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Guerra, información y desinformación en los EEUU. La extraña corta vida de la “Office of Strategic Influence” (OSI)

Toda guerra se basa en el engaño. Por ende, cuando esté en condiciones de atacar, finja incapacidad. Cuando realice movimientos de tropas, finja inactividad. Cuando esté cerca del enemigo, hágale creer que está muy lejos. Cuando esté lejos hágale creer que está cerca. Disponga de señuelos para despistar al enemigo Estas palabras fueron escritas por Sun Tzu hace unos 2.500 años, quien en otra parte escribió que “someter al enemigo sin luchar es la excelencia”, con lo cual, ya entonces el eficaz empleo de los recursos psicológicos constituía una garantía para lograr el éxito militar. El siguiente trabajo nos informa sobre las últimas tendencias existentes en la materia.

(Revista Defensa nº 303-304, julio-agosto 2003) Cuando a principios de marzo de 1861 los jóvenes norteamericanos de las elites sociales, divididos en los dos grandes bandos, del Norte y del Sur, estrenaban sus flamantes uniformes llenos de entorchados, luciendo esbeltos y garbosos ante las deslumbradas jóvenes de Washington y Richmond —las capitales de los Estados enfrentados en la guerra civil que se iniciaba—, estaban lejos de comprender la tragedia en que pronto se sumergirían. Ninguno de ellos pensaba que iban a integrar la pavorosa lista de las 600.000 vidas que cobraría aquella cruenta lucha fratricida.
Así, elegantes, alegres y ardientes partieron en esos días a la lucha, con ideas románticas, cantando con entusiasmo tanto el Battle Hym of the Republic, o el Tenting Tonight (los del Norte), como la pegadiza Dixie, o la The Yellow rose of Texas (los del Sur).
Toda la población los acompañaba, pero poco tardarían en darse cuenta de las terribles consecuencias de la guerra. En efecto, cuando los célebres fotógrafos Mathew Brady y Alexander Gardner expusieron en una galería de Nueva York las primeras fotografías captadas en los campos de batalla, las ideas románticas pasaron al olvido y la gente, espantada, pudo apreciar el verdadero rostro de la guerra.
Las fotos mostraban cuerpos ensangrentados, caídos en posiciones grotescas, algunos despedazados por la metralla; asimismo podían verse trincheras repletas de cadáveres, caballos muertos por doquier, cañones desmontados, escenas dantescas de hospitales de sangre donde se apilaban brazos y piernas recién amputados. ¡Sí, verdaderamente no había allí nada poético ni romántico!
Pronto, hasta los más cautos cambiaron y en ambos bandos comenzó a hacerse común el dolorido y quejoso When this cruel war is over (Cuando termine esta cruel guerra).

foto: Las armas empleadas en la Guerra Civil norteamericana demostraron que poco tenían que envidiar a las del siglo XXI. Así quedó la ciudad de Richmond, en 1865.

Sin embargo, el terrible efecto de esas escenas fue atenuado, si se quiere, por el hecho de que en aquellos días la técnica del fotograbado no se había aun perfeccionado y las elocuentes fotografías de Brady y Gardner no pudieron ser impresas en los diarios de la época. Verdad era que aparecían ilustrados, pero con dibujos imaginativos carentes de autenticidad y no revelaban tan bien como las fotografías, reservadas sólo para las galerías y exposiciones, la realidad. Y si bien la semilla había sido sembrada, la ilusión romántica persistiría durante varias décadas, hasta que definitivamente quedó enterrada en la Primera Guerra Mundial (PGM), cuando a la elocuencia estática de las instantáneas se sumó la plasticidad vivida del cinematógrafo. Pocos años después, la radio se sumaría a los medios de comunicación social, y en todos los Estados Mayores y gobiernos comenzaron a florecer oficinas u organismos que aprovecharon esos desarrollos tecnológicos para encarar sendas operaciones de una incipiente guerra psicológica.
No es que la guerra o las operaciones psicológicas se hayan descubierto en otras la PGM, sino que después de ella los desarrollos técnicos fueron tan pronunciados, y con un poder de penetración tan acentuado en la opinión pública que, ya a partir de los años 30 el arma psicológica podía alcanzar a todo el mundo, cada vez en menor tiempo.
No vamos ahora a seguir describiendo el ya conocido camino del avance tecnológico del cine y luego de la televisión, pero sí dedicaremos algunas líneas a comentar el empleo de dichos medios para respaldar la política de las grandes potencias y las operaciones bélicas de sus Fuerzas Armadas. Empleo y desarrollo que sistemáticamente fueron desplegados con el fin de promover las acciones tendentes a crear en públicos oponentes, convicciones favorables para engañar y desarmar ideológicamente a los mismos, así como para favorecer la propia política o sus propias acciones militares.
La primera víctima de la guerra es la verdad, llegó a reconocer y decir en 1917 el senador norteamericano Hiram Johnson, durante la PGM. Una célebre frase que actualmente puede ser repetida y suscrita por más de un jefe de Estado, o jefe de los Servicios de Influencia Estratégica, como suele llamarse actualmente a los no tan antiguos ministerios o departamentos de Propaganda, o de medios de comunicación social de las grandes potencias.

foto: Por primera vez, en 1863, la opinión pública contempló aterrorizada, el verdadero rostro de las batallas, como esta escena tomada en Gettysburg.

En la introducción de su sesudo libro “L’information, la désinformation et la realité” (Presses Universitaires de France, 1993), el profesor Guy Durandin, de la Universidad René Descartes-París V, señala que el siglo XX será considerado sin duda como el de la información del engaño citando a continuación los casos de los usos indiscriminados efectuados por los organismos específicos de Hitler y Stalin.
Ambos líderes emplearon y desarrollaron organismos oficiales dedicados a la manipulación de la información pública, nacional e internacional, para atraerse los favores o, por lo menos, la neutralidad de los públicos extranjeros, empleando para ello medios y recursos abiertos y encubiertos, desarrollando verdaderas operaciones ideológicas, políticas, sostenidas no pocas veces hasta con acciones militares.

La desinformación
En la PGM comenzó a tomar cuerpo el término guerra de propaganda, o propaganda de guerra, donde campeaba el empleo de la mentira y de la media verdad para engañar al oponente y conquistar las simpatías de los neutrales; de ahí la ya citada célebre frase del senador Johnson.
Después de la SGM, comenzó a aparecer, dentro del cuerpo doctrinario de la Unión Soviética, un nuevo término, dezinformatsia, traducida como desinformación, que el Diccionario de la Lengua rusa de S. Ojegov de 1949 define como la acción de inducir a error mediante el uso de informaciones falsas, señalando como ejemplo la desinformación de la opinión pública en los países capitalistas.
Tres años más tarde, en la “Gran Enciclopedia Soviética” de 1952, Tomo XIII, el término fue definido como la difusión (por la prensa, radio, etc.) de noticias falsas con el fin de confundir a la opinión pública. La prensa y la radio capitalistas se valen de la desinformación para engañar a sus pueblos con un sin fin de mentiras, explicando la nueva guerra urdida por el bloque imperialista anglo-norteamericano como una guerra defensiva y haciéndoles creer que la política pacifista de la URSS, de las repúblicas democráticas y de los demás pacifistas es una política agresiva.
Y así, en sucesivos análisis, los soviéticos siguieron perfeccionando esas definiciones pero, claro, adjudicando siempre las intenciones y objetivos de la desinformación al adversario. En realidad no hacían más que evidenciar sus propios métodos y procedimientos desarrollados por sus organismos de guerra ideológica.
En 1982, E. P. Epstein, en su artículo “Desinformation: Or why the CJA cannot verify an Arms-Control Agreement”, explica que en un manual empleado por el KGB la desinformación se desarrolla en dos niveles: el estratégico y el táctico, siendo el primero un instrumento que ayuda al Estado en el cumplimiento de sus funciones y que busca confundir al enemigo en lo concerniente a la política del Estado.

foto: Me Bf 109 de la 3/JG3 alemana, derribado por la artillería antiaérea soviética. Durante la SGM la URSS inventó el concepto “desinforniación”.

Con respecto al nivel táctico, sería aquella que se ocupa de filtrar las informaciones falsas en los servicios secretos enemigos y de estudiar la forma en que éstos las reciben, viendo si son creídas y si los dirigentes de las potencias enemigas adoptan las decisiones erróneas que se les intenta inspirar.
De esa manera, en junio de 1984 la Academia de la Lengua Francesa creyó haber llegado el tiempo de definir el verbo desinformar, y propuso el siguiente texto: Inducir a error a un pueblo a fin de lograr debilitar al adversario. Por extensión, desorientar a la opinión pública. Se puede desinformar a telespectadores, oyentes, o lectores, sin que éstos puedan darse cuenta. Se emplea en forma intransitiva. La simulación o la ocultación son los elementos más utilizados para desinformar. Pero aunque no se menciona explícitamente en estas definiciones, nadie puede dudar que en todos los casos flota una palabra clave: la mentira, recurso presente —en mayor o menor grado— en la mayoría de las operaciones psicológicas.
Ya casi a fines de la existencia de la Unión Soviética, el término dezinformatsia fue reemplazado por palabras menos obvias y agresivas, pero igualmente eficaces a los fines perseguidos, tales como medidas activas y agentes de influencia, o simplemente influencia, eufemismo que finalmente fue adoptado en el marco del Departamento de Defensa (el Pentágono, o más simplemente el DoD) de los Estados Unidos, en noviembre del 2001, a raíz de la situación bélica derivada de los atentados del 11 de septiembre de ese año, para designar al organismo militar que debía tener a su cargo esas tareas: la Oficina de Influencia Estratégica, o sea la OSI (Office of Strategic Influence, en inglés).

La experiencia de Vietnam
La OSI fue un producto largamente buscado -y finalmente logrado- por los militares norteamericanos para influir no sólo en los públicos externos del país, sino también en los internos; el manejo de la opinión pública nacional, pero desde el prisma de la óptica militar, para evitar el violento cuadro psicológico generado por los graves errores políticos cometidos durante la Guerra de Vietnam. Como se recordará, esta contienda se perdió más en los salones del Departamento de Estado, que en los campos de combate de las selvas y los arrozales vietnamitas.
Mal concebido y peor desarrollado, el conflicto de Vietnam no fue en realidad una guerra, que por otra parte nunca se declaró. Los jóvenes norteamericanos marcharon al combate sin una adecuada preparación psicológica previa; sin tener una idea clara de qué es lo que estaban haciendo a tantos miles de kilómetros de sus hogares; interviniendo en una verdadera guerra que en los papeles y las motivaciones no existía; muriendo en aquella tierra extraña que rechazaba esa ayuda que tanta similitud tenía con el antiguo régimen colonialista; participando en una lucha que los acomodados de siempre, los emboscados lograban evitar pretendiendo enfermedades o incapacidades inexistentes, o ingresando en las universidades, o alistándose voluntariamente en la Guardia Nacional, o aduciendo objeción de conciencia, etc.
De esa manera, fueron a Vietnam preferentemente los que no habían completado la educación secundaria, los ciudadanos más pobres, lo que particularmente afectaba a los vastos grupos de ciudadanos negros y de origen hispano. Algunas cifras resultan significativas. Entre 1964 y 1972, fueron movilizados 2,2 millones de varones para prestar servicios en Vietnam, de los 26,8 millones disponibles por su edad. Otros 8,7 millones se presentaron voluntariamente ya sea para seguir una carrera militar o para reducir la posibilidad de ser enviados al Sudeste asiático; pero 15,9 millones lograron zafarse totalmente del sistema del servicio militar obligatorio que establecía cumplir un período de 365 días exactos en Vietnam. Es de recordar que entre estos últimos figuró BilI Clinton, que más tarde sería dos veces presidente de los Estados Unidos, estigma que lo acompañaría durante toda su carrera política.

foto: Un policía militar estadounidense vigila el momento en el que un niño se entrega en la calle Hai Ra Trung, de Saigón, mientras otro, al fondo, vigila. Este tipo de fotos ahora no podrían publicarse.

Una vez en el teatro de operaciones la vida del soldado, que regularmente ya había cumplido un año de instrucción en Estados Unidos, entraba en un ciclo extraño de tres etapas. En la primera o FNG (por Funny New Guy o sea novato gracioso), correspondía al período de adaptación al conflicto bélico e iba acumulando experiencia de combate para, al cabo de unos meses entrar en la etapa del ST (por Short Timer), o punto de espera para el regreso y ser dado de baja. A medida que se acercaba esa fecha —que todos esperaban con ansiedad— disminuía velozmente su espíritu de lucha, surgían los partes de enfermo y... se acentuaba el consumo escapista de las drogas. De esa manera, las unidades entraban en combate con una buena parte de sus integrantes haciendo todo lo posible para sobrevivir hasta que se cumpliera su ST.
A todas esas circunstancias deplorables cabía sumar el pésimo tratamiento que la Prensa audiovisual daba al conflicto, donde reinaba un verdadero libertinaje informativo. No era extraño y sí cotidiano, que los programas de la TV mostraran, sin restricción alguna, escenas de campos de batalla cubiertos de cadáveres, de topadoras enterrando montones de cadáveres, de personal herido gravemente siendo evacuado en helicópteros. En una palabra, mostrando lo más perverso y cruento que tiene la guerra, lo que retroalimentaba continuamente los reclamos antibélicos y las manifestaciones que exigían el regreso de los conscriptos norteamericanos a casa.
Fue así como los veteranos iban regresando a sus hogares casi anónimamente, sin pena y sin gloria, la mayoría de ellos enganchados a las drogas, constituyendo una masa contestataria que se sumaba a los que en la patria manifestaban su repulsa hacia una guerra que oficialmente no existía, quemando públicamente las células de incorporación a filas y hasta agitando las banderas del enemigo, con quien se solidarizaban personas de vasto predicamento como célebres políticos y no pocos intelectuales y artistas, que actuaban contra la guerra y en pro de los derechos humanos. En 1967 ya eran comunes manifestaciones de 50.000 personas recorriendo las principales ciudades estadounidenses y ocupando los campus universitarios.
Sí, verdaderamente, la experiencia vietnamita constituyó algo nefasto para las Fuerzas Armadas norteamericanas que, sin objetivos claros y combatidas en su propio suelo, experimentaron la derrota más vergonzosa del siglo. En todo ello hubo una pobre y errada conducción política, en la que mucho tuvo que ver la equivocada permisividad con la Prensa y su virtual incontrol. Consecuentemente, el desprestigio de las Fuerzas Armadas fue enorme dando lugar esta experiencia al nacimiento del paralizante síndrome de Vietnam.

La experiencia del Golfo
Pasaron los años y nuevos desarrollos técnicos agregaron nuevas modalidades y formas de comunicación con posibilidades de las comunicaciones satelitales y la miniaturización de los equipos de microondas de los años 70 y 80, que fueron permitiendo obtener y transmitir imágenes de vídeo en directo, en y hacia cualquier parte del mundo. Así, a diferencia de lo sucedido en Vietnam, cuando las pantallas de la TV ofrecían reportajes con uno, dos o más días de atraso, ahora los telespectadores contemplaban las escenas bélicas en directo, a medida que se iban produciendo, sin dar oportunidad de ejercer ningún tipo de control o censura, a no ser que se interrumpiera deliberada y groseramente la transmisión.
Paralela y simultáneamente los jóvenes oficiales subalternos y no pocos jefes ex combatientes de Vietnam se transformaron en coroneles y generales, que pronto se fijaron un objetivo claro y decisivo: trastocar la herencia maldita de Vietnam en algo positivo. No fue una tarea fácil ni sencilla; aquel conflicto había dejado una gran cantidad de heridas abiertas y sangrantes. En este sentido cabe recordar que, las de Estados Unidos constituyen unas de las Fuerzas Armadas del mundo más respetuosas del poder civil constitucional de su propio país. No obstante, no debe confundirse respeto con anulación de la iniciativa o con una actitud pasiva frente a los problemas profesionales.

En efecto, en su conocido libro “War and Antiwar”, editado en 1993, el matrimonio Aívin y Heidi Toffler describió bien los estudios y desarrollos doctrinarios y tecnológicos llevados a cabo en el TRADOC, el Comando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército norteamericano, que concluirían en el aggiornamiento total de la fuerza para superar los complejos adquiridos en Vietnam y desarrollar lo que ellos denominaron las guerras de la Tercera Ola, bajo una premisa fundamental: el conocimiento es el sustituto definitivo de otros recursos.

foto: El general Richard 8. Myers, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Durante su protagonismo en la guerra contra Iraq, la DSI había dejado de existir Foto: DoD.

Desde el punto de vista de la información; más específicamente, de la difusión de noticias e informaciones sin carácter de Inteligencia militar —aunque sí con intenciones de aprovechamiento militar—, se crearon cursos especiales en la Universidad de Defensa Nacional, en Washington, destinados a la formación de los llamados I- Warriors, guerreros de la información, dentro del marco de la RMA, nuevo concepto conocido como la Revolution of Miliyary Affairs (Revolución de los Asuntos Militares), que incluye nuevas líneas de acción para el American Forces Information Service (AFIS, en sus siglas inglesas, o Servicio de Información de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Este último es un organismo dependiente del ya mencionado DoD, dirigido por el Secretario Asistente de Defensa para las Relaciones Públicas (ASD-PA).
Este organismo tiene a su cargo, entre otros, al Servicio de Radio y Televisión de las Fuerzas Armadas (AFRTS), así como el desarrollo de las Operaciones de Información (Difusión) y de Defensa de la Información Visual (DVI), para lo cual cuenta con una Dirección General (DVID: Defense Visual Information Directorate), un Centro Conjunto de Camarógrafos de Combate (JCCC: Joint Combat Camera Center) y un Centro de Comunicaciones Radiofónicas (Broadcast Center) situado éste en la base de la Reserva Aérea de March, California. Igualmente se ocupa de la difusión de los aspectos políticos del Pentágono y del control de todas las publicaciones militares, así como de la coordinación general con otras agencias gubernamentales y/o privadas semejantes existentes en el país.

Además, el AFIS establece el planeamiento, desarrollo, consolidación, ejecución y evaluación de los programas de entrenamiento de la Escuela de Información de la Defensa (DIS: Defense Information School) y de diversos organismos cooperantes en la acción conjunta por lo que se refiere a los Asuntos Públicos y a la Información Visual.
Complementando todo lo mencionado con respecto a la Guerra del Golfo —que los Toffler consideran fue la primera guerra de la Tercera Ola— el Pentágono impuso un severo régimen restrictivo a los enviados especiales para evitar lo que se consideraba el libertinaje de Vietnam. Así, durante la citada contienda se decidió que tan sólo fuesen transmitidas versiones autorizadas (censuradas), para lo cual negaban, o por lo menos dificultaban, el libre acceso de los corresponsales al campo de batalla, excepto integrándoles llamadas mancomunidades guiadas por oficiales del AFIS, que los llevaban sólo donde se había establecido que eran potables para la información pública.
Por primera vez desde la SGM, todos los reportajes del teatro de operaciones fueron sometidos a la censura militar. Estas restricciones, junto con otros procedimientos como declaraciones selectivas, negación de apoyos logísticos y de seguridad al trabajo de los informadores, levantaron una serie de protestas; incómodas preguntas sobre la libertad de Prensa y los derechos de los ciudadanos de una democracia a saber cómo discurría una guerra donde estaba en juego la vida de familiares, amigos o, simplemente, compatriotas.
Sin embargo, las denominadas Operaciones de Información en el marco interno se llevaban a cabo con suma habilidad, de manera tal que los norteamericanos —y el mundo en general— no parecían estar molestos con las restricciones, ya que recibían toneladas de información actualizada proporcionadas por el AFIS. Esto sin contar con las facilidades que se concedían a la ubicua cadena CNN (Cable News Network) de televisión por cable, cuyos servicios cubrían, o se irradiaban, a más de 105 países, incluso curiosamente al mismo Iraq, desde donde los corresponsales de la CNN describieron elocuentemente los bombardeos aéreos de Bagdad, que contemplaban asomados a una ventana del noveno piso del Hotel al Rashid, de dicha ciudad.
Pero, desde el teatro de operaciones sólo llegaban frías sesiones en las que un oficial de alta jerarquía explicaba, frente a grandes mapas y varias enormes pantallas de TV, el desarrollo de las operaciones, mostrando escenas donde se veían, una y otra vez, cómo las armas inteligentes acertaban en los blancos iraquíes, algunas veces entrando literalmente por las ventanas de los mismos.
Eso sí, en muy contados casos proporcionaron imágenes, así como comentarios sobre las bajas norteamericanas, e incluso sobre las de sus enemigos. Se prefería mostrar los tanques y vehículos iraquíes destruidos o incendiándose, y las largas columnas de prisioneros capturados, avanzando cabizbajos por el desierto. También las cuales resultaron eficaces. . se tomaron tantos y cuantos prisioneros..., se liberaron tantos y cuantos kilómetros de territorios ocupados..., hasta que al cabo de sólo cien días de combate fue anunciado el fin del conflicto con lo que parecieron suavizarse las tensiones existentes entre la Prensa escrita y audiovisual y las estrictas autoridades militares.
Sin embargo, el enfrentamiento Pentágono/Periodismo siguió latente. Desde luego que el primero estaba complacido por la forma que había sido tratada la Prensa; pero ésta opinaba lo contrario. Así, por ejemplo, la NBC lamentó haberse visto obligada a invertir 50 millones de dólares extras en su esfuerzo por conseguir reportajes de guerra de interés presentándose por lo menos dos pleitos para conseguir que tales restricciones y prácticas fueran anuladas.
Pero no puede negarse el resonante éxito logrado por la nueva política oficial. Cuando comenzó la Guerra del Golfo, estaban vívidas aún las prevenciones y tristes experiencias de Vietnam. Y en este sentido es de recordar que los sondeos demostraban que la opinión pública norteamericana estaba en contra de la guerra y eran habituales las manifestaciones censurándolas. Pero para empezar, el presidente Bush (padre) salió a la palestra diciendo esta vez los militares no lucharán con una mano atada a la espalda, mientras los generales prometían: ... no desestimaremos al enemigo... y algunos políticos proclamaban a los cuatro vientos: no otra y no declarada guerra con evidente referencia a Vietnam, asegurando que: esta vez los soldados no volverán a casa para ser escupidos o vilipendiados...
En la misma línea Doug Swardshom, consejero de inversiones en favor de la guerra, prometió en Los Angeles que: cuando nuestros muchachos regresen, iremos a asegurarnos de que reciban la bienvenida de héroes. Iremos a organizar el mayor desfile que se haya visto nunca. Y hasta la revista “Rolling Stone” considerada como la crónica de la hipocondría, el escepticismo, la vanguardia y el anti-establishment, lanzó varias ediciones con cintas amarillas orlando sus cubiertas.

Otras experiencias post Golfo
Desde luego, las experiencias norteamericanas en lo que respecta a relaciones de las Fuerzas Armadas con la Prensa escrita y audiovisual así como a la difusión de noticias o informaciones públicas y su manejo —o manipulación- no se limitan sólo a las recogidas en Vietnam o en el Golfo; también se cosecharon experiencias en otras operaciones militares en que aquéllas intervinieron, pudiéndose citar, por ejemplo, la Provide Comfort (norte de Iraq, 1991), Restore Hope (Somalia, 1992), Uphold Democracy (Haití, 1994), Libertad Permanente (Afganistán).
Tal vez la más importante de todas ellas sea la Restore Hope, desarrollada en Mogadiscio, que empezó como una operación de asistencia humanitaria en el marco de las Naciones Unidas y que debido a intervención de los irregulares mandados por el general Farah Aidid, que pretendían apoderarse de los recursos aportados por la ONU para financiarse, fue transformándose en una operación armada de contingencia que produjo un impacto tremendo en la opinión pública norteamericana.

foto: En la Guerra del Golfo, se aplicó una nueva —y criticada— forma de encauzar las informaciones públicas, cuidándose la noticia y la reserva de los hechos.

En efecto, como se recordará, durante Restore Hope se encontraban presentes en el escenario somalí grupos de periodistas que inopinadamente fueron testigos de los cruentos hechos de armas, registrando las patéticas escenas del derribo de un helicóptero estadounidense y de la muerte de sus tripulantes, que fueron despedazados y arrastrados por las calles, así como de los combates callejeros que causaron 18 muertos y 77 heridos entre los norteamericanos, y alrededor de 300 muertos y más de 1.000 heridos en las filas contrarias.
Estos episodios dieron lugar al guión del filme La caída del halcón negro, nominado para los Oscar, debiéndose ese curioso nombre al episodio del abatimiento de un helicóptero Blakhawk del Ejército de los Estados Unidos, lo que refleja el interés despertado en la opinión pública de ese país y del mundo.
Todas estas experiencias fueron —y continúan siendo a medida que van teniendo lugar nuevas operaciones o se enfrentan nuevas amenazas— compiladas y analizadas en el Lessons Learned Center (Centro de Lecciones Aprendidas) integrado en el TRADOC, en Fort Leavenworth, Kansas. Desde allí son luego difundidas mediante informes especiales destinados a actualizar la doctrina de empleo de las fuerzas y de los medios militares norteamericanos; lo que incluye, por supuesto, al ya mencionado AFIS así como al manejo de la información pública militar en los niveles táctico, operacional y estratégico.

La conflictiva OSI
Las autoridades del Pentágono tienen sobradas lecciones aprendidas en el campo de las Operaciones Psicológicas en los dos primeros niveles mencionados precedentemente, pero siempre fue una aspiración insatisfecha participar o conducir ese tipo de operaciones en el nivel estratégico.
Los golpes terroristas del 11 de setiembre del 2001 constituyeron el punto de inflexión de sus especialistas en esta materia. Por ello, reservadamente, montaron un organismo que originariamente situaron dentro del AFIS, pero dotándole de una cierta autonomía, con el objeto de planificar y desarrollar la guerra mediática no convencional en su nivel más elevado, buscando aliados encubiertos entre los medios de comunicación social de mayor impacto.
Según trascendiera al público en noviembre de 2001, con las reservas del caso, nació de esta forma la 051 (Office of Strategic Influence: Oficina de Influencia Estratégica) designándose jefe de la misma al general de tres estrellas de la Fuerza Aérea, Simon P. Worden, quien actuaría bajo el control del subsecretario de Defensa para Asuntos Políticos, Douglas Feith; teniendo como jefe de Operaciones al coronel retirado Thomas A. Timmes, un especialista acreditado en Operaciones Psicológicas.
La creación de la OSI se inscribe en la antigua rivalidad existente entre el Departamento de Defensa y el Departamento de Estado, que posee sus propias dependencias específicas denominadas de Diplomacia Pública, las cuales están dirigidas por Charlotte Beers, ex dirigente de la firma publicitaria Ogilvy.

Los primeros indicios de la nueva oficina se notaron cuando Rick Davis, uno de los directivos de la cadena de cable CNN, emitió una directiva interna que, a propósito de la Guerra de Afganistán, decía: Debemos estar seguros de que no estamos siendo percibidos inadvertidamente como meros transmisores de la perspectiva de los talibanes. Debemos recordar que el Régimen talibán continúa dando asilo a terroristas que han mostrado su apoyo a los ataques del 11 de septiembre, que costaron la vida a unas 5.000 personas inocentes en Estados Unidos.
A mayor abundamiento, Dick Davis aconsejaba a sus comentaristas decir cosas como: el Pentágono ha acentuado repetidamente su intención de causar la menor cantidad de víctimas civiles en Afganistán, un país que continúa dando asilo a terroristas que están conectados con lo ocurrido el 11 de septiembre.
Asimismo, llamó la atención que para anticiparse o responder más rápidamente a la propaganda enemiga, los organismos de difusión norteamericanos y británicos hubieran decidido instalar un Centro de Información en Islamabad, la capital de Pakistán, para responder más directamente a las emisiones de Al-Jazira, la cadena televisiva de Qatar que transmitió noticias e imágenes de los efectos causados por los bombardeos aéreos de la llamada coalición antiterrorista. Como se sabe, en Pakistán amanece 8 horas y media antes que en Washington, lo que le proporcionaba a Al-Jazira una ventaja informativa —en tiempo— notable sobre lo que emitía la CNN desde Atlanta.
Las sospechas fueron creciendo, hasta que finalmente el 19 de febrero James Deo y Eric Schmitt, del “New York Times” revelaron la existencia de la OSI, lo que de inmediato levantó entre los periodistas una ola de críticas, preguntando si la nueva OSI se dedicaría a manipular a la opinión pública y a desarrollar actividades encubiertas de desinformación.
El caso fue que pronto se sumaron a este gran diario otros medios e instituciones relacionadas con los medios de comunicación social como la misma CNN, el Instituto Internacional de la Prensa (IPI), la Organización de Reporteros sin Fronteras, las cadenas de cable FNC (Fox News Channel), la CBS, la NBC, etc., lo que obligó a que saliera a la palestra en varias oportunidades, para desmentir esas acusaciones, el propio secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld, repitiendo una y otra vez conceptos como: cuando el Departamento de Defensa habla al público siempre dice la verdad... nunca desarrolla acciones de información pública encubiertas.., no manipulo la información, nunca lo ha hecho, ni lo hará... Pero las críticas e interpelaciones continuaron hasta que finalmente, en un largo desayuno de trabajo llevado a cabo el 20 de febrero de 2002 entre el subsecretario Douglas Feith y el llamado Grupo de Escritores acreditados en el DoD y que diera lugar a una transcripción de 14 páginas, las críticas hicieron eclosión.
Seis días más tarde, en una respuesta velada a esas objeciones, Rumsfeld, declaró, tras reiterar que el Pentágono nunca ha mentido a la Opinión pública y que nunca lo hará, que tampoco iba a desarrollar operaciones encubiertas para desinformar a terceros países y que finalmente no se implementaría la tan mentada OSI (Close down the Office of Stategic Influence). Sin embargo reconoció que iban a seguir las operaciones de información en Afganistán hasta lograr, junto con otras medidas activas, desmantelar la amenaza terrorista.
De esta manera, con o sin OSI, aparentemente disimulada en el AFIS, la verdad es que los Estados Unidos siguen firmemente decididos a continuar sus acciones de informaciones públicas destinadas a influir en públicos propios y extranjeros, según surjan y se planteen sus intereses nacionales: bombardeos (incluso nucleares), o guerras en Afganistán, en Iraq... o donde toque...
 


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