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Cuando la “guerra fría” se convirtió en la “guerra moderna”

Cuando, allá por los años sesenta del siglo pasado, el conocido y discutido escritor francés Jean Lartéguy escribió su libro “Les Centurions”, que en su época fue un “best seller” en Francia y en todo el mundo(1), versando sobre las luchas libradas en Indochina y Argelia, aunque él declarara que su obras eran novelas, se basó fundamentalmente en otro libro escrito por el controvertido teniente coronel –francés como él, ya desaparecido– Roger Trinquier, quien tituló su obra como “La Guerra Moderna”. Prologada por el célebre analista de temas militares y periodista Bernard B. Fall(2) bajo el rubro de “Retrato de un Centurión”, explicaba en detalle la trayectoria que había tenido Roger Trinquier en aquellos episodios, los cuales lo llevaron a vaticinar cómo serían los futuros conflictos armados de la Guerra Fría, caracterizados por la confrontación indirecta de las grandes potencias de Oriente y Occidente frente al desafío del Bloque Soviético.

En ese tiempo, desde Moscú y Pekín se había gestado y desarrollado la estrategia de la aproximación indirecta, que evitaba el enfrentamiento abierto entre los dos bloques, encontrando escenarios de lucha en otras partes fuera de Europa, en las antiguas colonias. En efecto, el desafío soviético tendría lugar en los antiguos territorios coloniales de ultramar, exacerbando y alimentando los movimientos de Liberación Nacional, tanto con ideas y doctrinas como con apoyo internacional, propaganda, y armas, que inteligentemente eran suministradas en forma clandestina. El objetivo evidente era debilitar a sus adversarios y desgastarlos en luchas coloniales que exigían no sólo dinero para mantenerlas, sino esfuerzos y sacrificios físicos (léase costo de vidas humanas que roían la moral del contrincante).

Foto: Los Tres Grandes durante la Conferencia de Yalta, Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin

Así se generaron conflictos donde no se respetaban los Derechos Humanos y se abrían las puertas para dar paso a los genocidios y aprovecharlos para atraer la opinión pública mundial a esas causas y sembrar las semillas de la Guerra de Información y de la deformación en gran escala. Eso ahora lo tenemos claro, pero no siempre fue así. En un principio, los profesionales norteamericanos victoriosos en la II Guerra Mundial (SGM) miraron las ideas de Trinquier con cierta resistencia con respecto a emplear métodos y prácticas reñidas con el Derecho Internacional y, desde luego, con los derechos humanos. Pero analizaron con detención la afirmación, nacida de una cruda realidad, de Trinquier, según la cual en la Guerra Moderna, como en las guerras tradicionales del pasado, es absolutamente necesario hacer uso de las mismas armas que emplea el enemigo. No hacerlo es un absurdo, que impactó muchísimo.

Pero Trinquier también agregó otro punto controvertido que hizo meditar a muchos  militares norteamericanos: Al ser esclavos de su propio adiestramiento y sus tradiciones, nuestro Ejército no ha tenido éxito en adaptarse para tratar de encarar las distintas formas de la guerra no enseñadas por las academias superiores de guerra. Pese a esas inquietantes prevenciones, varios consejeros u observadores norteamericanos, que estaban destacados en Saigón, invitaron a Trinquier a que visitara los centros de entrenamiento que mantenían en Corea y Japón y luego regresó a Indochina acompañado por dos jóvenes oficiales, a fin de aprender en el terreno el desarrollo de las técnicas y procedimientos que proponía, lo que posteriormente facilitó la formación de los elementos y equipos americanos que debían enfrentar a los norvietnamitas en el Este Asiático, cuando los Estados Unidos tomaron la posta dejada por los franceses en el conflicto de Indochina, después del Tratado de Paz de Ginebra de 1954.

Foto: Tropas americanas en Vladivostok, en agosto de 1918, durante la intervención americana en la Guerra Civil Rusa

De esta manera, fueron apareciendo en los documentos del Pentágono, así como en distintas publicaciones militares norteamericanas, diversos enfoques y criterios para tipificar las nuevas características que presentaban los conflictos durante la Guerra Fría y después de ésta, que evidenciaban la necesidad urgente de adoptar una doctrina especial para encarar esos desa­fíos. Así, empezaron a aparecer escritos sobre las Lecciones Aprendidas, el término de Baja Intensidad (low intensity), Guerra no Conven­cional, Asimétrica, de Cuarta Gene­ración, distintos enfoques que iban definiendo la naturaleza de los conflictos que se iban enfrentando. En todos los casos se referían al desnivel militar existente entre los contendientes, al empleo de efectivos de baja importancia numérica, al poco acatamiento al uso y reglas de la guerra conocida o convencional y, en los últimos tiempos, a la aparición del empleo de feroces medidas terrorismo selectivo y general y, sobre todo, a la amplitud o alcance de ese terrorismo, que no respeta fronteras, ni distancias geográficas.

Así, por ejemplo, la doctrina norteamericana llegó a tipificar los conflictos de Baja Intensidad como la confrontación político-militar comprendida entre estados contendientes o grupos por debajo de la guerra convencional, pero encima de la competencia normal, rutinaria y pacífica entre estados. La Guerra de Baja Intensidad comprende desde la Guerra Subversiva hasta el empleo de la fuerza armada. Se conoce por el empleo de varios medios, incluyendo políticos, militares, económicos e informáticos. De esa manera fueron tildadas las operaciones en las cuales participaron las fuerzas norteamericanas en los casos del conflicto en la ex Yugoslavia en la región balcánica, en los combates librados en Irak (Tormenta del Desierto, 1992), Somalia (Mogadiscio, 1993), Mozambique (1993-94) y nuevamente en Irak, después de la caída de Saddam Hussein hasta nuestros días. Todas esas definiciones parecen coincidir finalmente con el concepto proclamado años antes por Trinquier: La Guerra Moderna. ¿Qué pasó con esa definición hecha en 1965? Sencillamente permaneció latente y fue actualizada.

Foto: El acorazado “Maine” entrando en la bahía de La Habana.

¿El renacer de los centuriones?

Los conflictos de la Guerra Fría y posteriores hasta nuestros días se fueron cargando con un peso político e ideológico como nunca se había visto, una carga bastante pesada que en los últimos tiempos fue invadida por un ingrediente –o factor– muy poco o nada presente en el siglo pasado: el enfrentamiento religioso-político que no vacila en declarar Guerra Santa a todos los conflictos. A decir verdad, los enfrentamientos entre las potencias sí fueron de carácter político o religioso, pero ahora reúnen ambos sentimientos. En los siglos XIX y XX fueron comunes los conflictos de liberación nacional, o sea, de independencia o surgimientos de nuevas naciones en distintos continentes, pero en la Guerra Fría surgieron los que acompañaban su gestión con la ideología marxista y antiimperialista, que constituía un sustrato ideológico embozado tras las ideas nacionalistas anteriormente bien claras. El proceso emprendido era hacer creer que los nuevos nacionalistas eran los segadores o continuadores de los padres de la patria o los descendientes directos de los antiguos líderes que sí eran verdaderamente los padres de las revoluciones independistas.

Pero, en realidad, buscaban –y parece aún seguir buscando– instalar un común régimen que ellos llaman socialista, como la Revolución Socialista, las repúblicas socialistas; distintos nombres que asignan a sus movimientos en su enfrentamiento contra el imperialismo. Todo ello forma parte de la Guerra Moderna de nuestros días, que algunos han bautizado como un enfrentamiento cultural entre el mundo cristiano y el musulmán. Pero existen otros que no son ni cristianos ni musulmanes. Sin embargo la praxis parecería ser la misma en todos los casos. Algo de verdad hay en esa afirmación, pero no todo. Si aquello fuera verdad, no se comprende cómo dos países musulmanes, como Irak e Irán, estuvieron trenzados ocho años en encarnizados combates para dominar una región cuyo subsuelo contenía –y contiene– ricas reservas de petróleo.

Foto: Soldados estadounidenses en busca de “vietcongs”.

Ese matiz del enfrentamiento entre países que se declaran seguidores de Alá no llega a comprenderse. ¿Quién es el enemigo de quién y por qué? Si ambos son hermanos y fieles creyentes de Alá, ¿quién es el imperialista y quién el popular?. Y ya en la I Guerra Mundial (PGM) ¿no vimos a los musulmanes turcos combatir con ardor contra los musulmanes árabes? Pero este es otro problema de la Guerra Moderna. El verdadero problema actual consiste en determinar cómo enfrentar los conflictos de hoy en día, cuando están en juego dos o más tipos de culturas o civilizaciones. Luego, ¿la llamada Guerra Moderna constituye en realidad el regreso de los centuriones, como lo vaticinaba Trinquier en su discutido libro? Si nos atenemos a los desdichados casos de Abu Ghraib y  Guatánamo, parecería que efectivamente la escuela de Trinquier habría echado raíces en Estados Unidos, o por lo menos en algunos sectores de sus Fuerzas Armadas, donde existe un lejano recuerdo de lo sufrido por ellas en Filipinas, allá por los fines siglo XIX cuando se hicieron cargo de las islas después de la Guerra Hispano-Norteamericana, que decidiera la suerte de ese territorio y Cuba, después de 1898(3).

No obstante el concepto de Guerra Moderna terminó por imponerse para caracterizar los conflictos actuales; lo que se aprecia con la evolución del pensamiento militar norteamericano, que pasó por distintas denominaciones hasta coincidir con Trinquier de los años sesenta. Un ejemplo de esa evolución lo tenemos en el artículo Lecciones aprendidas de la Guerra Moderna(4) del teniente general Meter W. Chiarella y el mayor Stephan M. Smith, el primero dos veces cumplidor de una misión en Irak, donde pudo apreciar in situ los caracteres de la Guerra Moderna; esto es, el desarrollo de los métodos y costumbres que han adquirido hoy en día los conflictos armados, no hace mucho llamados asimétricos, de baja intensidad, o no convencionales, lo que configura la confrontación actual que enfrenta Estados Unidos en el mundo.

El Pentágono no ha acabado de concluir una doctrina específica con respecto a qué considera como la Guerra Moderna, o más claramente, Guerra del Siglo XXI, lo que indica que todos los escritos que aparecen publicados bajo ese título llevan una aclaración sobre la responsabilidad de la edición, en el sentido de que son ideas propias de los autores y no representan necesariamente el pensamiento oficial sobre la materia. Pero el hecho es que, al hacerlo público, se está abriendo una puerta para una toma de conciencia que luego puede plasmarse en un manual o reglamento de uso obligatorio; es decir en una doctrina reglamentaria. Esta puerta abierta es la que aprovechan los autores para reflejar en sus escritos las lecciones aprendidas en los campos o escenarios de batalla y lo que estamos viendo, o asistiendo, en estos días es una verdadera RAS (Revolución de los Asuntos Militares), generada por los atrasos en las actualizaciones de los aspectos tácticos, operativos y tecnológicos, que no responden a la marcha de los acontecimientos con la rapidez que la situación exige.

Foto: Humvee (hmmwv) norteamericano destruido por RPG-7 iraqui

Así, por ejemplo, tenemos que en la guerra de Irak las fuerzas norteamericanas fueron a la batalla con un armamento concebido para otro tipo de conflicto. El resultado fue que los vehículos de rueda carecieran de blindaje suficiente para detener el efecto perforante de las armas antitanque. Inclusive a los mismos carros de combate M1A1 hubo que proveerles de blindaje reactivo para evitar el efecto de aquellas armas. Por otra parte, la presencia de estos medios en las estrechas callejuelas de las ciudades y pueblos de Irak se evidenció contundente, sí, pero demasiado cara para arriesgarla en las luchas en zonas pobladas. Es sabido hoy que no hay nada más peligroso para el personal que el empleo de vehículos tipo jeep, que carecen de protección aún contra las simples piedras que pueden arrojarles la gente. Lo mismo ocurrió con los célebres Hummer, el super jeep 4X4, de cabina fija, cuyo motor le aseguraba una velocidad (134 km/h.), un motor de generosa potencia (170 CV) y una gran autonomía, con una tripulación de cuatro personas. Pero sólo reunía la tecnología y la experiencia en combate de los años ochenta; en el 2003 ya estaba superado por nuevas exigencias.

Cuando fue probado en combate en Tormenta del Desierto, se reveló débil a los disparos de los AK-47, los especiales y más efectivos SVD y los RPG iraquíes y en Afganistán pasó lo mismo. Rápidamente fueron reforzados con blindajes adicionales, a la par que se les proveyeron armas más pesadas para su autodefensa, ametralladoras sobre el techo, y se las protegió después con escudos y luego con torretas. Los tanques M1A1 Abrams –que también tienen su origen en la misma década del ochenta–, por su parte, fueron adaptados con torretas automáticas, manejadas desde el interior del vehículo. La Guerra Moderna hizo ver que la escena de los vehículos avanzando con personal afuera de la protección del blindaje era una estampa tradicional de la antigua caballería, pero una verdadera trampa mortal en los tiempos modernos. 

Asimismo, la Guerra Moderna contra las fuerzas asimétricas y las guerrilleras de los talibanes y los guerreros iraquíes demostró la necesidad de efectuar cambios en el empleo de tácticas y el uso de las tropas de inteligencia táctica, donde se reconoció el valor creciente de la inteligencia humana (HUMINT) y el empleo de equipos de vigilancia de larga distancia (LRS) para asegurarse contra las sorpresas de los elementos irregulares y reconocer las trampas y tretas explosivas con la debida anticipación a la intervención del grueso de un cuerpo de Ejército. Estos equipos debían avanzar con cautela y profesionalismo hasta 150 km. dentro del espacio terrestre adversario, llevando toda clase de sensores electrónicos y químicos de detección posibles, así como intérpretes para interrogar a la población local y a los prisioneros capturados y grupos de baqueanos reclutados entre la población local, conocedores del terreno que debían supervisar. Igualmente, los efectivos en avance deben contar con personal que domine el idioma y costumbres del adversario, para orientar y ejecutar las tareas de acción psicológica (redacción de panfletos u octavillas, emisión de mensajes radiales, etc.). En este aspecto, debe reconocerse el gran valor de los mensajes oportunos y veraces.

En la actual Guerra Moderna, uno se encuentra con que por Internet se enseña cómo preparar bombas caseras con elementos no tradicionales, como las hechas con botellas de vidrio o plásticos, sin emplear elementos metálicos. 

Foto: Francotirador con un SVD.

El enemigo irregular terrorista no respeta el Tratado de Ottawa de 1997, que prohíbe el empleo de minas terrestres antipersonales y cazabobos, que provocan diez veces más víctimas entre la población civil inocente, que entre las fuerzas militares enfrentadas. Además, estas trampas tienen una vigencia que muchas veces sobrepasan en el tiempo a los conflictos y continúan causando víctimas por largo tiempo, después del fin de las hostilidades. Demás está decir que este tratado debería extenderse a todo tipo de minas o trampas explosivas que vayan más allá del empleo antipersonal. Esta es también una obligatoria tarea pendiente.

Antes de encarar un enfrentamiento bélico de la Guerra Moderna actual, debe analizarse concienzudamente si el equipamiento y el adiestramiento de las tropas son los más adecuados para el tipo de lucha que va emprenderse. La improvisación puede aportar medidas útiles pero aleatorias, que por lo general resulta de las lecciones aprendidas, lo que significa, generalmente, las bajas sufridas en primera instancia. Exige tiempos de cambios cada vez más cortos, debido al rápido avance de la tecnología. Como referencia debería tenerse en cuenta este aspecto por períodos no mayores de cinco  años para adecuar las exigencias tácticas a las nuevas tecnologías, teniendo presente que la Guerra Moderna es la que inmediatamente comienza el día de mañana. Este es el mayor desafío que debe enfrentarse en nuestros días.

El descuido de la OSINT

En otro orden de ideas –pero siempre dentro de la Guerra Moderna–, deben adoptarse las debidas medidas de seguridad y prudencia para evitar que el adversario tenga acceso a las disposiciones, órdenes, directivas, etc., emanadas de la superioridad, que estén relacionadas con el desarrollo de las doctrinas de las Fuerzas Armadas, a fin que las mismas no constituyan motivo para que aquel tome conocimiento, a través de la búsqueda de la OSINT (Inteligencia de Fuentes Abierta) de la doctrina de combate utilizada, o que utilizarán contra ellos. Como es sabido, esta inteligencia proporciona del 80 al 90 por ciento de la total que requieren los altos mandos y la Defensa Nacional, mientras que las fuentes cerradas (espionaje, escuchas electrónicas, sobornos y otros medios técnicos secretos) sólo contribuyen con 10 o el 20 por ciento. 

A esta altura de nuestras consideraciones, destacamos que la libre difusión del contenido del FM-3-4 (COIN) por Internet, o sea del Manual de Campaña de Contrainsurgencia, ha constituido un error considerable, ya que ha expuesto al público en general la doctrina militar relacionada con la lucha contra los elementos que en este momento están atacando con más saña a las fuerzas desplegadas en Irak y en Afganistán. Como referencia, el sitio de Internet del FM-3-24 ha registrado más de un millón y medio de aperturas en todo el mundo y puede afirmarse que gran parte de esas se han efectuado para información de talibanes y de Al Qaeda, que así conoce perfectamente la secuencia y métodos que emplean los norteamericanos en su lucha contra ellos. De esa manera, por ejemplo, puede citarse que en varias cavernas allanadas en Bora-Bora y otras regiones, tanto en Afganistán como en Pakistán –país que en cierta medida ha colaborado con la persecución de los elementos irregulares que han entrado en su territorio–, se han hallado ejemplares, o copias, del citado Manual de Campaña, un verdadero regalo para ellos.

Foto: Tropas estadounidenses en Afganistán.

Hemos tratado de esbozar las características que presenta la llamada Guerra Moderna. La cuestión es que casi siempre existió este tipo de guerra, aunque no se tomó la debida conciencia de ello. Un tipo de guerra signado por los adelantos tecnológicos y la inspiración de los grandes conductores que, en su tiempo, supieron aplicar dichos adelantos al arte de la guerra. Así, desde lo más remoto de la Historia hasta el siglo XIV de nuestra era, las batallas se libraron con armas blancas, dependiendo la suerte de las mismas de la habilidad e inspiración táctica de los vencedores. En efecto, en ese siglo hicieron su aparición –en forma tímida al principio– las armas de fuego y con ellas se transformó la Guerra Moderna de entonces. Como experimentaban una evolución, por lo general, lenta, su desarrollo también fue sufriendo una tardanza paralela. Cada perfeccionamiento que se registraba en el armamento iba marcando un paso decisivo de la Guerra Moderna, de tal manera que llegó a hablarse de la Guerra de los 30 y de los 100 años. Períodos en los cuales la tecnología militar avanzaba a paso lento.

Pero, en el Siglo XIX, la ciencia bélica comenzó a registrar saltos cada vez más cortos y seguidos, que incidieron en el rápido paso de las armas de avancarga a las de retrocarga, luego a las automáticas, al cañón de tiro rápido, todos ellos de mucho mayor alcance y precisión. Ello obligó a cambiar los procedimientos tácticos y las costumbres accesorias al combate; como recurrir al enmascaramiento y a desechar los uniformes coloridos. Hubo un momento en que la falta de observación de lo que está pasando y del reconocimiento de las nuevas posibilidades de las armas modernas constituyó un rudo golpe para los conductores militares, que habían cometido el grave error de creer que las guerra eran todas iguales a la última. En la ruso-japonesa de 1905, las tropas continentales sufrieron grandes bajas al emplear tácticas que conservaban el orden cerrado en los combates, desdeñando el efecto de las ametralladoras.

Lo mismo ocurrió a principios de la PGM (en 1914, para ser más precisos) cuando la Infantería francesa enfrentó a los alemanes con uniformes coloridos (pantalones rojos, chaquetas o capotes azules), que resultaron una trampa mortal en los primeros encuentros, especialmente notables en la batalla de Rossignol, librada en la discutida zona de Las Ardenas, donde fue literalmente diezmado el Cuerpo de Ejército Colonial francés. La necesidad imperiosa de estos cambios periódicos ya había sido reconocida allá por los años veinte y treinta del siglo XIX por el célebre general prusiano Karl von Clausewitz en su magistral estudio Von Kriege (De la Guerra): el constante perfeccionamiento de las armas de fuego muestra por sí mismo, con suficiente claridad, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, no ha sido en modo alguno debilitado o desviado por el avance de la civilización. Y, finalmente, al desentrañar ¿Qué es la Guerra? en la respuesta Nº 24 (Capítulo I) afirma: La guerra es la mera continuación de la política por otros medios, frase que daría la vuelta al mundo, despertando interés, adhesión y controversias, tanto entre los militares como de los líderes civiles que leyeron su famosa obra compuesta por ocho tomos o libros, entre los que incluyen a los grandes generadores del movimiento comunista, como Engels, Marx y Lenin. Curiosa forma de razonar, pero en el fondo, excelente obra, escribe Engels a Marx en 1858. He leído algunas cosas de Clausewitz. Este buen hombre alienta un sentido común que cautiva, le contesta Marx a Engels.

Y hoy día, ¿cuáles son los distintos medios a que se refería Clausewitz? La respuesta está en el estudio de las características de la actual Guerra Moderna, porque fue moderna en 1860 en la Civil norteamericana; en 1870 en la franco-prusiana; en 1905 en la ruso-japonesa; en 1914 en la PGM; en 1936, en la Guerra Civil española; en 1939 en la Blitzkrieg; en Indochina y Argelia, en las luchas en las que participo Roger Trinquier, y más tarde en Vietnam, cuando estuvieron los norteamericanos; en toda la Guerra Fría; y en Afganistán e Irak, en 2001. Se requiere un detenido estudio sobre uno –sino el principal– fenómeno socio-político-militar de nuestros días; o sea el conflicto que hoy sacude al mundo: la Guerra Moderna. Estamos a punto de afirmar que cada guerra del siglo XX y lo que va del presente, es Moderna en su tiempo; diferente a las anteriores y que merece un análisis profundo y particular, para descubrir y caracterizar al actual conflicto mundial en sus distintas variantes.

Cómo librar la Guerra Moderna

Este tipo de guerra debe librarse con los últimos gritos en el desarrollo de las armas y equipos y de los procedimientos tácticos y operativos aconsejados por las últimas lecciones aprendidas, su doctrina militar y sus recursos asimétricos; pero también, de acuerdo con el mayor conocimiento posible del enemigo que se enfrenta. Esto último implica saber su idiosincrasia, idioma y dialectos, religión o creencias, historia y tradiciones, para conducir mejor las operaciones y valorar tanto su poder de fuego, como su capacidad del valor moral para la lucha y su empecinamiento en el combate. Con respecto a esto último, los medios a emplear deben ser los de última generación, así como también de los que se sabe que están en desa­rrollo, lo que obliga a mantenerse en constante actualización.

Foto: Durante una misión nocturna.

Ahora es el tiempo del empleo de la tecnología electrónica avanzada o nanotecnología en los equipos electrónicos, de la tecnología sigilosa o stealth; de los sensores infrarrojos; de los radares de 3D (tridimensionales); de los blindajes reactivos y del Klevar; de los vehículos no tripulados, aéreos (UAV) y terrestres (UGV), con sus dos posibilidades de observación/vigilancia y de combate; de los equipos de visión nocturna portátiles de última generación; de efectuar la revaluación de la HUMINT; de adaptar los equipos de GPS (posicionamiento global) a los sensores y equipos de radar, para ubicar exactamente los blancos; del desarrollo de los equipos de IFF (identificación de amigo-enemigo); del perfeccionamiento y práctica de la lucha psicológica (PsiWar), para ablandar al enemigo moralmente; de la atención y rescate del personal herido y, entre otras novedades, perfeccionar la alimentación en campaña, con posibilidades de su consumo en caliente, variedad y valor alimenticio, etc.

El desarrollo, perfeccionamiento y actualización de todo ello puede conducir a optimizar la Guerra Moderna: parecería una verdad de Perogrullo, debido a que se considera una condición ineludible y muy conversada, pero mutatis muntandi debe hacer que con esas acciones la Guerra Moderna sea más corta y penosa, ya que el objetivo no es aplastar al enemigo, sino perseguirlo y de acosarlo de tal forma y con tal constancia que resuelva pronto deponer las armas.  Un estudio que debe ser permanentemente vigilado y adaptado a las nuevas realidades de las amenazas que van surgiendo por todas partes, tanto tecnológicas, como tácticas y el desarrollo de los conceptos de Inteligencia. pues como dijera el padre de la Bomba H, Edward Teller (1908-2003), que algo sabía de explosivos y guerras, El pasado es pasado. Ha terminado. El futuro no existe. Debe ser creado microsegundo a microsegundo por todos los seres vivientes y cosas del Universo. Agregamos nosotros que es también válido, especialmente, en el campo militar de nuestros días.

(1) Editorial Presses de la Cité; París, 1960.

(2) La versión en castellano se denomina La Guerra Moderna y la lucha contra las Guerrillas; Editorial Herder; Barcelona, 1965.

(3) Fue la lucha contra los llamados juramentados en la isla filipina de Jolo. Se llamaban así a los guerrilleros moros (mahometanos) que juraban morir asesinando a los fieles cristianos; y lo hacían con el cuerpo fuertemente vendado para reducir la pérdida de sangre que les causaban los disparos en su enloquecida carrera contra sus víctimas, a las cuales degollaban con sus kris (daga filipina). Precisamente esa circunstancia fue una de las que más influyeron en el reemplazo de la pistola Colt .38 por la automática M1911, calibre .45, cuyo proyectil era el único que podía detener a un juramentado en su carrera.


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