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Historia del intento de secuestro del submarino republicano C2 en Francia

Nuevos documentos descubiertos en los archivos españoles y franceses reconstruyen el intento de secuestro del submarino republicano C-2 en Francia por parte de un comando franquista, bajo las órdenes del comandante Troncoso.

El nombramiento del comandante Julián Troncoso Sagredo en 1937 como jefe de la Comandancia Militar del Bidasoa supuso un gran avance en la organización y desarrollo de las actividades de espionaje, contraespionaje y acciones armadas de los nacionalistas de Franco en el Norte. Nacido el 12 de noviembre de 1895 en Valladolid, pero de familia navarra, se había casado en Pamplona en 1920 con Elena Caclena y pertenecía al Arma de Caballería. Destinado en Zaragoza, la sublevación le cogió en esta ciudad, donde fue herido de bala en un enfrentamiento con un grupo de republicanos. Fue conducido al hospital de Pamplona y, posteriormente, estando de convalecencia en el pueblo navarro de Garayoa, participó en la persecución de un grupo de fugitivos republicanos que intentaba pasar a Francia, siendo herido de nuevo.

Cuando estaba convaleciente de esta segunda herida y andaba todavía con muletas, fue nombrado, en septiembre de 1936, comandante militar de la zona fronteriza de Fuenterrabía a Vera de Bidasoa. Según fuentes galas, tenía buena reputación como militar, destacando su actuación en Marruecos. Había sido trepanado debido a una caída del caballo y era de carácter, según señalaba un comisario de la policía francesa en un informe, altivo y desdeñoso por lo que era muy criticado, considerándose también que estaba muy influido por su adjunto, el capitán Miguel Ibáñez de Opacua.

Foto: Antonio Martín Montís, hijo del marqués de Linares, formó parte del comando organizado por Troncoso en el asalto al submarino republicano C-2.

En el mes de diciembre de este mismo año fue nombrado Jefe de los Servicios de Frontera del Norte de España con jurisdicción en la provincias de Navarra y Guipúzcoa, teniendo a su cargo la vigilancia con tropas, de todos los Pirineos hasta Huesca, de las costas hasta el frente de guerra y de los servicios de aduanas y reprehensión de contrabando. Después de haber fracasado, en marzo de 1937, en la captura del destructor republicano José Luis Díez, durante su estancia en el puerto de Burdeos, decidió organizar un nuevo golpe, con la ayuda de fascistas franceses de las Croix de Feux, teniendo como objetivo el submarino republicano C-2. Fue uno de los asuntos que más repercusión tuvo en la época, ya que quedó al descubierto la libertad de acción de los servicios secretos franquistas en Francia.

El C-2, al mando del alférez de navío José Luis Ferrando Talayero, se había refugiado en el puerto de Brest el 29 de agosto de 1937, solicitando ser reparado. Las autoridades francesas, tras consulta con el Ministerio de Asuntos Exteriores, propusieron el 4 de septiembre que fuera arreglado en Saint Nazaire, permaneciendo mientras tanto en el puerto comercial de Brest. Este submarino, procedente de Cartagena, donde actuó en la vigilancia del Estrecho, fue destinado posteriormente al Cantábrico con escasos resultados, ya que permaneció durante casi todo el invierno de 1936-1937 amarrado en el puerto de Portugalete. Evacuó el 14 de junio a Santander y luego al asturiano de El Musel. Allí sufrió, junto al C-4, un bombardeo y, después, contraviniendo las órdenes recibidas, se dirigió hacia Francia. Este último llegó al puerto de Le Verdon el día anterior, donde fue autorizado a llevar a cabo diversas reparaciones. Después de largas negociaciones, el Ministerio francés rehusó poner en servicio sus motores Diesel y el submarino republicano amarró a uno de los muelles comerciales.

Troncoso formó un comando de acción bastante numeroso para llevar a cabo la operación, trasladándose en varios coches y en diferentes momentos a Brest. Iban con él su colaborador en la Comandancia de Irún, Miguel Ibáñez de Opacua, el hijo del marqués de Linares, dos agentes italianos llamados Cantelli y Tamborini, un tal Sánchez y los tres hermanos Gabarain, José M.ª, Nicolás y Ramón, que habían participado ya en otros actos terroristas, como el incendio del barco María Amelia en el puerto de Bayona, el de un vagón cargado de municiones en la estación de ferrocarril francesa de Cerbère, la colocación de una bomba en el consulado republicano de Bayona, el atentado contra el expreso de Marsella, Burdeos y Hendaya y las bombas encontradas en Perpiñán. Al grupo se sumó en el último momento Jesús Lasheras Mercadal, el comandante del C-4, que acababa de desertar en Burdeos, con la misión de convencer a su compañero del C-2 para que se pasase al bando franquista. La policía francesa señalaba que el comando que merodeaba por Brest ya entre el 13 y el 15 de septiembre estaba compuesto por Rafael Perella, domiciliado en Hendaya; Julián Suprela, en San Juan de Luz; Antonio Martín Montís (el hijo del marqués de Linares), de Madrid; acompañados de Robert Chaix, supuesto ingeniero francés domiciliado en Bidart. Las investigaciones llevadas a cabo en los alojamientos de Brest dieron como resultado establecer que el día 18 se encontraban en el Hotel de France, de esta ciudad, Severiano Satrústegui Uriarte, estudiante, natural de San Sebastián, procedente de Biarritz; José López Mediero, de Madrid, abogado, proveniente de Royan; y Manuel Orendain (1892), de San Sebastián.

La acción

La policía francesa tuvo conocimiento también de que el mismo día 18 de septiembre, Rafael Parella, Julián Sapari y José Saínz (galo, a pesar de su apellido), todos ellos a las órdenes de Troncoso, partieron en dirección a España. Pero la presencia del comando –o de alguno de sus miembros– era muy anterior, ya que el 9 de septiembre, según declaró a los gendarmes Fernando Masanet, uno de los marineros del C-2, paseando por Brest fue abordado por una mujer que le dijo que el submarino tenía que volver a España y le dio una carta para que la leyese a la tripulación. El marinero se la enseñó al comandante Ferrando y éste la rompió delante de él. La carta procedía de la Coman­dancia de Irún y proclamaba que los franquistas habían ganado ya la guerra y que todos ellos debían volver a España, ofreciendo dos millones de pesetas por la entrega del submarino y pasaportes y garantías de respetar la vida a todos. Se trataba en realidad de la misma misiva que posteriormente los asaltantes intentarían leer al abordar el C-2, como veremos a continuación.

Foto: El alférez de navío Jesús Lasheras Mercadal, comandante del submarino C-4.

Finalmente, en la noche del sábado 18 al 19 de septiembre de 1937, entre las 11 y la 1 de la mañana, según declaró el oficial mecánico Celestino Bos Martínez, actuando como comandante en funciones del C-2 tras la huida de Ferrando y conjuntamente con el cónsul republicano Jacinto Ramos, ante el comisario especial de Brest, que es quien llevaba la investigación, llegaron al submarino protegidos por la oscuridad doce hombres en una barca a remos conducida por uno de los hermanos Gabarain. Entre ellos se encontraba el comandante del C-4, Jesús Lasheras Mercadal. El grupo, interpelado por el centinela, dijo llevar instrucciones para el comandante del C-2, el alférez de navío José Luis Ferrando Talayero, que era amigo y compañero de promoción de Lasheras. Ferrando, al reconocer a su amigo, les mandó subir a bordo de manera que, una vez en la cubierta, el que parecía el jefe del grupo se dirigió a los tripulantes diciéndoles que tenían que salir a alta mar para recoger un barco que, procedente de Gijón, traía a algunas personalidades asturianas que venían con mucho dinero. En concreto, Ginés García Gallardo, uno de los marineros, oyó decir a Troncoso cuando abordó que venían de parte del socialista Belarmino Tomás.

A continuación les dijo que tenía que leerles un comunicado. Para ello, todos los tripulantes debían concentrarse en el cuarto de oficiales. El mecánico-jefe José Hernández Sánchez le pidió que se identificase para conocer las razones de su actuación. En ese momento, uno de los visitantes, un individuo grueso, rubio, de unos 48-50 años, sacó una pistola –gesto imitado por el resto del grupo asaltante– y amenazó a los tripulantes concentrados, a los que desarmaron, pues varios de ellos portaban un revólver que les acababa de ser entregado. Luego les ataron las manos y les encerraron en las dependencias del submarino. El marinero Diego Angoso Hernández, (citado también en los diferentes documentos del caso como Angosto e incluso Augusto), segundo contramaestre y conductor del sumergible, se encontraba en estos momentos escondido en la torreta. Al ser descubierto fue conminado a salir por los asaltantes, pero se negó y entonces le hicieron unos 8 ó 10 disparos.

Uno de los asaltantes se aproximó intentando subir a la torreta para desalojarle, pero en ese momento recibió un disparo en la cabeza que le produjo la muerte. Según una versión de los hechos, Angoso, que era el secretario de la organización sindical del submarino, había sido contactado en el último momento por el Servicio de Información y Coordinación de la CNT (Confederación Nacional de Trabjadores), que había logrado infiltrar dos agentes suyos en la organización de Troncoso y estaba al tanto de la ejecución del golpe contra el C-2. Incluso le habían proporcionado algunas armas para intentar hacer frente a la situación. Cuando llegó Troncoso, se encontraba junto con sus compañeros Velasco, Garrido y Sánchez en la cámara de torpedos. Fueron avisados y se dieron cuenta enseguida de que iba a haber problemas. Entonces Angoso rompió el cristal del armario donde se encontraban las armas y distribuyó los revólveres a sus compañeros. Él no cogió ninguno porque tenía el suyo.

Foto: -2 en el puerto de Brest (foto cortesía de Juan Pardo San Gil).

No vio lo que sucedió, ya que enseguida se escondió. En la declaración de Angoso ante la policía francesa señaló que él, que se encontraba protegido por el blindaje de la torreta del submarino, sólo hizo un disparo contra uno de los asaltantes, que cayó hacia el interior del mismo, basculando por la escotilla. Mientras, los asaltantes habían obligado al mecánico Ros a poner en marcha los motores Diesel del submarino, inútilmente, puesto que los acumuladores se hallaban completamente descargados, lo que sumado a la resistencia encontrada hizo que el grupo decidiese escapar utilizando la canoa del sumergible. Se llevaron con ellos al comandante, Ferrando Talayero, y al mecánico Luis Dabouza Ruíz (Bilbao, 1903), al que encontraron en el muelle. Ambos aparecerán al principio como rehenes en las noticias de prensa. Este último no formaba parte de la conspiración, aunque se añadió al grupo en el último momento.

Efectivamente, como señaló en sus declaraciones a la policía francesa, estaba embarcado en el submarino desde el mes de junio, habiendo servido anteriormente en el Císcar. Se encontraba a disgusto por el predominio de los izquierdistas en la tripulación y era considerado sospechoso al ser creyente. Por todo ello hacía tiempo que quería marcharse de allí. El día 18 había desembarcado con permiso, ya que no quería permanecer en el submarino con el resto de la tripulación. Cuando iba a volver vio al comandante Ferrando acompañado por Lashe­ras, que sabía que era su amigo. Cuando se enteró de lo que había pasado decidió escaparse con ellos, montando todos –seis en total– en un coche. Declaró que no conocía a ninguno y que solo sabía que uno –Chaix– era francés. Desconocía lo que había pasado en el submarino porque él se encontraba en tierra cuando sucedieron los hechos, pero, como estaba mal visto por sus compañeros, desertó y en el interrogatorio de la policía francesa se declaró partidario de los franquistas.

El asaltante muerto fue José María Gabarain Goñi (San Sebastián, 1912), alias Sandi, abandonado en el submarino y cuyo cuerpo sería trasladado más tarde a la morgue de Brest y de allí repatriado a San Sebastián. Aunque los miembros del comando detenidos intentarán en sus declaraciones ocultar la presencia de Troncoso en el asalto, varios de los marineros interrogados posteriormente –Arman­do Meca Pagán, Fernando Cots Olmos y Ginés García Gallardo– le reconocerán sin lugar a dudas como el individuo que, dirigiendo al grupo, había sacado su pistola encañonando al mecánico jefe José Hernández. El documento dirigido por Troncoso a la tripulación del submarino en su calidad de comandante jefe de Fronteras, con el título de ¡Marinos españoles!, les incitaba a entregarse así como el submarino: Si así lo hacéis a TODOS se os respetará la vida, se os concederá la libertad y se os compensará económicamente en forma de que podáis rehacer vuestra vida, dando al olvido vuestro pasado. El Generalísimo FRANCO empeña en ello su palabra de honor y os ofrece hasta DOS MILLONES en conjunto a toda la tripulación del submarino.

Después del asalto

El mismo sábado, poco después del asalto, se dio la alarma y el comandante de la Gendarmería de Burdeos, el capitán Pagès, puso en alerta a todas sus fuerzas en la zona. El domingo 19, a las 13:30, la brigada de Talence (Burdeos) vio pasar a un coche a toda velocidad cuya descripción coincidía con la de los asaltantes. Media hora después, los gendarmes lo paraban en Belin (Landas) y detenían a todos sus ocupantes, seis: el mecánico Luis Dabouza; Severiano Satrústegui, estudiante de 23 años, (en Sebastián, 1912); José Luis Ferrando (Villela, Valencia, 1908); Jesús Lasheras (San Sebastián, 1905); además de Manuel Orendain, de 45 años, y el chófer, Charles Robert Chaix (1891), capitán de reserva nacido en París pero domiciliado en Bidart. El automóvil era un Chrysler alquilado a Bernadet, un garajista de Ciboure, colaborador de Troncoso en múltiples ocasiones. Había pertenecido a Romualdo García Ogara, de 64 años, domiciliado en la villa Caviedes de San Sebastián, que estaba fichado por el servicio de contraespionaje francés por haber actuado como agente alemán durante la I Guerra Mundial.

Foto: El comandante del submarino C-2, José Luis Ferrando Talayero, y el mecánico del mismo, el bilbaíno Luis Dabouza Ruiz (foto Diario “La Petitte Gironde”).

En el registro del coche, los gendarmes encontraron dos balas de revólver del calibre 9,5, así como la carta del comandante citada más arriba. El resto del grupo iba en otro automóvil, siendo detenidos también Antonio Martín Montes (Madrid, 1897), abogado, y Rafael Parella (1907), domiciliado en Hendaya. Se trataba de un Citroën azul, matrícula 9533 NM2, en el que se encontró un permiso de conducir a nombre de Marguerite Pardo (Hendaya, 1900) y documentos de Jean Pardo, así como una pistola Star, una gabardina con un balazo y un trapo manchado de sangre. Troncoso logrará escapar y pasar la frontera, pero volverá a Francia poco después, el 20 de septiembre. Efectivamente, este mismo día telefoneará desde Irún al comisario divisionario de Hendaya, Georges Lacouloumère, y poco más tarde se trasladará a su despacho, negando en su presencia, por su honor de oficial, haber participado en el intento de secuestro del C-2 en Brest, aunque posteriormente reconocerá su implicación y le explicará su versión de lo sucedido, precisando que hubo un simulacro de rapto que terminó con un tiroteo.

Según las declaraciones ante el comisario, había mandado una carta a los tripulantes, llevada por el marqués de Linares, en la que les ofrecía dos millones de pesetas por la entrega del submarino. En el transcurso de la entrevista, Troncoso le repitió varias veces que su detención supondría la declaración de guerra entre Francia y España –la insurrección en España, como dice literalmente– y la detención inmediata, como represalia, del cónsul francés en San Sebastián. Finalmente, este mismo día firmó una declaración escrita ante el comisario señalando que, aunque él no estuvo en Brest, el asalto se hizo bajo su mando por órdenes que había dado en España, quedando a continuación en libertad.

La policía francesa efectuará más detenciones e investigará a fondo los hechos, tratando de identificar a todos los miembros del comando. Finalmente, logrará hacerse una idea bastante exacta de la operación y de todos los implicados. Entre ellos se encontraba Ángelo Tamborini, alias Tamburini, nacido en Milán en 1901, que había residido dos años en Barcelona y decía ser mecánico y corredor ciclista, pero que era en realidad un agente secreto al servicio del Consulado italiano en Toulouse y Marsella y de la Embajada de París. Fue denunciado como agente fascista por los anarquistas de Marsella y también como provocador en el periódico de los exiliados italianos en Francia Libera Stampa (17 de septiembre de 1937). Le detuvieron por estar implicado en el atentado de L’Etoile de París. También estuvo acusado de participar en un proyecto de volar los camiones que transportaban voluntarios republicanos que pasaban por Le Perthus hacia Barcelona, así como en la colocación de una bomba en un tren en la estación de Cerbére el 13 de marzo de 1937. junto con otro agente llamado Carchi, siendo detenido este mismo día y expulsado de Francia el 2 de agosto. Estaba en relación con Luis Marcet y vivía en Perpiñán. Detenido de nuevo en Pamiers el 15 de septiembre de este año, declaró estar al servicio de Giardini, cónsul de Italia en Port-de-Vendres.

Foto: Ficha policial de Troncoso hecha tras su detención en Francia el 13 de octubre de 1937.

La operación del C-2 había sido casi simultánea a la deserción del comandante del C-4, Jesús Lasheras Mercadal. Este último submarino se encontraba refugiado, como hemos visto, en el puerto de Burdeos. Troncoso había dado la orden a Orendain que sacase a Lasheras del submarino utilizando los servicios de su hermana. De esta manera, el 16 de septiembre, Micaela Lasheras, de 27 años de edad, llegó a Burdeos procedente de San Sebastián y se entrevistó con su hermano con el pretexto de traerle noticias de la familia, planteándole la posibilidad de desertar. El comandante donostiarra le señaló que no podía abandonar el C-4 sin ayuda exterior. Al conducir a su hermana a la estación se encontró con el capitán Ibáñez de Opacua y otros dos acompañantes, que le propusieron desertar y le plantearon la acción contra el C-2, para la que necesitaban su ayuda. Lasheras declaró a la policía francesa que no había recibido dinero en ningún momento. De 31 años, realizó sus estudios en los Marianistas de San Sebastián y, más tarde, en la Escuela Naval de Cartagena. Tenía buena reputación y se le consideraba apolítico. Provenía de un medio social modesto. Su padre era empleado de Correos y su madre regentaba un estanco en la Avenida Donostiarra.

El día 28 de septiembre, Troncoso reconocerá, en una declaración transmitida por su abogado, la responsabilidad de la operación del C-2 y también haber estado dos veces en Brest para ello. Asegurará que las autoridades franquistas le habían prohibido actuar en Francia pero él lo había hecho por patriotismo. Finalmente, acudirá libremente a Francia y será detenido el 20 de septiembre de 1937, siendo conducido a Brest donde fue juzgado el 4 de marzo de 1938. Al salir del despacho del juez de Instrucción, Troncoso amenazó a las autoridades francesas, diciéndoles que si no le soltaban rápidamente el cónsul francés en San Sebastián sería tomado como rehén. De hecho, Franco mandó detener a Desmartis, cónsul galo en Málaga, y el 4 de enero de 1938 hizo lo mismo con Georges Ducourau, agente consular en Irún, que fue acusado de espionaje.

Foto: Fotografía del expediente policial de M. Orendain, autor de numerosos actos terroristas.

La derecha francesa le había defendido e incluso justificado su actuación. Así, el periódico La Presse de Bayona comentaba: El comandante Troncoso podría ser el instigador de la agresión de Brest. Incluso lo habría reconocido él mismo. Pero el comandante Troncoso es un soldado. No ha hecho más que cumplir con su deber intentando golpear a los enemigos de su país allí donde se encuentren. Debido a estas circunstancias y a sus múltiples relaciones e influencias, Troncoso recibirá una ligera condena. La sentencia del Tribunal de Brest del 22 de marzo de 1938 por el asunto del C-2 le condenará a él, Orendain y Serrats a 5 días de cárcel por utilización de armas prohibidas y a seis meses por posesión de armas de guerra. Chaix será liberado. Los otros participantes, algunos detenidos y otros escapados a España, no serán ni siquiera inculpados. Troncoso saldrá inmediatamente en libertad días después, al considerarse que ya había cumplido su pena. Expulsado de Francia, a los pocos días se incorporaba a la 63a División del Cuerpo de Ejército de Navarra, donde continuará la guerra participando en las campañas de Lérida, Huesca y Valencia.


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