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Bombarderos, ¿arma irresistible?

Desde los tiempos ya tan remotos de las falanges romanas, las operaciones militares han aumentado constantemente en complejidad, diversidad de armas y multiplicidad de recursos. Esta evolución fue la causa de crecientes dificultades en los planteamientos estratégicos y, de manera específica, en la selección de la estrategia más eficaz entre una serie de ellas. Desde este punto de vista no es sorprendente que, en ocasiones, los mandos militares se hayan engañado ante el ilusorio potencial de una estrategia atractiva que en su aplicación demostró, luego, ser relativamente ineficaz.

Sobre este tipo de ilusiones, la historia nos provee algunos ejemplos de sobra conocidos. Por ejemplo, la ciudad de Moscú, se convirtió para Napoleón, en 1812, en una presa irresistible y la decisión de tomarla acabaría arrastrándole al desastre. En 1940, la línea Maginot les infundió a los franceses un falso sentido de la seguridad, que igualmente acarrearía su ruina. Otro caso típico lo protagonizó Adolfo Hitler, quien en el verano de 1940, engreído por su rápida victoria sobre Francia, creyó que la Gran Bretaña era un enemigo vulnerable. Su plan de conquista de la “pérfida Albión” se basaba en tres etapas: obtener primero la superioridad aérea, asegurarse luego el dominio marítimo del canal de la Mancha y, por último, lanzar una fuerza de desembarco que procediese a la invasión terrestre de las islas.

foto: Los ingleses tuvieron el acierto de proveerse de bombarderos pesados, como este Short Stirling, lo que facilitó el efecto de sus misiones de castigo contra las zonas urbanas y centros industriales del III Reich.

Después de un inexplicable paréntesis de inactividad, en el mes de julio, el mariscal Goering inició el ataque de la Luftwaffe contra la RAF y las defensas aéreas británicas. Los resultados de los combates diarios afectaron seriamente a las dos fuerzas pero, sobre todo, a la RAF, que se debilitó de un modo alarmante. Entonces, a principios del mes de septiembre, un súbito cambio de actitudes decidió la suerte de Gran Bretaña ya que Hitler, obsesionado por las masivas devastaciones producidas desde el aire, creyó que el gobierno de Londres claudicaría por el solo efecto del ataque aéreo estratégico y que podría evitarse, así, las costosas consecuencias de una invasión terrestre. En consecuencia, la Luftwaffe recurrió al bombardeo nocturno de las áreas industriales y urbanas británicas descargando, durante un período de ochenta y cinco noches, un total de ciento noventa mil toneladas de bombas.
Al cambiar su propósito de obtener la superioridad aérea por el de destruir blancos industriales y urbanos, Hitler salvó a la RAF y, en consecuencia, a la propia Inglaterra. La RAF tuvo tiempo para reconstituirse, el pueblo respondió heróicamente frente a los contínuos ataques aéreos y Hitler acabó percatándose de su fracaso y posponiendo indefinidamente la operación “León marino” con la que para sus enemigos, para sus amigos y para los neutrales quedó claro que acababa de cosechar su primera derrota seria.

EL ATAQUE CONTRA PEARL HARBOUR

Como Hitler, también el Japón se equivocó en sus planteamientos estratégicos. Durante el verano y el otoño de 1941, los mandos militares nipones se dieron cuenta de que necesitaban proveerse de petróleo y de otros recursos en Indonesia y en el sudeste de Asia. Pero como la condición básica para poder llevar a cabo un ataque en esas direcciones era la pasividad o la neutralización militar de los Estados Unidos, se pensó, con vistas a esto último, en descargar un golpe contra Pearl Harbour. El almirante Yamamoto creía, y su opinión era sin duda la del Estado Mayor imperial japonés, que si la flota americana era aniquilada en Pearl Harbour, los Estados Unidos tardarían dos o tres años en recuperarse.

El fracaso de los japoneses se vio sólo seis meses después del “raid” contra la gran base naval de las Hawai cuando, en Midway, la flota nipona sufrió una severa derrota a manos de los americanos. Por otra parte, su confianza en que el súbito y masivo bombardeo desde el aire, combinado con una rápida conquista del Pacífico sur, socavarían el espíritu de combate de los americanos, se demostró igualmente fallida ya que el acontecimiento proveyó la necesaria reacción galvanizadora que precisaban los Estados Unidos para entrar en la guerra. Como habría de escribir Dean Acheson al hablar de Pearl Harbour y de la subsiguiente declaración de guerra al Reich alemán: “Por fin nuestros enemigos, con paralela estupidez, resolvieron nuestras disyuntivas, clarificaron nuestras dudas y unieron a nuestro pueblo para el largo y árduo curso que requería el interés nacional “.

LA POTENCIA INDISPENSABLE

No es mi propósito, con lo dicho hasta aquí, denigrar el valor de la potencia aérea a efectos estratégicos o tácticos, pues la historia militar demuestra ampliamente la importancia de este recurso en las operaciones conjuntas. Recuérdese, por ejemplo, que el mariscal del aire, Sir Arthur W. Tedder atribuyó gran parte del éxito británico en El Alamein a la presión aérea aliada sobre las líneas de abastecimiento del África Korps. Y el mariscal Erwin Rommel hizo una evaluación similar. El uso de la potencia aérea también contribuyó significativamente al éxito aliado en Normandía, habiendo reconocido el mariscal Karl von Rundsted que, en esas circunstancias, fue imposible plantear acciones defensivas eficaces y traer las divisiones blindadas a los sectores en los que hubieran resultado de extrema utilidad.

foto: Soldados vietnamitas en una de las unidades antiaéreas próximas a Hanoi.

Sobre un plano estratégico, ingleses y americanos planificaron su ofensiva aérea contra Alemania mediante la operación “Point-blank”, anunciada en Casablanca en enero de 1943. Uno de sus puntos fundamentales preconizaba “la progresiva desorganización de los sistemas militar, industrial y económico alemanes y el socavamiento de la moral del pueblo alemán hasta un punto en el que la capacidad para la resistencia armada sea fatalmente debilitada”. Dentro de la operación “Point-blank” que algunos creían que obviaría la necesidad de una invasión terrestre del Reich, repitiendo lo pensado por Hitler con relación a Inglaterra, tres años antes, se establecieron una serie de blancos, a la cabeza de los cuales figuraban los siguientes: astilleros y bases de submarinos, industrias aeronáuticas, fábricas de cojinetes de bolas e industria petrolífera. El valle del Ruhr, como corazón de la industria pesada alemana, se convirtió en un blanco prioritario, sobre todo para la RAF.
Curiosamente, los crecientes y masivos bombardeos no tuvieron, en líneas generales, los efectos apetecidos. Veamos un caso concreto: el de la producción aeronáutica germana. A principios de 1944 Berlín creó el Jaeger Stab, cuyos efectos sobre la industria de guerra, en el campo de la aviación, fueron tan extraordinarios que la producción de cazas aumentó todos los meses, entre marzo y septiembre de 1944. Los tres mil cazas salidos de fábrica este último mes representaron la producción más alta de toda la contienda y, en octubre, comenzaron a volar los cazas a chorro. A finales de diciembre se batió un nuevo récord y en marzo de 1945, a sólo un mes de la capitulación, y a despecho de los bombardeos estratégicos de saturación aliados, el número de aviones de propulsión a chorro aumentó y sobrevivió la capacidad productiva general.
Tampoco fue mejor el bombardeo de los astilleros y bases de submarinos pese a que el 30 por ciento del tonelaje de bombas británicas y el 65 por ciento del tonelaje americano, entre enero y junio de 1943, se destinaron a esta clase de blancos. Cuando las fuerzas invasoras aliadas entraron en Saint-Nazaire, encontraron los muelles de submarinos en relativas buenas condiciones y, en los astilleros de Bremen, capturaron cuarenta submarinos en construcción, absolutamente intactos. En general, y aunque la industria de submarinos sufrió daños enormes, nunca fueron lo suficientemente serios para afectar a la producción.

Encontraste con estos resultados, el ataque contra la industria petrolífera resultó más airoso. En abril de 1944, cuando la producción de petróleo sintético había llegado al máximo, así como el abastecimiento de combustible de aviación, comenzaron los bombardeos en gran escala desde las bases de Italia. Los efectos fueron notables ya que pese al plan Geilenberg para dispersar, reparar y construir fábricas de petróleo sintético, la producción bajó durante el verano de 1944 y en septiembre casi se llegó a un colapso total. Los directivos de la operación “Pointblank” sabían que cualquier pausa en los ataques de los bombarderos les permitiría a los alemanes restablecer su producción de petróleo en un 60 por ciento.

DECEPCIÓN EN TODA LINEA

Los ataques contra el Ruhr, donde se albergaba un conglomerado de producción de acero y de industria pesada, tampoco respondió a lo que se esperaba de ellos. Como ha escrito William Manchester: “Las estadísticas de los bombardeos aliados sobre el Ruhr no revelaban las inmensas fuerzas recuperadores de Alfred Krupp, quien reconstruía constantemente. La única consecuencia estratégica que los partidarios de estos bombardeos no habían esperado fue un aumento de la producción pese a las fuertes incursiones. A medida que aumentaba la intensidad de los bombardeos aumentaba también la intensidad de la producción alemana”. Esto es verdad, ya que si a principios de la guerra el Reich producía 600 carros al mes, en diciembre de 1943 esta cifra superaba ya el millar, siendo de 1.800 unidades un año más tarde. Además, en 1944, Krupp produjo tres veces más blindaje que en 1943, triplicó las reservas de aviones de caza y bombardeo, y fabricó ocho veces más cazas nocturnos.
Tampoco se logró destruir la moral de los alemanes, pese a que los factores de la operación “Point-blank” creían que los bombardeos desanimarían a los trabajadores industriales, desviarían su atención hacia los peligros por los que pasaban sus familias, e instaurarían un estado de caos emocional. Lejos de ser así, los efectos morales fueron contrarios y todavía en marzo de 1945 no se detectaba ningún deseo de rendición por parte de la población germana.

foto: Soldados nipones acarreando bombas que serán descargadas sobre Chunking, capital de la China nacionalista y centro de la resistencia antijaponesa, a la sazón

Por si fuera poco con lo dicho hasta aquí, el plan “Point-blank”, amén de no alcanzar sus objetivos, afectó a la asignación de recursos requeridos para otros escenarios de lucha. Hubo disputas entre los encargados de la operación aérea ofensiva contra Alemania y los jefes de las fuerzas terrestres que exigían —y a veces no obtenían— un apoyo aéreo directo y masivo. Este tipo de querellas, en las que muy a menudo intervino para resolverlas con todo el peso de su autoridad el general Eisenhower, se prolongaron a lo largo de toda la guerra.
También el Japón presentaba un blanco vulnerable, a los ojos de los estrategas aéreos. En Casablanca, los jefes aliados decidieron asegurarse la derrota de los japoneses por medio del bloqueo marítimo, del bombardeo aéreo y del asalto terrestre, siendo de estos tres puntos, el más atractivo de todos, el segundo. A medida que la guerra avanzaba, la estrategia aérea se robusteció contando con las formidables prestaciones de los B-29. De todas maneras, la estrategia basada en los B-29, y de la que era máximo inspirador elgeneral Henry H. Arnold, fracasó por causa de obstáculos logísticos insuperables.
Si que tuvieron efecto, en cambio, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, pues se consiguió que los japoneses doblasen la rodilla. Pero, a pesar de sus airosos resultados, estos incidentes han de considerarse como singulares por haber afectado a un pueblo debilitado por quince años de guerra que, al cabo de dos años de reveses en el Pacífico y tras el aplastamiento de Hitler, en Europa, visualizaba ya su derrota.

ÚLTIMA ETAPA

Durante veinte años, a partir del fin de la II GM, los Estados Unidos no tuvieron necesidad de emplear su doctrina estratégica aérea. Durante la lucha en Corea, la aviación desempeñó su papel, desde luego, pero limitada a esa península y volcada en la intención de impedir que el enemigo aumentase su apoyo logístico.
En 1964, como consecuencia de los incidentes en el golfo de Tonkín, los americanos emprendieron una campaña aérea al norte del paralelo 19, en el Vietnam, dentro de lo que representa el hasta ahora último episodio de una estrategia iniciada en el otro extremo del planeta, en el verano de 1940. La presión estratégica sobre el Vietnam del Norte, dentro de una campaña sin conexiones con los esfuerzos desplegados en el sur, tuvo lo que el jefe del Estado Mayor de la USAF definió en septiembre de 1965 como una “persuasión estratégica”. Su objetivo no era otro que el de “aplicar una moderada cantidad de potencia aérea estratégica a fin de persuadir a los líderes vietnamitas para que cesaran sus acciones progresivas y accedieran a las ofertas del presidente Johnson para negociar un arreglo pacífico del conflicto”. También dijo que se pretendía obstaculizar la corriente de refuerzos y abastecimientos actuante entre el Vietnam del Norte y la áreas controladas por el Viet Cong.

foto: Dos escenas de las incursiones americanas sobre Hanoi. A la izquierda un bombardero americano cae envuelto en llamas. A la derecha, la pieza que lo derribó.

Desde el principio, el bombardeo aéreo de Vietnam del Norte fue masivo. Solamente en 1965, la USAF destruyó más de 300 puentes y averió más de 800, la red de carreteras fue cortada en más de 2.000 tramos y los ferrocarriles en más de 200. En los primeros seis meses de 1965 tuvieron lugar más de 15.000 misiones, en el curso de las cuales se arrojó una cifra de bombas superior a las 14 mil toneladas. Para muchos analistas, estas cifras, por sí mismas, constituyen un éxito, mientras que otros no se encuentran tan seguros. Por ejemplo, y por lo que se refiere a las infiltraciones en dirección al sur, los bombardeos sólo pudieron reprimirlas en un diez por ciento y en septiembre de 1968, al cabo de tres años y medio de bombardeo aéreo cada vez más masivo, la revista “Time” informó que “el grueso de los reemplazos y equipo nordvietnamita fluye todavía copiosamente por la pista Ho Chi Minh, a través de Laos. Un mes más tarde, en octubre de 1968, los servicios de inteligencia revelaron que setenta batallones enemigos se encontraban a 80 km. de Saigón y que otros 25 a 30 estaban en la zona desmilitarizada.
Como en el campo de las infiltraciones en dirección al sur, también es evidente que se fracasó en el deseo de lograr, mediante el recurso estratégico aéreo, que el Vietnam del Norte buscara un arreglo negociado. Esa persuasión estratégica era, de hecho, un objetivo americano lo que se constató cuando el presidente Johnson dijo, al anunciar la detención de los bombardeos, “lo que ahora esperamos son negociaciones rápidas, productivas, serias e intensas”. Esas negociaciones no condujeron a nada hasta 1973 y en condiciones tales que sirvieron, tan sólo, para refrendar la victoria de los dirigentes de Hanoi.

UN PUNTO DE VISTA SOVIÉTICO

Los soviéticos, en todos sus análisis de la II GM, minimizan la incidencia lograda en la resolución de la contienda por los bombarderos estratégicos aliados. En la obra “Estrategia militar”, redactada por un colectivo de autores presididos por el mariscal V. Sokolovski, se lee: “Las operaciones de la aviación estratégica estadounidense e inglesa no tuvieron importancia decisiva para la victoria sobre Alemania. Así lo afirman los propios norteamericanos. El general Taylor escribió acerca de esto: ‘Durante la II GM, los bombarderos estratégicos no influyeron decisivamente en el aniquilamiento de la industria militar de la Alemania nazi. Contribuyeron al logro de la victoria definitiva, mas no fueron su factor decisivo’.
“La economía alemana, a pesar de los grandes destrozos sufridos, garantizó la lucha prolongada y tenaz de las tropas fascistas en los teatros de operaciones. La comisión norteamericana Crowley-Clayton estableció que toda la industria de construcción de maquinaria de Alemania tenía, al finalizar la guerra, mayor potencial de producción que al comienzo de la contienda. De cada cien fábricas militares, fueron destruidas 10 ó 15, pero los altos hornos y las baterías de coque no fueron dañados. Según datos norteamericanos, la industria de aviación fue la más afectada. Sin embargo, incluso hasta 1945, la producción de aviones de combate en Alemania aumentó constantemente.

foto: Equipados con aviones soviéticos, los pilotos nordvietnamitas coayudaron a la defensa de los cielos de su país.

“Los ataques aéreos anglo-americanos tampoco lograron otro fin propuesto: desmoralizar a la población alemana. Es cierto que ésta sufrió pérdidas relativamente grandes por las incursiones de la aviación, pero su capacidad de resistencia no fue quebrantada por estos bombardeos, sino por las operaciones de las tropas soviéticas en el territorio de Alemania”.
Para Sokolovski y su equipo: “La etapa inicial de la II GM demostró exhaustivamente que con sólo la aviación estratégica era imposible resolver las misiones estratégicas de la guerra. Esto hizo que en la contienda entre Alemania y la URSS dichas acciones no adquirieran gran envergadura y que la aviación soviética, de largo radio de acción, no tuviese ningún desarrollo “.  

Revista Defensa nº 22, febrero 1980, Mayor Thedore Vander Els (Ejército EEUU)


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