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Gas de combate: la muerte silenciosa

La Secretaría General de las Naciones Unidas confirmó en Ginebra y Nueva York el empleo de armas químicas en la guerra entre Irán e Iraq. El informe redactado por expertos militares designados para llevar a cabo la investigación alude a bombardeos comprobados por parte de las FF.AA iraquíes, en el curso de los cuales aviones ‘Mirage” y “Subi” lanzaron proyectiles de “gas mostaza” o bombas que contenían un agente químico altamente tóxico, conocido bajo el nombre de “Tabun”. Tras este dramático precedente, buen número de los llamados ‘países pobres” pueden a partir de ahora sucumbir a la tentación de utilizar masivamente, para dirimir sus conflictos, un arma fácil de adquirir, barata y de terrible eficacia. Retorna de esta forma a los campos de batalla un fantasma que se creía enterrado para siempre en las embarradas trincheras de Flandes.

En el número 63 de DEFENSA, como epílogo a un informe sobre la guerra biológica y química, P. García Deleyto se hacía oportuno eco de unas declaraciones del encargado de negocios iraquí en Copenhague: Para evitar que los iraníes crucen nuestras fronteras tendremos que utilizar una nueva arma, que puede matar entre 20.000 y 30.000 personas en un solo día... Estas palabras eran una siniestra profecía. Según todos los indicios, desde el pasado año, Iraq ha estado recurriendo en diversas ocasiones al gas de combate, considerando más importante detener la ofensiva iraní en su territorio que las consecuencias de una censura internacional al hacerse públicos los hechos.

Antes de la encuesta realizada sobre el terreno por las Naciones Unidas, el Departamento de Estado estadounidense mencionaba ya fotografías tomadas por aviones de reconocimiento de la USAF basados en Arabia Saudí y Aden, en las que aparecían nubes de gases poco después de haber sido lanzados sobre las líneas iraníes. Existían también pruebas directas de que el gas era arrojado desde helicópteros y aviones, así como constancia de un caso concreto: un Ilyushin-76 de la Fuerza Aérea iraquí que desparramó en aquel sector de frente 30 Tm. de barriles de gas mostaza desde una altura de 350 metros. Pero el veredicto final de la comisión especial destinada por la ONU a investigar estos hechos ya no dejó lugar a dudas. El secretario general de Naciones Unidas, Pérez de Cuéllar, confirmó públicamente las acusaciones lanzadas por Teherán contra Bagdad, tras haber leído el informe de 28 páginas redactado por los doctores G. Anderson (Suecia), M. Domínguez Carmona (España), P. Dunn (Australia) y U. Imobersteg (Suiza), cuatro especialistas en armas químicas de referencias irreprochables.

La comisión de la ONU había permanecido en Irán entre los días 13 y 19 de marzo, examinando a 41 víctimas de ataques con gas y una docena de cadáveres conservados en los hospitales de Ahwaz y Teherán. El informe señala que los resultados de los exámenes clínicos y de los análisis encalan perfectamente con las descripciones de lesiones causadas por sustancias vesicantes, y más particularmente aquellas provocadas por el “gas mostaza”.  Los agentes vesicantes de esta categoría son los únicos capaces de producir el conjunto de síntomas constatados. Este diagnóstico coincide con el emitido por los médicos que cuidan a víctimas iraníes enviadas a diversos centros hospitalarios europeos, e incluso las referencias orales de estos heridos son harto elocuentes. Mohamed Reza Asadi, uno de los soldados iraníes internado en la clínica universitaria de Upsala (Suecia), dijo: Estábamos en el sector de Basora cuando vimos llegar los aviones. Eran diez y tiraron sus bombas. Había una nube naranja tan oscura y terrible que ocultaba el sol. Tratamos de protegemos, pero era imposible. Picaba y quemaba.

Durante su estancia en Irán, los cuatro expertos de la ONU visitaron el frente Sur de Ia guerra en Chat-el-Ali y Hur-ul Huwaizeh, donde examinaron sobre el terreno bombas que no habían estallado. Eran éstas de unos 2 m. de longitud y 135 kg. de peso y contenían una sustancia líquida, negruzca y viscosa que, analizada en Suecia y Suiza, resultó ser sulfuro de dicloroestio: gas mostaza. Por otra parte, el estudio de fragmentos recogidos en el sector de Jofain tras un ataque aéreo iraquí reveló la presencia de una sustancia compuesta al 75 por 100 de dimetio-amiriocianofosfinato de etilo, gas neurotóxico más conocido por Tabun.

Foto: Reservistas británicos con equipos de pretección ABQ en el curso de uno de sus ejercicios anuales de instrucción

Según fuentes occidentales, los principales proveedores de productos químicos básicos para la elaboración del gas de combate iraquí fueron Checoslovaquia, Alemania Democrática y la URSS, mientras que Teherán y países del Pacto de Varsovia apuntaron hacia el Reino Unido, Italia o Alemania Federal como proveedores de la tecnología utilizada por Bagdad para la transformación de los productos químicos en gases tóxicos. Lo que sí parece probable es que el Reino Unido suministró a Iraq un copioso material de protección contra ataques químicos y biológicos, así como medicamentos y antídotos destinados a paliar los efectos de este tipo de armas. Por su parte, en el momento de llevarse a cabo los ataques con gas, Irán carecía de recursos con los que proteger a sus tropas, aunque apenas detectado el uso de la terrible arma por parte de sus adversarios, las autoridades de Teherán se movilizaron para adquirir con toda urgencia equipos de protección en los mercados internacionales.

Aunque Irán habló inicialmente de sólo 1.100 combatientes lesionados en diverso grado por bombas químicas y granadas de gas nervioso, los expertos señalan que el número de bajas iraníes habría sido sensiblemente mayor. Al parecer, Iraq empezó a utilizar estos métodos en julio de 1983 (1), y su último empleo conocido habría tenido lugar en los primeros días de marzo de 1984, durante la ofensiva lanzada por Bagdad para recuperar Maynum, las islas artificiales con abundantes reservas de crudos situadas al Sur de país, ocupadas por Irán desde el 24 de febrero.

(1) Fuentes diplomáticas occidentales en Bagdad aseguran que Iraq experimentó en un principio los efectos del gas de combate sobre rebaños de ovejas en una zona desértica a 150 kilómetros al Sur de Samawa, cerca de la frontera con Arabia Saudí. Según Ias mismas fuentes, el gas mostaza fue usado en combate por primera vez en julio de 1983, en el frente central, primero en Mehran y al mes siguiente en Mandali. En diciembre se usó en las colinas de Penjwin, al Norte, produciéndose una escalada en su uso masivo a raiz de la fuerte ofensiva iraní de finales de año.

La grave decisión adoptada por el régimen baasista iraquí sólo se comprende habida cuenta de la incapacidad técnica de sus fuerzas para oponerse a las olas de asalto de los pashdaranes jomeinistas, cuya decisión y probado valor los hace indiferentes a la muerte por armas convencionales. En opinión de los observadores que siguen de cerca el conflicto (2), Bagdad ha pretendido con el recurso al gas aterrorizar al enemigo más que provocarle pérdidas masivas. Hay que tener en cuenta que la utilidad de la guerra química no sólo es táctica, sino también sicológica, y siempre constituye un golpe de devastadores efectos morales sobre el espíritu de combate enemigo.

(2) Arturo Pérez-Reverte, cuyos trabajos en zonas de combate son bien conocidos por los lectores de DEFENSA, fue de los primeros periodistas que presenciaron sobre el terreno las incidencias de la guerra entre Iraq e Irán, a cuyo escenario ha viajado posteriormente en diversas ocasiones.

Todos los servicios de Inteligencia occidentales que se ocupan del tema coinciden en afirmar que Iraq produce el sulfuro de dicloroetilo (gas mostaza) en sus propios laboratorios, y existen indicios de que, aparte del Tabun, se trabaja en otros gases venenosos de mayor poder mortífero. El régimen baasista, posee entre tres y cinco laboratorios dedicados a esta actividad, en los que se trabaja desde comienzos de los años 60, fabricándose ya el gas mostaza con fines ofensivos antes de que estallase el conflicto. La guerra con Irán no hizo sino acelerar su producción.

foto: José Pérez, que pese a su nombre y apellido pertenece al “US Army “, verifica en un depósito de las Montañas Rocosas el estado de los recipientes que contienen gas nervioso.

En realidad, la obtención de gas mostaza y de otras sustancias químicas aplicables a la guerra de gases se encuentra al alcance de cualquier país en vías de desarrollo, pues no requiere una tecnología complicada ni exige medidas de seguridad especiales, siendo además fácil de camuflar su fabricación y almacenamiento bajo diversas etiquetas industriales. De hecho, se sabe que, al igual que las potencias de la OTAN o del Pacto de Varsovia, algunos países del Tercer Mundo cuentan ya con gases de aplicación militar cuya producción no está expresamente prohibida por la Convención de Ginebra. Tengamos en cuenta que el arma química es el arma del pobre tecnología simple, costo reducido, utilización cómoda y efecto garantizado lo convierten en ideal para los conflictos entre países en vías de desarrollo. Cuando se puede llevar a cabo con impunidad (que la impunidad sea permanente o no, ésa ya es otra cuestión) la guerra química ofrece sus ventajas para los que a ella recurren. Quienes defienden cínicamente su utilidad esgrimen, además, un argumento similar al de los partidarios de la bomba de neutrones: el gas es un arma limpia, que sólo destruye a los seres humanos pero mantiene intacto el material y las instalaciones. Por su parte, igual que las grandes potencias fabricaron armamento nuclear como arma de disuasión, el gas tóxico se convertiría en la fuerza de disuasión de los pobres; de aquellos Estados menos desarrollados que, incapaces económica o tecnológicamente de hacerse con una panoplia nuclear, pueden, sin embargo, mediante un razonable desembolso, contar así con un medio terrible para intimidar a sus vecinos.

Como puede apreciarse fácilmente, las conclusiones de este razonamiento nos llevan a consecuencias aterradoras.

EL FANTASMA DE YPRES

Todo comenzó hace 70 años, el 22 de abril de 1915, en Ypres (Bélgica). El mariscal británico Sir J. P. D. French narró de esta forma el primer ataque con gas de Ia historia, lanzado por las fuerzas alemanas en el frente occidental:

Un observador aéreo ha señalado que a la hora indicada vio un espeso humo amarillo salir de las trincheras enemigas... Lo que vino a continuación es casi imposible de describir. En toda la línea del frente el efecto de estos gases fue tan brutal que toda actividad militar se hizo prácticamente imposible. Al principio, nadie podía comprender de qué se trataba... Centenares de hombres estaban muertos o agonizantes. Al cabo de una hora, nuestras posiciones tuvieron que ser abandonadas...

Aunque el Estado Mayor alemán no aprovechó el desconcierto narrado por el mariscal French para avanzar a través de la brecha de 6 km. abierta en Ias líneas enemigas por el gas mostaza, el balance de aquella jornada quedaría trágicamente inscrito en la crónica negra de las atrocidades bélicas: 15.000 víctimas, entre ellas 5.000 muertos. A partir de entonces, durante el resto dela PGM, el uso del gas de combate fue habitual por unos y otros contendientes, dando lugar a las dramáticas escenas que fotografías y grabados de la época nos han transmitido: trincheras repletas de cadáveres, soldados que se mueven entre el barro y el humo de los gases con máscaras protectoras, desolación y muerte. Al término del conflicto, Ia guerra química se había cobrado 800.000 víctimas de ambos bandos. Uno de cada ocho combatientes afectados por el gas encontró la muerte, lo que supone un total de 100.000 fallecidos por efecto de esta implacable arma. Centenares de millares de ellos quedaron ciegos o sufrieron otras graves lesiones que, en muchos casos, acabaron a Ia larga con sus vidas.

El devastador resultado de los gases de combate alarmó hasta tal punto a los Estados que resolvieron establecer acuerdos internacionales comprometiéndose a dejar de utilizarlos. Ello no constituía novedad alguna, puesto que ya en 1874 la Conferencia de Bruselas había prohibido el derecho a recurrir a cualquier tipo de medio para eliminar al enemigo. Entre todos aquellos productos o utensilios considerados excesivamente Inhumanos incluso en guerra, el artículo 13 de las conclusiones vetaba el empleo de venenos o armas envenenadas. Aunque todavía poco precisas, estas limitaciones se reforzaron en La Haya (1899) prohibiéndose el empleo de proyectiles que tienen por único objeto extender gases asfixiantes, punto que fue aprobado por 27 naciones a las que no quisieron agregarse los Estados Unidos.

Sin embargo, tras la PGM, la comisión aliada que investigaba las responsabilidades de los Imperios Centrales incluyó la utilización del gas tóxico entre los delitos de guerra. Todo ello culminó en el Protocolo firmado en Ginebra en 1925, que constituye la base fundamental de la reglamentación posterior en materia de armas químicas y biológicas, al condenar el empleo en guerra de gases asfixiantes, tóxicos o similares, así como todo líquido, material o procedimientos análogos. Sin embargo, no todo estaba tan claro. El Protocolo de Ginebra sólo prohibía el uso de armas químicas, pero no su manufactura, almacenamiento y desarrollo. Además, aunque los firmantes se comprometían a no emplearlas en daño de otros signatarios del Protocolo, quedaba abierta la puerta a su utilización contra quienes quedaron fuera de él: contra guerrillas o como defensa propia tras ser atacados con este tipo de sustancias. También la terminología del Protocolo se prestó a diferentes interpretaciones, y así los Estados Unidos, por ejemplo, en unión de algunos países occidentales, se negaron a considerar como vetados los gases lacrimógenos y los agentes defoliantes, actitud cuyas consecuencias se materializaron durante el conflicto indochino, cuando Washington se apoyó en la palabra francesa similaires, que figura en el texto del citado documento, para argumentar que los irritantes no pueden ser considerados gases asfixiantes ni tóxicos; todo ello, a pesar de que la versión anglosajona del Protocolo utiliza el término other gases. Este juego de escamoteo permitió al Ejército estadounidense utilizar profusamente diversos tipos de gases irritantes y productos defoliantes en Vietnam, a veces en concentraciones mortales.

foto: La Península Indochina cuenta con muchas personas que, como este joven, llevan en sus cuerpos las horribles huellas de Ia agresión química.

Ninguno de los esfuerzos posteriores por llegar a una reglamentación internacional dura en materia de guerra química ha dado fruto. El control de este tipo de armas, lo mismo que sucede con las bacteriológicas y nucleares, depende más de Ia buena o mala fe de los Estados que de las convenciones y los observadores internacionales, con lo que está dicho todo.

No es difícil para los interesados, como la historia contemporánea lo demuestra hasta la saciedad, aprovechar a fondo las lagunas de los textos vigentes. En ellos no queda clara —porque en realidad es muy difícil— la diferencia entre productos químicos destinados a los empleos militares y los que se encaminan a fines civiles. Por otra parte, los protocolos y disposiciones autorizan los preparativos destinados a protegerse contra agresiones, y ello permite a los laboratorios trabajar con agentes químicos so pretexto de investigar antídotos. Gases venenosos como el fosgeno y el ácido cianhídrico se emplean en la preparación de tintes industriales, y los neurogases se obtienen sin problemas en una planta dedicada a la fabricación de pesticidas. Todos estos productos pueden ser desviados de inmediato hacia su aplicación militar y, de hecho, lo están siendo, como lo prueba el reciente caso de Iraq.

LOS “PESTICIDAS” DE BAGDAD

Hay evidencias de que uno de los lugares en donde Iraq elabora su gas de combate es una fábrica subterránea de pesticidas enclavada en Akshat,  en el desierto, 265 km. al Oeste de Bagdad (3). Según el doctor Tony Childs, jefe de investigaciones de una importante firma agro-química del Reino Unido, los productos obtenidos en una planta de ese tipo pueden tener el mismo tipo de toxicidad que el gas nervioso, y de hecho pueden ser usados como gas de combate... Si yo fuera presidente de un país del Tercer Mundo y quisiera conseguir gas nervioso, no idearía un sistema mejor.

(3) Otra fábrica de gas de combate estaría situada en Samawa, 170 km. al Sur de Bagdad.

De acuerdo con las informaciones disponibles, los esfuerzos iraquíes por hacerse con un sistema de producción de gas de combate fueron numerosos durante la década de los 70, saldándose al principio con un fracaso ante la desconfianza de los posibles suministradores. En 1975, una delegación de alto nivel presidida por el ministro de Industria iraquí Muhammad Al Suqri se dirigió a la compallia Pfaudier de Rochester (Nueva York), pero la urgencia con que los hombres de Bagdad deseaban iniciar la construcción de su planta de pesticidas hizo inviable el acuerdo. El siguiente intento se efectuó en dirección al Reino Unido, en donde un diplomático iraquí cuyo nombre permanece en el anonimato fue el encargado de realizar el contacto con la poderosa ICI. La conversación fue Ia siguiente:

-(Representante de la ICI): ¿Para qué es la planta?

-(Diplomático iraquí): Química agrícola.

-(R.ICI): Debe usted estar bromeando. Este material es tan altamente tóxico que no me puedo creer ni por un instante que sea para uso agrícola. Mi obligación es informar al Foreign Office de esto. Ya hemos tratado con Iraq antes; saben lo que sirve para agricultura y lo que no. Esta sustancia está prohibida.

-(DI.): No me interesa, olvídelo. No quiero problemas.

La alarma del industrial británico está justificada. La propuesta iraquí se refería a la construcción de una planta que produjese al año 600 Tm. de Amitón, 300 de Demetón, 150 de Paraxón y 150 de Parathon. Todos ellos son fosfatos orgánicos, muy similares al gas nervioso desarrollado por los científicos nazis durante la década de los años 30. Descubierto por la ICI, la compañía británica había detenido el desarrollo del Amitón debido al grave riesgo que entrañaba el manejo de este poderoso pesticida. Las otras sustancias requeridas por Bagdad eran también pesticidas poderosamente tóxicos.

foto: Secuencia que muestra el embarque de recipientes de gas en un viejo “Liberty”, la conducción del buque a mar abierto y su hundimiento, en pleno Atlántico, a una profundidad considerada totalmente segura.

A pesar de su fracaso británico, los iraquíes no se desanimaron. Existe constancia de otro acercamiento, esta vez a la firma italiana Montedison, en 1976. La empresa niega que se llegase a concretar la construcción de complejo industrial alguno en Iraq por aquellas fechas, pero otras fuentes apuntan la posibilidad de que la Montedison, a través de una de sus filiales, hiciese realidad el proyecto en el plazo de nueve meses, obteniendo a cambio 52 millones de dólares. El enigma de la gas conexion tiene todavía otra derivación, ésta en Alemania Federal. Medios de Ia Inteligencia estadounidense han acusado también a la sociedad Karl Kolb (principal proveedora de los laboratorios de la RFA) de haber entregado a Iraq material utilizable en la fabricación de gases neurotóxicos. Contactada telefónicamente  Karl Kolb nos desmintió esta información, pero medios de la misma empresa reconocieron que otra sociedad indirectamente ligada a ella (la Pilot Plant) suministró a Iraq una planta-piloto destinada a la producción de insecticidas organo-fosforados, comprendidos en la familia de los neurotóxicos. Un portavoz gubernamental confirmó estos puntos en Bonn, pero excluyendo que Iraq haya podido producir el gas de combate en tal instalación.

El caso es que, a finales de los años 70, Iraq contaba con entre tres y cinco plantas en las que se trabajaba con sustancias tóxicas aplicables a la guerra química. Eso antes de que comenzara la guerra con Irán, lo que hace suponer que ya por aquella época el régimen baasista consideraba seriamente la posibilidad de recurrir a tan terrible arma.

HITLER NO SE ATREVIÓ

Ni siquiera el Gobierno nacionalsocialista alemán se atrevió a ordenar a la Wehrmarcht la utilización del gas de combate durante la SGM, y aunque todos los contendientes lo poseían ninguno de ellos osó recurrir a él en el campo de batalla. Sin embargo, existe constancia de que diversos tipos de gases y sustancias tóxicas han sido utilizados posteriormente en conflictos armados, aunque de forma limitada y casi siempre en el máximo secreto. Dejando aparte las acusaciones vertidas contra el Egipto de Nasser (a quien las potencias occidentales acusaron de emplear gas en la guerra del Yemen pero sin aportar ninguna prueba o testimonio que justificase tan grave denuncia), la guerra química fue aplicada durante las operaciones llevadas a cabo por las tropas británicas contra los insurgentes comunistas en Malasia. Allí, entre 1948 y 1960, productos químicos y biológicos fueron utilizados para privar a los guerrilleros de subsistencias y camuflaje. Pero la auténtica escalada la llevaron a cabo los Estados Unidos en Vietnam.

En realidad, si lo comparamos con las dimensiones que alcanzó el conflicto indochino, el uso de agentes químicos por parte de las fuerzas de los EE.UU. fue relativamente restringido en cuanto a las sustancias empleadas se refiere, no en cuanto a su cantidad. Las autoridades estadounidenses recurrieron a sutiles matices semánticos para justificar el empleo de agentes tóxicos con fines agresivos, lo que se vio facilitado por la pequeña diferencia que hay entre armas químicas civiles, que se permite usar por los Gobiernos en acciones de policía. La síntesis de todo que se permite usar por los Gobiernos en acciones de policía. La síntesis de todo esto puede reflejarse en dos declaraciones efectuadas en la época, una por un portavoz oficial del Pentágono y otra por el profesor Mathiew Meselson, biólogo de Harvard: En Vietnam ha habido ataques masivos de gases lacrimógenos seguidos de bombardeos, y: Se puede utilizar un arma no letal de una forma letal.

La técnica empleada por los Estados Unidos para recurrir al gas sin atraer sobre sí las iras internacionales residió fundamentalmente en el uso, a menudo en concentraciones y características letales, de gases oficialmente no letales. Citemos el CS y el CN, del tipo anti-tumultos, que producen efectos que duran algunos minutos, y que excepto en fuertes concentraciones sólo causan irritación y molestias pasajeras. Sin embargo, en Vietnam se usó también la Adamsita (agente DM) que en la práctica resulta mucho más peligroso, pues provoca vómitos, tos, estornudos y dolor de pecho durante un lapso de tiempo que va de 30 minutos a cinco horas. Por su larga duración es mucho más eficaz que los otros, pero debe ser manejado con cuidado, y un manual técnico del US Army especifica que no se debe utilizar en acciones que no admitan muertes.

En su programa de defoliación de bosques y destrucción de cosechas, los Estados Unidos recurrieron también durante el conflicto vietnamita a gases y otros agentes químicos como defoliantes contra bosques y plantaciones, Cacodilato de Arsénico contra cosechas, Ácido Cacodfilco como desecante de plantas. Este último, por ejemplo, según reza en sus envases industriales, es un producto indicutiblemente venenoso. A ellos hay que añadir los venenos contra el ganado, también esparcidos sobre Vietnam del Norte, en un intento por arruinar su economía, idóneos también para producir diversas intoxicaciones en seres humanos. Entre 1962 y 1971, los estadounidenses arrojaron grandes cantidades de todos estos productos, entre ellos el famoso Agente Naranja, que originó, como es sabido, graves trastornos, incluso entre los soldados propios que se vieron expuestos a él. El Agente Naranja, denominado en código AO, está descrito en los manuales del US Army como relativamente no tóxico. .

Tras haberlo sufrido en propia carne, los vietnamitas no han podido tampoco sustraerse a la tentación de recurrir al gas en el conflicto que actualmente mantienen en Camboya, y otro tanto puede decirse en Laos. En septiembre de 1981, el Ejército thailandés se unía a las denuncias estadounidenses sobre el uso de armas químicas en Indochina, tras comprobar el uso por las tropas de Hanoi estacionadas en Camboya de gases tóxicos contra guerrilleros y refugiados. Dos años más tarde, en agosto de 1983, Washington enviaba a las Naciones Unidas los resultados de varios análisis médicos en los que se detectaban sustancias tóxicas procedentes de agentes externos. Todas las personas analizadas procedían de Laos y Camboya y habían estado en lugares donde se había denunciado el uso de gases, suministrados por la URSS a sus aliados indochinos. También las guerrillas afganas han denunciado en diversas ocasiones ataques con gas de combate llevados a cabo por las tropas de ocupación soviética en Afganistán, pero sin aportar hasta ahora pruebas dignas de crédito.

LA PANOPLIA DE LA MUERTE SILENCIOSA

El término armas químicas es muy amplio, y engloba diversas sustancias que van desde los más inocuos sprays de defensa personal hasta los medios masivos de destrucción. Los agentes de aplicación militar utilizables en la guerra química podemos clasificarlos así:

* Asfixiantes: líquidos muy volátiles que, inhalados en forma de gas, destruyen los pulmones al provocar edemas. El Fosgeno fue el asfixiante utilizado en la PGM, siendo sus efectos espuma en la boca, náuseas, asfixia y muerte.

*Vesicantes: líquidos de tipo aceitoso cuya acción provoca quemaduras y ampollas en la piel y que poseen un efecto tóxico general por inhalación o contacto epidérmico. De este tipo son la Levisita y la Tricloroetilamina, aunque el más famoso es el sulfuro de dicloroetilo, la Yperita (bautizado así por tratarse del que fue usado en Ypres en 1915), también llamado gas mostaza. Actuó en el frente de batalla irano-iraquí. Al sentir sus efectos, la víctima nota escozor en los ojos, moqueo en la nariz, erupciones cutáneas y fiebre, mientras desarrolla rápidamente una infección bronco-neumónica. Su persistencia sobre el terreno es prolongada, lo que obliga a permanecer durante horas con los equipos de protección.

foto: El Ejército de la República Popular de China también adiestra intensamente a sus tropas en Ia guerra ABQ

*Hemotóxicos: intoxican la sangre al ser inhalados, perturbando la utilización de oxígeno por el organismo y produciendo la muerte por asfixia. Los más destacados son el Ácido Cianhídrico y el Cloruro de Cianógeno; el primero de ellos, bajo el nombre de Zyklon B, se hizo tristemente famoso en los campos nazis durante la SGM.

*Toxinas: sustancias químicas altamente tóxicas, producidas biológicamente, que actúan por ingestión e inhalación. Aunque se trata de sustancias químicas, su fabricación y almacenamiento están prohibidos por la convención de 1972 sobre armas biológicas y bacteriológicas. Pueden clasificarse en Fitotoxinas (de origen vegetal: estricnina, curare), Mycotoxinas (obtenidas de hongos), Zootoxinas (de origen animal) y T-2 (utilizado en Indochina y, aseguran fuentes de la OTAN, en Afganistán)

*Incapacitantes: no están destinados a matar, aunque determinados tipos pueden ser usados en concentraciones mortales. Pueden ser físicos y sicológicos, como el LSD y el BZ. Los más utilizados son de tipo antidisturbios o lacrimógeno (CN, CS, CR, DM), que ya hemos mencionado con anterioridad y fueron usados como armas de guerra por los estadounidenses en Vietnam.

*Fitotóxicos: agentes destinados a destruir la vegetación (más conocidos como defoliantes), pero cuyos efectos sobre seres humanos pueden ser mortales. Entre ellos se cuenta el ya mencionado Agente Naranja (2,4,5-T) a base de Dioxina, también usado en Vietnam.

*Neurotóxicos: la principal arma en la guerra moderna de gases. Son los más tóxicos entre los agentes químicos de aplicación militar. Los neurogases están basados en compuestos orgánicos de fósforo, siendo una especie de pesticidas altamente letales. Se almacenan en estado líquido y se liberan en forma de nube o aerosol por procedimientos explosivos, mecánicos y térmicos. Actúan por inhalación o contacto epidérmico, atacando el sistema nervioso y alterando gravemente las funciones vitales del organismo. Sus síntomas son una estimulación inicial seguida de depresión, convulsiones, coma y depresión respiratoria, acompañados de alteraciones en la vista, calambres abdominales, vómitos, diarrea, dificultades respiratorias y trastornos cardíacos. La muerte llega en pocos minutos, aunque si las dosis son pequeñas o se recibe por absorción epidérmica puede demorarse varias horas. La exposición a dosis no letales causa perturbaciones de tipo neurológico y siquiátrico. Pueden establecerse varios tipos, entre los que destaca el Tabun, segundo de los gases de combate utilizados en la guerra irano-iraquí, jamás usado hasta ahora en un campo de batalla. Incoloro, inodoro y sin sabor, actúa sobre el sistema nervioso y puede provocar la muerte por simple absorción cutánea durante dos o tres minutos. Los síntomas son moqueo en la nariz, dificultades respiratorias, sudores abundantes acompañados de náuseas, calambres, vértigo y convulsiones finales que conducen con rapidez al coma y después a la muerte. Aparte del Tabun hay que reseñar tres tipos de neurotóxicos principales: GM GD y VX. El primero, llamado también Gas Sarin, es un eficaz contaminante del aire, y sus efectos tóxicos son de corta duración aunque intensos. Treinta y cinco miligramos por metro cúbico de aire, inhalados durante un minuto, bastan para producir la muerte. El GD, más conocido por Sornan, resulta más eficaz, bastando una dosis de 17,5 mg. para que cause efectos letales. En cuanto al VX, éste es el neurogás más terrible de cuantos se conocen; su acción es muy rápida y actúa aunque sólo tome contacto con la piel. Su toxicidad por inhalación es cinco veces mayor que la del Sornan y su efecto ambiental puede prolongarse durante días o semanas. Para que sea mortal basta una dosis de 2 a 10 mg. sobre Ia piel. A estos tres tipos hay que añadir el de los neurogases llamados binarios la combinación de dos gases que independientemente no resultan tóxicos, almacenados dentro de una bomba o proyectil. Al estallar éste es la combinación de ambos la que crea el gas mortal, agravándose sus efectos por el poder explosivo del impacto (4)

(4) Para simplificar, podemos decir que una gotita de neurogés del tamaño de una cabeza de alfiler puede matar a un hombre en un minuto; para obtener el mismo resultado con un gas asfixiante o vesicante, como el mostaza, serían necesarias 75 veces más. Al convertirse rápidamente de gas a líquido un neurotóxico rocía suelo, hombres y equipos, reteniendo su poder letal durante horas. Los agentes nerviosos son invisibles e inodoros y las víctimas no perciben su presencia hasta que ya lleva rato actuando.

Frente a un ataque con gases de combate Ia única protección posible es contar con el material apropiado, factor que en los momentos iniciales del recurso a este arma por parte de Iraq jugó en contra de las tropas iraníes, totalmente desprovistas de equipos antigás. Tres son las líneas de defensa que pueden oponerse a la guerra química.

Respiradores y prendas protectoras: Las máscaras antigás son las principales, con capacidad de reducir hasta una cienmilésima parte las dosis de gas aspiradas. Esto es posible merced a unos filtros de papel poroso, carbón activo o sustancias que retengan químicamente Ias moléculas del agresivo químico. Las máscaras antigás pueden, y a veces deben, ser utilizadas durante largos períodos de tiempo, y Ia tensión sicológica originada por su empleo sólo se atenúa mediante un entrenamiento previo de las tropas que se verán enfrentadas a esta circunstancias.

Complemento de las máscaras antigás son las prendas protectoras: botas de goma butilo, guantes y traje especial monopieza a base de lona especial o materiales plásticos. A todos estos equipos pueden añadirse sistemas de alerta que permitan detectar las concentraciones de gas en el aire.

Antídotos: Deben formar parte del equipo de cualquier soldado sometido al peligro de ser atacado con gas de combate de forma que pueda administrárselo él mismo o le sea administrado inmediatamente, una vez provocado el vómito. El antídoto más conocido es la Atropina (precisamente hay constancia de que Londres entregó hace dos años a Iraq grandes cantidades de medicamentos capaces de paliar los efectos de las armas químicas, vitaminas y Paracetamol, así como diversos equipos de protección y respiradores) (5).

(5) La Atropina y antídotos similares neutralizan el efecto de los gases nerviosos, a condición de que se administren rápidamente, siendo lo habitual mediante inyección intramuscular. El tiempo límite oscila entre uno y cinco minutos después de iniciado el ataque.

Descontaminación: Es Ia tercera línea de defensa frente a un ataque con gases, destinada a eliminar la toxicidad creada por los agresivos químicos. Puede ir desde el simple lavado individual con agua y jabón hasta la descontaminación colectiva con medios profilácticos al efecto. Por supuesto, estas medidas de la tercera línea defensiva frente a los gases deben ser también aplicables a la población civil próxima a las áreas de conflicto dado que las nubes de gases pueden ser empujadas hacia zonas urbanas debido a los factores climáticos.

foto: Herido iraní por el gas atendido en una clínica sueca. La constancia de este crimen puede documentarse ahora por testigos neutrales, pese a los desmentidos de Bagdad.

Para el uso táctico del gas de combate, la climatología es muy importante. El viento es el que gobierna la dirección de la nube química, y las corrientes de calor elevan o la mantienen a ras del suelo. Al parecer, los especialistas consideran ideales para ataques con gas aquellos días en que la brisa sopla con una fuerza de cinco a treinta nudos. Otro factor importante es el estado físico de las tropas que van a ser atacadas con gas: las tropas fatigadas son más resistentes a un ataque químico que las que están frescas. Respecto a tiempos, una exposición de 15 segundos es suficiente para producir daños al personal no provisto de máscaras, y en condiciones idóneas un soldado precisa al menos nueve segundos para colocarse la máscara antigás. Todo ello hace que sea necesario, ante la posibilidad de agresiones químicas, un adecuado entrenamiento y una continua alerta. Naturalmente, esa posibilidad crea en el soldado un estado de ansiedad y tensión sicológica que, a menos de tratarse de tropa intensamente adiestrada (y es probable que incluso en tal caso) rebaja de forma apreciable Ia moral del combatiente.

LAS POTENCIAS QUIMICAS: URSS Y EE.UU.

En la actualidad, la Unión Soviética es la primera potencia mundial en guerra química, aunque sus primeros pasos en este sector se los debe a la Alemania nazi. La Wehrrnacht había almacenado grandes cantidades de Tabun (6), que durante Ia SGM era muy superior a los gases de combate que poseían los aliados.

(6) El Tabun, primero de los gases nerviosos, fue descubierto por el doctor Gerhard Schrader, investigador de los laboratorios I. G. Farbeindustrie. Mientras buscaba un insecticida inofensivo, trabajaba con compuestos de fosfato orgánico que solo en una estrecha gama son altamente venenosos para el hombre. Por casualidad dio con un compuesto del grupo tóxico, y los ensayos revelaron el gran poder mortífero del descubrimiento. La relación de los gases nerviosos con los pesticidas es muy íntima, como ya hemos mencionado anteriormente. Podríamos resumirla diciendo que muchos pesticidas, como el Parathion y el Tepp, destruyen insectos de Ia misma forma y con Ias mismas características comparativas que los gases nerviosos matan seres humanos.

Según informes de la época, Hitler estuvo a punto de recurrir a él cuando se produjo el desembarco de 1944 en Normandía, pero renunció a ello cuando se le aseguró que Ias divisiones panzër podían rechazar la invasión. Al término de la guerra, el Ejército Rojo desmontó las fábricas de Tabun y los almacenes de gas alemán y los transportó a Rusia, convirtiendo este gas nervioso en su arma química oficial, mientras que los Estados Unidos adoptaban el Sarin. En la actualidad, la URSS posee, además del Tabun, agentes neurotóxicos de mayor potencia como el Soman o VIR-55, totalizando 400.000 Tm. de productos tóxicos para la guerra química. El VKhV, las Fuerzas Químicas Militares soviéticas, cuentan con más de 100.000 hombres adiestrados, y todo el Ejército Rojo está preparado para afrontar conflictos en ambientes químicos y bacteriológicos. El 80 por 100 de la Aviación soviética puede llevar a cabo misiones de guerra química y un tercio de la munición utilizada por sus Fuerzas Armadas es capaz de utilizar estos productos.

Sustancias de tipo persistente y no persistente pueden ser disparadas por todas las piezas de artillería del Pacto de Varsovia superiores al calibre 122, así como por los misiles tácticos. En los últimos tiempos, la URSS lleva a cabo investigaciones para poner a punto nuevas sustancias, que según los expertos occidentales serían las ensayadas en Afganistán e Indochina.

Esta amenaza química soviética fue precisamente el argumento utilizado por la Administración Reagan para reanudar en 1982 la producción de gas de combate y otros productos tóxicos, interrumpida por Nixon en 1969. Según los datos disponibles, las Fuerzas Armadas estadounidenses disponen de 42.000 Tm. de armas químicas, cuentan con 4.000 especialistas en guerra QB y se ha reactivado el arsenal de Pine Bluff (Arkansas) centro de investigación y fabricación de química militar. La Administración Reagan intenta hacer aprobar por el Congreso un programa de 4.000 millones de dólares para lograr equipararse en cinco años al potencial químico soviético. El eje del sistema que el US Army pretende poner en pie se apoya sobre las armas con gases binarios.

En lo que a España respecta, desde 1979 existe en la Academia de Sanidad Militar de Madrid una unidad de defensa ABQ como núcleo experimental y docente, y desde 1982 un centro de enseñanza ABQ, que incluye adiestramiento de soldados en efectos agresivos y medidas de protección, así como equipos de protección individual en las principales Grandes Unidades, que son normalmente utilizados en maniobras y ejercicios. (Revista Defensa nº 80, diciembre 1984, Arturo Pérez Reverte)


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