Actualidad
Spanish Chinese (Traditional) English French German Italian Portuguese Russian

El comienzo de la más terrible guerra civil de Grecia

Las guerras civiles, entre griegos, ocupan un grueso volumen en la Historia de esa nación. Incluso hay un friso, en uno de los templos del conjunto monumental de la Acrópolis, el de Icteria, que se refiere a una de ellas. Sin embargo, pocas tuvieron la carga sangrienta de la que comenzó el 12 de febrero de 1946, y que habría de prolongarse, con unas pesadísimas consecuencias de dolor, odios y muerte hasta tres años más tarde.

Pero esta contienda, en realidad, se había larvado mucho antes, concretamente en tiempos de la SGM cuando tras la agresión italiana del 28 de octubre de 1940 y la posterior involucración del III Reich alemán en la contienda para evitar que se consumase el desastre de las divisiones tan torpemente enviadas contra Grecia por Benito Mussolini, el país tuvo que capitular ante sus enemigos. El Rey Jorge II huyó a El Cairo, bajo la protección de los ingleses, la dictadura del primer ministro Metaxás, con la que la Monarquía estuvo indesandablemente comprometida, fue barrida por los acontecimientos y durante algún tiempo daba la impresión de que los helenos no iban a salir del estupor en el que les había envuelto la derrota. No obstante, en el verano-otoño de 1941 una voz nueva empezó a cobrar protagonismo: la de los andartes, es decir, los guerrilleros.

1944. EL PRIMER ESTALLIDO

Como en la vecina Yugoslavia o en la lejana Francia, la Resistencia no se argumentó sobre una única fuerza sino que nacieron dos, ideológicamente enfrentadas. Una, de carácter izquierdista y con predominio comunista, era el Frente de Liberación Nacional (EAM) que tenía por brazo armado al ELAS. Entre sus metas estaba, por supuesto, la lucha contra italianos y alemanes pero también impedir el retomo de la Monarquía y borrar todas las huellas del régimen autoritario impuesto a Grecia, durante tantos años, por Metaxás. El otro grupo insurgente era la Unión Nacional Griega Democrática (EDES) en el que fueron a converger gentes que auspiciaban el retorno de Jorge II y a las que podría definirse, acertadamente, de conservadoras.

foto: Ioannis Ioannides, sucesor de Markos al frente de la insurrección griega.

Aunque los andartes, tanto los del ELAS como los de la EDES, alardearon de haber causado grandes daños a los ocupantes la verdad es que estos fueron muy comedidos, entre otras razones porque bien pronto se dedicaron a matarse entre sí recurriendo, en ocasiones, a tácticas mafiosas como la que le costó la vida al coronel Psarrós, jefe de una de las fracciones que habían ingresado en la EDES. Una mayor virulencia, pero dentro de perfiles de agresividad bajos, tuvo lugar después de la rendición incondicional de Italia, el 8 de septiembre de 1943, cuando las tropas de este país abandonaron grandes cantidades de armas y equipos —incluyendo auténticos montones de plumas, posiblemente provenientes de alguna gallinácea, con las que adornaban sus gorros y cascos— que pasaron de inmediato a manos de la guerrilla.
El 18 de octubre de 1944 el crucero Averoff, llevando a bordo al jefe del Gobierno provisional, Papandreu, entraba en un puerto griego y el retroceso de los alemanes hacía presagiar la proximidad de la victoria. Era el momento esperado por todos los andartes, los de izquierdas y los de la derecha, para hacer carne de sus ideales políticos y para materializarlos con la conquista del poder. Pero también las nuevas autoridades, en su mayoría llegadas desde el exilio, habían dicho que no estaban dispuestas a que otros se les impusiesen y por ese motivo el 2 de diciembre del año citado ordenaron la disolución tanto del EAM y de sus andartes del ELAS, como de la ADES y sus grupos armados. La respuesta inmediata del ELAS fue la convocatoria de una tumultuosa manifestación en Atenas, al día siguiente, que se saldó con 28 muertos y numerosos heridos. El 3 estallaba una huelga general a la que vinieron a dramatizar los primeros choques entre las tropas británicas, en su mayoría pertenecientes a la IV División de la India, movilizadas a favor del Gobierno, y el ELAS.

foto: Guerrilleras comunistas tras su captura en Kastoriá, tras una batalla.

Pese a que Stalin no estaba dispuesto a apoyar a sus correligionarios griegos puesto que ya había aceptado, en sus acuerdos con Churchill y Roosevelt, que Grecia quedase en el campo de los aliados occidentales y no en el que se había autoconcedido en la Europa oriental, aquellos pisaron el acelerador hacia la conquista del poder. Los choques —ya una verdadera guerra— se generalizaron por todo el país surgiendo entonces, por vez primera, dos nombres que, con el tiempo, se harían míticos. En Salónica el del comunista Markos Vafiadis, jefe principal de las fuerzas del ELAS durante la conflagración de 1946-49, y en Atenas el del coronel Grivas cuya eficacísima Organización X estaba en la picota por albergar a muchos griegos no sólo de derechas y, en su día, colaboradores o simpatizantes del parafascista Metaxás, sino incluso a otros que se destacaron por sus magníficas relaciones con el ocupante italo-alemán entre 1940 y 1943.
A lo largo de todo el mes de diciembre la sangre corrió a raudales y el ELAS, una vez más, puso un particular énfasis en eliminar a los militantes de la EDES acabando a tiro limpio, por ejemplo, con casi todos los del Epiro. En vísperas de la Navidad el primer ministro británico, Winston Churchill, desembarcó en Atenas para estudiar personalmente la amplitud de la crisis. Las cosas estaban tan mal que todos sus desplazamientos los tuvo que hacer en un blindado y bajo fortísimas medidas de seguridad. Como era de suponer le informaron sobre el carácter despiadado de ese verdadero brote de guerra civil que afectaba a Grecia de un extremo al otro de su geografía peninsular y que se caracterizaba por espantosos excesos cometidos por todos los contendientes, sin excepción. Pero Churchill tenía un as en la manga que no era otro que la promesa de Stalin de desmarcarse, todavía más de lo que ya lo había hecho hasta ese momento, del ELAS de lo que dio una prueba apabullante, en esos precisos momentos, nombrando un embajador de la URSS ante el Gobierno griego. Esto, y las severas órdenes recibidas por los andartes comunistas a través de la Cominforn llevaron al ELAS a aceptar, el 15 de enero de 1945, un armisticio y, un mes más tarde, a entregar las armas.
El jefe de los insurgentes, Aris Velukiotis, se negó a aceptar el alto al fuego siendo expulsado del Partido Comunista cuyo órgano central, “Rizospastis”, le calificó de traidor. Casi sin hombres fue cercado por las tropas gubernamentales, encontrando la muerte en circunstancias todavía no aclaradas. Su cabeza fue paseada por la plaza principal de Tríkkala.

foto: El rey Jorge II, saluda a un jerarca de la Iglesia griega. Los problemas comenzaron en su reinado concluyendo durante la etapa de su sucesor, Pablo I.

DE NUEVO EN ARMAS

Conseguida la paz, las brasas relumbran bajo las cenizas y la idea de hacerse con el poder por la fuerza de las armas sigue viva en las mentes de los comunistas que ahora tienen un nuevo líder en la persona del capitán Markos, antes mencionado. Nacido en 1906 en el Asia Menor, expulsado como tantas otras familias griegas por el Gobierno turco, establecido en el solar de sus mayores como obrero en una fábrica de tabacos, experto organizador de huelgas y curtido enemigo de la dictadura de Metaxás, el 12 de febrero de 1946 la dirección del Partido Comunista le encarga que prepare el nuevo alzamiento resucitando al ELAS. Hombre que demostraría poseer un sentido agudo, natural, de la organización, del terreno y de las tácticas guerrilleras, lo primero que hace es establecer su cuartel general en una escuela de cuadros del Partido en Bulkes, en Yugoslavia, y disponerlo todo para la guerra contando con bases de retaguardia en Yugoslavia, Bulgaria y Albania.
Respecto al teatro de operaciones sus ideas son diáfanas. Con escasas carreteras, lo que hace que los caminos de mula sean los ejes de transporte más utilizados, con enormes montañas calcáreas y bosques frondosos, el país se presta maravillosamente bien a la acción guerrillera. Por otra parte, el Ejército griego es muy débil con lo que la defensa del orden constituido descansa, sobre todo, en la Gendarmería, nada difícil de arrollar llegado el momento. Y, en efecto, los primeros ataques se lanzan contra los gendarmes a los que no les queda otro remedio que concentrarse en las grandes urbes. De esta forma los insurgentes se aseguran el control de áreas importantes que la naturaleza y la ya mencionada falta de carreteras hacen casi inaccesibles siendo éstas, en principio, tres: los montes Grammos en la frontera con Albania, los montes Vitsi en la frontera con Yugoslavia y el macizo del Pindos, en el centro del país.

foto: Una columna del Ejército helénico progresa en el rudo paisaje invernal de Kónitsa.

En pocos meses, Markos conseguirá establecer un frente contínuo que desde los montes Grammos llega a Zagoria y al monte Vermion, controlando también una franja de terreno —paralela a las fronteras con Albania y Yugoslavia—, extendida entre el lago Prespa y el canal de Otranto. Fuera de estos auténticos santuarios, grupos muy bien armados de entre ochenta y dos centenares de hombres, controlan las aldeas, tienden emboscadas y, en suma, hacen omnipresente el fantasma del ELAS. Por si fuera poco una red informativa compuesta por unos cuantos miles de individuos, la YIAFAKA, proporciona noticias puntuales de cuanto interesa en el cuartel general de la rebelión en tanto que el OPLA se encarga de cometer atentados en las ciudades falleciendo, en uno de ellos, el ministro de Justicia, Ladás.
Enfrente sólo hay un Ejército mal equipado, mal adiestrado y con una bajísima moral que intenta vencer una guerra de guerrillas con métodos de lucha convencional, lo que se traduce en continuos fracasos. Al asumir el peso principal de la lucha, el Ejército actúa como lo había hecho la Gendarmería y se le da la misma respuesta que a ésta: emboscadas contra las patrullas, ataques a los pequeños puestos, operaciones principalmente nocturnas... Los soldados reaccionan como los gendarmes, refugiándose en las grandes urbes y dejando el campo, y a quienes en él viven, en manos del ELAS.

foto: Paracaidistas británicos “limpiando” de insurgentes un barrio de Atenas.

Mientras, el alto mando militar helénico navega en plena confusión, no poniéndose de acuerdo en la táctica y en la estrategia a adoptar. Los generales de formación británica, que tienen su mentor en el general Rawling, jefe de la misión militar del Reino Unido en Grecia, desbarran queriendo aplicar métodos que funcionaron durante la campaña de Libia o en Palestina pero que son inapropiados aquí. Los de escuela francesa aciertan más al confiar, en las operaciones de montaña, en el positivo efecto de los cañones del 75 y de las unidades especializadas. Pero las soluciones las complica, entre otras cosas, la debilidad de la conducción política del país ya que entre el 26 de abril de 1944 y el 30 de junio de 1949 se suceden dieciséis Gobiernos, algunos de los cuales apenas sí duran tres meses y uno tan sólo tres semanas.

LOS ERRORES DE LA GUERRILLA

Pero la política no sólo dañaba a los gubernamentales. Al principio aquella fue positiva para el ELAS aunque, a partir de un momento dado, se convirtió en su peor enemigo. Veamos la razón:
Entre mediados de 1946 y mediados de 1948 los andartes habían operado en condiciones óptimas. Aprovechaban, al máximo, sus ventajas: experta dirección política, terreno favorable, santuarios privilegiados, adecuado apoyo logístico y fuerzas enemigas mal equipadas, adiestradas y conducidas. Muy en su papel, nunca se arriesgaban a aceptar encuentros desventajosos y practicaban una y otra vez la norma de erosionar al enemigo minimizando todo lo posible las pérdidas propias. Sin embargo, la división se instala en la propia cúpula de la dirección rebelde en cuyo Gobierno Markos desempeña los puestos de primer ministro y ministro de Defensa, aunque a su lado, como secretario general del Partido Comunista, ejerce un inmenso poder el dogmático Zajariadis. Y aunque Markos es el que, según la famosa frase de Mao, tiene en sus manos el fusil, respeta y se pliega ante las órdenes de Zajariadis que, sin duda, sabía equivocadas.

foto: Géorgios Grivas, el mítico jefe de la resistencia antibritánica en Chipre hizo sus primeras armas en Grecia, durante la guerra civil

Apartándose de una línea de conducta que había demostrado su bondad, el ELAS comienza a reclutar campesinos por la fuerza lo que producirá casos de deserción en aumento así como una falta de entusiasmo combatiente. Por otro lado, deseando convertirse en un verdadero Ejército, pasa rápidamente del tipo de unidad irregular a otra clásica. Los grupos de andartes constituidos por un centenar de individuos y que eran una suerte de compañías de Infantería ligera perfectamente adaptadas al terreno, son reunidos en brigadas y luego en divisiones. La administración de estas unidades, demasiado importantes, exige la creación de auténticas bases logísticas que necesitan tener su sede en una zona definida, abandonándose así la movilidad y la fluidez, fuerza principal hasta entonces de la guerrilla. Eso sí, los riesgos de que fuesen asaltadas y sometidas esas zonas no son graves por encontrarse situadas todas ellas en cavernas de macizos calcáreos, al fondo de dédalos impracticables y de imposible acceso para medios rodados.

Todo esto tenía por razón de ser el deseo expresado por Zajariadis de tomar ciudades y, en especial, Salónica donde debía instalar su sede el denominado Gobierno Democrático de la Grecia del Norte. Una política sustanciada en la conquista, sólo por unas horas, de alguna población de tercer nivel, y en varios terribles fracasos.

LLEGA EL TIO SAM

El Ejército, mientras tanto, iba saliendo poco a poco del marasmo. El primer paso positivo consistió en derribar las viejas estructuras y darle vida al Cuerpo Nacional de Defensa (GNA) organizado en cien batallones de a quinientos hombres que recibieron el nombre de Batallones de Infantería Ligera y que asumieron numerosas misiones a escala regional. (La defensa de los pueblos fue redimensionada y confiada a organizaciones de civiles armados).

foto: El general Papagos junto a Franco, en Madrid, durante una visita a España.

Un papel muy importante en este cambio de rumbo, por otra parte lento y trufado de fracasos, algunos muy sonoros, fue el cambio de manos del apoyo militar desde los británicos, cansados ya de su involucración en el avispero griego y agotados económicamente, a los norteamericanos. El último día de 1947 se constituyó, en Atenas, el Consultorio Militar de los Estados Unidos y Grupo de Proyectos Conjuntos (JUSMAP) del que se hizo cargo, el 24 de febrero siguiente, el general James A. Van Fleet. Hasta ese momento, el GNA apenas si había emprendido acciones ofensivas contra el ELAS y Van Fleet deseaba que un hecho así tuviese lugar, lo antes posible. Sin embargo, la escasez de armas automáticas, de Artillería de montaña, de vehículos y de morteros lo hacía imposible; esto sin tener en cuenta que lo principal del material, todo él de origen británico, se encontraba muy desgastado.
Van Fleet tomó la decisión de reequipar completamente con material de su país a tres divisiones griegas, dejando que las otras unidades siguiesen con el británico. Aceleró también el entrenamiento del personal incrementando el envío de aviones así como la formación de pilotos en los propios Estados Unidos. Bajo las nuevas coordenadas el Ejército, que en abril de 1947 fracasó en su intento de embolsar y destruir a los andartes situados en la cadena montañosa del Pindo, en el centro del país, debido a que por el pesado material que llevaban no pudieron impedir que los comunistas escapasen, lanzó, el 29 de junio de 1948, una ofensiva contra los montes Grammos. Durante dos meses y medio quince mil guerrilleros le hicieron la vida difícil a cincuenta mil soldados hasta que, en el mayor orden, aquellos se replegaron sobre Albania para, desde allí, pasar a Yugoslavia y reaparecer poco tiempo después en los montes Vitsi. El GNA fue a por ellos pero, una vez más, sin resultado alguno.

foto: El general James A. Van Fleet es paseado a hombros por soldados griegos.

Estas victorias defensivas le habían insuflado moral al ELAS y a sus seguidores en el resto del país con lo que los actos de terrorismo y de guerrilla ensangrentaron el territorio nacional, principalmente el Peloponeso. La situación se tornaba crítica y la desmoralización campaba por sus respetos. Se temía que la incertidumbre y la prolongación de la lucha, la miseria, la desesperación, auxiliasen a los insurgentes. Pero la opinión pública se equivocaba. En primer lugar, las fuerzas del ELAS estaban perdiendo dinamismo como consecuencia de su prematura militarización. Después, sus santuarios se encontraban en zonas áridas por lo que los apoyos alimenticios y de cualquier otro tipo debían venirles de los vecinos países comunistas y, por lo que hace al del Pindo y al del Peloponeso, mediante recuas de mulos y ahora esto ya no era tan fácil pues la Aviación ejercía un papel creciente y poderoso, ametrallándolo todo. Además ya era efectiva la presencia de una fuerza extremadamente dinámica, los Comandos, cuyas hazañas publicitaba al máximo la Prensa y que creaban, con otros Cuerpos, un muy positivo estímulo de emulación. Téngase en cuenta, para entender la magnitud del problema que suponía la ayuda a los santuarios más aislados de todos, los del centro de Grecia, que se precisaban de ¡50 a 100 cargas de mulo por día!.
Pero pese a todos estos inconvenientes, la guerra civil se habría prolongado mucho en el tiempo de no ser por un hecho político ajeno que a los andartes iba a resultarles fatal: el 28 de junio de 1948 Moscú y Belgrado rompieron sus puentes. Stalin acusó a Tito de desviacionismo político abriéndose una sima, la primera, en el bloque comunista. A un lado de la barricada quedaron dos de los amigos del ELAS, Bulgaria y Albania, en el otro, estigmatizada, Yugoslavia. Ni unos ni otros iban a encogerse de hombros y dejar que los comunistas griegos siguiesen con su lucha sin posicionarse antes, nítidamente, en lo ideológico. Markos, que tenía en cuenta sobre todo las exigencias militares, escogió el naipe de Stalin.

foto: Un guerrillero comunista, apresado en la zona del monte Beles, parece muy divertido mientras un oficial le encañona y otro le interroga.

Pero de momento, sintiendo como el suelo les temblaba bajo los pies, la guerra continuó y con ella, más que nunca, la obstinación de Zajariadis por conquistar algún importante núcleo urbano en tanto que Markos seguía afirmando que la única posibilidad de supervivencia de la guerrilla radicaba en no exponer sus fuerzas en campo abierto. Bajo la presión del primero, los andartes se desangraban en acciones espectaculares que condujeron a la ocupación por unas cuantas horas o máximo días de Siátista, Vulgareli, Karditsa, Náussa, Karpenisi... Estas victorias pírricas, no obstante, robustecieron el papel de Zajariadis quien consiguió que el capitán Markos fuera expulsado del Partido y privado de cualquier mando, asumiendo él mismo el del ELAS.

LA PUNTILLA

El 21 de enero de 1949, con las bases en Yugoslavia ya prácticamente inhabilitadas por el enfado de Tito ante el rumbo político que había asumido la insurgencia griega, fue investido comandante de la GNA, con amplísimos poderes, el general Alessandre Papagos. Jefe de las fuerzas que se opusieron a los italianos durante la maldiestra invasión de éstos en 1940, lo primero que hizo fue actuar sobre las tropas y aunque el peso de Van Fleet ya se había notado reforzó la disciplina y en las unidades tácticas puso el acento en la movilidad y en la agresividad. Desde el punto de vista norteamericano, las dos mejores cualidades de Papagos consistían en su capacidad para admitir la existencia de serios problemas en el seno de las Fuerzas Armadas griegas y la manera desenvuelta con que los atacaba.
A comienzos de febrero de 1949, Papagos lanzó una ofensiva que había de limpiar de andartes Flórina y el Peloponeso recogiéndose en el primer lugar citado 738 cadáveres de enemigos. El primero de mayo otra ofensiva, emprendida de Sur a Norte, acabó con toda presencia insurgente en la Grecia central y el 10 de agosto cuatro divisiones se lanzaron sobre la roca- fuerte de Vitsi que cayó en sólo tres días gracias, sobre todo, a la incapacidad de sus defensores para combatir a un Ejército regular perfectamente equipado y entrenado para este tipo de operaciones. También fue sustancial el empleo de los aviones, tanto los de reconocimiento como los de ataque a tierra. El 20 de ese mismo mes de agosto le tocó la vez a los montes Grammos que los andartes abandonaron a la carrera refugiándose, quienes pudieron, en la vecina Albania. Con esta victoria, la guerra estaba sentenciada y la victoria del Gobierno era ya segura.
Yugoslavia, desde tiempo atrás, se había venido manifestando contra el ELAS lo que el mismísimo Tito oficializó en el discurso pronunciado en Pola, el 10 de julio de 1949. Su falta de asistencia no podía ser remediada ni por los albaneses ni por los búlgaros y hasta qué punto habían cambiado las cosas en Yugoslavia se vio cuando quienes se internaron en este país, como consecuencia de las ofensivas citadas, fueron desarmados y metidos en campos de concentración. El propio Stalin estaba ya harto del avispero helénico y le ordenó a Zajariadis que pusiese punto y final a la confrontación. Así se hizo el 16 de octubre cuando en Grecia ya sólo quedaban unos mil andartes y del orden de los 8.500 y de los 3.500, respectivamente, en Albania y en Bulgaria. Papagos fue ascendido a mariscal y el paréntesis bélico se cerró definitivamente.
Alrededor de ciento cincuenta mil personas habían pagado con sus vidas la alta temperatura política de esta época, en el país quedaron profundas heridas que tardarían mucho tiempo en cicatrizar, los daños económicos eran cuantiosos y para los miembros y simpatizantes del ELAS que consiguieron ponerse a salvo se iniciaba un exilio de decenios. Aunque Markos fue formalmente acusado de fraccionismo, desviacionismo y cesarismo, así como de ser un agente imperialista, en 1958 encontró asilo en la URSS. Ahora, por fin, se atendieron sus denuncias sobre la falta de democracia interna en el Partido Comunista, la influencia nociva de los muchos y brumosos intelectuales que pululaban en él, la incompetencia de quienes se entrometían en los asuntos militares sin tener la menor idea sobre estos temas, etc. También fue a establecerse en la URSS, aunque de inmediato y dentro de la más absoluta ortodoxia oficial, Zajariadis, hasta que con motivo del XX Congreso del PCUS, en el que Nikita Kruschev destruyó el legado de Stalin, fue expulsado a las tinieblas exteriores.

foto: El ministro de Asuntos Exteriores británico, Mr. Eden, junto con su compatriota, el mariscal Alexander, en Atenas. Ellos llegaron hasta la capital helénica acompañando a Winston ChurchilL

En 1982-83, por fin, el Gobierno de Atenas les propuso a los exiliados que regresasen y muchos lo hicieron, entre ellos, Markos Viafidis. Había vivido hasta ese momento en Penza, una perdida localidad situada a 800 km. de Moscú, sin contacto alguno con el resto de la colonia griega, casado con una ciudadana soviética y con un hijo al que no se había tomado la molestia de enseñarle su lengua natal. Eran ya tan sólo, estos hombres y mujeres en su día curtidos por la lucha, la sombra de un pasado fantasmal. Viejos, cansados, enfermos y los más desilusionados fueron a encontrarse con una Grecia que ya nada tenía que ver con aquella que, tantos años atrás, se había hundido en el marasmo de una sangrienta contienda.

 

Revista Defensa nº 214, febrero 1996, J. L. Madoz


Copyright © Grupo Edefa S.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin permiso y autorización previa por parte de la empresa editora.