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Brasil o cómo ser una potencia global

Con un camino consolidado y la plena ratificación de las urnas, Luiz Ignacio Lula da Silva dejó la Administración brasileña a Dilma Rousseff, con la decisión clara de obtener un sitio en el club de las potencias emergentes.

Se respira un aire de optimismo e ilusión. Brasil, de casi doscientos millones de habitantes, descendientes de una mezcla de portugueses y africanos, indígenas e inmigrantes europeos, está inmerso en un sueño de progreso, que hasta ahora provocó el ascenso social de treinta millones de pobres, que se incorporaron a la clase media. Más allá de críticas que hablan de la preocupación por el gasto público y la sobrevaluación del real, los habitantes de esta nación piensan  que el petróleo encontrado en los mares será el salvador en el futuro próximo, por su amplia exploración. Además, el país será sede del Mundial de Fútbol en 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016, con su carga de desmesurado optimismo.

El mantenimiento de los pilares de la estrategia económica que organizara Fernando Enrique Cardoso, que se basó en la reducción del gasto público, un cambio flotante y el control de la inflación, fueron mantenidos por Lula, pero con el agregado de una eficaz novedad para un político proveniente de un partido de izquierda: darle a los pobres sin sacarle a los ricos, permitiendo que estos últimos hicieran excelentes negocios, que, finalmente, desparramaron un progreso económico en toda la sociedad. También las medidas tomadas por el Gobierno, como fuertes aumentos en el salario mínimo y la caída de las tasas de interés para los créditos de consumo, más una ayuda permanente a las familias necesitadas, posibilitó un boom de consumo.

En los ocho años de Lula en el Gobierno se amplió notablemente la influencia del Brasil en todos los foros regionales, como Unasur, y en los internacionales, donde los funcionarios son escuchados con atención. Tomemos en consideración que la proyección de Brasilia sobre sus vecinos se da a partir de la propia condición de país con poder regional y no como uno imperial, al estilo norteamericano. Para la mayoría de las naciones del Continente, la gastada influencia de Estados Unidos no es reemplazable por una nueva nación que oficie de superlíder y está claro que Brasilia ocupa un destacadísimo protagonismo, pero no domina en absoluto el escenario latinoamericano.

Para los líderes políticos, la preservación de este delicado balance es un crucial factor para estabilizar la región y asegurar el momento de bonanza que vive Latinoamé­rica. Si la Administración de Lula da Silva insertó la visión de Brasil como una real potencia ascendente, su sucesora, la presidente electa Dilma Rousseff, tiene ahora la posibilidad invaluable de seguir un camino trazado, que puede lograr que el incipiente poder que hoy emerge con fuerza en esta tierra de promisión haga de ella una potencia consolidada, pese a las evidentes carencias sociales, como tener todavía treinta millones de analfabetos.

Estamos ante un reacomodamiento planetario del poder, con nuevos actores –entre ellos Brasil– que propician que las grandes potencias deban aceptar, por ejemplo, un Sur que capea la crisis internacional con buenos números económicos, diferenciándose notablemente del cataclismo europeo. El hallazgo de yacimientos petrolíferos y una situación económica estable es la herencia que le ha dejado Lula al nuevo Gobierno, que es considerado como una simple continuación. Mencionemos que Brasil posee un envidiable sistema sociopolítico proclive a los acuerdos y la negociación, más un nivel de institucionalización muy razonable, a lo que se agrega una pujante economía.

La nación no tiene hipótesis de conflictos graves y pasó al olvido la principal con su antiguo rival, la Argentina, que ahora es un activo socio menor. Todo esto permite una proyección internacional sin tener condicionamientos de ninguna clase. La inserción económica y la habitual habilidad diplomática brasileña es cada vez mayor y eficiente, con lo que se ha logrado un factor de presencia y poder negociador excelente. En dos décadas, Brasilia obtuvo lo que otros países del Continente no pudieron lograr: entrar en la reducida lista de aspirantes a potencia global y pretender un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Diferenciándose de la Venezuela de Chávez, México o Argentina, Brasil tiene muy en claro las opciones del poder y hace un culto del pragmatismo en materia política de Estado o la economía.

Foros internacionales

La gestión de Lula propició un elevadísimo grado de identificación y reconocimiento, consolidando un esquema de cooperación Sur-Sur con la India y Sudáfrica, potenció el G-4 entre India, Brasil, Japón y Alemania como una herramienta para presionar una reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, potenciando al máximo el factor BRIC (Brasil, Rusia, India  y China) comercialmente, además de movilizar su protagonismo en el G-20. No todo fueron éxitos, pues no se pudo obtener la dirección de la Organización Mundial de Comercio (OMC), o la reforma del Consejo de Seguridad, ni tampoco se pudo impedir que Estados Unidos estableciera bases militares en Colombia, aunque la importante participación de la política brasileña en estos asuntos marca fuertemente la creciente vitalidad de la diplomacia de Itamaraty.

No olvidemos que desde la finalización de la Guerra Fría hubo intentos en el Con­tinente latinoamericano de transformar a ciertos poderes regionales. México y Argen­tina intentaron una alineación cercana con Washington en los años noventa, que implicaba un desmantelamiento de las estructuras del Estado y una apertura económica, más una deuda externa colosal. Los resultados de estas prácticas estratégicas demostraron el error de los gobiernos que anhelaban pertenecer a un Primer Mundo, que no los deseaba ni reconocía. La destrucción de la industria argentina y los incrementos increíbles de la deuda externa fueron móviles para el estallido social de 2001-02.

Brasil tiene las cosas más claras. Jamás suspiró por ingresar en el Primer Mundo, ya  que siempre tuvo la aspiración de ser una potencia regional. Desde los setenta mantiene con la Casa Blanca una política ambivalente: por un lado, promueve un acercamiento, que ha facilitado su ascenso en el marco de las relaciones exteriores; y por el otro ha mantenido cierta distancia que permita un reconocimiento como nación con intereses propios e iniciativa. Un ejemplo clarísimo es el movimiento desarrollado frente a la cuestión nuclear en Irán, que, aunque no modificó la política en el asunto vital, mereció un reconocimiento internacional por la actuación de Brasilia.

Es conocida la firmeza con que se conducen los efectivos castrenses brasileños en las misiones de paz, que contrasta con la apatía en otros años. Obviamente, dichas fuerzas se movilizan dentro de una estrategia diseñada para insertar al Brasil en el concierto de las naciones de importancia, con una dosis combinada de afabilidad, poder y decisión. Los especialistas mencionan que el país tiene algunos desafíos de importancia en materia interna, que no han sido resueltos por Lula, como la criminalidad, que no para de crecer, y una persistente desigualdad social, pese a la notable inclusión en la clase media de millones de personas que hasta hace poco eran pobres. Hasta el momento, el país ha demostrado que tiene los atributos y recursos que se requieren para figurar en el espectro internacional.

Con sus vecinos del Continente, Lula tomó alternativas, como pensar en una relación más estrecha con Buenos Aires, logrando cifras de comercio bilateral nunca vistas, de más de 30.000 millones de dólares, admitir la estatización de Petrobrás por parte del Gobierno boliviano, la renegociación del Tratado de Itaipú con Paraguay, más la financiación de buena parte del Mercosur. En todos estos casos prevalece la sagacidad e inventiva política del Gobierno de Brasilia que, actuando en favor de sus propios intereses, coloca a la nación en una clara situación de preeminencia regional.

Aunque existen voces opositoras al Gobierno, que se mostraron durante la campaña presidencial criticando el desvío de mucha energía en contra de las prioridades esenciales del país, gastando esfuerzos en las acciones de cooperación para el desa­rrollo en Latinoamérica, la asistencia a  naciones africanas pobres, el papel que asumió Brasil en la reconstrucción de Haití y el manejo de las relaciones con la India y Sudáfrica, lo cierto es que la valorización de la actuación de Lula es de destacar plenamente. La consolidación de Unasur, en especial con su respuesta ante el supuesto golpe de estado en Ecuador, es un punto a favor de  la nueva  Administración de Dilma Rousseff, que parece que sostendrá las directrices principales del Gobierno de Lula para los próximos años en materia de seguridad, o sea que debemos  esperar la continuidad en la región, pese a la reducción de gastos y recortes presupuestarios que se están viviendo a principios de este año.

Es entendible que el endurecimiento de la políticas de Washington, más la crisis europea, implicará una presión sobre los países emergentes, ya sea en cuestión monetaria, de seguridad hemisférica y negociaciones comerciales, suponiendo un desafío en materia global más que en  lo regional. En el Continente, según los analistas, son tiempos de expansión económica, pacificación regional, inclusión social y pragmatismo político. No habrá noticias fulgurantes en cuanto a procesos de integración similares al europeo, pero tampoco iniciativas de cooperación interregional de una buena convivencia en razonables términos. Es claro que Brasil tendrá un protagonismo decisivo en este escenario.

Los recortes presupuestarios

El Gobierno brasileño efectuará una reducción en el presupuesto del Ministerio de Defensa para 2011 de 2.644 millones de dólares, situándose en los 6.470 millones. Recientemente, el titular de esa cartera, Nelson Jobim, ratificó la decisión de aplazar la compra de los cazabombarderos, durante una reunión con la titular del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, Michelle Alliot-Marie. Jobim fue uno de los más afectados por el ajuste porque perdió 4.380 millones de reales (1 euro equivale a 2,32 reales). El recorte alcanzará a la construcción del submarino de propulsión nuclear, en asociación de la Marina con Francia, la producción de helicópteros y el carguero KC-390 de Embraer. El Ministerio de Defensa tendrá que reducir su mantenimiento operativo y revisar contratos en vigor, observó la secretaria de Presupuesto. El ministro de Hacienda, Guido Mantenga, aseguró que no existen recursos para la compra de nuevos aviones cazas por parte de la Fuerza Aérea este año. No hay espacio fiscal para la compra de esos cazas en 2011.

foto: El primer “Leopard 1A5” fue entregado al Ejército del Brasil por la empresa alemana Kraus-Maffei Wegmann (KMW).

Por su parte, la presidente Rousseff nombró como asesor especial del Ministerio de Defensa a un ex presidente del Partido de los Trabajadores y ex guerrillero, José Genoino, quien combatió en los setenta en la selva amazónica. Fue detenido por los militares y encarcelado y ésta es otra medida que puede debilitar aún más a Jobim, quien ha sufrido críticas por la violenta reducción del presupuesto castrense y la suspensión o retraso de numerosos proyectos tecnológicos. Otros analistas mencionan que la política de la presidente consistiría en debilitar a las Fuerzas Armadas, tomando en cuenta su resquemor hacia las instituciones militares. Recordemos que la mandataria también purgó en la cárcel en épocas pasadas y podría disminuir la importancia que las Fuerzas tienen en el espectro político del país.

El mercado interno

Un mercado interno fuerte permitió al país eludir  la crisis económica internacional y  es uno de los factores que permite un crecimiento del PIB (producto Interior Bruto) del 7,5 por ciento en el  ejercicio 2010. A esto agreguemos que la iniciativa privada logró posiciones de liderazgo en la producción de  soja, carne y en biocombustibles. El crecimiento del gasto militar se justifica por la necesidad de defender los vastos recursos naturales y la obtención de nuevas tecnologías que vendrán con esta adquisición, permitiendo una mejora impresionante de la industria, en especial la aeronáutica.

El mundo de hoy es multipolar y Brasil no puede progresar sino lo hacen sus vecinos. Existen deudas internas, como la presencia de millones de carenciados. Pese a todo, el liderazgo carioca gana más espacio, combinando una diplomacia amable e inteligente, soslayando la tentación de ser considerados como imperialistas. Parafrasean­do a un conocido músico y funcionario de Lula, Chico Buarque, “el gobierno de Lula no fue débil delante de Washington ni bravucón con los bolivianos y paraguayos”. Veremos con el tiempo cómo hará Rousseff sobre el asunto del liderazgo en la región. Ya existen diferentes modos de acción que permitan una mejor relación con los países del área.

Algunos dicen que se tenderá hacia un liderazgo abierto a los vecinos, más participativo y buscando una cierta integración que logre una influencia práctica en los mercados externos que controlan muchos de los precios de los productos –como la soja– que produce Latinoamérica, pero cuyos valores son fijados por centros de decisión y poder ajenos al Continente, como es el caso del mercado de Chicago para los cereales, lugar donde se fijan los precios de los productos que son producidos a miles de kilómetros de distancia. En la temática nuclear, los avances relativos de Brasil se pueden asociar a la experiencia argentina en torno a un compromiso tecnológico y productivo sobre cooperación atómica.

Muchos vecinos esperan que Brasil pueda convertirse no sólo en una potencia de fuste, sino en una nueva esperanza de progreso y estabilidad en la región, que movilice las energías creadoras y productivas del Continente. Con el objetivo de acorralar a los narcotraficantes que tuvieron en vilo a los habitantes de Rio de Janeiro, el Gobierno regional decidió lanzar una ofensiva contra los enclaves del Comando Vermelho, el principal grupo narco. Agentes policiales, con la colaboración de la Infantería de Marina y de vehículos blindados M-113 y AAV-7, destruyeron barricadas a la entrada de la Vila Cruzeiro, el eterno bunker de los narcotraficantes.

El gobernador del  Estado de Rio de Janeiro, Sergio Cabral mencionó que los grupos delictivos establecieron una alianza inédita y provocaron un raid de atentados contra autobuses y puestos policiales, más bloqueos de calles. Según el político, aliado de Lula da Silva, la reacción se produce frente a la política gubernamental que le resta territorio y poder por medio de las unidades de Policía Pacificador a (UPP), que desde 2008 se instalaron en catorce favelas de la cidade maravilhosa, con la adopción de estrategias de ayudas sociales y control territorial. La presidente electa Rousseff, apoyó a Cabral, mencionando que el gobernador estaba haciendo un gran trabajo al tomar medidas enérgicas para enfrentar al crimen organizado.

A fines de ese año, el gobernador se fijó la política de recuperar terrenos que estaban en poder de ese estado paralelo. Al principio se usó la fase de militarización, que libera la zona y acaba con las bocas de expendio de droga en la favela, y la política pacificadora se instala en el barrio con una acción más humana, apelando al viejo axioma que dice  ganar las mentes y los corazones de la población en el territorio ocupado. Con el control policial de las barriadas, las autoridades están en situación de prestar servicios comunitarios y dotar a esos barrios de una mejor organización y progreso, que aleje a los pobladores de los grupos armados.

Catorce UPP ya fueron instaladas en favelas de Río, algunas de ellas consideradas de máximo peligro. Hoy se quiere enviar un mensaje de orden y calma a todos los que dudan de una ciudad que será la sede del Mundial de Futbol de 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016. La ofensiva conjunta del Comando Vermelho y otras bandas, que dejó decenas de muertos en semanas recientes, es una clara advertencia. Desde sus puestos de mando en las penitenciarías, los jefes narcos envían mensajes diciendo que no entregarán sus territorios fácilmente y mucho menos los centros de distribución de droga en la Rocinha o Vidigal, sus principales baluartes. Los jerarcas mafiosos dicen que esta crisis es una clara advertencia del infierno que podrían desatar en las urbes brasileñas.

Hasta el momento, se han desplazado de lugar, pero siguen mandando desde lo intrincado de los morros o desde una celda.  Las autoridades piensan controlar los lugares claves y posicionar las fuerzas legales, en vista a una mejora de la situación, una lucha que amenaza ser muy larga, tan extensa como las condenas de los principales cabecillas del delito organizado. El nuevo gobierno tendrá la posibilidad de realizar una estrategia que limpie las calles y el costo político ya fue asumido por Lula anticipadamente, para no generarle a Rousseff un dolor de cabeza, aunque la población tomó a bien la incursión de las fuerzas legales. Pronto sabremos si la nueva mandataria posee la capacidad política, moral y estratégica para la resolución de conflictos. (Revista Defensa nº 396, abril 2011, Luis Piñeiro)


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