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La batalla de Stalingrado

¿Fue decisiva la batalla de Stalingrado? Para los historiadores militares soviéticos no cabe la menor duda: fue la batalla crucial de la SGM, el principio del fin de la Alemania hitleriana, el punto de inflexión de la guerra. Pero los soviéticos son parte interesada y su juicio no puede ser —por tanto— objetivo. Además, si leemos a los historiadores ingleses encontraremos una tesis diferente: la batalla clave de la SGM fue la Batalla de Inglaterra, primera derrota germana. Si, en fin, nos acercamos a las tesis norteamericanas, la versión es distinta: el momento decisorio del curso de la guerra se produce con la entrada en ella de los EE.UU, con su fabuloso poderío... Incluso hay tesis más atrevidas.

¿Por qué volver sobre Stalingrado si el tema fue abordado hasta la saciedad? Sin duda, pocas batallas han entrado tanto en el campo de lo legendario, de lo mítico, de entre todas las de la SGM. Pero se cumplen 40 años de su fin. Cuatro décadas nos separan de aquel 2 de febrero de 1943 en que los últimos defensores capitularon, aunque su jefe, Paulus, se había entregado ya dos días antes. Es una buena ocasión para recapitular, para replantear el tema con la excelente panorámica que dan estos ocho lustros, y preguntamos: ¿qué pasó realmente en Stalingrado?

PLANES ALEMANES PARA 1942

Fue imposible derrotar a la URSS al primer embate, en 1941. El invierno se había avalanzado sobre los hasta entonces invictos guerreros teutones y —aprovechándolo magistralmente— los rusos le asestaron terribles golpes a la Wehrmacht. El 1 de diciembre de aquel año las pérdidas humanas del Ejército del Reich en el Este ascendían a un 24 por 100 de los efectivos iniciales, entre muertos, heridos y desaparecidos.  Y aún quedaba mucho invierno por delante. Pero se pudo resistir; eso sí, a duras penas. Sin embargo ya nada podría ser igual estando claro que en 1942 no podría lanzarse una ofensiva general, como la del comienzo de la campaña de Rusia pues para eso hacían falta más reservas. Habría que atacar en un único sector. ¿Cuál?
El tema fue objeto de acalorados debates en el Alto Mando de la Wehrmacht (OKW) y en el del Ejército (OKH). Varios generales se inclinaban por el sector central, con Moscú como meta. Pero Hitler disentía. Moscú sólo era un objetivo político; las tropas napoleónicas tomaron la ciudad y no por eso dejaron de perder la guerra. Lo que se necesitaba era un objetivo estratégico. Y ninguno más tentador que el Cáucaso con su gigantesca riqueza petrolífera, de la cual tanto andaba necesitada la máquina de guerra germana. Era también la ruta hacia el Oriente Próximo donde, qué duda cabe, muchos anhelaban la llegada de los alemanes. Ya en 1941 Rashid El Galiani se rebeló en Iraq contra los ingleses y había tenido que ser sometido mediante el empleo de numerosas fuerzas, y en Persia, donde el Sha Reza Khan fue depuesto por sus simpatías pro-germanas y el país se hallaba ocupado por los anglo-soviéticos, existía idéntico interés. Además, ahora Rommel se acercaba a esta misma región desde Libia, y podía enlazarse con él si la ofensiva a través del Cáucaso prosperaba.

foto: “Al nororeste de Stalingrado las fuerzas alemanas han capturado este cañón de salvas completamente en condiciones de funcionar” (25-1-1943).

Incluso, a largo plazo, se podía pensar en llegar a la India, corazón del Imperio Británico, y darse la mano con las tropas del Sol Naciente. El sueño napoleónico de llevar la guerra contra los ingleses a sus colonias volvía a dibujarse.
El principal problema estratégico era el largo flanco que ofrecerían las fuerzas que se lanzaran a tan ambiciosa empresa. Para asegurarlo era necesario establecerse sobre frentes fácilmente defendibles, como un río (el Don) y ocupar puntos sólidos (Stalingrado). Además, esta ciudad era, por sí sola, un objetivo de primer rango. Punto nodal de la red fluvial soviética, dominando allí el Volga se colapsaba en gran medida un tráfico de gran interés estratégico. Por otra parte sus numerosas y modernas instalaciones fabriles entregaban porcentajes significativos de la producción mecánica y armamentística de la URSS. Esta sería, pues, la elección para 1942: avance hacia la Transcaucasia, cobertura en el Don y firme control de Stalingrado.
¿De dónde sacar las tropas? Aunque muchos excelentes regimientos yacían, casi íntegros, bajo la estepa, aún quedaban buenas unidades para formar las puntas de lanza del ataque. El problema, queda dicho, eran los flancos. Para cubrirlos los alemanes, que en 1941 no mostraron gran interés por las aportaciones militares de sus aliados, les pidieron ahora que realizaran un esfuerzo importante. En la campaña de 1942 las tropas aliadas iban a tener una amplia representación: 2º Ejército húngaro, 8º Ejército italiano, y 4º Ejércitos rumanos. Peor equipados y menos motorizados que las alemanas, estas tropas debían cubrir el frente estático, el Don. Así quedarían libres las fuerzas germanas necesarias para las otras dos metas de la operación: Stalingrado y el Cáucaso. Se imponía, por ello, la reorganización del Grupo de Ejércitos Sur, que fue dividido en dos, el Grupo de Ejércitos A, cuya misión era alcanzar y rebasar el Cáucaso, y el Grupo de Ejércitos B, que le guardaría las espaldas en el Don y Stalingrado.

LA MARCHA SOBRE STALINGRADO

Para poner en marcha la Operación Blau, nombre de código del plan estratégico para 1942, había que liquidar previamente algunos problemas pendientes: la conquista de Sebastopol y la expulsión de los soviéticos de Kertsch. Ambas cosas fueron logradas, no sin dificultades, por Von Manstein. También hubo que solventar una complicación que apareció inopinadamente: en la primavera de 1942 los soviéticos lanzaron una poderosa ofensiva en Jarkov (2ª Batalla de Jarkov) pero los tácticamente más maniobreros alemanes transformaron este empuje en derrota aplastante. Nada se oponía ya al avance. Panzermarsch!
Los alemanes vieron pronto que su progresión era más rápida y fácil que en 1941. Los rusos debían estar exagües —pensaron—, sin reservas, al borde del agotamiento, tras las grandes derrotas sufridas. Pero nada más lejos de la realidad. Stalin y su Stavka no dejaron de sacar lecciones del para ellos terrible 1941. Tenían una ventaja estratégica, la inmensidad del espacio ruso, y había que aprovecharla, sabiendo retroceder en el lugar y momento oportunos, salvaguardando así sus reservas humanas. Existía además otra ventaja para los soviéticos: conocían mejor que muchos generales alemanes el plan de operaciones para 1942. Una red de espionaje tan extensa como eficaz, cuyos tentáculos llegaban a los Estados Mayores germanos, la Rote Kapelle, informaba minuciosamente a la cúpula del Ejército Rojo. Stalin veía los planes de operaciones por encima del hombro de Hitler, según una afortunada frase de Careil. Y si les quedaba alguna duda sobre la verosimilitud de los informes de la Rote Kapelle debieron perderla cuando al derribar un aparato de enlace alemán cayó en sus manos toda la documentación y las órdenes de operaciones que, imprudentemente, llevaba consigo un oficial de Estado Mayor.

foto: “Naves industriales sin techo o arrasadas, emergiendo de nubes de humo, es el espectáculo que contemplan los pilotos alemanes en Stalingrado (sin fecha)

No resultaba difícil sacarle posibilidades a este plan alemán. Debía atraérseles lejos de sus bases antes de darles batalla; detenerlos justo antes de que alcanzaran sus objetivos clave (en las crestas del Cáucaso, antes de Baku y Batum y en los alrededores de Stalingrado) y contraatacar luego sobre los largos y vulnerables flancos. Ignorando que el enemigo conocía sus propósitos, los alemanes ultimaron afanosamente los planes operativos. En primera línea desplegaron a los Ejércitos propios que debían actuar de vanguardia: el 2º, el 6º y el 17º, junto a los 1º y 4º Panzearmee. Tras ellos las fuerzas aliadas, preparadas para cubrir sus posiciones de flanqueo.
El 28 de junio se iniciaba la campaña con el avance del 2º Ejército y del 4º Panzer hacia Voronezh. Dos días después le seguía el 6º Ejército. El objetivo germano era cercar y destruir cuantas más tropas enemigas mejor. Pero pronto constataron que éstas rehuían, en general, el combate, y resultaban inaprehensibles. Los alemanes, además, cometieron varios errores importantes. Numerosas fuerzas quedaron detenidas ante Voronezh durante demasiado tiempo, por la resistencia soviética a ceder la ciudad, pese a que Hitler no había pedido a sus generales la conquista de esta urbe. Más al Sur el error fue de mayor calibre y con mayores consecuencias. Temiendo que fuera a darse una gran batalla por Rostov —que fue escenario de crudísimos choques en la ofensiva de invierno rusa de 1941— y dada la importancia estratégica de este punto, puerta de acceso al Cáucaso, se concentraron los dos Ejércitos Acorazados, el 1º de Kleist y el 4º de Hoth. La ciudad, sin embargo, fue ocupada con relativa facilidad. Pero allí estuvieron embotellados, durante unos días que se revelaron luego decisivos, dos grandes masas de blindados y vehículos, sin apenas espacio para maniobrar dada las escasas carreteras. Empleado más al Norte, el 4º Panzer podría haber avanzado rápidamente hacia Stalingrado. Cuando se le asignó este objetivo era ya muy tarde. Los soviéticos tenían muy clara cuál era su Idea de Maniobra —lo cual no les ocurría a los alemanes— y se fortificaban intensamente en la ciudad, disponiendo tres líneas sucesivas de defensas, con un total de más de 300 km. de obstáculos anticarros y trincheras. Además se concentraba en la orilla oriental del Volga una importante masa artillera que quedaría fuera de las posibilidades de cerco alemanas. Hacia la cita de Stalingrado confluían las mejores tropas del Ejército Rojo. Todo esto pudo haberlo evitado un rápido avance desde el Suro este de las tropas de Hoth. Pero la realidad fue otra: ni el 4º Panzer ayudó a tomar Rostov, ni conquistó Stalingrado, cuando hubiese sido fácil, ni se empleó en el avance hacia el Cáucaso, tarea que inicialmente se le asignase.

EL ASALTO A LA CIUDAD

El 6º Ejército era una veterana unidad que había sido dirigida por uno de los mejores generales alemanes, Reichenau, hasta su muerte. De esta unidad dijo una vez el Fuhrer que con ella se podía tomar por asalto el cielo. Ahora se le encomendaba la tarea de conquistar la gran ciudad del Volga, auxiliada por el 4º Panzer. O por lo que quedaba de él, pues esta unidad había sido muy mermada en su fuerza. Su mejor división, la Grossdeutschland, marchó a Occidente ante la creciente amenaza de un segundo frente; había cedido también un Panzerkorps al 6º Ejército, y otro al Grupo de Ejércitos A, quedándose sólo con dos CE de Infantería (uno de ellos rumano) y uno acorazado (con una división acorazada y otra motorizada).

foto: “Infantes alemanes en tarea de limpieza de calles contra francotiradores soviéticos”. (25-IX-1942).

La razón por la que se le cambió de misión la comunico Hitler a sus generales el 30 de julio al decir: El destino del Cáucaso quedará decidido en Stalingrado. Hoy vemos claramente que tenía razón, pero entonces su decisión fue muy criticada por sus generales, entre ellos por Halder, jefe de EM del OKH, quien escribió en su diario: Se trata de una verdadera tontería. El enemigo huye presa del pánico.
Torciendo al Norte el 4º Panzer avanzó rápidamente siguiendo la línea férrea que une el puerto de Novorossisk con Stalingrado, ocupando el día 3 de agosto Kotelldnovo. Poco después recibió contraataques y pasó a la defensiva. El sólo ya no podía tomar la ciudad. Mientras, el 6º Ejército avanzaba con grandes retrasos por problemas logísticos. Significativo del exacto conocimiento que tenía el Stavka de los planes germanos fue la pregunta dirigida a la Rote Kapelle ante este retraso: ¿Dónde está el Ejército de Paulus? La primera resistencia seria surgió al llegar al final de la gran curva del Don, en Kalatsch. Allí, como al Norte de Kotelkinovo, los soviéticos se habían hecho fuertes. Para vencer esta resistencia el 6º Ejército y el 4º Ejército Acorazado actuaron coordinadamente y Paulus, como general más antiguo, dirigió las operaciones conjuntas. El 19 de agosto tuvo lugar el primer asalto general, consiguiendo cruzar el Don los alemanes dos días después al conquistar el gran puente de Kalatsch. Por el Sur, Hoth avanzó igualmente con dificultad. El día 23 los soldados de Paulus alcanzaron el Volga, en el suburbio de Rynok, al norte de Stalingrado. El 2 de septiembre se enlazaba con las vanguardias de Hoth. Para el día 15 se ordenó un asalto frontal a la ciudad.
Pese a las dificultades con que tropezaban los alemanes aún tenían motivos de optimismo. El general Ruoff, comandante del 17º Ejército, que avanzaba hacia el Cáucaso, invitó al agregado militar nipón y grandilocuentemente, señalando la ruta del sur, le dijo: Las puertas del Cáucaso están abiertas. Se acerca la hora en que las tropas alemanas y las de vuestro Emperador se encontrarán en la India. De pronto el Ejército Rojo dejó de retroceder, para hacerse fuerte sobre las crestas montañosas y, aunque la Reichskriegsflagge (bandera de guerra del Reich) ondeara orgullosa sobre la cima del Elbruz, no fue posible alcanzar la Transcaucasia. A la oposición soviética había que añadir las dificultades logísticas, que crearon situaciones insolubles. Aunque se recurrió hasta al uso de los camellos autóctonos, el problema no pudo resolverse. En su cabalgata hacia el petróleo los alemanes fueron detenidos por la carencia de éste...
En el Alto Mando alemán tuvieron conciencia de la gravedad de la situación que se estaba creando. Especialmente en los flancos. Si entre Voronezh y Stalingrado montaban guardia varios Ejércitos aliados (2° húngaro, 8° italiano, 3º rumano), al Sur de esta ciudad apenas había nada una vez sobrepasadas las colinas de Ergheni, guarnecida por el 4º Ejército rumano. Sólo una división alemana, la 16 Motorizada, ayudada por Caballería rumana y por una de las unidades más sorprendentes alistadas por los alemanes en Rusia, el Cuerpo de Caballería Kalmuca, protegía la extensa estepa de los Kalmucos y enlazaba con el Grupo de Ejércitos A. El 16 de agosto el Diario de guerra del OKW registraba una llamada de atención de Hitler a sus generales recordándoles que, en el curso de la guerra civil rusa, Stalin había derrotado decisivamente al Ejército Blanco con un audaz ataque desde Serifmovic (en la curva del Don) hasta Rostov, lo que le valió la victoria de Zaritzin, ciudad que fue entonces rebautizada como Stalingrado. Hitler temía que se repitiera este mismo esquema y que su Ejército quedara cercado en el Cáucaso.

foto: “La desesperada defensa de Stalingrado por los bolcheviques da lugar a que por cada reducto se libren batallas encarnizadas. Aspecto de una trinchera conquistada por los alemanes después de duros combates” (19-IX-1942).

“RATTENKRIEG”

Stalingrado era entonces una ciudad larga (se extendía casi 30 km.) y estrecha pegada a la ribera occidental del Volga. Contaba con grandes conjuntos fabriles que producían, entre otras cosas, una cuarta parte de los tractores de la URSS, así como gran cantidad de carros y cañones. Tenía varias estaciones ferroviarias y un importante puerto fluvial. Unas elevaciones en su zona central, las Mamaiev Kurgan, dominaban la ciudad y el río. Stalin nombro a enérgicos comandantes, como Chuikov, futuro vencedor en Berlín, y los puso al frente de excelentes tropas asentadas detrás de importantes defensas. La población civil fue movilizada en batallones de milicias, siendo una ayuda nada despreciable.
Entre el 1 y el 15 de septiembre los alemanes consiguieron el control de los barrios periféricos. El día 27 se lanzaron sobre las Mamaiev Kurgan, que conquistaron, pero sólo para perderla dos días después. En total, a lo largo de la batalla las Mamaiev cambiaron de manos una docena larga de veces y se calcula que en sus laderas dejaron sus despojos casi 20.000 hombres. El 4 de octubre, tras fuertes bombardeos aéreos y artilleros los alemanes volvieron a la carga, librándose durísimos combates sin sucesión hasta el 12 de noviembre en que la orilla occidental del Volga al Sur de la ciudad fue también ocupada.

foto: “Infantería rumana viaja, en camión, para participar en los duros combates que tienen lugar en Stalinado” (sin fecha).

Pero ni se consiguió dominar las Mamaiev Kurgan ni cruzar el Volga, por lo cual los defensores pudieron recibir, además del apoyo artillero que llegaba desde la otra ribera, el apoyo logístico necesario, gracias a la esforzada labor de la Flotilla de guerra del Volga. Aunque casi toda la ciudad estaba dominada por los soldados del Reich no tenían el control de los puntos clave.
Los escuetos datos cronológicos no pueden reflejar la crudeza de la batalla. Divisiones acostumbradas a la blitzkrieg se vieron envueltas en la más feroz e intensa lucha callejera, a la que pronto bautizaron —gráficamente— como rattenkrieg (guerra de ratas). Se combatía durante días por un edificio por una nave industrial. Una planta podía ser dominada por los soviéticos y la inferior por los alemanes. Una posición cambiaba de manos varias veces al día. Una batalla como la de la Ciudad Universitaria, en la guerra española, pero en edición corregida y aumentada. La ciudad era un puro revoltijo de ruinas, pues los bombardeos aéreos y artilleros de alemanes y soviéticos eran constantes. Además de por las Mamaiev Kurgan los combates alcanzaron cotas inenarrables de dureza en varios de los grandes edificios de la ciudad, transformados en fortalezas. El gran silo cerealícola y la fábrica Octubre Rojo, por ejemplo, quedaron ahitos de sangre. Pocas veces los alemanes se vieron tan impresionados por el valor de los rusos como en aquella ocasión. Así lo recogen expresamente todas las “Memorias” de los combatientes y de sus mandos. Un fanatismo casi religioso les hacía defender cada esquina, cada piso, cada montón de escombros. En la ciudad que lleva su nombre, Stalin pudo sacrificar los efectivos de dos Ejércitos para obtener la victoria final: el 64º y, sobre todo, el 62°, el cual, bajo la dirección del citado Chuikov, figura desde entonces en la mitología oficial soviética.
El día 9 de noviembre Hitler, en la conmemoración del Putsch de la Cervecería, dijo ante los camisas viejas de su Partido que Stalingrado estaba prácticamente en sus manos. ¿Optimismo irreflexivo? No. El último parte que había enviado el general von Sodenster —jefe de EM del Grupo de Ejércitos B— decía textualmente eso: Prácticamente en nuestras manos.

LOS PLANES SOVIETICOS

Los días 12 y 13 de septiembre Stalin había convocado al Comité de Defensa. Asistían el comandante en jefe adjunto, Zhukov, y el Jefe de Estado Mayor General, Vassiievski. Tema: la futura contraofensiva, de la que se venía hablando y discutiendo a partir de julio. Se elaboraron las directrices principales. Después, hasta mediados de noviembre, un frenético trabajo de altos jefes y Estados Mayores, bajo la atenta supervisión de Zhukov y Vassiievski, desarrolló y concretizó estos principios. A fines de septiembre estos dos generales soviéticos sometieron a Stalin su proyecto estratégico (la Operación Urano) y las modificaciones organizativas necesarias (creación del Frente del Sudoeste bajo el mando de Vatutin), así como una fecha aproximada: mediados de noviembre. Aprobado todo por el Gran Cuartel General pasó a la responsabilidad del Estado Mayor General que, para asesorar a los mandos operativos, envío a los distintos Frentes a su más cualificados generales (Voronov, Ivanov, Fedorenko, Novikov, Jrulev, Yakovlev...)

foto: “Puesto de mando avanzado. Al fondo secciones de Infantería alemana esperan la orden de comenzar un ataque contra posiciones soviéticas en Stalingrado” (sin fecha).

La Idea de Maniobra soviética se centraba en un doble ataque sobre sectores débilmente defendidos (los de los Ejércitos rumanos 3° y 4°) seguido de un movimiento de tenaza para cercar a dos grandes unidades alemanas, el 6º Ejército y el 4º Panzer. Para tal operación se amontonaron masas ingentes de hombres y material. Más de 1.100.000 soldados; 1.500 carros (de ellos 900 T-34 a estrenar) organizados en cuatro CE acorazados, tres CE mecanizados y 14 Brigadas Acorazadas autónomas; 230 regimientos de artillería de campaña y 115 Regimientos de lanzacohetes Katiusha, que suponían un total de 15.500 cañones y morteros pesados y 10.000 rampas lanzacohetes múltiples. En total: 15 Ejércitos de Infantería, 1 Acorazado y 4 Ejércitos Aéreos.
¿Se habían quedado ciegos los alemanes? No. Tenían noticias incluso de la celebración de algunas conferencias a alto nivel entre mandos soviéticos donde se preparaban planes ofensivos. Detectaron la creación del Frente del Sudoeste. Comprendieron que las constantes ofensivas locales sobre italianos y rumanos iban destinadas a que los soviéticos se dotaran de las suficientes cabezas de puente sobre el Don. Halder, jefe de EM del OKH, empezó a pedir a Hitler la retirada del 6° Ejército de Stalingrado por creer que su posición era muy expuesta. Pero ni Paulus ni otros generales implicados pensaban entonces así. Y como Halder tenía una sólida reputación de derrotista y timorato (en una ocasión, por ejemplo, mandó a su adjunto, casualmente el general Paulus, a convencer a ese loco de Rommel, de que detuviera una de sus más afortunadas ofensivas) fue depuesto y sustituido por Zeitler. Halder no parecía pensar en el gravísimo peligro que para las tropas del Cáucaso suponía el abandono de Stalingrado, casi conquistado, además, al precio de tantísima sangre.
Hitler confió en Paulus y en su 6º Ejército. Paulus le había telegrafiado, el 25 de octubre, que todo lo más el 10 de noviembre la ciudad estaría en sus manos. Hitler pensó que sería posible entonces retirar parte de las tropas asaltantes para distribuirlas como reservas a lo largo de los sectores defendidos por sus aliados. Reforzó esta idea la, falta de una buena Inteligencia estratégica alemana, la cual en este caso facilito información absolutamente errónea (no teman ninguna Rote Kapelle en la URSS y, a la vez, Canaris, responsable de la información militar, no era —como es notorio— un entusiasta de su Fuhrer, gustándole más crearle problemas que solucionárselos). Ocurrió en estas fechas —como cuenta Paul Carel— que una información de la OKW cuyo origen es todavía hoy desconocido, confirmó al Fuhrer en sus juicios optimistas: los rusos a partir del 9 de septiembre no poseían ninguna reserva operacional de importancia. Posiblemente sería muy esclarecedor saber la fuente de aquella falsa noticia. En todo caso, vinieron a confirmarla. La sección FHO (Fremde Heere Ost, Ejércitos extranjeros del Este) del Alto Mando, que evaluaba la información obtenida en los teatros de operaciones, informó que todo lo más la ofensiva soviética tratarla de cortar el ferrocarril de Rossosh a Kalatsch, cordón umbilical del 6° Ejército. Afortunadamente aún quedaría libre la línea que subía por Proletarskaya y Kotelkinovo para los suministros.

Como la caída de la ciudad se tenía por inminente, el 10 de noviembre el 4º Panzer empezó a retirarse y concentrarse en Kotelkinovo, tanto para reponerse de los combates como cara a la futura redistribución de las tropas para el invierno.

foto: “Sector de Stalingrado. Los soldados inventan. En esta caso instalación de una ametralladora en un trineo (20.XII-1942).

MANDOS Y UNIDADES CERCADAS EN STALINGRADO
CG y EM del 6° Ejército.
CG y EM de los CE: IV, VIII, XI, XIV Panzer y LI.
Divisiones de Infantería: 44a, 71a, 76w, 94a, 113, 295a, 305a, 371a, 376a, 389a, 397a y la 100a de Jaeger (cazadores).
Divisiones Motorizadas: 3a, 29 y 60a.
Divisiones Panzer: 14, 16 y 24a.
División Flak de la Luftwaffe: 9.
Unidades de la Reserva Estratégica del Ejército, en especial cinco batallones de zapadores de asalto, llevados a la ciudad por sus especiales conocimientos en demolición.
Tropas aliadas:
Quedaron en el interior de la bolsa los restos de la lª División de Caballería rumana (del 4º Ejército rumano) y de la 2º División de Infantería (del 4º Ejército rumano).
Uno de los regimientos de la 100ª Jaeger era la Legión Croata de Voluntarios.
Se hallaba también dentro de la bolsa una compañía de voluntarios holandeses de un Regimiento de Transporte del NSKK, y una pequeña unidad logística italiana, dependiente del 8° Ejército (30 hombres y un oficial en total).

foto: El cerco de Stalingrado y las direcciones de ataque y contraataque de alemanes y soviéticos.

OPERACION “URANO”

A las 5 de la madrugada del 19 de noviembre sobre el frente del 3º Ejército rumano, la tierra pareció entrar en erupción (1). Prácticamente todos los Regimientos de Artillería de la reserva estratégica rusa disparaban sobre los desventurados rumanos, que a continuación recibieron el choque brutal de los 21° y 65° Ejércitos soviéticos, así como del 5º Acorazado (formaciones todas ellas del Frente Sudoccidental). Ya conocemos esta historia (ver DEFENSA núm. 47).

(1) El día 5 Rommel había empezado a retroceder desde El Alamein y el día 8 se había desencadenado Torch sobre el África del Norte francesa.

Las débiles reservas germano-rumanas del sector nada pudieron hacer. Al día siguiente el Frente de Stalingrado, dirigido por Yeremenko, hacía correr igual suerte al 4º Ejército rumano. Antes de que los soldados del Eje pudieran reaccionar, ambos Frentes soviéticos enlazaron, el día 23, gracias a que el gran puente de Kalatsch había caído intacto en sus manos mediante un golpe de mano. El 6º Ejército acababa de ser cercado. Y aquí empiezan las leyendas sobre esta batalla.
Según una de ellas, Paulus debía haber roto el cerco inmediatamente, salvando así a su Ejército. Resulta más que dudoso que lo hubiera salvado atravesando dos Frentes (equivalentes a Grupos de Ejércitos) enemigos en plena actividad. Que esto no es una pura suposición lo demuestra el caso de la 94 División alemana que recibió la orden, el 23 de noviembre, de abandonar sus posiciones para retirarse 8 km. En este movimiento fue literalmente liquidada. El jefe del CE correspondiente, Von Seydlitz-Kurbach, no se había tomado la molestia de informar al mando del 6º Ejército y pensaba, con esta política de hechos consumados, obligar a Paulus a tomar la decisión de romper el cerco. Paulus, por su parte, no dio parte de hecho tan grave a Berlín…

foto: Fotografía aérea de Stalingrado en llamas tomada por los aviones de reconocimiento alemanes a (17-IX-1 942).

Pese a todo, la situación no estaba perdida. Hitler ordeno al 6º Ejército que se estableciera una posición erizo en la ciudad, que fue declarada Fortaleza, y que se esperara ayuda exterior. Se le señaló que de su resistencia dependía la seguridad del Grupo de Ejércitos A ya que, sin problemas en su retaguardia, el Ejército Rojo se avalanzaría sobre Tostov. Manstein, uno de los mas capacitados generales alemanes, recibió el encargo de formar, en la gran curva del Don, el Grupo de Ejércitos Don. Bajo su mando quedaban, aparte de los restos de los dos Ejércitos rumanos, el 4º Panzer de Hoth, que había sido retirado providencialmente a tiempo y una unidad formada aceleradamente con todo aquello de lo que se pudo echar mano para frenar la avalancha, desde convoyes de permisionarios a convalecientes, pasando por los oficinistas de los Servicios de Etapas y pequeñas formaciones de voluntarios del Este: el Destacamento de Ejército Hollidt (por el nombre de su Jefe). Pero el contingente más fuerte que quedó bajo el mando de Manstein fue precisamente el 6º Ejército .
Aunque parecía imposible, se consiguió formar algo que se asemejaba bastante a un frente, sobre el Tchir, un tributario del Don por su margen occidental.
Decisivo en la resolución de dejar al 6º Ejército en Stalingrado fue el compromiso de la Luftwaffe de que podría aprovisionar a los cercados. Esto ha sido muy criticado, recibiendo por ello Goenng feroces invectivas. El y Hitler, que obviamente no han podido defenderse, han sido hechos responsables por los generales supervivientes de todos los errores que condujeron a la catástrofe, lo que no es muy honesto por su parte. La afirmación de Goering de que se podría apoyar a los cercados no era fatuidad. En febrero y abril de 1942 su Luftwaffe había abastecido perfectamente a casi 100.000 soldados germanos aprisionados en Demyansk. No se creía que este cerco fuera a durar más.

foto: Stalingrado cercado por las tropas soviéticas.

Una de las comentadas leyendas sostiene que hubieran hecho falta 500 aviones para aprovisionar Stalingrado y que no se podía ni soñar con reunir esta cifra. En realidad, como el estudio de David Irving ha demostrado, la exigencia de 500 aviones no aparece en los documentos de la época y tal cifra fue introducida, como auténtica falsificación, en los Diarios de guerra oficiales sólo en 1945. Resulta, pues, que tantas críticas lanzadas por responsables supervivientes se basan en una falsificación pura y simple. En realidad, la Luftwaffe se porto admirablemente. Pese a que la situación en el Mediterráneo le exigía también un intensísimo puente aéreo con la cabeza de playa de Túnez, la Fuerza Aérea alemana logro reunir una importante flota de transporte. El día 1 de diciembre, por ejemplo, se disponía de 221 Ju-52 y 95 He-111, pero sólo 15 Ju-52 y 25 Heinkel pudieron llegar a los aeródromos de la bolsa, fundamentalmente a causa del pésimo tiempo y por la formidable barrera que formaban la DCA y la caza soviéticas, y también por la escasez de aeródromos y el colapso general de la logística germana en la región. Nadie puede acusar a la Luftwaffe de no esforzarse por los sitiados. La aviación de transporte pagaron un elevadísimo tributo de sangre y aparatos en su esfuerzo por mantener el puente aéreo y evacuar el personal.
Se llegó a disponer de un máximo de 298 Ju-52, con una capacidad punta de 600 Tm. Pero Paulus había pedido más: 700 Tm. diarias, con un mínimo de 500 para poder subsistir. ¿Le era realmente necesaria esta cantidad? De nuevo nos hallamos ante una leyenda. El día 22, al comunicar que iba a quedar cercado, Paulus dijo que le quedaba abastecimiento y munición para muy pocos días. Y sin embargo su Ejército resistió por dos meses enteros. Una exageración del mismo tipo es la de 700 Tm. Los especialistas del Alto Mando alemán calcularon unas necesidades reales sensiblemente inferiores. Y esto no es un reproche a Paulus, porque todo general debe pedir, cuanto más mejor, para sus tropas. Es un reproche a quien toma estas cifras para lanzar acusaciones. Tampoco quiere decir esto que los hombres del 6º Ejército nadaran en la abundancia. Todo lo contrario. A la angustia del cerco debieron añadir el hambre más atroz y una penuria casi absoluta. Pero aun así, pudieron resistir ante un enemigo perfectamente abastecido que les atacaba con furia, durante dos meses. No es pues, para burlarnos de los sufrimientos de estos hombres por lo que sacamos el tema a colación, sino para demostrar que las cifras transportadas fueron significativas y útiles. Aunque existan discrepancias según las fuentes, creemos que son validos sobre las cifras de suministros que aparecen en el cuadro núm. 2.

LIBERAR AL 6° EJÉRCITO

Aún había para los alemanes algún motivo de optimismo. Se ha asegurado que sólo Hitler creía en una pronta solución. Pero no es así; bastantes oficiales superiores opinaban como él, pero púdicamente suprimieron tales pensamientos de sus “Diarios” y “Memorias”, representando el papel de haber sido clarividentes desde el principio. Incluso se ha llegado a falsificar documentos oficiales, como se ha demostrado. Realmente, si hubieran sabido lo que los soviéticos tenían aún en reserva sí que Hitler y sus generales hubieran perdido toda esperanza.
Manstein no se durmió. El día 12 de diciembre, el 4º Panzermee volvió a recorrer la ruta que de Kotelkinovo se dirije a Stalingrado, que ya transitara el verano anterior, aunque ahora con mucha más oposición (Operación Tormenta Invernal). Tras sus vanguardias, 800 camiones llevaban abastecimiento para los sitiados. Frente a ellas, el Frente de Stalingrado, urgentemente reforzado por el 2º Ejército de la Guardia. El día 21 se llegó a estar a 48 km. al Sur de Stalingrado. Paulus no quiso lanzar entonces, pese a los requerimientos de Manstein, la Operación Trueno (salida hacia el Sur). Ciertamente Hitler no la había autorizado, pero en muchas ocasiones los generales le habían desobedecido y siendo reconocida a posteriori, cuando la salida fue positiva, su actuación. Las biografías militares de los generales preferidos del Fuhrer (Model, Schorner, el mismo Manstein) tienen bastantes ejemplos de este tipo. Pero Paulus rechazó arriesgarse y arguyó sus dificultades logísticas (decía tener combustible sólo para 30 de los 48 km.) para no operar en el sentido que Manstein le indicaba.

foto: ‘El combate en torno de Stalingrado. Sin interrupción el Arma Aérea alemana bombardea objetivos importantes en la ciudad” (5-XI-1942)

Y los días no pasaban en balde. Aunque la feroz resistencia del 6º Ejército y el avance del 4º Panzer recortaron sus ambiciosos planes, los soviéticos siguieron adelante con sus ataques. El día 14 de diciembre Vatutin atacó duramente el frente del Tchir, haciéndolo saltar dos días después. Este era el inicio de la Operación Saturno que continuaba y explotaba los éxitos de Urano. El día 18 el 8° Ejército italiano era literalmente barrido por un fenomenal ataque soviético lanzado por el Frente del Don (ver DEFENSA núm. 42). Las nuevas brechas eran peligrosísimas. Manstein, tratando de evitar males mayores, pidió el día 24 a Hoth que enviara parte de sus tropas a los nuevos sectores amenazados. Desde ese momento empezó a retroceder, alejándose de Stalingrado.
El día 29 el OKW ordenaba al Grupo de Ejércitos A que iniciara su repliegue desde el Cáucaso. la situación sobre el Don le amenazaba con un Súper-Stalingrado. Esta retirada puede considerarse como militarmente perfecta y permitió evacuar con muy pocas bajas a 700.000 hombres. Todo el frente Sur del Eje se hallaba en retroceso, un retroceso que ya no se detendría hasta Berlín.
El 2° Ejército húngaro y el 2° Ejército alemán, únicos del Grupo de Ejércitos B que aún no habían sufrido el mazazo soviético, recibieron su parte de ración a principios de 1943, esta vez a cargo del Frente de Voronezh (ver DEFENSA num. 18). El frente germano-rumano-italo-húngaro en el Don y el Volga había sido totalmente destrozado y desbandado.

EN LA BOLSA

Todo, excepto el 6º Ejército que, desafiando los cálculos soviéticos, seguía aferrado a la ciudad que sería su tumba. Sin este sacrificio, tan acertadamente comparado al de las Termópilas, la catástrofe del Don hubiera sido aún mayor, desarrollándose en el Cáucaso otra tragedia. Zhukov conocía a sus generales y sabía que no podía dejarles ir demasiado lejos sin asegurarse las espaldas. Por eso concentré ante los cercados a fuerzas importantísimas: los Ejércitos 62° (Chuikov), 5º (Popov), 2° de Guardia (Malinovski), 51º (Trufanov), 64° (Schumiov), 57º (Tolbukhin), 21° (Chistjakov), 65° (Batov), 24° (Galarnin), 66° (Sha6 0v), así como al 28º (Guerasimenko), como reserva. El 10 de enero esta masa se lanzó sobre los desfallecidos germanos (Operación Anillo) que, pese a la penuria de municiones, a las plagas (el tifus y la disentería se cobraron miles de vidas), al hambre y al frío resistieron con furor. Describir las penalidades de aquellos hombres queda fuera de las posibilidades de espacio de este artículo y también fuera de nuestra capacidad literaria. Quizá sólo un Dante podría expresar cómo era aquel infierno terrestre donde se consumía el 6º Ejército.
El 14 de enero los soviéticos tomaban el aeródromo de Pitommk y diez días después las pistas de Gumrak y Stalingradsky. Se cortó todo enlace con el frente alemán que estaba ya a cientos de kilómetros. Los rusos prefirieron evitarse más bajas ofreciendo la rendición. La primera oferta fue el día 8 de enero. La segunda el día 22. Pero sería la división de la cada vez más pequeña bolsa en dos partes lo que terminó de hundir a Paulus. Hitler, tratando de evitar su capitulación, le ascendió a mariscal. Aun así el día 31 de enero se entregaba a los soviéticos, adquiriendo el dudoso honor de ser el primer oficial alemán de este rango en toda la Historia capturado vivo por el enemigo. Dos días después caía la bolsa Norte, donde el general Streiker (del XI Cuerpo) animó la resistencia hasta el último cartucho.

BALANCE

A la hora del balance de la batalla una pregunta se impone: ¿cuáles fueron las pérdidas alemanas? La historiografía oficial soviética partió de una cifra inicial de casi 400.000 para posteriormente ir rebajando la cantidad. La cifra de efectivos del 6º Ejército alcanzaba casi a los 300.000 hombres pero no todos —desde luego—se hallaban en la bolsa. Muchos miles estaban en las unidades de depósito, en hospitales, en cursos y Academias, de permiso, etc. Los datos reales se acercarán, sin duda, más a las ofrecidas, tras minucioso estudio, por Caiell (cuadro número 3). 
Un mariscal, 24 generales alemanes y un rumano y muchos miles de hombres partían hacia el cautiverio. Pero mientras que Paulus brindaba —poco después— con champaña, ante sus colegas soviéticos a la salud del Ejército Rojo y de su jefe, Stalin, sus hombres tenían ante sí un futuro horroroso. Los heridos que no consiguieron ser evacuados por la Luftwaffe fueron enterrados vivos en el enorme bunker Timoshenko, al que se volaron las entradas. Entre 40 y 50.000 prisioneros murieron en las seis primeras semanas de cautiverio, en el campo de Bektoffka, algunas decenas de kilómetros al Sur de Stalingrado. Cuando en 1951 empezaron a volver a su país los prisioneros de guerra germanos, sólo fue posible encontrar a 6.000 supervivientes de aquel Ejército que hubiera podido tomar el cielo por asalto.

¿Hubo un responsable directo de la derrota? Los dedos acusadores señalaron unánimemente a Hitler durante muchos años. No es fácil creer tal cosa hoy. Incluso el mismo mariscal soviético Chuikov ha escrito que Hitler optó por la mejor solución, dejando al 6º Ejército donde estaba (ver DEFENSA núm. 2). Su intuición de que en Stalingrado se iba a decidir el resultado de la campaña de 1942 resultó trágicamente cierta. Y es que las decisiones de Hitler, sin ser infalibles como querían sus más fanáticos seguidores, tampoco eran los delirios de un cabo bohemio como sostienen sus detractores. En el caso de Stalingrado —lo acabamos de ver— no tuvieron nada de descabelladas. En cambio, sus generales tienen más responsabilidades de las que admitieron o se les achacaron. Señalemos —de paso— que el hecho de que varios generales del 6º Ejército estuvieran comprometidos plenamente en las conspiraciones contra Hitler no es un dato irrelevante, sobre todo a la hora de explicar su conducta en la batalla: el caso más evidente es el del general von Seydlitz-Kurbach. Por otra parte, el mismo Paulus parece haber formado parte de una de estas conjuras. Mas le valía haber prestado más atención al campo de batalla. Y es que —todo sea dicho—, este general distaba mucho de ser un brillante señor de la guerra, como otra de tantas leyendas nos ha hecho creer. Esta leyenda empieza por adornar su apellido con un von, lo cual es absolutamente falso. En realidad, Paulus ni era un junker ni tampoco se hallaba a gusto en el frente. Ya en la segunda batalla de Jarkov el OKH debió dirigir directamente su Ejército, pues si le hubieran dejado a él habría llevado a sus soldados al fracaso. Como muy bien señala Madjalany, Paulus fue la víctima de sus propias virtudes de oficial de Estado Mayor, que en la prueba crucial fracasó en el campo de batalla. Su carácter irresoluto, indeciso, le impidió incluso ponerse francamente contra Hitler. Sólo tras el Complot de la Bomba se decidió a hablar por radio contra Hitler. En todo caso, su cambio de campo le fue provechoso, pues tenía mucho que hacerse perdonar. Como Oberquartiermeister 1 del Alto Mando habría dirigido todos los trabajos preparatorios de la agresión contra la URSS. Pero, pese a ello, nunca se le acusó de delito alguno. En cambio, su jefe de EM, el general Schmidt, que no incurrió en felonía, fue condenado por los soviéticos a 25 años de trabajos forzados. Paulus acabó sus días en la Alemania del Este, en 1957, víctima de una rara esclerosis cerebral.
Y ahora volvemos al principio: ¿fue decisivo Stalingrado? Sin duda fue una gran derrota y no sólo militar, sino política, moral, propagandística; se transformó para todos los enemigos del III Reich en un mito. Eso sí, como acertadamente señalaba J.F.C. Fuller, Stalingrado fue sólo la señal que indicó la ruina de Hitler, no su causa. Ni siquiera puede decirse que los alemanes perdieran, a partir de entonces, la iniciativa estratégica totalmente en el Este, como lo muestra la estrepitosa derrota soviética en la tercera batalla de Jarkov y la ofensiva de verano alemana contra Kursk.
Hoy, sobre las Mamiev Kurgan, una gigantesca estatua, realizada en el burdo estilo del realismo socialista, recuerda la batalla. Quizá lo único que merezca ser recordado sea el valor y la entrega de los soldados rusos y germanos que, pensando más en sus respectivas Patrias que en sí mismos, entregaron allí su vida. Es una enseñanza para una época que sufre una crisis general de valores. Y una última lección: la necesidad de evitar toda nueva guerra fratricida entre los pueblos de la vieja y desgarrada Europa.
N. de la R.— Todas las fotografías llevan la fecha y el texto con que las distribuyeron las diversas agencias de Prensa alemanas. Por eso, los referidos textos van entrecomillados.

Revista Defensa nº 58, febrero 1983, Carlos Caballero Jurado


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