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Mercenarios, del Líbano a las Seychelles (1970-1982)

Los años sesenta fueron, sin lugar a dudas, la época dorada de los soldados de fortuna. El conflicto de Biafra fue la última gran guerra africana en la que participaron directamente los llamados “mercenarios de la primera generación “, el grupo de veteranos que salió a la luz con los combates de Katanga. A partir de Biafra la actividad mercenaria, en su aspecto clásico, va dando paso, salvo contadas excepciones, a operaciones concretas tipo “golpe de comando” o a labores de asesoramiento específicas, o bien a participación de voluntarios en conflictos en los que su actuación no adquiere un carácter de protagonismo especialmente relevante. Incluso los profesionales “históricos” dejan de actuar en primera línea y su trabajo, cuando tiene lugar, se circunscribe a labores de reclutamiento y organización. Quienes combaten ahora son los mercenarios de la “segunda generación “, muy diferentes de aquellos otros que se curtieron, tras las campañas de la SGM, Indochina y Argelia, peleando en África contra los “simbas” o los “cascos azules “. Ello se puso de manifiesto en la Angola recién accedida a la independencia. Angola fue la tumba de los grandes ejércitos mercenarios, el final del mito de la invencibilidad de los “perros de la guerra”.

La actividad mercenaria siempre ha conocido en sus filas al llamado elemento de aluvión, el voluntario poco cualificado con dudoso valor como combatiente. Por lo general, el trabajo del mercenario requiere unas dotes específicas en el sujeto, que no siempre se dan. Este tipo de mercenario de clase B, cuyo rendimiento es escaso incluso cuando se encuentra mandado por jefes de unidad valiosos y con experiencia, arroja resultados desastrosos si accede, por ausencia de cuadros debidamente cualificados, a puestos clave de decisión en las operaciones. La fama de los éxitos mercenarios de los años sesenta constituyó un señuelo que atrajo a numerosos individuos que perseguían la aventura o el dinero, desde aficionados sin ninguna preparación técnica hasta jóvenes cuyo único curriculum consistía en haber hecho el servicio militar en unidades especiales, sin la menor experiencia de fuego real. Por otra parte, la gran demanda de mercenarios que se registró en el mercado internacional de los soldados a sueldo dio lugar a que a comienzos de los setenta los reclutadores, presionados con urgencia por sus clientes, se preocupasen más por la cantidad que por la calidad de los aspirantes. Todo ello, en algunos casos, habría de acarrear trágicas consecuencias. Y es que, aunque sigue presentando serias deficiencias, el soldado tercermundista cuenta hoy en día con más experiencia militar, su preparación es mayor que en la década de los sesenta, maneja mejores medios técnicos y, a menudo, ha estado asesorado por instructores norteamericanos o soviéticos. Los tiempos van cambiando, y muchos soldados de fortuna han tomado conciencia de ello con su propia sangre.

foto: Este mercenario francés, combatiente en las Falanges cristianas libanesas, oculta su rostro tras una máscara, en evitación de posibles represalias.

VOLUNTARIOS EN EL LIBANO

Un área de intervención en donde la actividad mercenaria fue poco conocida, pero evidente, es la guerra del Líbano. Iniciada en abril de 1975 —y todavía sin final a la vista en 1982— opuso desde el primer momento a cristiano-derechistas por una parte y a musulmanes-izquierdistas-palestinos por la otra. Informes fidedignos habían señalado ya la presencia de instructores mercenarios europeos en los dos bandos durante la época anterior a la guerra, cuando las organizaciones paramilitares se preparaban para afrontar el inevitable conflicto. Un caso notorio es el de Jean Kay, francés, veterano de la OAS, reclutado por Faulques para el Yemen y después para Biafra, que tras pasar una época adiestrando los fedayin palestinos en Jordania entró al servicio de las Falanges cristianas de Pierre Gemayel, en el Líbano. Casado con una joven libanesa de origen armenio, entrenó a los estudiantes cristianos en las montañas, abandonando el país antes de que se generalizasen las hostilidades.

foto: Los Ejércitos tercermundistas han mejorado hasta tal punto la instrucción y equipamiento que contra ellos ya no sirven los mercenarios clásicos. En la fotografía un carro “T-54” tanzano, en Uganda, donde del lado de Idi Amin actuaron mercenarios árabes.

El estallido del conflicto civil libanés hizo afluir a este país a un contingente de voluntarios extranjeros, de los que el rastro más fácil de seguir es el de los numerosos franceses que acudieron a alistarse en las milicias cristianas. Tuve ocasión de conocer a varios de ellos en el campo de entrenamiento de Mayrouba y luego durante la batalla de los hoteles, en Beirut. En su mayor parte eran muy jóvenes, de ideología radical —extrema derecha , y aunque su participación no fue en ningún momento decisiva en el curso de las operaciones, se batieron con valor. Junto a estos jóvenes, algunos de los cuales no habían hecho todavía el servicio militar en su país, figuraban otros combatientes también franceses más cualificados, procedentes de la Legión Extranjera o de unidades especiales galas. Los primeros se limitaban a combatir como tropa, y los segundos a impartir adiestramiento, no habiendo constancia de que en ningún momento interviniesen en la dirección de las operaciones. En el lado derechista hubo también mercenarios de otras nacionalidades, así como en el sector musulmán, siendo imposible evaluar su número. Entre los muertos conocidos, se cuentan un francés de 21 años, Stephan e Zanettacci, un veterano de los comandos británicos, Bob Thucker, un par de norteamericanos y un australiano.

EL DESASTRE DE ANGOLA

Cuando los portugueses evacuaron Angola, en l975, las tres facciones guerrilleras locales se disputaron el poder. Respaldado por la URSS y Cuba, el MPLA de Agostinho Neto se instaló en la capital, Luanda, enfrentado al FNLA de Holden Roberto y a la UNITA, de Jonas Savimbi, ambos anticomunistas y pro-occidentales. La leyenda que en torno a sí mismos habían tejido los mercenarios en África durante los años sesenta impulsó a Roberto y a Savimbi a reclutar voluntarios extranjeros para combatir al MPLA y a sus aliados cubanos.

foto: Con escasa discreción, fotografiados por los periodistas, un grupo de mercenarios británicos reclutados para Angola se disponen a embarcar en el avión

El primer contingente con que contó el FNLA fue suministrado, en enero de 1976, por una agencia de reclutamiento británica, la Security Advisoty Services, dirigida por el ex-mercenario John Banks. La captación no fue en absoluto selectiva, y del primer contingente de 20 hombres —uno desertó por el camino— apenas media docena poseían una preparación medianamente apropiada para el combate en África. En sucesivos envíos, el número ascendió a un centenar, en su mayoría británicos y algunos norteamericanos, de los que ni siquiera la tercera parte eran mínimamente resolutivos. El mando lo ostentaba Costas Georgiou, alias coronel Callan, de origen chipriota y ex-paracaidista del Ejército británico, que ya había sido detenido en Inglaterra por atracar un banco. Callan fue nombrado por Holden Roberto jefe de las operaciones militares del FNLA en la región Norte.
La guerra es un oficio poco apto para aficionados, y ello se convirtió pronto en una evidencia dramática. Callan lanzó a sus hombres a una serie de golpes de mano contra las tropas cubanas que, a causa de la desorganización reinante entre ellos y la incompetencia de los cuadros, habría de terminar trágicamente. Veintitrés mercenarios se negaron a combatir, alegando que al ser reclutados se les había prometido que en su trabajo no tendrían que enfrentarse al enemigo. Uno de ellos fue asesinado personalmente por Callan y otros 13 fusilados por sus compañeros, siguiendo órdenes del propio coronel.

foto: Un blanco monta guardia contra una incursión guerrillera negra. Así empezaron muchos de los que después fueron llamados “perros de la guerra”.

Poco después, una columna de sesenta mercenarios protagonizó un duro enfrentamiento con carros de combate cubanos que se saldó con éxito para los soldados de fortuna, pero pocos días más tarde, en el curso de otra operación similar, 24 mercenarios fueron cercados y aniquilados. El coronel Callan, herido en una pierna, cayó prisionero. Este desastre, unido al eco de la ejecución de los mercenarios que se negaron a combatir, liquidó la intervención británica en Angola. Los supervivientes abandonaron el país y el FNLA se extinguió cuando el Zaire de Mobutu, que le servía de retaguardia, reconoció oficialmente al gobierno de Luanda.
Mientras tanto, la UNITA de Savimbi recibió, en 1976, el apoyo de una veintena de mercenarios franceses reclutados por Bob Denard —que cobró medio millón de dólares de la CIA por el servicio— y que pelearon en torno al enclave de Cabinda durante algunos meses. Entre ellos figuraba Jean Kay, que ya había abandonado el Líbano. Este contingente se fue de Angola por la misma época que los británicos sin haber llevado a cabo ninguna operación de especial importancia.

foto: Costas Geogiu, alias “coronel Callan” sometido a juicio en Luanda donde fue condenado a muerte.

En la actualidad, la UNITA de Savimbi continúa la lucha contando en sus filas algunos mercenarios reclutados más tarde, especialmente portugueses fogueados en las campañas coloniales de Angola y Mozambique, en número no precisado.
La intervención de mercenarios anglosajones en Angola todavía había de tener un siniestro epílogo. El coronel Callan, otros diez mercenarios ingleses y tres norteamericanos fueron juzgados en Luanda. En junio de 1976 el tribunal dictó sentencia. Las penas fueron de 16 a 30 años de prisión, excepto para Callan, para los británicos Brummie Barker y Andy McKenzie y para el norteamericano Daniel Gearnart, condenados a muerte y fusilados el 10 de julio.

BEMN: MISION DE AUDACES

El domingo 16 de enero de 1977, un avión de transporte sin marcas de identificación se aproximaba a la costa africana, volando a ras de las olas, en dirección a Cotonou, capital de Benin, país regido por el gobierno marxista del presidente Mathieu Kerekou. A bordo del aparato, un DC-7, viajaban 91 mercenarios —61 blancos y 30 africanos— cuyo jefe, alias coronel Maurin, cerebro de la operación y reclutador del comando, no era otro que nuestro viejo conocido Bob Denard. La misión, según uno de los documentos redactados por el propio Denard, consistía en Atacar con ayuda de un elemento aerotransportado Cotonou para destruir el Estado Mayor de las fuerzas de Benin, dividiéndose en tres grupos activos más un grupo de reserva. Los tres grupos activos tratarán simultáneamente: la presidencia (atacar y ocupar), el campo militar (atacar, ocupar, controlar), la residencia de Kerekou (atacar, neutralizar Kerekou)... La primera fase de la operación debería emplear en su ejecución de 30 a 60 minutos. Una segunda fase contemplaba la neutralización de responsables políticos, ocupación de Correos, Telégrafos y Teléfonos locales de policía y estación de radio... Todo ello era el comienzo de un golpe de Estado destinado a matar el presidente Kerekou y a sustituir su gobierno por otro pro-occidental. Financiada y apoyada por los servicios secretos franceses, la CIA y los gobiernos de Gabán, Togo y Marruecos, la operación no debería durar más de tres horas y había costado un millón de dólares.

foto: Mercenarios belgas del coronel Schramme (derecha). Una larga evolución a lo largo de veinte años de historia.

Los mercenarios europeos fueron reclutados en Francia, Bélgica, Suecia y Alemania Federal. Los africanos, esencialmente guineanos y benineses, en Senegal y Costa de Marfil. Todos ellos recibieron un duro entrenamiento en el campo marroquí de Benguerir antes de ser transportados hasta Francevile, en Gabón, donde embarcaron en el avión, pilotado por un norteamericano y con un mecánico sueco. Con ellos viajaba Gratien Pognon, un beninés que, tras el triunfo del golpe de mano, debía ser proclamado por los mercenarios nuevo presidente de la República.
El DC-7 aterrizó en Cotonou a las 7,30 de la mañana, con dos horas de retraso sobre el horario previsto. Todavía estaba rodando por la pista junto a la torre de control del aeropuerto cuando se abrieron las puertas y los mercenarios, en uniforme de combate, dotados con material ligero y medio, saltaron sobre la pista desencadenando un diluvio de fuego. El aeropuerto quedó inmediatamente bajo su control, y un grupo de 40 hombres se internó en la ciudad, avanzando rápidamente hacia la residencia del presidente Kerekou. Pero allí las cosas comenzaron a torcerse. La guardia presidencial, alertada telefónicamente desde el aeropuerto, hizo frente a los asaltantes. Ante la imposibilidad de llegar al cuerpo a cuerpo, los mercenarios regaron el palacio con fuego de mortero, pulverizando con toda precisión la habitación de Kerekou... Pero el presidente no estaba allí. La resistencia de las tropas beninesas se hacía más dura por momentos, y la radio difundía un llamamiento de Kerekou instando a la población a repeler la agresión. Los minutos transcurrían implacables y la operación derivaba lentamente hacia el desastre.
La confusión cayó sobre los mercenarios. Fallaron los enlaces por radio. Finalmente, Denard dio desde el aeropuerto orden de romper contacto y replegarse. Que los integrantes de este comando eran combatientes de calidad quedó demostrado en la retirada. Todos los blancos retrocedieron sin abandonar ni heridos ni equipo, hasta llegar en buen orden hasta el aeropuerto, a pesar de que les angustiaba la idea de que el avión partiese sin ellos y tuvieron que intentar ganar la frontera de Togo por tierra, a través de la selva. Pero el avión esperó. Las prisas, sin embargo, dieron lugar a que Denard ordenase abandonar todo el equipo sobre la pista: morteros de 81, ametralladoras de 12,7, lanzagrandas, municiones, material de transmisión. A las 11,00 horas, el DG-7 despegó, acribillado a tiros. En tierra quedaban dos mercenarios muertos, uno blanco, de nacionalidad belga, y un negro. Otro mercenario africano, de nacionalidad guineana, no llegó a tiempo al avión y fue apresado en tierra. Por una extraña mala suerte, entre el material abandonado en el aeropuerto quedó una caja de mortero conteniendo toda la documentación sobre la operación. Estudiado su contenido por una comisión de la ONU, constituye hasta la fecha la más completa información de que se ha dispuesto nunca sobre una acción mercenaria .

DOS INCURSIONES FALLIDAS: AMIN Y MACIAS

Son numerosas las operaciones mercenarias que nunca han llegado a ver la luz. Algunas no pasaron de meros proyectos y otras fueron abortadas en el último minuto, a causa de dificultades imprevistas. Dado que las dos virtudes máximas de un combatiente a sueldo son las de saber pelear y saber callarse, la mayor parte de ellas no se conocerán jamás. Sin embargo, hay un par de casos en los que sus protagonistas se fueron de la lengua.
En 1978, clientes que todavía permanecen en el anonimato, recurrieron a John Banks para que reclutase un comando capaz de asesinar al presidente de Uganda, Idi Amín Dadá. La operación, planeada para septiembre de aquel mismo año, consistía en un lanzamiento de paracaidistas sobre la residencia de Amín, simultaneada con el ataque de un segundo grupo en botes neumáticos zodiac por el lago Victoria y con un aterrizaje en el aeropuerto de Kampala. El planteamiento, en principio, era válido. Pero en las fechas fijadas para el día D, las lluvias inutilizaron el terreno desde el que debía despegar la fuerza de ataque aerotransportada. A esta dificultad vino a unirse una posterior por parte de la vecina Kenya que negó el permiso para que el proyecto se llevase a cabo desde su territorio, por lo que fue finalmente abandonado. De todas formas, por perfecta que la operación apareciese sobre el papel, el hecho de que el organizador fuese precisamente John Banks, más conocido en los círculos mercenarios como el “chapucero de Angola”, arroja dudas razonables sobre cuál habría sido el resultado si el operativo se hubiese finalmente concretado.

foto: Mercenarios enrolados en el Ejército sudafricano actúan en operaciones de castigo antiguerrilleras contra los países fronterizos.

En Guinea Ecuatorial, en vez de morir fusilado por sus compatriotas el 30 de septiembre de 1979, Francisco Macías Nguema pudo ser acribillado a tiros mucho antes, en enero de 1973. Esta operación mercenaria se había iniciado en 1970, tan sólo unos meses después del final de la guerra de Biafra. Frederick Forsyth, periodista británico, autor del best-seller “Chacal”, había cubierto para la BBC el conflicto biafreño. Profundamente marcado por la tragedia de aquel pueblo vencido, Forsyth acariciaba el sueño de crear una patria para los ibos, poniendo al frente de ella al derrotado presidente Ojukwu. La idea de ofrecer esta tierra de asilo a los vencidos biafreños no era tan absurda como puede parecer a simple vista, especialmente si tenemos en cuenta que la isla de Santa Isabel (ahora Malabo) se encuentra sólo a unos minutos de vuelo de la costa nigeriana y que 20.000 trabajadores biafreños vivían en la ex-colonia española. Además, de su época de corresponsal de guerra en Biafra, el periodista británico mantenía buenas relaciones con algunos mercenarios de los que allí actuaron. Uno de estos era Alexander Ramsay Gray, Alex para los amigos, que había sido jefe de una brigada de 3.000 hombres en la guerra civil nigeriana, combatiendo junto Ojukwu.

foto: El Al-Hajji Mariscal de Campo” Idi Amín Dadá se libró por milagro de un golpe mercenario.

El principal problema era el económico, ya que la operación requería un considerable desembolso previo. De los beneficios obtenidos por su novela “Chacal” Forsyth destinó 50.000 libras esterlinas a sufragar de su propio bolsillo el golpe contra Macías. Dirigido por Alex Gray, se reclutó un comando de doce mercenarios europeos, destinados a encuadrar a cincuenta ex-soldados biafreños, que se unirían al grupo poco antes del desembarco en Guinea Ecuatorial, junto a la costa de Benin. El suministro del material militar fue encomendado a un traficante en armas de Hamburgo: 40 fusiles de asalto FAL, 4 subfusiles, 2 morteros de 60 milímetros, 2 lanzagradas y un importante alijo de municiones. Todo ello debería partir de Madrid, estando prevista su entrega en Málaga el 16 de diciembre de 1972, para lo que el traficante alemán se comprometió a suministrar dos documentos vitales: una licencia de exportación española y un certificado end use que afirmaba que el cargamento iba destinado a Iraq.
La operación preveía que, una vez las armas a bordo del pequeño buque Albatros, se pondría rumbo a Canarias para aprovisionarse de víveres, antes de dirigirse a Cotonou con escala en Cabo Verde, a fin de embarcar a los 50 biafreños. La llegada a Santa Isabel tendría lugar de noche, con un desembarco al pie mismo del palacio presidencial, la ejecución inmediata de Macías y la toma del control de la ciudad por los miembros del comando, que no se esperaba fuese dificultada por el Ejército nacional, mal armado y peor organizado, con una ínfima calidad combatiente.
Sin embargo, la suerte no sonrió a los mercenarios. Las autoridades españolas, escamadas por las sospechosas idas y venidas del Albatros, lo detuvieron el 12 de enero de 1973, encarcelando a los que viajaban a bordo. La operación quedó abortada, los doce mercenarios se quedaron sin cobrar los 30.000 dólares prometidos a cada uno si lograban el éxito, los 50 biafreños esperaron en vano el barco que los llevaría a conquistar la tierra prometida, y el traficante alemán, que no llegó a entregar las armas, se embolsó la suma como adelanto. Frederick Forsyth narró con exacta fidelidad, tal y como pudo haber sido, la operación en su nueva novela “Los perros de la guerra”, con la que ganó cinco veces la suma que había invertido en costear la arriesgada empresa. En la dedicatoria de la novela, Forsyth incluye las palabras: “Al menos, lo intentamos”.

TOGO: MATAR A EYADEMA

El 11 de septiembre de 1977, nueve hombres con aspecto de simples turistas se reunieron en el bar del Hotel Tropicana de Lomé, capital de Togo, país regido por el presidente Gnassingbé Eyadema, tras el derrocamiento y asesinato en 1963 de su predecesor, Sylvanus Olympio. El jefe del grupo, un canadiense llamado Wilfred Finan, les puso allí al corriente de la operación para la que habían sido reclutados en Europa por un ex-coronel del Ejército del Canadá: tender una emboscada al coche oficial del presidente Eyadema en el trayecto entre el palacio presidencial y el cuartel de Tonkoin, matando a éste y a los miembros de su escolta. La huída a Ghana, país vecino que apoyaba la operación —financiada por dos hijos del anterior presidente togolés, Gilchrist y Bonito Olympio— quedaba asegurada por un avión que esperaría, con los motores en marcha, en un campo de aterrizaje de las afueras de la ciudad. Los miembros del comando, aparte de Finan, eran un inglés, dos norteamericanos veteranos de Vietnam, dos canadienses, dos italianos y un sudcoreano. Todos ellos habían cobrado 5.000 dólares antes de la acción, y al término de ésta deberían embolsarse otra cifra idéntica. Sin embargo, la operación fracasó. Cuando todo estaba listo para ejecutar el proyecto, el avión que debía asegurar la fuga sufrió una avería. Los mercenarios, que no tenían vocación de suicidas, abandonaron el país, y la misión quedó aplazada.

foto: La figura del mítico mercenario “carne de cañón” ha pasado a la historia. Ahora los clientes quieren técnicos y especialistas en la guerra moderna.

Un mes más tarde, el 16 de octubre, ocho hombres llegaban a la vecina República de Ghana. El jefe seguía siendo Finan, pero faltaban los otros dos canadienses y el sudcoreano. El comando contaba con dos nuevos miembros: John Pace y Dave Darkie Davidson, ambos antiguos miembros de los SAS británicos. La operación, fijada para el día 21 del mismo mes, debería iniciarse con el cruce por tierra de la frontera entre Ghana y Togo, para lo que se contaba con el visto bueno de los aduaneros ghaneanos. En Lomé, entre las 4,00 y las 4,30 de la mañana, el comando tendería la emboscada al coche presidencial en el trayecto que recorría diariamente a la misma hora. Un primer grupo, que incluía a los dos norteamericanos, neutralizaría a los primeros coches de la escolta. Cien metros más atrás, dos ingleses, armados con fusiles Elephant, acribillarían el coche de Eyadema, arrojando después granadas de fósforo. El tercer grupo —los dos italianos, el canadiense y el tercer británico— se encargaría de los coches de escolta que seguían al presidencial. Cada grupo operaría solo, en menos de medio minuto de acción, teniendo a su disposición cada uno un coche para cruzar a toda prisa la frontera con Ghana, que se encuentra sólo a 1.500 metros del palacio presidencial de Eyadema. Desde su inicio hasta la llegada al santuario ghaneano, el operativo no debía durar más de siete minutos.
El comando no llegó a cruzar la frontera con Togo. Los servicios secretos británicos, que habían seguido la pista de la operación y no deseaban ver mezclados en ella a dos miembros del SAS, alertaron al presidente Eyadema. Cinco días antes del D, todos los diarios togoleses hablaban en primera página del complot de los mercenarios, y el Ejército cerró la frontera a cal y canto. Los ocho hombres del comando, que ya se encontraban al acecho a escasos kilómetros de su objetivo, se desprendieron de las armas, desapareciendo discretamente.

LA MEJOR HORA DE BOB DENARD

Las islas Comores, un pequeño archipiélago situado en el Océano Indico, entre Madagascar y Mozambique, solicitaron por referéndum, en 1974, la independencia de Francia. La isla de Mayotte, que forma parte del archipiélago, manifestó , no obstante, su deseo de seguir ligada a la metrópoli. El 6 de julio de 1975, contra los deseos del Gobierno de París, las Comores se anexionaron Mayotte. Ello cayó muy mal en El Eliseo, por lo que los servicios especiales franceses recurrieron al inevitable Bob Denard. El 3 de agosto, Denard y siete mercenarios de élite desembarcaban en plena madrugada en la isla de Anjuan, junto a la residencia del residente Abdallah. En pocas horas, Denard había capturado vivo al presidente y puesto en el poder al líder de la oposición, Ah Soiih. Denard, tras pasar dos meses entrenando al Ejército de 1.600 hombres que componían las fuerzas armadas comoreñas, se fue en busca de nuevos horizontes.
Mientras tanto, en las Comores, las cosas no iban bien para Francia. El presidente puesto en el poder con la ayuda de Denard, empezó a derivar hacia el progresismo, embarcándose en una agresiva política antifrancesa y escapando a todo control de París. En marzo de 1978 los servicios de Denard fueron nuevamente requeridos. Esta vez se trataba de derrocar a Ali Soilih. Y lo verdaderamente pintoresco del asunto fue que quien contactó al jefe mercenario para que ejecutase la nueva operación fue precisamente su viejo enemigo Abdallah, el presidente comoreño a quien Denard había quitado el poder tres años antes y que, con admirable espíritu deportivo, estimó, fascinado, la impecable brillantez operativa del hombre que lo apresó.
Entusiasmado y divertido por la idea, hasta el punto de financiar él mismo la mitad de los gastos de la operación, Denard se puso al trabajo. Con sus viejos amigos Phiippe Gerard y Guy Cardinal en la plana mayor, reclutó a 45 hombres escogidos, con un contrato de 4.000 dólares por dos meses de labor. El comando se embarcó en un viejo buque comprado expresamente para la ocasión, el Antinea, junto al material necesario para la operación: uniformes de combate de color negro, 35 fusiles Remington, 35 subfusiles Beretta, cuatro Winchester 458s especiales para caza de elefantes y cuatro radio-teléfonos. Veinte hombres salieron de Lorient a bordo del Antinea y el resto se les unió, tras llegar por avión, en el puerto de Las Palmas. Tras 28 días de navegación, el 13 de mayo, Denard y sus 45 hombres desembarcaron a bordo de un Zodiac y dos Sillingers en la playa de Itsandra —tres kilómetros al norte de Moroni, capital de las Comores— a las 2,30 de la madrugada. Once hombres atacaron el palacio, 22 el campo militar de Voiyou, 5 ocuparon los cruces de calles más importantes y el resto quedó en reserva. Denard en persona, pistola en mano, tiró abajo la puerta del dormitorio presidencial. En la cama estaba Solih con dos de sus concubinas, mirándolo sin manifestar sorpresa alguna.
— ¿Se acuerda usted de mi? —preguntó Denard.
— Me acuerdo —respondió el presidente—. Usted es el único que podía hacerme esta faena.

EL FRACASO DE “MAD” MIKE HOARE

El 25 de noviembre de 1981, los pasajeros del vuelo regular de la Royal Swazi Airlines, que llegaba de Swazilandia, tras hacer una escala en Comores, pasaban control de aduanas en el aeropuerto de Victoria, capital de las Islas Seychelles, un archipiélago del Océano Indico. Las Seychelles, cuyo presidente, Albert René, sigue una política alineada con los regímenes de Tanzania, Argelia y Mozambique desde su subida al poder tras el derrocamiento de su antecesor, el excéntrico presidente-millonario James Mancham  - gran amigo y socio comercial de Sudáfrica-, son una importante zona turística, cuyo aeropuerto internacional registra un elevado movimiento de aviones y pasajeros. Entre los que descendieron del avión de la RSA se encontraban los miembros de un equipo de rugby, cargados con abundante equipaje deportivo. Un celoso aduanero quiso registrar a fondo la maleta de uno de ellos, y en un doble fondo encontró un subfusil.

En unos segundos, el aeropuerto de Victoria se convirtió en un infierno. Una cincuentena de hombres extrajeron armas de sus equipajes y entablaron combate con las fuerzas de seguridad locales, que acudieron inmediatamente desde un acuartelamiento próximo al aeropuerto.

foto: Seis de los siete mercenarios capturados en las Seychelles se dirigen a la sala del juicio. En primer plano Jeremías Puren.

En medio de absoluta confusión, entre el pánico de los pasajeros, el grueso de los atacantes se replegó hacia la pista, tomando al asalto un Boeing-707 de Air India con 65 pasajeros a bordo, obligando a la tripulación a despegar y poner rumbó a Durban, en África del Sur. Tres miembros del comando lograron abrirse paso, escapando hacia las montañas de la isla, y otros siete fueron apresados por las fuerzas de seguridad. Los detenidos se llamaban Martin, Dolincher, Brooks, England, Currey, Sims y Puren. Eran mercenarios, y habían recibido cada uno de ellos, como sus compañeros fugitivos, el equivalente a algo menos de mil dólares para dar un golpe de Estado en las Seychelles y reinstaurar en el poder al ex-presidente Mancham. Si triunfaban, los beneficios ascenderían a diez veces la cifra percibida.
A bordo del Boeing habían escapado 43 mercenarios, mandados por un hombre legendario en los anales de los soldados de fortuna, al que se suponía retirado para siempre de estas actividades: Mad Mike Hoare, el loco Mike, de 63 años de edad. Detenidos todos en Durban por las autoridades sudafricanas, 39 de los 44 hombres fueron puestos en libertad inmediatamente. Sólo Hoare y cuatro más —un sudafricano, un rhodesiano y tres británicos— comparecieron días más tarde ante un tribunal de Pretoria, que los puso en libertad bajo fianza, desoyendo las peticiones de extradición formuladas por el gobierno de Seychelles. Los siete capturados en Victoria fueron juzgados y condenados a severísimas penas, saliendo a relucir durante el proceso la complicidad del gobierno sudafricano en la fallida operación (uno de los detenidos, Dolincher, había sido oficial superior de Información del Ejército sudafricano hasta dos meses antes de su apresamiento). Por su parte, el Gobierno de Pretoria se negó a hacer ningún tipo de declaración y consideró el caso cerrado.
Como triste epílogo a esta reciente y todavía confusa aventura mercenaria, la última de que se tiene constancia, valga un comentario publicado en el rotativo francés “Le Monde” en marzo de este mismo año: Los mercenarios ya no son lo que eran. Tal es la conclusión que se extrae de un primer vistazo a los 44 inculpados por la justicia sudafricana... Arruinado por la artritis, su jefe, el “coronel” Mike Hoare, no tiene ya nada del prestigioso jefe del Comando de las Ocas Salvajes... La mayor parte de ellos son padres de familia, pequeños propietarios de barrio o empleados modelo. El mercenariado se ha aburguesado.

foto: El autor de este informe, Arturo Pérez-Reverte, en algún lugar de África, a mediados de los 70 en el curso de una operación con mercenarios blancos y de color. Si bien no es habitual que los periodistas utilicen armas, en determinadas situaciones es imposible confiar a otros la propia supervivencia.

¿Es eso cierto? La verdad es que, salvo el golpe de Denard en las Comores, ninguna de las operaciones mercenarias de envergadura conocidas en la última década parece haberse saldado con resultados positivos. El curtido y duro affreux del Congo, Yemen, Sudán y Biafra parece haber pasado a la historia, siendo relevado por jóvenes inexpertos, jubilados que desean conseguir unos ahorros para la vejez, aventureros inconscientes, empleados de oficina hartos de la rutina, aficionados con más sueños en la, cabeza que competencia como combatientes. Sin embargo, no conviene limitarse a este análisis rápido y superficial. Conflictos como el de Vietnam, Líbano, Nicaragua, El Salvador, han puesto y siguen poniendo en circulación a hombres preparados y eficaces, que sólo necesitaban buenos mandos y adecuada organización para protagonizar acciones que puedan terminar con éxito. Veteranos del todavía reciente conflicto de Indochina, como el fallecido Michael Mike Echanis, han actuado con eficacia junto al Ejército somozista en Nicaragua, y ex-oficiales nicaragüenses y norteamericanos fogueados en Vietnam cooperan ahora con el Ejército nacional en la represión de la guerrilla de El Salvador. Otros sirven en las filas del Ejército sudafricano, combatiendo en Namibia a las fuerzas del SWAPO o participando en acciones de castigo contra los países africanos fronterizos, como actuaron antes en las unidades contraguerrilleras rhodesianas.
Son las condiciones las que han cambiado. Los Ejércitos o grupos armados tercermundistas han mejorado su capacidad militar y su armamento, como decíamos al inicio de este trabajo, y la época de los grandes contingentes mercenarios pasó a la historia. Los buenos profesionales lo saben, y quizá por ello prefieren permanecer inactivos antes que embarcarse en dudosas empresas organizadas por reclutadores de escasa o pésima reputación, que llevan a desastres como los de Angola o las Seychelles, o a acciones como las de Togo, más próximas al pistolerismo que a operaciones militares. El futuro sólo reserva trabajo para el mercenario altamente cualificado, para el técnico en electrónica, en transmisiones, para el piloto de combate o de transporte, para el especialista en contrainsurgencia. Los clientes de los años 80 —de los que son buen ejemplo los emiratos del Golfo— no necesitan ya carne de cañón, ruda infantería, sino expertos en los complejos vericuetos de la guerra moderna, a los que pagan a precio de oro. El resto, el típico taxista que se enrola para ir a cualquier sitio porque necesita comprarse un vehículo de trabajo nuevo con los beneficios, y además se lo cuenta a todo el mundo, es una reliquia del pasado condenada a desaparecer para siempre. El mercenario del futuro es un técnico anónimo, callado y eficaz. Lo demás ya es folklore…

Revista Defensa nº 56, diciembre 1982, Arturo Pérez Reverte


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