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Guerra de Corea, la primera derrota militar de EEUU

El 27 de julio de 1953 representantes de los contendientes de la Guerra de Corea pusieron sus firmas, en Panmunjom, al pie de un documento por el que las hostilidades cesaban quedando el país dividido en dos por la línea del paralelo 38. El general Clark, un veterano comandante norteamericano de la SGM, y en aquel entonces jefe de las fuerzas de las Naciones Unidas, se negó a hacer declaraciones al abandonar el barracón donde acababa de pactarse la paz y únicamente dijo: «No siento ningún regocijo en este momento». Es normal que así fuera por cuanto que los Estados Unidos habían sufrido la primera derrota militar de su historia al no poder colocar de rodillas, como tuvo por costumbre hasta entonces, a su enemigo de turno: México, España, Alemania, Japón, etc.

Claro que en Corea, mal que bien, salvaron la cara apuntándose a lo mejor de lo peor. Veinte años más tarde conocerían el sabor del fracaso absoluto cuando sus tropas abandonaron, a Ia carrera, el Vietnam del Sur y el mundo entero contempló Ias imágenes increíbles de los estadounidenses huyendo por la azotea de su embajada en Saigón. Un pequeño país del Tercer Mundo había logrado humillar, a base de valor y una buena conducción técnica de Ias operaciones, a una primera potencia dueña de toda clase de medios humanos y materiales, incluyendo entre estos últimos el arma nuclear.

LOS ANTECEDENTES

¿Qué era Corea, aquella península que sirvió de marco a la primera guerra de la segunda postguerra mundial? ¿Por qué razón los Estados Unidos, que le cedieron a Stalin toda Ia Europa oriental colocando Ias vanguardias del Ejército Rojo a un tiro de piedra de los centros vitales de Occidente, se embarcaban ahora en una difícil y previsiblemente sangrienta contienda en un lugar situado a trasmano del mundo? Para contestar a estas preguntas habrá que comenzar diciendo que allá por el siglo VII de nuestra Era tres reinos surgidos en Ia península de Corea y en cuya forja habían confluido desde mongoles a siberianos orientales, pasando por algunas tribus arias, dieron origen a un país unido, con tradiciones comunes e idioma propio al que como sucediera con otros Estados asiáticos, entre ellos China y Japón en Ia época, y Birmania casi hasta hoy día, trataron de encerrar sobre sí mismo rechazando Ias influencias exteriores. Pero Corea—con sus 800/96 0 km, de largo y sus 144/320 km. de ancho, salvo en su límite septentrional que es mucho más amplio— tenía Ia desgracia de ocupar una posición geoestratégica privilegiada lo que le llevó a sufrir tres invasiones mongolas en el siglo XIII, dos japonesas en el siglo XVI y una manchú en el siglo XVIII. En Ia centuria pasada Ia situación se agravó al ambicionar su conquista no sólo China, Japón y Rusia, que pelearon por ella, sino también Ias potencias occidentales, varias de las cuales enviaron a sus costas algunas cañoneras.

Famoso fue, a estos efectos, el incidente protagonizado por el supuesto mercante norteamericano General Sherman, en 1864, lo que dio origen, pasado el tiempo, a una represalia armada por parte del Escuadrón Asiático de Ia US Navy, del que era jefe el contralmirante John Rodgers.

Soldados norteamericanos inspeccionando el terreno, cerca de la línea de fuego.

En 1910 los japoneses, que habían derrotado poco antes a Ia Rusia zarista en Puerto Arturo, una estratégica base naval asomada a Ias aguas cálidas del Mar Amarillo, se apoderaron de Corea a Ia que gobernarían con mano de hierro hasta la hecatombe de 1945. Durante ese largo periodo a los coreanos les fue prohibido incluso el empleo de su propia lengua siendo utilizados sus servicios como mano de obra barata y su patria como rampa de proyección del poder nipón contra China, a través de Manchuria, y contra Rusia, presionando sobre Siberia y Ia Mongolia Exterior.

Un cierto número de coreanos sirvieron, incluso con rango de oficial, en Ias Fuerzas Armadas imperiales (1).

(1) Muchos de los oficiales sudcoreanos que participaron en Ias primeras fases de Ia guerra eran graduados de las academias militares japonesas. Al producirse más tarde, en 1961, un golpe militar trascendió que fue encabezado por militares con grado de entre teniente coronel y coronel, Ia mayor parte egresados de centros castrenses nipones. Uno de ellos era el general Park Chung Lea, quien durante largo tiempo fue presidenta de Corea siendo asesinado en 1979.

NORTE-SUR

El 1 de diciembre de 1943, en El Cairo, delegados de los Estados Unidos, del Reino Unido y de China aprobaron una declaración —a la que la URSS se unió en julio de 1945, en Yalta— explicando que a su debido tiempo, Corea debe pasar a ser una nación libre e independiente. Pero los norteamericanos cometieron un error aceptar que, a la vista de la inminente capitulación de las tropas niponas destacadas en la península asiática, los soviéticos Ia ocupasen hasta el paralelo 38 y, desde allí hasta el extremo Sur, los Estados Unidos.

Esto suponía una desventaja estratégica para Washington por cuanto que iba a comprometerse en un lugar lejano, al que tendría que acudir mediante recursos marítimos y aéreos, mientras que el Ejército Rojo, por el contrario, dispondría de una cercana retaguardia propia y Ia nada despreciable colaboración de los chinos comunistas. Además colocaban Ias bases para una partición, a poco que fueran mal las cosas, del país.

De acuerdo con el plan indicado, el 12 de agosto de 1945 las Misiones de Stalin penetraron sin problemas en Corea desembarcando en su costa meridional, el 8 de septiembre, efectivos del XXIV Cuerpo del Ejército estadounidense que, a Ias órdenes del general John R. Hodge, estuvo preparándose para una invasión del archipiélago japonés que las bombas atómicas de Hiroshima y de Nagasaki hicieron innecesaria. EI 27 de diciembre, siguiendo un calendario previsto, representantes de Ias dos potencias ocupantes, más los británicos, se reunieron en Moscú acordando crear sendas comisiones, al Norte y al Sur del paralelo 38, que pusiesen las bases para la investidura de un Gobierno provisional coreano. Sin embargo, el foso comenzaba a abrirse entre los vencedores de la SGM y bien pronto en Pyongyan, bajo el aliento de los soviéticos, nació un Gobierno de corte impecablemente comunista al que le daba réplica, en Seúl, otro manejado por los norteamericanos. Eso sí, en la parte septentrional la oposición dejó de existir casi del todo mientras que en la meridional, por el contrario, los comunistas, que eran tolerados, cobraron gran fuerza no tardando en hacerle Ia vida imposible no sólo a las autoridades de Seúl sino también al general Hodge y a su Estado Mayor.

La evolución de la crisis condujo al afianzamiento del Gobierno comunista del Norte, encabezado por Kim Il Sung, y al de una democracia excesivamente fuerte e intolerante en el Sur de Ia que era jefe Syngman Rhee. Se daba por hecho que Corea iba a quedar dividida en dos y dentro de esta dinámica el Ejército de ocupación soviético regresó a casa en septiembre de 1948, concluyendo el norteamericano la evacuación de sus efectivos en junio del año siguiente.

Algunos, en Washington, se inquietaron por lo que podía suceder a partir de entonces en la estratégica península asiática ya que mientras que su porción comunista había conseguido poner en pie una consistente fuerza militar integrada por militares profesionales (70.000 hombres) y por mili cias populares, sin que existiese sombra alguna de disidencia, en el Sur las Fuerzas Armadas (100.000 hombres) pasaban por hallarse menos concienciadas y había que contar, como antes se dijo, con una fuerte oposición política y sindical comunista, amén de con una insurgencia armada establecida en la isla de Cheju y en los Montes Chin, entre otros lugares.

PISTAS FALSAS

Posiblemente Ia invasión del Sur, y con ella el estallido de Ia guerra, nunca hubiese sucedido de no ser porque los propios estadounidenses enviaron reiteradas señales que hacían pensar que, si alguien se embarcaba en una aventura de la especie, nada —o casi nada— ocurriría. En efecto, lo primero que se supo, sobre Ias fuerzas norteamericanas llegadas a Corea al rendirse los contingentes japoneses, es que el general Hodge deseaba retirarlas de allí lo antes posible por considerar que Ia península era un lugar lejano y sin demasiado interés.

El general William F. Dean tras ser liberado por los norcoreanos, tras dos años de prisión.

Más tarde, en abril de 1947, eI secretario norteamericano de Guerra, Robert P. Patterson, dijo sin andarse por las ramas: Estoy convencido de que los Estados Unidos deben promover enérgicamente un curso de acción mediante el cual podamos retirarnos de Corea lo más pronto posible, y creo que una retirada rápida debiera de ser el objetiuo principal de todas nuestras acciones. Justamente un año más tarde, en abril de 1948, fue el presidente Harry S. Truman quien puso su firma al pie de un documento redactado en los siguientes términos: Los Estados Unidos no deberán involucrarse en la situación de Corea tan irrevocablemente que una acción tomada por cualquier facción en Corea o cualquier otra potencia, pueda considerarse como un «casus belli» para Estados Unidos. A estos documentos podrían añadirse otros muchos de considerable peso como uno del Estado Mayor Conjunto según el cual: Estados Unidos tiene muy poco interés estratégico en mantener las tropas y las bases que tenemos en Corea. O la declaración del general MacArthur sobre el perímetro de salvaguardia estadounidense en la zona: Nuestra línea de defensa pasa por las islas que circundan el continente de Asia.

Esta empieza en las Filipinas y sigue por el archipiélago de las Ryukyu, donde se encuentra el bastión principal, Okinawa. Luego se inclina hacia Japón y Ias Aleutianas hasta Alaska. Como puede verse Corea quedaba relegada a la segunda—o tercera, quién sabe— línea de interés de Washington, y Stalin, que quería consolidar sus posiciones en el Extremo Oriente y, a la vez, crearles problemas a sus ex-aliados occidentales en el nuevo teatro de crisis de Centroeuropa, sacó algunas consecuencias tan presumiblemente obvias como equivocadas.

Peor aún, el secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, quien hablando en el Club Nacional de Prensa, el 12 de enero de 1950, repitió las palabras de MacArthur, hizo alusión a la posibilidad de que alguno de los países no incluidos en la citada línea de defensa sufriese una agresión y significativamente dio a entender que , en caso, no serían los EEUU quienes respondiesen, sino las Naciones Unidas: De ocurrir un ataque –aunque vacilemos en decir de donde podría venir ese ataque armado- tenemos que depender inicialmente de la población atacada para que siga resistiendo y luego de todo el mundo civilizado bajo la Carta de las Naciones Unidas… Curiosamente sólo unos días más tarde, el 19 de enero, la Cámara de Representantes, en Washington, echó atierra un proyecto de ley que habría supuesto para Corea del Sur sesenta millones de dólares suplementarios. Estos gestos fueron interpretados como nuevas pruebas de que los EEUU se distanciaban de sus responsabilidades militares en el citado país. Es posible, por otra parte, que los soviéticos estuviesen al tanto de las carencias norteamericanas en materia de tropas terrestres lo que años más tarde hizo escribir al general Marshall que, en vísperas de la Guerra de Corea, el Estado Mayor Conjunto no estaba seguro de si podría reunir los hombres necesarios para proteger los campos de aterrizaje de Fairbanks, en Alaska, que tan gran papel desempeñaron durante las operaciones contra Japón.

Seríamos injustos si no explicáramos que en esas fechas se contemplaba como posible desde luego, un ataque de los coreanos comunistas pero también, según se deduce de la documentación norteamericana de la época, una invasión del Norte por el Sur. El ya anciano presidente Rhee era un hombre belicoso y enfático al que Washington temía por sus reacciones incontroladas. Algo que llevó a que su Ejército, antes de la guerra, nunca estuviese sobrado de armas y equipos ya que en ese caso, en opinión de algunos, no duraría en atravesar la frontera confiando en adentrase en ele territorio de su rival y crear una situación que a la corta, más bien que a la larga, haría inevitable el envolvimiento de los EEUU. La precariedad en elementos materiales del Ejército sudcoreano, debido a esta causa, hizo que al producirse el ataque comunista se desplomase fácilmente. Claro que tampoco hubo actitudes numantinas lo que explica el reducido número de bajas contabilizadas.

Llega el “Napalm”

El 24 de junio de 1950 la guerra fría, que ya era una realidad a lo largo de medio mundo, se convirtió en guerra caliente en la península de Corea. Esa madrugada las tropas norcoreanas cruzaron la línea divisoria y sólo 48 horas más tarde entraban victoriosas en la capital del Sur, Seúl. En los tres meses siguientes, reforzadas por los contingentes guerrilleros que ya acusaban en esas zonas y sin más ayuda extranjera que lo material, los comunistas acumularon los triunfos.  Mientras la ONU habían aprobado una resolución convocando a sus países miembros a participar en la contienda como defensores del orden y de la legalidad internacionales. Una medida que salió adelante porque, inexplicablemente, el embajador soviético se encontraba ausente y no pudo, en consecuencia, hacer uso de su derecho como una argucia de Stalin para comprometer a China, involucrarla en la guerra y debilitarla.

 

El teniente coronel Drysdale, de los “Royal Marines” que mandó el primer contingente británico desembarcado en Corea

 

Aunque, desde luego, el Ejército norteamericano distaba mucho de hallarse en su mejor momento, seguía siendo el de una primera potencia mundial y reaccionó con la suficiente rapidez como para que el primero de julio uno de sus batallones desembarcase en Corea mientras que 27 fortalezas volantes, cruzando el paralelo 38, bombardeaban Pyongyang. Al día siguiente eran las tres divisiones que ponían pie a tierra en Taejon, justo cuando la Prensa hacía eco de que el Ejército sudcoreano casi había dejado de existir dadas sus pérdidas en combate, desbandadas y deserciones. Esto era un inconveniente pero no tanto como las duras condiciones del teatro de Operaciones formado por montañas tremendas, barrizales inacabables, pésimos caminos, meteorología adversa, etc. Los soldados norteamericanos, sobrecargados de material, se agotaban en las marchas y ni tan siquiera eran capaces de reconocer a sus propias unidades. Los aviones, entre la lluvia y la nieve, tenían grandes dificultades para localizar al enemigo y además eran demasiado rápidos y volaban muy alto. Fue necesario aminorar el énfasis puesto en los reactores, considerados al principio como la panacea, y volver a los motores de hélice.

Bien pronto asombraron a propios y extraños con el lanzamiento de un arma de aterradoras consecuencias mezcla de gasolina; nafta y otros elementos incendiarios: el napalm. A veces este mortal producto caía sobre los propios norteamericanos, por error del piloto.
EL NAIPE CHINO

Ante el asombro del mundo, consciente de que en Corea luchaban sólos los norcoreanos contra una coalición de países a los que, bajo bandera onusina, lideraban los Estados Unidos, este último bando se batía en ignominiosa retirada, La capital provisional del Sur, Taejon, cayó tras violentos combates cuerpo a cuerpo que llenaron de cadáveres y de sangre el rio que la atraviesa. Comunistas vistiendo el uniforme sudista se colaban por doquier librándose a sabotajes, propiciando el desorden y recabando información. Una enorme flota de aviones de bombardeo atacaba sin cesar los objetivos señalados en el Norte y de esos raids no se libraban las poblaciones civiles siguiendo la pauta establecida en Europa durante la SGM por norteamericanos y británicos. Otros aeroplanos asumían misiones en el Sur y aunque trataban de asignarles free fire zones (zonas de fuego libre)no se conseguía pues, como declaró un exponente militar; Nadie sabe donde están nuestras fuerzas, salvo los comunistas. Al acabar julio, los norteamericanos estaban cercados en una bolsa de 150 km de ancho por 100 de largo. Sus muertos ascendían a 1.100 y los de los sudcoreanos a 37.000. El general Dean, jefe de la 24ª División, había desaparecido.

El 1 de agosto, por fin, el signo de los acontecimientos cambió. Los marines lanzaron una exitosa contraofensiva y el 15 de septiembre 40.000 hombres caían sobre Inchón. Diez días más tarde las líneas norcoreanas eran arrolladas, haciéndose millares de prisioneros. En medio de un caos generalizado quienes podían huyeron al otro lado del paralelo 38 que MacArthur, sin esperar órdenes de las Naciones Unidas, mandó que cruzasen sus fuerza. 

Esto representaba un desafío directo para China que; hasta el momento, se había limitado a desplegar varias divisiones en la frontera con Corea del Norte sin intervenir en los combates ni con un sólo hombre. En opinión de los analistas más impuestos, el Gobierno de Pekín habría continuado observando una actitud expectante de darse al menos una de estas condiciones: 1) que sólo las tropas de Corea del Sur hubiesen rebasado el paralelo 38; 2) que, como citaron los británicos la ofensiva se detuviese en la zona más angosta de la península. Pero ambas iniciativas fueron rechazadas por MacArthur invocando las prerrogativas del comandante en campaña. 

Consecuentemente, los chinos entendieron que lo que se pretendía era unir a Corea por la fuerza, mientras que las Naciones Unidas no exigían otra cosa que el regreso a la línea de partición, con lo que de tener éxito la ofensiva se habría encontrado con un Ejército hostil y poderoso en su propia frontera. Y esto era algo que no estaban dispuestos a tolerar, entre otras razones porque amenazaría directamente a la vital concentración industrial de Manchuria. Así que los primeros voluntarios chinos entraron en combate en los primeros días de noviembre y cuando MacArthur lo supo creyó poder frenar en seco ese flujo ordenando que 90 fortalezas volantes bombardeasen los puentes fronterizos del Yalú y de Manchuria aunque, como reconocería más tarde, lo que propuso, siéndole denegada la autorización, fue destruir la fuerza aérea enemiga lanzando de 30 a 50 bombas atómicas sobre sus bases y otros puntos neurálgicos situados más allá del río yalú. 

MacArthur extrañamente vestido, interroga a un soldado de color. 

De cualquier forma, y tras recibir una severa contraorden del secretario de Defensa, las, fortalezas volantes se limitaron a descargar sus explosivos sobre la orilla cercana del Yalú, lo que no habría de servirle de mucho: MacArthur, en base a unos cálculos completimente erróneos, se dijo que, de cualquier forma, una fuerte ofensiva terrestre bastaría para liquidar a los norcoreanos y a las masas de chinos que convergían en su ayuda. Y tan seguro estaba de ello que redactó un imprudente mensaje prometiéndoles a sus tropas que estarían de regreso en casa por Navidad. Sin embargo, el 15 de diciembre los comunistas cruzaban el paralelo 38 y el día de Navidad cercaban Seúl y aunque a finales de mes» tras una contraofensiva aliada, el frente había vuelto a correr casi, sobre la antigua línea de partición, estaba claro para Washington que la guerra no podía ganarla. Insistir en buscarle una salida militar era un disparate así que cuando MacArthur, de propia iniciativa, le lanzó una especie de ultimátum a China y trascendió a la vez su frontal oposición a la política del Gobierno en Corea, fue cesado de manera fulminante. Algo parecido le sucedió al general Van Fleet, jefe del VIII Ejército, por decir en público que si no se atacaba directamente a China, y con todos los medios, Asia entera sería anegada por la marea roja, 

PANMUNJOM 

En realidad, a sólo un año vista del comienzo de las hostilidades, en julio de 1951, ya se había comprendido que era necesario buscar una solución por la vía de las negociaciones iniciándose éstas en Kaesong desde donde se trasladarían, al poco, a Panmunjom. En el diálogo, estancado durante muchos meses, influyó de manera positiva el cambio de titular en la presidencia de los Estados Unidos con el arrollador triunfo, en las elecciones de noviembre de 1952, del general Eisenhower. Este obtuvo la victoria, en buena medida, porque prometió sacar a los norteamericanos del cenagal coreano y, como prueba de que había hablado en serio, el 2 de diciembre llegaba a Seúl donde el general Clark, sustituto de MacArthur, esperaba la aprobación de sus planes para lanzar nuevas ofensivas. Sin embargo, Eisenhower dejó perfectamente claro que lo que él deseaba era conseguir un armisticio en términos honorables visto que no creía —o la consideraba excesiva en pérdidas humanas— en una victoria militar directa.
Naturalmente, al enemigo se le mandaron otra clase de mensajes como el de que la nueva Administración, con el respaldo del pueblo norteamericano, exasperado, llevara hasta el extremo una decisión militar, sea cual fuere su costo (general Clark; la guerra terminará o se extenderá más allá de Corea (Eisenhower); las armas atómicas en manos de los estadistas pueden servir como armas políticas eficaces (John Foster Dulles, nuevo secretario de Estado)... Por otra parte, transcendieron gestos tan significativos como el de retirar a la VII Flota del Estrecho de Formosa en indicación de que el generalísimo 

Chiang Kai-chek tenía las manos libres, por primera vez desde que se refugió en la isla de Taiwán, para invadir la costa de China si lo deseaba. En opinión de Eisenhower, reflejada en sus Memorias, de todo este cuadro el factor decisivo fue la amenaza nuclear si bien algunos consideran que también tuvo su efecto la muerte de Stalin, sobrevenida el 5 de marzo de 1953. 

En la primavera de este último año, y mientras las conversaciones de Panmunjom se alargaban de manera exasperante, los frentes de batalla ardían siendo muy distintos los ánimos de los combatientes de ambos bandos. Y es que todos estaban convencidos de la inminencia de la paz lo que desanimaba a los aliados, nada partidarios de morir a dos pasos del cese del fuego, mientras que esto no hacía mella para nada en los comunistas. Los terribles combates de la colina bautizada por los norteamericanos Pork Chop, en abril, fueron una buena prueba de ello y lo mismo los generalizados de mayo y junio. El historiador militar Walter Hermes escribió: (Los comunistas) no vacilaban en sacrificar vidas para tomar algunas colinas como presión para las negociaciones, futuro beneficio político y base para una posterior reclamación de victoria militar. 

Las medidas de seguridad no conocían excepciones

El problema, en este trayecto final de la conflagración, vino dado por el presidente sudcoreano. Syngman Rhee era partidario de sabotear las negociaciones y de proseguir la guerra y tan molesto se mostraba que el presidente Eisenhower llegó a pedir que fuese reemplazado por un líder más moderado y razonable. Se preparó entonces, por parte del general Clark, una denominada operación Everready, que incluía su apresamiento y el de varios de sus principales colaboradores, pero al final no se puso en marcha porque norcoreanos y chinos lanzaron una ofensiva dirigida especialmente contra las fuerzas sudcoreanas que sufrieron tremendas bajas. En opinión de un analista de aquellos hechos: El general Clark estaba convencido de que la ofensiva fue ideada para demostrarle a Rhee que sus esperanzas de otro viaje al Yalú se basaban en un optimismo por completo infundado.

Así, por fin, el 27 de julio de 1953, se firmó la paz. Los comunistas no consiguieron apoderarse de la península pero tampoco lo lograron los aliados. La guerra había durado 37 meses y producido 2,4 millones de bajas entre muertos y heridos (157.530 fueron en total las norteamericanas, de ellas 54.000 mortales). En cuanto a las negociaciones de paz ocuparon dos años y 17 días, empleándose 575 reuniones y 18 millones de palabras. Por cierto que el documento de armisticio lo firmaron los chinos y los norcoreanos, por un lado, y los norteamericanos, por el otro. El intratable Rhee, al que no mucho después los norteamericanos echarían de su puesto, no quiso que Corea del Sur se sentase aquel día a esa mesa. 

Revista Defensa nº 183-184, julio 1993, Carlos Hernández Sarrico

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