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El mariscal Mannerheim, luces y sombras del héroe nacional de Finlandia

Hemos accedido, aunque con retraso, a un libro que, firmado por Veijo Meri, se titula “Un gran señor de la guerra:  el mariscal Mannerheim” . Es un estudio muy completo, apenas panegírico y nos descubre la controvertida personalidad de un hombre que llegó a teniente general del Ejército ruso siendo, más tarde, el artífice de la independencia de Finlandia y quien condujo a este país, durante dos guerras, la de Invierno (1939-40) y la de Continuación (1941-44), contra la Unión Soviética. Un hombre que, sorprendentemente, apenas sí era capaz de balbucear el finés. ¿Alguien se imagina, por ejemplo, al general De Gaulle conduciendo la liberación de Francia y chapurreando el francés? Pues algo así fue lo que, salvando las distancias, ocurrió con Mannerheirn y Finlandia.

Como consecuencia de una serie de reportajes que dedicamos a las Fuerzas Armadas, al devenir geoestratégico y a la Historia militar de Finlandia, el nombre del héroe nacional de este país, el mariscal Mannerheim, salió una y otra vez, como no podía por menos que ocurrir, a colación. Esto hizo que fuesen muchos los lectores que nos pidieron más información sobre tan interesante personaje aunque lo único que hicimos, en la época, fue dedicarle una sucinta nota biográfica.

AL SERVICIO DEL ZAR
Carl Gustaf Mannerheim, vástago de una familia de origen holandés asentada en Suecia en el siglo XVII y que, más tarde, tendría derivaciones en los Países Bálticos y en Finlandia aunque sin abandonar nunca su raigambre -empezando por el idoma- sueca, vino al mundo cuando Finlandia era un Gran Ducado sometido a la autocracia zarista. Al llegar el momento de comenzar a forjarse un futuro ingresó en el Cuerpo de Cadetes de Hamina donde el futuro héroe, que acababa de dejar atrás una infancia difícil, iba a ser un habitual del calabozo y de la lista de castigos. Su propia abuela paterna escribió que le faltaba el sentido del honor e incluso la inteligencia necesaria para progresar en los estudios. Claro que en tan amargas reflexiones pudo influir el calamitoso precedente del padre de Carl Gustav e hijo de la tal señora, el conde Mannerheim, que un día abandonó a su familia, tras hundirla en la más espantosa ruina, y se fue a París con una dama de honor de la zarina. El desconsiderado crápula, por cierto, era gentilhombre de cámara del zar.
En un momento dado, el joven Carl Gustaf, reencontrado el buen juicio, empezó a pensar en su porvenir. Los egresados de Hamina difícilmente podían hacer carrera en el Ejército imperial siendo para eso la mejor opción la Academia Militar de San Petersburgo. Con vistas a formar parte de la misma, de la noche a la mañana, mejoró su conducta y notas pero Hamina era, en sí, una trampa cerrada, razón por la cual, respondiendo una vez más a su carácter impetuoso, cometió una falta de tal gravedad que fue expulsado en el acto. Ahora tenía el campo expédito para presentarse en la citada Academia Militar, en la de Caballería de Nikolai e incluso en la de la Armada, marchando, de momento, a Jarkov, a las inmediaciones de un gran acuartelamiento, para mejorar su dominio del ruso.

Pero en Jarkov hizo algo más que ésto. Comprobó, con gran disgusto, que los oficiales estaban muy mal pagados pues al Estado le interesaba que esos puestos siguiesen en manos de la nobleza terrateniente o, de otro modo, que no se llenase el Ejército de gentes sin recursos que el día de mañana pudiesen hacer causa común con los revolucionarios de todos los pelajes que ya por entonces llenaban las ciudades y campos de Rusia. Tanta desilusión le supuso esta experiencia que volvió a Helsinki con la intención de matricularse en un instituto del que le habían expulsado años antes y seguir una carrera civil, posiblemente la de ingeniero.
Sin embargo, bien pronto volvió a sentir el deseo de ser militar ingresando, a los veinte años de edad, en la citada academia de Caballería de Nikolai donde inició una aventura, al servicio del zar, que duraría exactamente treinta años. Elegante e incluso soberbio con su 1,94 de altura, gran jinete y enormemente satisfecho de sí mismo, tuvo el orgullo de ser el primero de su curso en recibir las espuelas apuntando, entre sus metas, tres muy claras: primero ingresar en la Guardia, luego graduarse en la Academia Militar y, acto seguido, cursar estudios en la Escuela de Estado Mayor. La Guardia, en efecto, le acogió en su seno aunque no en la Guardia Noble, el regimiento más prestigioso, sino, de momento, en el Alejandra, destacado en Polonia.
Siempre original, y aunque era un recién llegado, criticó con dureza a su jefe, a sus compañeros y a las esposas de éstos, pese a lo cual destacó tanto que muy pronto marcharía a San Petersburgo destinado, por fin, a la Guardia Noble para pasar, al cabo de un año, a las Caballerizas del zar. De esa época el conde Ignatiev, que estaba a sus órdenes y que luego fue general en el Ejército Rojo, le recuerda como un mercenario, alguien que no se manifestaba nunca en cuestiones ajenas a la profesión, comenzando por las políticas, que ocultaba herméticamente su vida privada, que despreciaba a los civiles e incluso a los militares demasiado civilizados y que llegaba, en su gélido autocontrol, a ser capaz de beber mucho sin emborracharse nunca. Por supuesto hablaba a todo el mundo de usted, no tolerándole a nadie el tuteo.
En 1896, durante la ceremonia de coronación de Nicolás II, en Moscú, Mannerheim y el barón Von Knorring precedieron al zar en la solemne procesión que tuvo lugar pues eran los oficiales más apuestos de la Guardia Noble. Por aquel entonces ya se había casado con una aristócrata rusa, aunque sólo se soportarían unos años. Con ella hablaba en francés siguiendo la moda de la alta sociedad del Imperio.
Si como oficial de la Guardia Noble el trato con el zar y con la zarina era directo y permanente, desde que entró en las Caballerizas esta relación fue ganando, día a día, en hondura. Además, el cargo le proporcionó a Mannerheim, que había demostrado una gran habilidad en la compraventa de caballos, viajes por toda Europa adquiriendo equinos. Tanto le apreciaba Nicolás II que cuando en Berlín, en el curso de unos de estos viajes, recibió una grave coz en una rodilla y se la repararon cosiéndole la rótula con hilo de plata, comentó que los médicos alemanes eran unos roñosos pues con un hombre como Mannerheim debían haber utilizado hilo de oro. Dos años más tarde, asumía la administración de las Caballerizas imperiales.

POR FIN LA GUERRA
Hasta este momento, Mannerheim había conocido la vida de guarnición, participado en algunas grandes maniobras, formado parte de la Guardia Noble y usufructado un puesto de tanta confianza como la dirección de las Caballerizas imperiales. Su idea de ingresar en la Academia Militar, y luego en la Escuela de Estado Mayor para alcanzar altos grados, se había evaporado entre otras razones porque ahora la ayuda de los soberanos obviaba tan enojosos trámites. En efecto, a los 37 años nuestro hombre ya era jefe de escuadrón y con esos entorchados marchó a su primera experiencia bélica: la guerra ruso-japonesa de 1905. Tras comprar un caballo, que habría de montar hasta que lo mataron, confeccionó un voluminoso equipaje y, saltándose el reglamento, introdujo cambios en el diseño del cuello, los bolsillos y las mangas de su uniforme.
La experiencia, como resulta sabido, fue aciaga. Los rusos fueron derrotados en toda regla y Mannerheim, como escribe Veijo Meri: Se sintió muy decepcionado por los oficiales con los que hubo de convivir en el frente, tanto por su indecisión en la dirección de la guerra como por su falta de iniciativa y orden, que se convertía fácilmente en pánico, y también por el constante consumo de alcohol, por los pésimos y sórdidos alojamientos y por la proliferación de parásitos.
Recibidas del zar las insignias de coronel, en 1906, nuestro hombre emprendió, acto seguido, un largo y arriesgadísimo periplo por las profundidades de Asia, en dirección a China. Camuflado de científico y presentándose como ciudadano sueco,  Mannerheim efectuó un extraordinario trabajo en el que cabe incluir la confección de mapas con 3.000 km. de rutas, incluyendo algunas secundarias. En ellos figuraban datos meteorológicos y las alturas con relación al mar, entre otros. Hizo 1.500 fotos, copió textos, recogió informes antropológicos, etc. Volviendo a Veijo Meri: “La serie de planos que había levantado no tenía lagunas, y Mannerheim era perfectamente capaz de cabalgar durante horas hasta llegar a algún desfiladero secundario con el único fin de completar con él su serie cartográfica. Describe y anota con el mismo esmero los puentes, la profundidad de los ríos, la época de crecida y la densidad y extensión del arbolado en las cercanías de los puentes, por la importancia que tenía saber la facilidad o dificultad de construir puentes nuevos en la zona si los chinos destruían los existentes. Llegó incluso a investigar los caminos de acceso a las ciudades y centros de población, así como las pendientes protectoras a cuyo amparo era posible avanzar sobre esos puntos habitados sin sufrir pérdidas. Calculó también el número de casas, cabezas de ganado, caballos, campos sembrados, y hasta el rendimiento de la tierra. Era preciso dejar bien claro con cuantos medios se podía contar”.

foto: El zar Nicolás II con su esposa, la zarina, y la princesa Olga. Mannerheim tuvo una privilegiada relación con la pareja imperial.

El relato de este fantástico periplo fue publicado por el Estado Mayor, en edición limitada.
Ascendido a general al recibir el mando de un regimiento de la Guardia, y luego al grado de general de brigada, cuando se le puso al frente de la brigada de Caballería de ese mismo Cuerpo, fue encabezando la misma como marchó al frente al estallar, en julio de 1914, la Primera Guerra Mundial. Su actuación sería, desde el principio, brillante pero le acusaron, entre otros el agregado militar británico, de derrochar vidas humanas. Esto se refería, por supuesto, a los soldados rasos que, prácticamente, no contaban, pero también a oficiales y, en un caso concreto, el del capitán de Caballería Bibikov, de una manera turbia. En efecto Bibikov era el único que, por su prestancia, le hacía sombra en los salones de Varsovia y Mannerheim le envió a la muerte de manera, al parecer, tan provocatoria como gratuita. Luego pidió para él una alta condecoración y a la manera ortodoxa, religión que había rechazado abrazar, besó su cadáver aunque una severa sombra de sospecha quedaría flotando sobre nuestro hombre durante mucho tiempo.
Siguió la guerra en el frente de los Cárpatos donde cometió el desliz de alabar, nada menos que ante la zarina, el valor de un coronel rumano, Sturza... que luego se pasó a los alemanes procurando arrastrar consigo a toda la tropa posible.

foto: Soldados finlandeses con uniforme alemán, en tiempos de la Primera Guerra Mundial.

Camino de unas vacaciones cerca de su familia, en Finlandia, en enero de 1917 pasó por San Petersburgo donde el zar, primero, y la zarina, a continuación, le recibieron. Al primero le encontró desinteresado y lejano pero no a su imperial esposa que incluso conocía el episodio del coronel Sturza. Unas pocas semanas más tarde, en febrero, estalló la revolución y Mannerheim, sorprendido por el asalto de la turbamulta al hotel en el que se alojaba, hubo de huir vestido de civil. En marzo, tras abdicar Nicolás II, la guerra contra las Potencias Centrales no se detuvo y Mannerheim, ascendido a teniente general, fue nombrado jefe del VI Cuerpo de Caballería por el Gobierno provisional en manos de Kerensky.
La situación se degradaba por momentos, los comités de soldados comenzaban a dictar su ley y los bolcheviques constituían un poder emergente e imparable. En aquellos días, Mannerheim pasó por trances muy apurados incluyendo un desafiante —aunque sereno— paseo a caballo entre una tropa al borde del amotinamiento y, también, un viaje en tren a San Petersburgo después de que, asqueado por cuanto observaba, considerase que había quedado desligado de su juramento decidiendo regresar a Finlandia. Ya en su país de origen emprendió una fulgurante carrera pero sin olvidar su vieja afección por Rusia que demostraría, primero, tratando de ayudar a sus antiguos compañeros de armas para restaurar la Monarquía (la famosa Operación San Petersburgo) y después, en el periodo de entreguerras, defendiendo las buenas relaciones con la Unión Soviética (*).

(*) En el libro de Veijo Meri hay muchos apuntes en esa dirección. Veamos: “Mannerheim pensaba constantemente en Rusia; él quería que Rusia disfrutase de todos los derechos legales, y casi del mismo territorio que tenía antes” (este texto fue escrito en octubre de 1918 y en él, Mannerheim se refiere por “antes”, a antes de la revolución bolchevique).

“Mannerheim consideraba al Ejército soviético moderno y efectivo, siempre mostró gran aprecio por el soldado ruso, del que decía que aprendía y comprendía y actuaba con rapidez y se sometía con facilidad a la disciplina y era valiente y sacrificado, siempre dispuesto a luchar hasta el último cartucho fuera o no desesperada la situación. Según él, no se debía subestimar a Rusia y a los rusos y era preciso no despertar sus recelos irritándoles y poniendo a prueba su paciencia...”.

foto: “BA-6” capturado a los soviéticos por los finlandeses durante la Guerra de Invierno.

EL INTRINGULIS FINLANDES
Mannerheim, como vimos, había nacido en Finlandia en el seno de una familia sueca e hizo su carrera militar en Rusia. Es dudoso que se considerase finlandés, al menos durante los primeros cincuenta años de su vida, ya que no existe prueba alguna de su afección a Finlandia y sí, en cambio, muchas de desinterés e incluso de rechazo. En su decisión de ser expulsado del Cuerpo de Cadetes de Hamina influyó, sin duda, el deseo de querer pasar al Ejército profesional ruso, pero también, posiblemente, el hecho de que los graduados en este centro se quedaban a servir en Finlandia y a él esto no le gustaba en absoluto. Tras casarse en segundas nupcias, en 1892, se instaló con su joven esposa, de nuevo una rusa, en Uspenskoie, a orillas del río Moskova, y mientras que sobre la mansión ondeaba una bandera sueca los criados lucían libreas con los colores de este país nórdico. No es de extrañar que Mannerheim fuese considerado sueco lo que le era beneficioso ya que los finlandeses tenían en Rusia fama de atrasados y torpes.
Otro detalle: cuando en 1906 su hermana Sophie le hizo saber que pensaba establecerse en Háme para aprender el finés, su respuesta fue tan previsible como seca: ¡ese es un idioma de patanes! El, por su parte, lo desconocía hasta tal extremo que cuando quiso eludir un serio apuro, en plena revolución rusa, fingiéndose finlandés, apenas si pudo recordar unas pocas palabras y, además, pronunciadas pésimamente. Una vez más, le salvó su increíble buena suerte ya que quienes les habían detenido eran soldados ingrios que no hablaban ruso y, por supuesto, mucho menos finés. Ya en su país natal, y siendo jefe de los independentistas en la guerra abierta contra los bolcheviques, daba una imagen muy distinta de la que hubiera sido conveniente en tales circunstancias. Y es que, nos cuenta Veijo Meri: Mannerheim desconcertaba por su ignorancia del idioma finés, por su asistente ruso y tendencia a tener la fotografía del zar siempre sobre la mesa de trabajo. Algunos le llamaban el oficial ruso, lo que no era de extrañar.

foto: Letov 218 “Smolik” de la Aviación finlandesa

En esta misma línea se inscriben otros muchos hechos de su etapa finlandesa como que contratase a un valet austriaco, que le acompañaría durante un decenio, y al que le dio el plazo de un año para que aprendiese sueco. Ni una sola palabra sobre el finés que, al parecer, en su círculo íntimo, en Helsinki, brillaba por su ausencia. Y un último detalle: ya al final de su vida dictó su autobiografía en sueco aunque, eso sí, era traducida en el acto al finés por una tercera persona.

CUALQUIER COSA MENOS GERMANOFILO
La mayor parte de las fotografías del mariscal Mannerheim que circulan en los libros y revistas de Historia pertenecen a la época de la Segunda Guerra Mundial y en ellas se le ve, casi inevitablemente, luciendo altísimas condecoraciones alemanas. También abundan las que le presentan junto a Adolfo Hitler y a algunos de los más destacados mandos de la Werhmacht. Esto ha acuñado la imagen de un hombre de tendencia germanófila, seriamente como prometido con la causa del III Reich... pero nada más lejos de la verdad.

foto: Mannerheim con el general Heinrich, uno de sus más fieles lugartenientes.

Tal vez por ser ese el ambiente del Ejército ruso en el que, como hemos visto, permaneció treinta años, y también como consecuencia de su participación en la Primera Guerra Mundial contra los Ejércitos austro-húngaro y alemán, Mannerheim no tenía ninguna simpatía por los germanos. Lo puso en evidencia tan pronto como, habiéndose despedido de Rusia donde la vida militar ya no tenía sentido alguno para él, se encontró en Finlandia con que los alemanes, que aún seguían combatiendo e incluso con algunas últimas esperanzas de victoria, habían formado en Letonia, con finlandeses, un batallón de Infantería ligera destinado a contribuir a la liberación de su país del yugo ruso.
Lo normal era que nuestro hombre, nombrado jefe del Comité Militar aprovechase esta fuerza, perfectamente dotada y entrenada, para lanzarla sobre los bolcheviques pero lo que hizo, tan pronto como desembarcó, fue disolverla y sacar de ella oficiales para los nuevos regimientos que se estaban formando. Uno de esos oficiales era Erik Heinrichs, que haría una larga y provechosa carrera militar junto a Mannerheim. En esa época, comienzos de 1918, el embajador británico en Estocolmo dijo saber que nuestro hombre era muy hostil a Alemania y pocos días después su colega alemán en esa misma capital informó que actuaba contra los intereses germanos siendo su actitud indiscreta, ambiciosa y rusófila. Veinte años más tarde el embajador alemán ahora en Helsinki, von Blücher, volvió a escribir en el mismo sentido. Mannerheim acentuó estos sentimientos después de que Hitler despedazase Checoslovaquia que era un pequeño país europeo... como el suyo. Eso sí, cuando le interesaba, cambiaba de discurso y así el día en el que Paasikivi, su embajador en Moscú, le rogó que cediese el territorio de Petsamo a la URSS para frenar los apetitos expansionistas de Stalin, contestó que en modo alguno ya que allí se encontraba la mina de níquel más importante de Europa y los alemanes la necesitaban para su industria de guerra.
El último día de noviembre de 1939, tras la firma del pacto germano-soviético, el Ejército Rojo se lanzó, sin previa declaración de guerra, sobre Finlandia. Helsinki fue bombardeado y poderosas columnas motorizadas irrumpieron en el país cosechando éxitos, aunque moderados, en el istmo y catastróficos reveses en las zonas esteparias situadas al Norte del lago Ladoga. Los alemanes, a la sazón aliados de los rusos, no movieron un dedo en apoyo de los agredidos y éstos, al final, exhaustos, no tuvieron más remedio que aceptar, en marzo de 1940, el alto el fuego y, acto seguido, un oneroso armisticio.

foto: Tropas alemanas de Finlandia. La ruptura entre los dos aliados, en 1944, fue traumática para todos ellos.

La invasión de la URSS por las divisiones alemanas, en junio de 1941, hizo que Finlandia se sumase a la misma. Era la Guerra de Continuación con la que trataba de resarcirse de la derrota sufrida en la Guerra de Invierno pero, sorprendentemente, pese a lo dolidos que estaban tras la reciente humillación sufrida, los finlandeses no echaron toda la carne en el asador. Mannerheim, por ejemplo, impidió que los alemanes atacasen el ferrocarril de Sorokka que era la vía de comunicación por la que el Ejército Rojo recibía las para él vitalísimas ayudas de sus aliados occidentales. No hubo, tan siquiera, un acuerdo o pacto formal entre los dos países y parece ser que lo más significativo de la visita del Führer al mariscal, en junio de 1942, fue el regalo, por parte de este último al primero, de una metralleta marca Suomi que Hitler se divirtió disparando a la mañana siguiente.

Vistos estos antecedentes, al llegar 1944 y ser evidente que el III Reich había perdido la guerra, Mannerheim tuvo pocos escrúpulos para desengancharse del carro alemán y firmar un armisticio. En el panorama de la época esto no fue nada novedoso por cuanto que el año anterior ya había dado ese paso, capitulando, Italia, y en 1944 se sumaron a la comente Rumanía, Eslovaquia y Bulgaria no pudiendo hacer lo propio, aunque lo intentó, Hungría. Para el mariscal, que le escribió a Hitler explicando sus razones, Finlandia era un país muy pequeño y si continuaba en la brecha bélica corría el peligro de desaparecer. Lo innecesario fue que colocó tropas en Kemi y Torni, dificultando la retirada germana de Laponia, lo que produjo unos choques y unos muertos entre los antiguos aliados que perfectamente podrían haberse evitado.
Como ahora lo políticamente correcto es no haber tenido nada que ver con la Alemania nazi, Veijo Meri confunde esos deseos con la realidad y presenta bajo luces inadmisibles el encuentro Hitier-Mannerheim. Por ejemplo cuando afirma que con expresión de recelo y ceño fruncido, gruñendo de ira, este último vio que el borrador del comunicado conjunto hablaba de la hermandad de armas entre los dos países. Esa hermandad hacía un año ya que se forjaba día a día en los frentes de batalla y basta recurrir a las hemerotecas finlandesas de la época para ver cómo se exaltaba de continuo. Más grotesco es, en este sentido, un pie de foto en el que puede leerse: Con el general alemán Jodi, enviado por Hitler a Finlandia en septiembre de 1941 a entregar a Mannerheim una Cruz de Hierro, que éste rehusó por los compromisos políticos que conllevaría. Digo grotesco porque en la instantánea en cuestión nuestro hombre luce nada menos que la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro y la Cruz de Hierro de Primera Clase.

foto: De estos finlandeses el primero lleva un casco alemán, el segundo una gorra de fieltro y los otros dos cascos soviéticos.

La tesis oficial mantenida por Helsinki hasta hoy, y que es la misma que Mannerheim defiende en sus memorias, es que Finlandia no fue un satélite ni un celoso aliado del III Reich sino que combatió en defensa de sus propios intereses; una guerra absolutamente suya sin relación con cualquier otra. Esta teoría encontró complacientes oídos en sus enemigos que, tras el armisticio, no ocuparon el país (**) y sólo sentaron en el banquillo de los acusados, sin demasiado rigor, a unos cuantos personajes eximiendo de toda responsabilidad al mariscal. Es más, concluida la guerra seguía siendo presidente y fue difícil hacerle dimitir ya que contaba, vivir para ver, con el apoyo de los soviéticos.

(**) Por supuesto, Finlandia perdió grandes porciones de su territorio a manos de los rusos que se quedaron en ellas hasta el día de hoy. Pero ese sacrificio, pese a todo, fue pequeño comparado con lo que hubiera supuesto una ocupación por parte del Ejército Rojo.

MISCELANEA
Hecho realmente insólito, pese a que era el máximo personaje de un país en guerra y, además, la conducía de una manera excesivamente personal, en 1943 el viejo mariscal se fue de vacaciones a Suiza. Ya concluidas las hostilidades tomó un nuevo descanso, esta vez en Portugal, encontrándose, al entrar en España por ferrocarril, con que le hicieron centro de un apabullante recibimiento. Mannerheim, temiendo que una entrevista con Franco desataría las iras de sus ahora amigos soviéticos, la borró de su agenda abreviando al máximo la estancia en España y yéndose como alma que lleva el diablo a Portugal cuyo dictador, Oliveira Salazar, gozaba sin duda de mejor consideración que Franco por parte de Stalin.

foto: “Sturmgeschütz 40 Ausf. 6”, del Ejército de Finlandia.

El 28 de enero de 1951, encontrándose de nuevo en Suiza, Mannerheim, que había conservado hasta ese mismo momento su rango y prerrogativas oficiales, falleció víctima de los achaques propios de su avanzada edad. Había servido treinta años en el Ejército del Zar alcanzando el grado de teniente general y participando en dos guerras. En su propio país, cuya lengua prácticamente desconocía y que incluso le interesaba tan poco que sólo visitó Laponia con motivo de una partida de caza, en los años 30, lo fue prácticamente todo a lo largo de casi otros treinta años. Y hoy, es para sus compatriotas, una figura estimada e incluso, desde muchos puntos de vista, intocable.


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