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El militar y la geografía del riesgo patológico

La geografía del riesgo patológico es una de las ramas del conocimiento militar indispensable para el cuerpo de mando de un Ejército. Conocer los límites de adaptación, regulación y control fisiológico del cuerpo humano ante agresiones del ambiente, implica el éxito o fracaso de una acción, ya sea que ésta se realice en tiempo de paz o de guerra. De aquí la importancia de este artículo.

Uno de los conocimientos fundamentales que deben tener los jefes y oficiales de cualquier Ejército es el riesgo que implica para la tropa el espacio geográfico, frecuentemente hostil, en que operan. Los hombres que componen un Ejército desarrollan una serie de actividades, tanto en tiempo de guerra como de paz, en los más diversos medios y bajo cargas de trabajo y tensión sumamente variables.

Un oficial del Ejército no puede desconocer las capacidades de adaptación de sus hombres ni el entorno mismo, que puede volverse más peligroso que el enemigo más temible. Si se conoce el peligro es posible hacerle frente, pero si se le ignora hay que sufrir las consecuencias.

En este artículo no se pretende establecer alternativas de acción para la infinidad de casos particulares que se pueden presentar y que los jefes tienen que resolver sobre el terreno de acuerdo a las condiciones que se les presentan, sino solamente enunciar algunos mecanismos que operan ante una geografía que presenta cierto riesgo patológico.

FACTORES VARIOPINTOS

Es conocido del cuerpo de oficiales que ante la posibilidad de una deshidratación por temperaturas elevadas extremas, hay que suministrar a la tropa pastillas de sal para evitar o al menos atenuar los golpes de calor y sus nefastas consecuencias. En caso contrario, ante la exposición a temperaturas gélidas, hay que hacer que los soldados se protejan la cara y regiones del cuerpo expuestas, con grasa de cualquier tipo; introducir papeles o periódicos, que actúan como aislantes efectivos, en el pecho bajo la camisa y en las botas, para mantener el calor del cuerpo y evitar así posibles pulmonías. La presencia de pantanos y zonas de aguas estancadas implica el ataque de vectores de enfermedades transmisibles como el paludismo, lo que hará necesario el uso de repelentes y mosquiteros. Ante cada situación del medio geográfico hostil habrá una manera de prevenir el riesgo, pero para esto es necesario conocer los mecanismos de adaptación y control con que está dotada esa maravillosa máquina llamada cuerpo humano.

La geografía del riesgo patológico consiste en la distribución espacial donde Ias condiciones del ambiente condicionan y, a veces, determinan la incidencia o la prevalencia de una patología en una población.

Uno de los precursores de este tipo de geografía fue el doctor Domingo Orvañanos que escribió Ia obra “Ensayo de Geografía Médica y Climatología de la República Mexicana”.

Este estudio fue prologado por el doctor Eduardo Liceaga, y se imprimió por acuerdo del señor general Carlos Pacheco, secretario de Fomento en 1889. Actualmente se ha podido establecer que los mecanismos reguladores que inducen los ajustes fisiológicos del hombre a los cambios climáticos, actúan sólo dentro de una escala limitada; cualquier demanda excesiva sobre ellos puede causar trastornos fisiológicos profundos.

Aun en las personas aclimatadas, la fatiga y el agotamiento tropicales sobrevendrán si la tensión por el calor se hace sentir por largo tiempo, y la temperatura corporal bajará a niveles peligrosos si se prolonga demasiado Ia exposición al frío.

Así, las zonas donde Ia oscilación térmica es grande, o donde las isotermas extremas son radicales, constituyen áreas donde los procesos homeostáticos del hombre son exigidos más de lo normal. Esto implica, por ejemplo, que la temperatura elevada sea tal vez más peligrosa para quienes sufren enfermedad cardiovascular, porque aumenta el volumen de la sangre mediante la vasodilatación e impone así una exigencia adicional al músculo cardiaco al pedirle mayor rendimiento.

LOS VIENTOS

Se puede mencionar también los efectos patológicos asociados con ciertas clases de viento formados por corrientes de aire descendentes, como el Foehn de Suiza y del Sur de Alemania, el Siroco del Sur de Europa, y el Chinook de las montañas Rocosas. Estos vientos se calientan al descender por Ias faldas de sotavento de las montañas.

Se ha observado que los períodos de Foehn han coincidido con un aumento de la mortalidad general, con trastornos circulatorios o mentales, con suicidios y aun con accidentes de trabajo y de tránsito. Parece que estos efectos patológicos ocurren sin cambio perceptible en alguno de los elementos geofísicos de superficie, puede suceder que ni siquiera los pacientes se den cuenta de que el tiempo meteorológico es malo, en el sentido usual.

foto: Soldados egipcios durante la guerra del Ramadán. El factor climático del desierto del Sinaí debió tomarse en cuenta.

El complejo de reacciones fisiológicas que constituye la entidad clínica conocida como la enfermedad del Foehn, puede pasar aun cuando tal viento persista, hecho que sugiere que esas reacciones son causadas por factores físicos no identificados aún. En este aspecto parece tener importancia que el tiempo del Foehn es precedido por una oscilación característica de la presión barométrica con amplitud de 5.3 milibarios en períodos de tres a quince minutos. Algunas personas que han tenido Ia enfermedad del Foehn han dicho que sienten malestar cuando se les expone a oscilaciones de 0,1 a 0,2 milibarios por cinco segundos a dos minutos. También se ha afirmado que el Foehn hace descender grandes cantidades de ozono de la parte alta de la troposfera, peculiaridad que podría explicar algunos de sus efectos fisiológicos.

Algunas pruebas derivadas de observaciones epidemiológicas, clínicas y experimentales sugieren fuertemente que los cambios atmosféricos súbitos, más bien que cualquier factor climático particular per se, son las circunstancias que más parecen estar asociadas con exacerbaciones en ciertos estados patológicos. Como escribió Hipócrates hace 2.500 años. Los cambios son los principales responsables de las enfermedades, especialmente los cambios más intensos, las alteraciones violentas, en Ias estaciones como en otras cosas. Las estaciones que cambian gradualmente son las más seguras, así como los cambios graduales en el régimen y en Ia temperatura.

LA ESTABILIDAD INTERIOR

La capacidad de adaptarse a ambientes muy diversos no es peculiar sólo del hombre, por supuesto. Los gatos parecen gozar en la tibia comodidad de una habitación confortable, pero también prosperan por entre los callejones de barrios marginados. La adaptabilidad se encuentra en todo ser viviente, y es, acaso, uno de los atributos que más precisamente distinguen el mundo de lo vivo del mundo de la materia inanimada.

Los organismos vivos nunca se someten pasivamente al efecto de las fuerzas ambientales; por más primitivos que sean, todos ellos intentan responder adaptativamente a estas fuerzas, cada uno a su manera propia. Los caracteres de esta respuesta expresan la individualidad del organismo y determinan si ha de experimentar salud o enfermedad en una situación dada.

Como lo expresó por primera vez claramente Claude Bernard la supervivencia y la salud dependen de Ia capacidad del organismo para conservar su ambiente interno en un estado relativamente constante, a pesar de las reiteradas y a menudo extremas variaciones del ambiente externo.

Reconociendo una verdad fundamental y de grandes consecuencias desde antes de que pudiera ser demostrada, Bernard atrevidamente afirmó que la estabilidad del “medio interior” es la condición esencial para Ia vida libre. Más adelante expresó su convicción de que la constancia del medio interior se obtiene por la realización ordenada de los procesos fisiológicos y bioquímicos del cuerpo.

Walter B. Cannon extendió el concepto de Bernard al hacer notar la importancia de los sistemas reguladores que capacitan al cuerpo para dar respuestas eficaces a los estímulos ambientales. Reconoció que los ajustes fisiológicos que tales respuestas requieren necesariamente imponen cambios internos y que es inevitable por lo tanto cierto grado de separación del estado ideal de la constancia interna, pero insistió particularmente en los aspectos homeostáticos de estos cambios fisiológicos.

La homeostasis implica que el cuerpo puede funcionar bien tan sólo mientras puede hacer los ajustes necesarios para que su composición interna permanezca dentro de los límites precisamente definidos para cada organismo.

Por otra parte, las respuestas a los cambios ambientales que dé cada organismo individual, han de ser tales que le ayuden a funcionar de manera adecuada en las condiciones cambiantes. Estas demandas son esenciales para el buen éxito de la vida. Además, se aplican a las poblaciones igual que a los organismos individuales.

foto: La respuesta al duro condicionante climático parece perfecta en la impedimenta de este oficial canadiense.

La propia existencia continua de un sistema biológico, ya sea primitivo o complejo, implica que éste posee mecanismos que lo capacitan a mantener su identidad, a pesar de la interminable presión de Ias fuerzas externas y que, sin embargo, puede responder adaptativamente a tales fuerzas. Los conceptos complementarios de homeostasis y de adaptación son válidos, por tanto, en todos los niveles de la organización biológica; se aplican tanto a los grupos sociales como a los organismos unicelulares o multicelulares.

Sin embargo, la homeostasis es sólo un concepto de regulación interna contra las agresiones del entorno. Los seres vivos no siempre vuelven exactamente a su estado original después de haber respondido a un estímulo. La escala de valores compatibles con su supervivencia y los valores de umbral más allá de los cuales tendrían que intervenir los mecanismos correctivos, constituyen datos pertinentes a Ia definición del organismo como los que establecen su estado ideal de constancia interna.

Es cierto, por supuesto, que los mecanismos reguladores que están presentes en la estructura de cada uno y de todos los seres vivos constituyen los determinantes de lo que Cannon llamó la sabiduría del cuerpo. Pero Ia expresión más común de esta sabiduría no es tanto el mantenimiento de una constancia absoluta del ambiente interno cuando la selección en cada caso particular de una clase de respuesta entre Ias varias posibilidades alternas disponibles para el organismo.

La respuesta a menudo no devuelve al ambiente interno a su estado original; en muchos casos la respuesta ni siquiera es apropiada para el bienestar del organismo. Puede ser excesiva o errónea y por lo tanto suscitar reacciones dañinas o destructivas a partir aun de estímulos muy leves. La enfermedad es la manifestación de tales respuestas inadecuadas. La salud corresponde a la situación en que el organismo responde adaptativamente mientras al mismo tiempo conserva su integridad individual.

Los fisiólogos tienen sus propios significados para el término adaptación y varían de una escuela fisiológica a otra. El concepto de Bernard acerca de la fijeza del milieu interieur y Ia homeostasis de Cannon son interpretados por los fisiólogos modernos como aspectos de los mecanismos en virtud de los cuales el organismo mantiene su estado de adaptación contra las presiones de un medio siempre cambiante.

La homeostasis fisiológica y bioquímica, sin embargo, no basta para explicar todos los mecanismos mediante los cuales los organismos vivientes responden adaptativamente a los estímulos ambientales.

Todos los mecanismos adaptativos tienen, por supuesto, una base genética, pero hay muchas adaptaciones fenotípicas que duran por largo tiempo y que sin embargo no implican modificaciones del genoplasma.

CAPACIDAD DE DEFENSA

Los diversos estados inmunitarios, el bronceado de la piel producido por exposición prolongada o reiterada a la luz solar, el aumento en la concentración de la hemoglobina y en la amplitud de la respiración engendrados por la vida a grandes altitudes, son ejemplos comunes de los cambios adaptativos que son fenotípicos pero, sin embargo, duraderos, y distintos en su naturaleza de los procesos homeostáticos clásicos que responden a la geografía del riesgo patológico.

Ciertamente, el hombre ahora está capacitado para excluir muchas de las agresiones ambientales a las que antes tenía que reaccionar adaptativamente. El acondicionamiento del aire le permite trabajar en una oficina, en el Polo Norte o en Tumbuctú, vestido como si estuviera en un paraíso en los mares del Sur; ya casi no tiene por qué preocuparse de las escaseces estacionales de los alimentos; no tiene por qué sentir realmente hambre o sed y puede disfrutar de sus alimentos predilectos dondequiera en el mundo y en cualquier tiempo del año.

Teóricamente puede liberar su ambiente de organismos patógenos y de otros microbios con intervención cada vez menor de sus mecanismos inmunitarios. Puede controlar el alumbrado, en su calidad y en cantidad, filtrar algunas de las radiaciones solares en el verano y exponerse al sol del Trópico o a radiación artificial en el invierno. Puede aislarse del ruido en una habitación forrada con corcho y, sin embargo, mantener el grado deseado de estímulo auditivo con música de fondo si así lo desea. Está aprendiendo a dominar sus respuestas biológicas y emocionales mediante el empleo de medicamentos que selectivamente inhiben o estimulan varios procesos bioquímicos y fisiológicos.

En resumen, el hombre moderno casi puede orquestar la naturaleza a su antojo, así como la intensidad de los estímulos que recibe del mundo exterior, y está capacitado para ejercer en cierta medida su dominio sobre las respuestas a aquéllos.

Porque es capaz de manipular tantos aspectos de su ambiente y gobernar también hasta cierto punto las operaciones de su cuerpo y de su mente, el hombre moderno ha entrado en una fase de su evolución en la cual muchos de sus atributos biológicos ya no son llamados a actuar y aún pueden atrofiarse por falta de uso.

En conjunto, la especie humana ha perdido mucho de la fuerza física que tuvo en los días del hombre de las cavernas, cuando para sobrevivir necesitaba la capacidad de luchar contra bestias silvestres con palos o aun con los puños desnudos.

Dentro de límites estrechos, los miembros de un grupo determinado son afectados de manera semejante por las deficiencias nutricionales, el calor o el frio, Ias radiaciones, el contacto con los parásitos, la exposición a las sustancias tóxicas y a ciertos estímulos socioculturales. Por otra parte, cada persona de las que forman ese grupo reacciona como si estuvieran volviendo a un mundo privado, donde las fuerzas ambientales toman un significado determinado por sus propias peculiaridades individuales.

Un cuerpo de mando debe estar consciente que hay un límite para la fatiga, para el insomnio, para el stresss, para el hambre, para el frío, para el calor, para la sed, para la angustia, para el dolor, para el miedo, etc. El éxito de un jefe consiste en conocer ese límite, en saber qué tanto puede exigir de sus hombres sin ocasionarles ningún daño.

Las agresiones de una geografía hostil implican un riesgo que hay que conocer para saber en qué medida se van a exigir los procesos internos de control del organismo. Hay un límite abajo del cual cualquier alteración de los distintos sistemas orgánicos son reversibles; pero si sobrepasan, la alteración se transforma en un daño irreparable. Una de las obligaciones del mando es no rebasar ese umbral que implica una patología para las personas que dependen de él.

Por otra parte, anímicamente el soldado debe estar preparado para cualquier acción. Los estímulos que se comuniquen a la tropa van a permitir ampliar su capacidad de adaptación y su resistencia a las agresiones de un espacio geográfico que presente algún riesgo para su integridad física y/o síquica; sin embargo, la única forma de lograr esto es conociendo las variables del entorno a que se tienen que sujetar los hombres.

General de Brigada de la Fuerza Aérea Mexicana Raúl Fuentes Aguilar


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