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La Marina de Guerra rusa (1950-2000), el oso que aprendió a nadar

A diferencia de otras grandes naciones, Rusia nunca poseyó una poderosa Armada. De Rusia (y de la URSS) se ha dicho que “está rodeada en tres cuartas partes por tierra y el resto por hielo”. Los rusos no han tenido necesidad de cruzar los mares para realizar sus conquistas (Siberia, el Asia Central) y su objetivo no fue nunca dominar los mares, sino salir a ellos. Por esta razón, lo conseguido por la Armada Soviética, la “Voyenno Morskoy Flot” (VMF), después de la Segunda Guerra Mundial  no puede dejar de sorprendernos, pues logró ser una Armada lo suficientemente poderosa como para amenazar a la mayor potencia talosocrática del siglo XX, los EE. UU., cuyos almirantes se enfrentaron a serios quebraderos de cabeza cuando vieron que el oso ruso aprendía a nadar.

Si de los EE.UU. cabe decir que sus Fuerzas Armadas son, en esencia, una gran Armada complementada por un pequeño Ejército, de la URSS se podía afirmar que contaba con un gran Ejército apoyado por una pequeña Armada. Por eso era absurdo, tal como se hizo en los años de la Guerra Fría, comparar las Marinas de Guerra de la URSS y de los EE.UU., pues respondían a tradiciones, planteamientos y estrategias difícilmente parangonables. Rusia/la URSS se asoma a cuatro mares (el Báltico, el Negro, el Océano Ártico y el Pacífico), pero en realidad apenas tiene acceso a los grandes océanos. Esta realidad geográfica implicaba que la VMF, más que una única Flota, fuese, en realidad, la suma de cuatro Flotas prácticamente autónomas, que operaban desde costas separadas entre sí por centenares e incluso por miles de kilómetros. De hecho, en su concepción original, la VMF tenía como misión principal la protección de las costas y, en su caso, el flanqueo naval de un Ejército propio lanzado al ataque. La transformación de la VMF en una Armada oceánica se debió sólo a la necesidad de optimizar esa función defensiva en la era de la guerra nuclear.

foto: El crucero “Aurora”. Conservado por su valor histórico, ha sobrevivido a centenares  de buques construidos más tarde.

A lo largo de la SGM, la Kriegsmarine alemana supo arrinconar a la VMF en el Báltico y el Mar Negro. Al acabar este conflicto y convertirse los EE.UU. en el nuevo enemigo, su poderío naval, infinitamente superior al que pudo desplegar el III Reich, se convirtió en un serio peligro para la URSS que, en consecuencia, debió dotarse de una gran Flota. Como durante la SGM los EE.UU. habían hecho un uso masivo de las grandes operaciones anfibias, el primer objetivo que se marcó a la VMF fue el de constituir una fuerza antianfibia, que anulara el peligro de desembarcos en suelo propio o en el de sus países aliados. Para lograrlo se pensó en el despliegue de una potente pantalla de submarinos que, dirigida por aviones de reconocimiento de largo alcance, sería la defensa avanzada, además de atacar el tráfico naval enemigo. Junto a las costas, vastos campos de minas y abundantes flotillas de cruceros, destructores y lanchas torpederas debían impedir que fuerzas enemigas alcanzarán las playas. Sin embargo, la US Navy ya no pensaba en ese tipo de operaciones. Fascinados por las armas nucleares, de las que tenían un virtual monopolio, los EE.UU., que en 1950 contaban con 102 portaaviones, pensaron en ataques aeronavales nucleares contra la URSS.

Ciertamente hacían falta portaaviones de nuevo tipo, mucho más grandes, pero estos empezaron a estar disponibles a mediados de los 50, con la entrada en servicio del Forrestal. La amenaza había cambiado y la VMF reaccionó con el Programa Anti-Portaaviones (1956-1965). La nueva situación coincidió con la muerte de Stalin y la llegada al poder de Kruschev. Partidario del armamento nuclear, el nuevo líder soviético ordenó al recién nombrado comandante de la VMF, el jovencísimo almirante Gorshkov (46 años) que organizara sus fuerzas contando fundamentalmente con submarinos dotados de misiles superficie-superficie (SS) antibuque encargados de neutralizar a las peligrosas Task Force aeronavales norteamericanas, complementándolos con aviones de largo alcance provistos también de misiles aire-superficie (AS) antibuque. Sin embargo, Gorshkov se las arregló para mantener una flota de superficie respetable.

foto: El almirante Gorshkov, jefe de la Flota soviética durante muchos años.

La estrategia defensiva fue organizada en tres escalones. A larga distancia, los aviones debían localizar y eventualmente atacar a las Task Force. El segundo escalón lo constituirían patrullas de submarinos dotados de suficiente autonomía y equipados con misiles antibuque, que debían seguir a los portaaviones para atacarlos en caso necesario. Finalmente, las unidades de superficie, también con misiles antibuque, los batirían, si se acercaban a las costas propias, a distancias superiores al alcance de los aviones embarcados enemigos. El punto débil de esta estrategia era no disponer de buenas bases ultramarinas capaces de permitir un despliegue avanzado de aviones y submarinos. Pero la amenaza cambió de nuevo: a principios de los 60 la US Navy empezó a alistar submarinos de propulsión nuclear armados con misiles balísticos nucleares (SLBM), que daban a los EE.UU. una ventaja notable en caso de conflicto atómico. La nueva amenaza era mayor porque un submarino es, obviamente, más difícil de detectar y seguir que un portaaviones.
La respuesta de la VMF fue doble: incorporar las mismas armas, esto es, submarinos de propulsión nuclear armados con misiles balísticos (SSBN), para equilibrar la amenaza, por un lado. Y, por otro, potenciar las fuerzas de superficie con capacidad de lucha antisubmarina, incluyendo por vez primera un componente aeronaval significativo. Estas fuerzas de superficie no se debían limitar a las aguas costeras, sino adentrarse en las oceánicas. El despegue del Programa Anti-Submarinos (que duró de 1962 a 1978) coincidió con la humillación sufrida por la URSS con motivo de la crisis de Cuba, cuando la US Navy bloqueó el acceso al Caribe de las naves soviéticas. Este hecho favoreció la tesis de Gorshkov de crear una poderosa Flota de superficie que pudiera, si no barrer de los mares a la ubicua y poderosa Armada norteamericana, al menos plantarle cara, negándole el completo dominio del mar de que hasta entonces gozaba, entorpeciendo sus misiones de todo tipo y en cualquier lugar. Además, la URSS era una superpotencia mundial, con aliados en el Próximo Oriente, África y Asia, y por tanto necesitaba una Flota de superficie que pudiera mostrar el pabellón en todos los mares. De manera que la VMF colocó fuerzas permanentes en el Mediterráneo, el Indico, el Mar de la China meridional, etc.

foto: La humillación sufrida durante el bloqueo aeronaval norteamericano contra Cuba,  decidió al Kremlin a construir una gran Marina de Guerra.

Finalmente, a partir de 1975, la VMF empezó a dejar de bailar al son que le tocaban y en vez de responder a cambiantes amenazas se empeñó en lograr una Flota equilibrada, en la que el Arma submarina, en constante evolución y en vanguardia tecnológica, se complementarán con unidades de superficie capaces de articularse por vez primera en autenticas Fuerzas de Tarea, con navíos cada vez más especializados, disponibles para misiones antibuque, antisubmarinos y antiaéreas y con un creciente poder aéreo embarcado. En los años 60 la URSS inició este camino y de hecho acabaría siendo la segunda potencia naval del mundo, algo que Rusia jamás había logrado antes y que en gran medida fue fruto de a la voluntad e inteligencia del almirante Gorshkov.

LA AMENAZA OCULTA: LOS SUBMARINOS

Como le ocurriera a Alemania, la URSS, que no se planteaba el dominio del mar, pero si negárselo a sus rivales, encontró en el submarino el arma ideal. Incluso los submarinos de propulsión convencional, diesel-eléctrica, eran capaces de sustraerse al poder aéreo enemigo y alcanzar aguas oceánicas, gracias a las tecnologías desarrolladas por la Kriegsmarine alemana al final de la SGM, y que la VMF (también la US Navy) adoptó con rapidez.
Entre 1951 y 1957 la URSS botó 240 unidades del modelo Whisky (1.350 tons.), inspirado en el Tipo XXI alemán y cantidades menores del tipo costero Quebec y del oceánico Zulú (2.600). A mediados de los 50, algunos Whisky recibieron misiles de crucero superficie-superficie navales (SS-N) del tipo SS-N-3 y algunos Zulú embarcaron misiles balísticos del tipo SSN-4. La clase Whisky sería mejorada para dar lugar a los del tipo Romeo (1.700 tons.), y el modelo Zulú evolucionó hasta alumbrar los tipos Foxtrot (2.500), el diseño de submarino convencional más afortunado de la VMF, y Golf, cuya construcción acabó a mediados de los 60. Estos navíos acabarían recibiendo casi todos misiles SSN-4.

foto: Un submarino convencional SSK, de la clase “Foxtrot”, en el estrecho de Skagerrak, en noviembre de 1972.

En los años 70 la URSS siguió produciendo submarinos de propulsión convencional, de varios modelos: los lanzamisiles Juliett, y los lanzatorpedos Tango, y a principios de los 80 entraban en servicio los Kilo (3.200 tons., armado con torpedos). Y es que estas naves, los submarinos convencionales, tenían aún algunas ventajas. Su precio, mucho más barato que los de propulsión nuclear, autorizaba construirlos en grandes cantidades, lo que permitía multiplicar las amenazas. Además, pese a sus limitaciones en autonomía, la posibilidad de instalarles misiles antibuque y el hecho de que, a diferencia de los nucleares, pudiesen parar sus máquinas y quedar en completo silencio (haciendo difícil la localización), les convertía en una amenaza formidable.
Pero la URSS comprendió que había que apostar por los submarinos de propulsión nuclear en cuanto la US Navy se dotó con ellos. Así, a principios de los 60 la VMF empezó a alistar los modelos de propulsión nuclear November (5.000 tons.; 12 tubos lanzatorpedos), Echo (5.300 tons.; misiles SS-N-3) y Hotel (6.400 tons.; misiles SS-N-4). A partir de ese momento, la VMF, que hasta entonces sólo había tenido submarinos de ataque, incluyó en su arsenal submarinos estratégicos pensados para golpear con armas nucleares el territorio de los EE.UU., posibilidad esta que los jerarcas del Kremlin veían con el mayor interés, con lo que la VMF mejoró su posición en el seno de las Fuerzas Armadas soviéticas. Sin embargo, todos los submarinos citados debían emerger para disparar sus misiles (de los que además disponían en corto número). Con la aparición del misil SS-N-5 el primer problema pudo superarse. Estas armas fueron asignadas a los Golf convencionales y a los Echo nucleares. Pero no sólo mejoraban las armas, también los submarinos en sí mismos.

foto: Submarino nuclear de ataque SSN, clase “Echo 1”, fotografiado en agosto de 1980 en  aguas del Mar del Japón.

Nuevos modelos de propulsión nuclear aparecieron a finales de los 60: el tipo Victor (de 5.100 a 5.800 tons., según versiones) y el más pequeño tipo Alpha (3.700), diseñado para lucha antisubmarina. Ambos estaban dotados con los SS-N1 5, un misil diseñado para la lucha antisubmarina, lanzado desde los tubos lanza-torpedos. Pero la novedad estrella fue el modelo Yankee, construido entre 1967 y 1974, de 9.000 tons., con 6 tubos lanza-torpedos y 16 misiles SS-N-6. Se trataba de un buque perfectamente comparable a sus homólogos de la US Navy, que —recordémoslo— había partido con ventaja respecto a la VMF en este tipo de embarcaciones. Pero la VMF no se daba por satisfecha. Las misiones de ataque a las fuerzas navales enemigas, que los norteamericanos asignaban a sus portaaviones, fueron asumidas en la VMF por los submarinos nucleares del tipo Charlie (5.100 tons.), equipados con misiles SS de corto alcance SS-N7 , también botados a partir de 1967. Los Charlie seguían constantemente a las Task Force del adversario.
Los Yankee evolucionaron hasta dar lugar al tipo Delta (de 11.000 tons.), que entraron en servicio en 1977 y cuyo armamento pasó de los originales 12 misiles SSN-8 hasta un total de 16 misiles SS-N-18. El alcance de estas armas, casi 8.000 km., permitía que los Delta no tuvieran que aventurarse a cruzar las barreras antisubmarinas de la OTAN para acercarse a las costas del adversario y disparar. Les bastaba salir al Mar de Barents, en el Ártico, o al Mar de Ojotsk, en el Extremo Oriente soviético, para estar en perfectas condiciones de cumplir su tarea.

foto: Al quedar atrapado en la costa sueca, en abril de 1983, el submarino soviético U-137 adquirió de golpe una indeseada popularidad a nivel mundial.

Los Typhoon, monstruos de 30.000 tons., supusieron un nuevo salto cualitativo al entrar en servicio en 1983. Su gran novedad era que podía lanzar sus 20 misiles SLBM del modelo SS-N-20 desde debajo del casquete polar ártico, una capacidad no igualada por ningún submarino de la OTAN. Por su parte, el submarino de ataque lanzamisiles Chante dio paso a los modelos Papa (7.000 tons., 10 misiles de crucero -SS-N-9) y Oscar (14.000 tons., con 24 misiles de crucero SS-N-19). El último modelo de submarino de ataque del que se dotó la URSS fue el tipo Akula (9.000 tons.), cuyas altísimas velocidades en inmersión, debidas a una increíble perfección hidrodinámica, se complementaban con muy eficaces armas antisubmarinas y misiles SS-N-21.
En su conjunto, la Flota submarina de la VMF, gracias a sus misiles SLBM, suponía un formidable peligro para los EE.UU., mientras que sus misiles SS, balísticos o de crucero, con capacidad nuclear, hubieran puesto en serios apuros a las Task Force de la US Navy. Las unidades más convencionales habrían supuesto una tremenda amenaza para las vitales líneas de comunicación marítima de la OTAN. En 1991 la URSS alineaba 60 submarinos estratégicos y 221 tácticos frente a los 34 submarinos estratégicos y 86 tácticos de los estadounidenses. Los 281 submarinos soviéticos no sólo eran capaces de compensar a los 120 de la US Navy, sino que además podían equilibrar las debilidades de la VMF en otros aspectos del poderío naval.

CRUCEROS Y DESTRUCTORES

Al acabar la SGM, Stalin ordenó construir nuevas grandes unidades navales de superficie que, aunque dedicadas fundamentalmente a la protección de costas, tuvieran capacidad oceánica. Pero hasta 1953 no apareció el Sverdlov, primero de una serie de cruceros de batalla de 17.000 tons., de los que se botarían 14 unidades. Aunque en alguno de ellos se montaron misiles antiaéreos, estos cruceros artillados eran una reminiscencia del pasado en la era del misil. En los 70 dos fueron modificados como buques de mando y equipados con helicópteros, pero aún así resultaba evidente que estas naves, concebidas en una época de transición, partían de una filosofía de diseño ya superada.

foto: Primer plano de un crucero de la clase “Kara “.

Coetáneamente a los cruceros de la serie Sverdlov fueron botados los destructores de los tipos Skory (3.200 tons.) y Kotlin (3.800). Relativamente anticuados desde una perspectiva occidental, estos destructores artillados suponían, sin embargo, un notable salto adelante en las construcciones navales militares soviéticas. A principios de los 60, algunos Kotlin fueron modificados para embarcar misiles antiaéreos navales, SA-N, del tipo SA-N-1. El misil era la gran baza de la VMF para equilibrar la inferioridad numérica de su flota de superficie, así que a finales de los 50 botó los destructores de las clases Kildin y Krupny, dotados del misil SS-N-1. Se trataba, en esencia, de versiones de los anteriores Kotlin y sólo se construyeron un puñado de ejemplares. Aún así, y pese a que los SS-N-1 eran bastante rudimentarios, estas naves serían el preludio de los futuros buques lanzamisiles, en los que la VMF puso gran énfasis. Así que tras los experimentales e híbridos Kildin y Krupny, a principios de los 60 la VMF alistó los 4 cruceros lanzamisiles del tipo Kynda (5.700 tons.), armados con el más eficaz SS-N-3.
Pero como los Kynda presentaron problemas de diseño, a mediados de los 60 aparecían sus homólogos Kresta 1, de 7.500 tons. (otras 4 unidades), también provistos con los SS-N-3, que además embarcaban un helicóptero Kamov diseñado para guiar estos misiles. Con los Kynda y Kresta 1, la VMF aspiraba a batir a las Task Force aeronavales de la OTAN, gracias a sus misiles, capaces de situar cabezas nucleares a 250 km. de distancia. Para apoyar a estos cruceros se produjeron, a lo largo de la década de los 60, los destructores antisubmarinos de la serie Kanin (un desarrollo de los Krupny) y, sobre todo, los destructores polivalentes, antiaéreos y antibuque, de la clase Kashin. Estos serían los primeros buques del mundo totalmente propulsados a gas, signo elocuente de como la VMF procuraba incorporar todas las nuevas tecnologías a sus naves.

La década de los 70 presenció la aparición de buques de superficie soviéticos cada vez más sofisticados, adecuados a la misión que ahora se definía como prioritaria: la lucha contra los SSBN. Los Kresta II (10 unidades) fueron una solución de urgencia, en la que se sustituyeron los misiles de crucero SS-N-3 por los misiles antisubmarinos SS-N-14 y el helicóptero de guía de misiles fue reemplazado por otro antisubmarino.

foto: El crucero “Nikolayev” navegando por el Mar Negro.

Los Kara (7 unidades, de 10.000 tons.) serían un modelo más maduro. Mejoraron sus sensores subacuáticos y el diseño general, aún manteniendo el mismo armamento antisubmarino y antiaéreo de los Kresta II. Con un desplazamiento sensiblemente inferior que el de los Kresta y los Kara, los destructores de la serie Krivak, de 3.600 tons, causaron alta en gran cantidad a partir de 1971. Se trataba de escoltas con una considerable capacidad antisubmarina (misiles SA-N-14 y morteros antisubmarinos RBU), aunque con una capacidad antiaérea limitada a la defensa de punto. Pese a que casi todos estos barcos recibieron críticas de los analistas occidentales, en realidad podrían de desarrollar una variedad de misiones (antibuque, antisubmarino, antiaéreos). Su filosofía de diseño difería mucho de la vigente en la US Navy, que prefería constituir grandes Task Force integradas por naves muy especializadas. Por el contrario, las de la VMF estaban diseñadas para operar prácticamente a solas, sin formar esas grandes agrupaciones tan vulnerables a un ataque misilístico nuclear.
En los 80 aparecieron unidades crecientemente especializadas, lo que demuestra que la VMF ya se sentía más a gusto en las aguas oceánicas. Los cruceros de 28.000 tons. y propulsión nuclear de la serie Kirov fueron una amarga sorpresa para la OTAN, que no imaginaba que la VMF se atreviera a dotarse de navíos de ese porte, dado el peligro al que se exponían ante sus misiles SS o AS. Sin embargo, lo cierto es que un buque de esa envergadura podía resistir, mejor que otros más livianos, impactos de misiles y, a cambio, embarcaba un arsenal realmente temible: 20 misiles SS-N-1 9 (apoyados por dos helicópteros de guía), con un alcance de 550 km.; una gran cantidad de misiles antiaéreo s (40 del tipo SA-N-4 de defensa de punto y 96 del modelo SA-N-6 de largo alcance) además de montajes artilleros multitubo; 14 misiles antisubmarino SS-N-14 (apoyados por tres helicópteros antisubmarinos), y también morteros y torpedos antisubmarinos. En resumen, una formidable plataforma de armas. Se construyeron 3 unidades. Más modestos, los Sovremenny (8.000 tons.) tenían una misión prioritaria antibuque, gracias a sus misiles SS-N-22; y los Udaloy (8.500) estaban equipados para la lucha antisubmarina (misiles SS-N-14, morteros RBU, etc.). La última gran novedad en navíos de superficie fueron los cruceros de la serie Siava (9.700 tons., propulsión convencional), alistados a mediados de los 80 y dotados con misiles antibuque SS-N-12, de 550 km. de alcance y antiaéreos SA-N-6 (que no era otro que la versión naval del demoledor SA-1 O). Un helicóptero de guía de misiles y otro antisubmarino completaban su panoplia.

foto: Los cruceros de la clase “Kirov” fueron una amarga sorpresa para la OTAN.

Según el “Military Balance” de 1991, la US Navy alineaba 207 buques principales de superficie y la VMF disponía de 218 de la misma categoría. El dato resultaba engañoso, pues en realidad la US Navy seguía siendo más poderosa, y contaba con el refuerzo de otras Armadas de la OTAN, pero indica hasta qué punto la VMF había aumentado su capacidad para competir con los norteamericanos. La gran ventaja de estos últimos seguía siendo su poderosa flota de portaaviones, que incluía cinco unidades nucleares de 100.000 tons. y 8 convencionales de entre 65.000 y 81.000, capaces de embarcar un fabuloso potencial aéreo en su conjunto. La VMF no contaba con nada parecido. Pero estaba dispuesta a intentarlo.

PORTAAERONAVES

La VMF no desconocía la importancia del poder aéreo en la guerra naval. De hecho, su componente en este campo era más que notable. Potentes fuerzas de cazas y caza- bombarderos contribuían a la defensa de bases navales y costas, siendo estas patrulladas incesantemente por hidroaviones Beriev (incluso hubo hidros con propulsión a reacción), y un gran parque de aviones de largo alcance recorrían los mares en misiones de exploración, dirección de misiles y ataque antibuque. Cruceros y destructores embarcaban helicópteros Kamov, bien para el guiado de misiles, bien para misiones antisubmarinas. Pero el almirante Gorshkov decía que los grandes portaaviones no eran muy útiles. La primera señal de un cambio de orientación fue la aparición, en 1967, de los cruceros antisubmarinos de la serie Moskva (2 unidades de 18.000 tons.) Se trataba de buques de un aspecto inconfundible, con una sección proel de configuración convencional, erizada de armas antisubmarinas y antiaérea s, una enorme superestructura en el centro y toda la sección de popa convertida en cubierta de apontaje: los Moskva eran capaces de acomodar hasta 18 helicópteros antisubmarinos Kamov. Pese a que no dieron el resultado esperado, en definitiva estos potentes cruceros antisubmarinos, desplegados fundamentalmente en el Mediterráneo Oriental (la mejor posición de tiro para que los SSBN de los EE.UU. lanzaran sus SLBM contra la URSS) obligaron a la US Navy a desarrollar modelos de SLBM de más largo alcance.

foto: Helicópteros “Kamov” Ka-25. Embarcan en cruceros y destructores.

A partir de 1976 surcaron los mares los cruceros portaaeronaves de la serie Kiev (54.000 tons.), de los que se botaron 4 unidades. Su aspecto es similar a sus pares de otras Marinas (como el italiano Garibaldi o incluso el Príncipe de Asturias español), aunque su cubierta de vuelo angulada le da cierto parecido con los grandes portaaviones norteamericanos. De hecho se trataba de un híbrido, dotado de un potentísimo armamento antibuque, antisubmarino y antiaéreo en toda su mitad proel y una cubierta de vuelo que permite operar 16 helicópteros antisubmarinos Kamov y 13 aviones V/STOL Yak-36. No podían equilibrar las poderosas alas embarcadas de los portaaviones estadounidenses, pero eran enemigos temibles gracias a sus misiles SS y SA y a sus sistemas de armas antisubmarinas, algo de lo que carecen por completo los portaaviones de la US Navy. Las modificaciones en estos sistemas de armas y en equipos electrónicos introducidos en el cuarto de la serie fueron tan sustanciales como para que se hablara de un modelo nuevo, inicialmente conocido como Baku, pero que la Marina rusa surgida del desmembramiento de la URSS ha rebautizado con el nombre de Almirante Gorshkov.
Con la botadura por la URSS, no mucha antes de su desaparición como Estado, del Almirante Kuznetsov, de 65.000 tons., la VMF se acercó finalmente al concepto de portaaviones norteamericano, aunque muchos analistas lo motejaron despectivamente como un super-Kiev. De hecho, es capaz de embarcar un gran número de aviones y/o helicópteros. Y coincidiendo con su construcción diversos aviones soviéticos de avanzado diseño (los Su-25, MiG-29 y Su-27) realizaron prácticas de apontaje  para evaluar la posibilidad de diseñar versiones navalizadas. La VMF entraba en la era del portaaviones justo en el momento en que la URSS se disponía a hacerse el harakiri.

PORTAAVIONES: LA GRAN FRUSTRACION

En los años 30, Stalin ordenó que se iniciaran los estudios para construir dos portaaviones para la Flota Roja. La SGM abortó aquel primer proyecto. Acabada la contienda, la necesidad de mantener un gran Ejército en Europa Oriental y los ingentes gastos de la reconstrucción hicieron impensable la realización de estos caros buques. Además el nuevo amo del Kremlin, Kruschev, no tenía ninguna simpatía por las grandes unidades navales de superficie. Así que hasta 1958 no empezaría a trabajarse en el llamado Proyecto 1123, materializado años después en los portahelicópteros Moksva y Leningrad: la Armada contaba por vez primera con buques cuya función principal era embarcar un componente aéreo.
A la vez, los diseñadores navales empezaron a trabajar en el diseño de un auténtico portaaviones, de 80.000 tons. y con capacidad para embarcar 70 aviones de combate. Bautizado como Orel, contaba con el apoyo del mariscal Grechko, ministro de Defensa. Pero su sucesor, el mariscal Ustinov, no compartía ese interés, de manera que el plan fue archivado sin haber pasado de los tableros de dibujo. Se buscó entonces una solución de compromiso, el llamado Proyecto 1143, que cuajó en los portaaeronaves de la clase Kiev, de 40.000 tons. y que solo podía operar aviones V/STOL y helicópteros. Sus hermanos recibieron los nombres de Minsk, Novorossyisk y Bakú, aunque este último, en el que se introdujeron grandes novedades, acabaría siendo rebautizado Almirante Gorshkov.
La ambición por poseer un auténtico portaaviones perduraba y en 1978 empezó el trabajo en el Proyecto 11437. La historia del buque refleja elocuentemente la fase agónica de la URSS, pues fue sucesivamente bautizado Brezhnev y Tbilisi, para acabar recibiendo el que ahora ostenta: Almirante Kuznetsov (en honor al ex combatiente de la Guerra Civil española que mandó la Flota Roja en la SGM). Menos suerte tuvo el que iba a ser su gemelo, cuyo casco fue botado en 1985 como Riga. La implosión de la URSS encontró al buque sin terminar y su casco acabó siendo entregado a la nueva Marina ucraniana y rebautizado por ella como Varyag. Nunca llegaría a terminarse. En los años 80 se trabajaba en un proyecto aún mas ambicioso, un portaaviones de 75.000 tons., que debería haber sido el Lllyanovsk, cuyo casco fue botado en 1988.
A partir de 1991 el destino de los buques portaaeronaves rusos no ha podido ser más triste. En 1992 se enviaron al desguace el casco del portaaviones Ulyanovsk y los portahelicópteros Minsk y Leningrad, seguidos por el Novorossyisk (en 1993), el Kiev (1994) y el Moskva (1995). Además, los astilleros donde fueron botados todos los buques portaaeronaves se encuentran ahora en territorio de Ucrania. Finalmente, la Armada rusa se quedó solo con el portaaviones Kuznetsov y el portaaeronaves Gorshkov. Y en 1998 el ministro de Defensa, Sergueyev, anunció públicamente que el programa de construcción de portaaviones podía darse por anulado. Además, Moscú hace desaforados intentos por vender el Gorshkov a la India, con lo que el siglo XXI se inicia con un único portaaviones batiendo el pabellón ruso.
Un patético final para el ambicioso proyecto de dotar a Rusia de una fuerza aérea embarcada. Hoy por hoy, la única forma realmente viable de ofrecer un paraguas protector a una Armada en cuanto se aleja de sus costas es, precisamente, una fuerza aérea embarcada. El solitario Kuznetsov, que obviamente debe pasar periódicamente por la grada (tarea difícil, por la pérdida de los astilleros ucranianos), no puede actuar más que en uno solo de los múltiples teatros de operaciones navales donde Rusia tiene intereses (normalmente opera en el Mediterráneo). Así que el mantenerlo en servicio es fundamentalmente una cuestión de prestigio. Rusia tardará muchos años en poder contar con nuevos portaaviones.

FUERZAS LIGERAS

La fuerza de submarinos y las unidades oceánicas de superficie eran complementadas con eficaces fuerzas ligeras: fragatas y corbetas de defensa costera y antisubmarina (series Kola, Riga, Grisha, Petya, Mirka, Koni, Nanuchka, Poti, Tarant ul...); dragaminas y minadores para la guerra de minas, a la que la VMF daba gran importancia (prácticamente todas las naves soviéticas podían sembrar minas, incluidos los submarinos). Entre los buques especializados en estas misiones debería destacarse a los dragaminas/minadores oceánicos de la clase Natya y a los costeros de las series Van ya y Sonya, etc. Un capítulo especialmente importante era el de las lanchas rápidas, a las que la VMF concedía también gran importancia. Desde el final de la SGM, la URSS botó lanchas torpederas y cañoneras, con un desplazamiento cada vez mayor y en series cada vez más abundantes. Pero el gran salto se dio a fines de los 50, con las lanchas rápidas lanzamisiles de las clases Komar, Osa y Matka. Operando en escuadrones de hasta 24 naves, estas lanchas lanzamisiles suponían una amenaza muy seria para cualquier fuerza atacante, como se demostró cuando una Komar de la Marina egipcia hundió un destructor israelí en 1967 con sus misiles SS-N-2.
La VMF no desdeñó el uso de hidrofoils, como los artillados Turya y los lanza-misiles Sarancha. Otro destacado elemento de las fuerzas ligeras de la VMF eran sus buques de Inteligencia, a menudo camuflados como pesqueros, que seguían infatigablemente a la US Navy por todos los mares del mundo. Combinándose con satélites de exploración y los medios de detección subacuáticos establecidos por la VMF, estas unidades mantenían puntualmente informado al Alto Mando de la VMF sobre el despliegue de las fuerzas navales enemigas.

foto: El periodo soviético lo coronó, en materia de construcción de submarinos,  el mastodóntico “Typhoon”.

La VMF se dotó también de buques de apoyo logístico e incluso de una fuerza de desembarco anfibio relativamente importante. Sin embargo, pese al alarmismo que esta última habría de provocar en los medios de la OTAN, la Infantería de Marina soviética, que reapareció como cuerpo autónomo en 1964, era una fuerza casi simbólica. No llegaba a encuadrar más de 20.000 hombres y por tanto, era imposible el compararla con el mastodóntico Cuerpo de Marines que, este sí, tiene plena capacidad para llevar su poder militar a cualquier costa del Planeta. De hecho, la capacidad anfibia de la VMF estaba pensada para realizar acciones de flanqueo del Ejército soviético, a corta distancia del frente principal de operaciones terrestres, y de ahí que la VMF prestara mucha más atención que las Marinas occidentales al empleo de aerodeslizadores, naves de notables prestaciones en una operación anfibia, pero con una autonomía muy limitada.
Como decía al principio, resulta totalmente absurdo comparar a la VMF con la US Navy. Respondían a planteamientos totalmente distintos. Pero lo notable es que la VMF, pese a carecer de una gran tradición marítima, supo acercarse a la gran potencia naval norteamericana. Con asombrosa rapidez incorporó las plantas motrices combinadas de vapor-gas, después las de gas y también las nucleares. Apostó rápida y eficazmente por los sistemas misilísticos de todo tipo: antiaéreos y antibuques (en muchos casos versiones navalizadas de misiles SA y SS terrestres) y también antisubmarinos, y gracias a los SLBM que embarcaban sus submarinos estratégicos, se convirtió en un peligro directo para los EE.UU. No habría podido derrotar a la US Navy, pero esta habría perdido, sin duda, su indiscutido dominio absoluto del mar. En definitiva, el eliminar el peligro que para ella suponía la VMF hubiera impedido a la US Navy dedicarse a la que tradicionalmente había sido su tarea: proyectar contra el territorio enemigo el poderío militar estadounidense.

Revista Defensa nº 267-268, julio-agosto 2000
 


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