiones de apoyo aéreo estrecho. Y estas son amenazas para las cuales el Perú – hoy en día - no dispone de defensas activas modernas.
Una vez más, como se señaló al inicio de este análisis, la ausencia de una fuerza blindada moderna no solo debilita la defensa nacional, sino que, en términos incómodamente militares… invita al ataque. Existen, sin embargo, soluciones realistas y de corto plazo. Una de ellas es la contratación de empresas locales como Diseños Casanave, en Lima, que ha demostrado históricamente una capacidad notable para pensar fuera de la caja y ha propuesto programas de modernización para los pocos tanques que aún conservan movilidad. Otra opción viable es recurrir a empresas españolas, esas que cuentan con amplia experiencia en reparación y modernización de carros blindados. Una tercera alternativa —quizás la más inteligente— es una combinación de capacidades locales y españolas, dado que ningún otro país de la OTAN priorizará los requerimientos de Lima.
Estas son opciones realistas, rápidas de implementar y con resultados tangibles, si lo que se busca en Lima es recuperar, aunque sea parcialmente, una capacidad defensiva blindada creíble en el corto plazo.
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Tanque Argentino Mediano, TAM 2C6.
Argentina: La caída de los dioses
El caso argentino no es simplemente una historia de auge y caída militar: es el ejemplo más inaudito de un Estado latinoamericano que, durante un breve pero decisivo período, comprendió que el poder militar era una herramienta legítima de orden regional. Argentina construyó un poderoso aparato militar real, no simbólico, guiado por una visión estratégica coherente y por una ambición estatal que asumía —sin complejos— que la influencia se ejerce o se pierde. A partir de la década de 1950, Buenos Aires identificó a Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile no como socios inevitables, sino como molestas variables geopolíticas que podían limitar su proyección natural en el Cono Sur.
Esa lectura no era ideológica ni emocional: era estructural. Para Buenos Aires, el control del Atlántico Sur, el acceso al Pasaje de Drake, la proyección antártica y la supremacía sobre los corredores bioceánicos exigían una superioridad militar que trascendiera lo visible. Más allá de lo disuasorio. Esa tenía que ser una fuerza capaz de proyectar un poderío militar aplastante. Para alcanzarla, el Estado argentino inició un masivo proceso de modernización castrense sin precedentes en América Latina. La escala de la inversión pública, la planificación estratégica de largo plazo y una obsesión sistemática por la autosuficiencia en tecnología militar colocaron a la Argentina —durante décadas— muy por encima de cualquier competidor regional. No existía paridad. Existía asimetría. El país operaba en una categoría distinta, a nivel europeo y, en muchos casos, muy superior, con una fuerza militar diseñada no para la defensa pasiva, sino para la disuasión activa y la imposición de la fuerza mediante capacidades estratégicas.
Argentina fue el primer país de la región en operar hasta dos portaaviones, con la aviación naval de ataque más numerosa y moderna de habla hispana en el mundo, con pilotos altamente entrenados y una capacidad de proyección de fuerza sin comparación en la región. Simultáneamente desplegó una fuerza de submarinos de ataque altamente capacitados, una flota de superficie dominante en el Atlántico Sur y un ejército de tierra numeroso, profesional y extraordinariamente bien equipado. No era una fuerza simbólica ni defensiva: era una herramienta de poder pensada para disuadir, proyectar y, llegado el caso, imponer. ¿El objetivo de esta fuerza naval? Dominar el mar para permitir la maniobra terrestre a través de gigantescas formaciones blindadas.
Durante su edad dorada, el país fabricó aviones de combate de última generación, desarrolló artillería pesada propia y produjo una inmensa flota de tanques medianos modernos, apoyándose parcialmente en la cooperación tecnológica con Alemania Occidental. Más importante aún: diseñó un sistema de reclutamiento que priorizaba a oficiales y suboficiales provenientes de la clase media ilustrada, egresados de buenos colegios y universidades. A diferencia de la mayoría de las fuerzas armadas latinoamericanas —con la excepción parcial de Chile y Brasil—, Argentina apostó por el capital humano como multiplicador estratégico. El resultado fue una institución con mística profesional, densidad intelectual y confianza absoluta en su propia superioridad. Mucha confianza en su superioridad. Demasiada confianza.
Pero todo poder prolongado genera distorsiones internas. En el corazón de ese aparato militar se incubó un germen peligroso: el exceso de soberbia. Una autopercepción de invulnerabilidad que, con el tiempo, se transformó en arrogancia doctrinaria. Y cuando una fuerza alcanza un nivel de superioridad regional tal, surge una presión inevitable: la necesidad de probarse frente a un enemigo real. Para el “pensamiento estratégico” Argentino de finales de los años setenta, ese enemigo fue Chile. Tenía que ser Chile.
Bajo el pretexto de consolidar su reivindicación territorial en la Antártida —una que está en conflicto, porque está superpuesta a la reclamación chilena—, en 1978 Argentina preparó una invasión a gran escala. Sobre el papel, el plan era perfecto porque descansaba en la poderosa columna vertebral del ejército… sus fuerzas blindadas y acorazadas. No infantería ni paracaidistas. Los puños de acero eran grandes formaciones de tanques TAM (230), AMX-13 (80), SK-105 Kurassier (112) y casi 400 tanques Sherman repotenciados con poderosos cañones de 105 y 75 mm, que avanzarían a través de distintos pasos cordilleranos con el objetivo de fragmentar Chile en tres. Todo esto, apoyado por más de 200 modernos aviones a reacción, artillería pesada y múltiples operaciones anfibias y desembarcos de infantería de marina Argentina en el sur de Chile. Con casi mil tanques en el ataque, esta era una maniobra clásica de guerra relámpago aplicada a un teatro sudamericano.
Sin embargo, en el seno del alto mando del Ejército argentino se impuso el miedo. Miedo a la guerra de montaña. Miedo al terreno estrecho, quebrado, vertical. Miedo a que la geografía chilena —hostil por naturaleza— neutralizara la velocidad, el alcance y el poder de choque de las columnas blindadas. El fantasma de emboscadas con columnas destruidas en angostos pasos cordilleranos y miles de bajas humanas, paralizó la decisión. La ofensiva —que, honestamente, sí tenía buenas probabilidades de éxito— fue cancelada. Y con esa cancelación comenzó el declive invisible de una fuerza concebida para brillar, no para dudar.
Cuatro años después, en 1982, el error se repitió. Esta vez en el Atlántico Sur.
La invasión de las Islas Malvinas se llevó a cabo sin una planificación estratégica sólida, sin una doctrina conjunta y sin una comprensión honesta del adversario. Más de 23.683 soldados argentinos, esta vez todos de infantería – la mitad de ellos conscriptos, mal entrenados y pobremente equipados - fueron desplegados sin blindados, sin vehículos acorazados, con artillería limitada y bajo un sistema de mando fragmentado entre las tres fuerzas. La coordinación operacional —esa que dicta la doctrina de combate moderna— fue inexistente. El resultado fue predecible: la aviación argentina fue neutralizada por misiles modernos y cazas superiores; la flota de superficie fue espantada y arrinconada en sus puertos por submarinos nucleares británicos; y el contingente terrestre quedó completamente aislado, sin apoyo logístico ni maniobra posible. La rendición fue rápida. Y total.
¿Lo más trágico y lo más imperdonable?
Que la derrota argentina no fue inevitable. Fue una decisión. Si la Argentina hubiese desplegado apenas 48 tanques medianos TAM, armados con cañones de 105 mm, la victoria británica habría sido materialmente imposible. No improbable. No costosa. Imposible.
La Fuerza Aérea Argentina cumplió su misión con una eficacia que aún hoy incomoda a los analistas occidentales: destruyó la columna vertebral logística de la fuerza expedicionaria británica. En el Atlántico Sur quedaron hundidos o inutilizados casi todos los helicópteros de transporte pesado, gran parte de la artillería de campaña, enormes reservas de munición y la mayoría de los vehículos blindados ligeros y todoterreno. El resultado fue brutal y objetivo: Gran Bretaña perdió la guerra de maniobra antes de pisar tierra firme. Lo que desembarcó en las islas no fue una fuerza mecanizada moderna, sino infantería ligera aislada, sin movilidad, sin blindaje y con un apoyo de fuego extremadamente limitado. Soldados a pie, armados solo con fusiles, bayonetas y granadas de mano. Nada más. Ni siquiera contaban con camiones suficientes para transportar la munición. Avanzaban cargando todo sobre sus espaldas, hundidos en el barro, bajo la lluvia constante, atacando posiciones argentinas fortificadas en altura. Esa fue la realidad operativa británica. Y aun así, el ejército argentino les permitió ganar.
No existe una lectura alternativa seria de esta guerra: si el Ejército Argentino hubiese empleado una fracción mínima de su inventario blindado (un regimiento de tanques), el conflicto habría terminado en días. Las fuerzas británicas no disponían de armamento antitanque eficaz, ni de un amplio arsenal de misiles ni de sistemas de acompañamiento capaces de enfrentar escuadrones de carros de combate que podían destruirlos a kilómetros de distancia y que eran, en términos prácticos, carros blindados inmunes a todo lo que la infantería inglesa llevaba consigo. Frente a tanques argentinos operando desde posiciones dominantes, la fuerza expedicionaria habría sido aniquilada o forzada a evacuar. No por heroísmo. Por física, por balística y por doctrina de empleo. El tanque habría cambiado la historia de las islas… ¡porque la caballería blindada los habría rescatado!
La conclusión es incómoda pero ineludible: la guerra no se perdió por inferioridad material, ni por falta de coraje, ni por mala suerte. Se perdió por incompetencia profesional en los niveles más altos de conducción militar y política.
Cuando un ejército moderno es dirigido por oficiales sin formación doctrinal sólida y sin comprensión real del empleo combinado de armas, entonces los sistemas más poderosos del mundo se convierten en chatarra inútil. La derrota se vuelve una certeza matemática. Y esto ocurre sin importar cuán débil, improvisado o mal equipado sea el adversario. Por eso resulta casi grotesco que, medio siglo después, sigamos escuchando los mismos argumentos reciclados: que el tanque está obsoleto, que ya no tiene lugar en el campo de batalla moderno. La historia militar —no la opinión— demuestra exactamente lo contrario. En pleno siglo 21, el carro blindado es hoy más relevante, más letal y más decisivo que nunca, especialmente en escenarios como los de América Latina, donde la geografía, la infraestructura y el tipo de conflicto lo favorecen abiertamente.
Pero hay una verdad aún más brutal: ningún sistema de armas salva a un ejército dirigido por incompetentes. En manos de oficiales ineptos, incluso el arma más poderosa garantiza el mismo desenlace de siempre.
La derrota
Porque la victoria, una vez más, está reservada para quienes sí entienden cómo se gana una guerra moderna. Por eso la importancia de tener este diálogo.
A partir de 1983, las Fuerzas Armadas argentinas fueron castigadas política y presupuestariamente. Los recortes fueron sistemáticos, profundos y prolongados. La fuerza de más de 300.000 hombres se redujo drásticamente a un esqueleto sin músculos. Los tanques envejecieron sin reemplazo. Los buques, muchos con más de medio siglo de servicio, quedaron sin armamento moderno. Y la aviación de combate —orgullo histórico del país— en diciembre de 2024… simplemente desapareció. Dejo de existir. En menos de treinta años, Argentina perdió todo el potencial militar que alguna vez la definió como potencia regional.
Pero la historia siempre nos recuerda que todo funciona a partir de ciclos. Sólo en los últimos meses, y bajo la presidencia de Javier Milei, comienza a vislumbrarse un intento de reconstrucción del poder militar nacional. Con inversiones iniciales relevantes, el país avanza en la incorporación de seis cazas F-16 y en la modernización limitada de una docena de tanques TAM 2C. Es un gesto. Una señal. Pero aún simbólica frente a las necesidades monumentales de una nación que ocupa casi la mitad del territorio sudamericano y que, por su geografía y proyección, requiere fuerzas blindadas numerosas, modernas y sostenidas por un aparato logístico de escala industrial.
¿La amenaza?
En el escenario regional actual, la ausencia de un componente acorazado robusto, moderno y autosustentable convierte a la Argentina —al igual que al Perú— en un actor vulnerable ante conflictos de alta intensidad. Las guerras del siglo 21 no se ganan con voluntarismo ni discursos, sino con potencia de fuego continua, logística ágil y multipropósito, esa que acompaña con centenares de vehículos a las unidades de ataque en la primera línea y un sólido respaldo de soporte técnico nacional, garantizado por una doctrina profesional y una voluntad de combate llevadas al extremo. Porque el soldado que carece de fanatismo, doctrina y severa disciplina… ese que no cree en la guerra, ese se rinde. Ninguna gran ciudad, puerto o infraestructura crítica puede ser tomada y sostenida sin grandes unidades blindadas capaces de detectar, acorralar y destruir al enemigo a varios kilómetros de distancia, especialmente de noche, cuando más del 80% de las fuerzas adversarias sudamericanas carecen de visión nocturna efectiva.
Hoy, sólo un puñado de países del continente latinoamericano dispone de tanques verdaderamente modernos equipados con sensores térmicos avanzados, sistemas de puntería electrónicos y dominio nocturno total, capaces de ver y destruir objetivos a más de 4.000 metros de distancia. La mayoría, en cambio, opera vehículos obsoletos, con blindaje sumamente ligero, cañones de corto alcance y nula capacidad nocturna. En un enfrentamiento del siglo XXI, esas fuerzas están condenadas desde el primer disparo, pues serían destruidas por unidades de infantería modernas que las superan en poder de fuego y en letalidad.
El TAM 2C argentino y su programa de modernización podrían, en el mediano plazo, reequilibrar parcialmente el panorama. Pero la historia no se detiene. El tiempo juega en contra y cada año perdido amplía la brecha entre el pasado glorioso y el presente frágil.
Argentina supo ser la vanguardia militar de América del Sur. Por eso fue admirada. Y por eso duele y sorprende su caída. Su desafío actual no es sólo recuperar material y tecnología, sino reconstruir su doctrina, liderazgo y espíritu estratégico. La defensa de la patria no se sostiene con nostalgia, sino con visión, disciplina y el coraje necesario para volver a edificar el poder que una vez asombró al continente… y a sus adversarios.
Conclusiones:
Y así llegamos al punto central —el que nadie quiere decir en voz alta porque suena “políticamente incorrecto” en tiempos de drones, redes sociales y guerras editadas en video—: en el siglo XXI la victoria sigue siendo, brutalmente, territorial. Y el territorio no se conquista con camionetas rápidas, ni se sostiene con patrullas ligeras, ni se “controla” con sensores desde un dron comercial. El territorio se toma y se retiene con masa, con blindaje, con fuego continuo, con tecnología de punta, con logística propia, con brigadas enteras que avanzan bajo castigo y se mantienen operativas durante semanas. Esas que conquistan y ocupan de forma permanente el terreno capturado. En otras palabras: con formaciones blindadas reales, articuladas alrededor de carros principales de combate pesados, modernos, que avanzan con capacidad de fuego nocturna, y protegidos por su ecosistema completo (infantería mecanizada, guerra electrónica, defensa aérea de corto alcance y capacidades antidrón).
América Latina, por sus fronteras extensas y por la fragilidad política estructural de varios estados, pero principalmente por la ausencia y el desinterés de los Estados Unidos que a partir de ahora NO intervendrá en guerras sudamericanas, no está entrando a una era de “guerras ligeras”. En cambio, ahora está mutando —aunque aún no lo entendamos— a una era de guerras vecinales a gran escala, de larga duración, que serán decididas en tierra, donde quien pueda concentrar primero una fuerza acorazada competente impondrá hechos consumados antes de que el adversario siquiera reaccione.
Y aquí aparece la verdad final: los países que, desde hoy, construyan y sostengan fuerzas blindadas pesadas operativas —no simbólicas— garantizarán disuasión, impondrán respeto y, llegado el momento, asegurarán la victoria. Los derrotados quedarán reducidos a lo de siempre: informando a su pueblo sobre el porqué de la rendición, funerales y mapas perdidos.
Por eso, este panelista —o si se prefiere, este ensayista— cierra con una afirmación incómoda pero inevitable: el rey no murió. Solo estuvo mal interpretado. En las próximas dos décadas, cuando el continente vuelva a mirar el terreno y no la propaganda, veremos el retorno de la lógica que nunca se fue: el regreso del Rey Tanque a América Latina. No como nostalgia, sino como necesidad. No como capricho, sino como condición de supervivencia estatal. Porque al final, cuando se apagan las cámaras y se termina el relato de la propaganda, la guerra no se “gana” desde el aire ni en el mar: se gana avanzando, conquistando para siempre el nuevo y costoso territorio… y para eso… hoy avanzan los tanques. (José Miguel “Mike” Pizarro, ex oficial del Ejército de Chile y ex U.S. Marine, comandante de tanques pesados M1A1 Abrams)






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