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Aventuras submarinas en la Segunda Guerra Mundial

Ya probada con éxito durante la Gran Guerra, el arma submarina fue ampliamente utilizada a lo largo del segundo conflicto mundial por la práctica totalidad de naciones contendientes. Tanto el Eje como los aliados, desde el Océano Atlántico hasta el Pacífico, pasando por el Mediterráneo y el Índico, ejecutaron bajo la superficie de las aguas operaciones secretas audaces. En algunos casos, más allá del submarino convencional, llegaron incluso a emplearse ingeniosos artilugios tripulados por uno o dos hombres. Analizamos estas operaciones, en las cuales la realidad supera a la ficción.

Octubre 1939: Scapa Flow

A pesar de los esfuerzos por potenciar al máximo tanto la construcción de buques de guerra de superficie como de submarinos, cuando Inglaterra y Francia declaran la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939, su Marina no está preparada para hacer frente al poderío naval militar aliado. En lo que a sumergibles se refiere, aunque el almirante Dönitz, jefe del Arma Submarina germana, tenía bien preparados e instruidos a casi 3.000 tripulantes, pero no disponía de más de 46 submarinos listos para entrar en acción, de los cuales solo 22 resultaban aptos para realizar incursiones en el Atlántico.

foto: HMS “Royal Oak”,  buque insignia del 2º Escuadrón de Acorazados, hundido por el U-47 cuando se encontraba a resguardo en su propia base.

Las restantes eran unidades pequeñas de 250 ton. y corto radio de acción, operables solo en el Mar del Norte. Teniendo en cuenta que las rotaciones de patrullas obligaban a tener a un tercio de esta flota en sus bases de mantenimiento y otro tercio en viaje de ida o regreso de patrullas, esto significaba que al principio de la II Guerra Mundial (SGM) solo podría haber entre 5 y 7 submarinos operando en todo el océano Atlántico. Hasta febrero de 1941 no se pudo contar con 22 unidades a la vez en este frente. Pero los comandantes y tripulaciones de estos escasos sumergibles demostraron de inmediato su eficacia.

Desde el principio de las hostilidades, el jefe de Submarinos planeaba una audaz empresa. Más allá de la necesidad de hundir transportes y unidades logísticas, hacía falta impresionar a los dirigentes del Reich, tambalear la confianza del enemigo y, en definitiva, lograr que el pensamiento del Führer, que es quien autorizaría o no a potenciar la construcción de más sumergibles, fuera desviado de la batalla terrestre a la guerra que ya se libraba en el mar. Tenía que ser una acción naval sin parangón, meticulosamente organizada y brillantemente ejecutada.

Y fue llevada a cabo según lo previsto por Günther Prien, al mando del submarino U-47, de 66 m. de eslora y 750 ton. sobre una de las principales bases navales británicas, que los alemanes habían intentado varias veces atacar sin éxito por mar y aire durante la Gran Guerra: Scapa Flow. Ubicada en la costa Norte de Gran Bretaña, entre el Mar del Norte y el Océano Atlántico, Prien consigue el 14 de octubre de 1939 atravesar la hasta entonces inexpugnable barrera antisubmarina que cerraba la vasta bahía de ese lugar, atacar y hundir el acorazado HMS Royal Oak, de 33.000 ton., regresando sanos y salvos tripulación y submarino a su base en Alemania.

Nada más llegar, la tripulación entera fue trasladada a Berlín en el avión privado de Hitler y a continuación conducida en convoy por las calles abarrotadas de enar­decidos ciudadanos. Se trataba de un triunfo sin precedentes, obtenido precisamente en el mismo lugar donde una Alemania derrotada entregaba su flota en 1918. Este era el efecto que Dönitz había tratado de provocar en el Führer, quien otorgó a Prien la más alta distinción militar: la Ritterkreuz o Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, que se lucía en la garganta y distinguía a su portador como un verdadero héroe alemán.

foto: El submarino “Tuna” de la Royal Nay transportó las "cáscaras de nuez" y sus tripulantes hasta las proximidades del objetivo (foto Tte. Zimmerman).

Durante la SGM serían 161 los submarinistas que obtendrían esta condecoración, pero Prien fue el primero en recibirla, tras ese éxito de la que se denominó Operación Baldur, en la que no faltó una fase previa años atrás con espía infiltrado. Era su segunda misión. Un mes antes, durante su primera patrulla de 28 días, este teniente de navío había hundido ya 3 buques ingleses. Apodado El toro de Scapa Flow, su tripulación decoró la torreta del U-47 con la mascota de un toro resoplando. La filmografía alemana tampoco se resistiría a inmortalizar la figura de este lobo de mar y su hazaña, estrenando en 1958 una película en su honor dirigida por Harald Reinl.

Pero los buenos tiempos que vivía la guerra submarina alemana recibieron un duro golpe en marzo de 1941, cuando en la zona de operaciones que el mando tenía establecida al sur  de Islandia se pierden 5 submarinos, estando 3 de estas naves comandadas por los oficiales más capacitados en aquel momento: Günther Prien muere con toda su tripulación; Joachim Schepke también perece con parte de sus subordinados, mientras que Otto Kretschmer y todos sus hombres, excepto 3, caen prisioneros de los británicos.

Diciembre 1941: Hombres-rana italianos

Si los hombres K alemanes demostraron dentro de las aguas su increíble audacia durante arriesgadas misiones en la última fase de la guerra, los hombres rana italianos no se habían quedado atrás. En el otoño de 1941, los ingleses habían perdido en el Mediterráneo 1 acorazado y 1 portaaviones a manos de los submarinos. Los 2 acorazados que les quedaban, Valiant y Queen Elizabeth, de 32.000 ton. cada uno, fueron puestos al abrigo de la rada de Alejandría, tal y como confirmaron los servicios secretos italianos.

El capitán de corbeta de la armada italiana Luigi Durand de la Penne y su comando de 5 voluntarios debían introducirse en la rada montados a horcajadas en mini submarinos biplazas SLC (Siluro a Lenta Corsa, vulgo maiale), llamados coloquialmente cerdos, y atacar a los buques enemigos. Cada mini submarino tenía 6,5 m. de largo y tan solo 50 cm. de diámetro. Impulsados por motores eléctricos silenciosos, podían alcanzar los 5 km/h., con un radio de acción de 15 km., transportando una carga explosiva de 300 kg.

foto: Vicealmirante Toshio Abe, comandante del super portaaviones “Shinano”.

Las probabilidades de regresar con vida eran muy escasas, hasta el punto que, antes de su partida, los miembros del comando tuvieron que hacer testamento y dejar empaquetadas sus pertenencias, para que, dado el caso, fueran enviadas a sus familias. El plan era que De la Penne y el contramaestre Bianchi atacaran el Valiant; la pareja formada por Marceglia y Schergat se ocuparían del Queen Elizabeth; y el capitán de corbeta Martellota y su compañero Marino atacarían el petrolero Sagona, de 16.000 ton., y lanzarían bombas incendiarias con la intención de que produjese fuego en toda la rada gracias al petróleo liberado.

Finalizado el ataque, los 6 hombres alcanzarían a nado tierra firme, y tendrían que capturar alguna pequeña embarcación pesquera para ser rescatados por un sumergible italiano. El 18 de diciembre los tres equipos se encontraban preparados a bordo del submarino Sciré, situado a cierta distancia del objetivo. Al filo de las 21:00, las 3 parejas navegan sobre sendos cerdos hacia la rada enemiga. Sólo sus cabezas sobresalen del agua. Sincronizan las espoletas de acción retardada, que tienen que explotar entre las 05:55 y las 06:15 h de la madrugada siguiente con este orden: primero el petrolero, luego el Vaillant y por último el Queen Elizabeth.

No tenían claro cómo cizallar la red de acero que cerraba la boca de la rada, que estaría salpicada de explosivos, cuando, de repente, se ilumina el puerto, pues llegan unos barcos. Mientras se abría la red para dar entrada a 3 destructores, los 3 mini sumergibles aprovecharon para colarse dentro, dando bandazos tras su estela. Cada equipo se dispone a localizar sus respectivos objetivos. Una vez colocada la carga explosiva bajo el Valiant, De la Penne y Bianchi fueron detectados desde la cubierta de aquel y desde un bote les capturaron e hicieron prisioneros.

A las 03:30 eran interrogados en el propio acorazado, donde ninguno de los prisioneros declaró más que sus grados y números correspondientes. Faltaban menos de 3 h. para la explosión. Poco antes de las 06:00 se escuchó una gran detonación en la lejanía: como estaba previsto, Martellota y Marino habían volado el petrolero, además de averiar un destructor fondeado a su costado, si bien las bombas incendiarias no surtieron el efecto deseado sobre el hidrocarburo esparcido. A escasos minutos de las 06:05, momento previsto para la deflagración bajo el Vaillant, donde De la Penne y Bianchi se encontraban apresados, aquel pidió hablar urgentemente con el comandante del buque, capitán de navío Charles Morgan.

foto: Almirante Louis Mountbatten, jefe de las Operaciones Combinadas británicas (foto Tte. Puttnam).

Una vez informado por el italiano del suceso que se le venía encima, ordenó dos cosas: encerrar de nuevo al enemigo en su celda y que toda la tripulación subiera de inmediato a cubierta. La explosión se produjo a las 06:06, un minuto más tarde de lo previsto. De la Penne salió despedido y perdió momentáneamente el conocimiento. Cuando volvió en sí, vio que la onda expansiva había arrancado la puerta de su cárcel y subió discretamente a cubierta, estando el barco lleno de humo; y 9 min. más tarde tiene lugar la tercera y esperada explosión en el Queen Elizabeth, que se hallaba próximo.

Dada la escasa profundidad de las aguas, los 3 objetivos tocaron fondo, lo que facilitó que no llegaran a escorar hasta el extremo de hundirse. Pero las fotografías de reconocimiento aéreo tomadas al día siguiente no dejaban dudas: el Valiant escoraba a babor con serias vías de agua, mientras que el Queen Elizabeth se encontraba hundido de proa; daños muy severos que dejaron a los acorazados inoperativos durante casi un año. Los seis italianos sobrevivieron, aunque todos cayeron prisioneros. Junto con sus valientes hombres-rana, el capitán de corbeta de la Marina italiana De la Penne desafió al poderío naval británico concentrado en Alejandría.

Finalizada la guerra, en mayo de 1945, el príncipe heredero Humberto de Italia se disponía a prender sobre su pecho la Medaglia d’Oro, máxima condecoración de su país al valor militar, cuando entre los invitados se adelantó un hombre, que le pidió permiso para ser él quien entregara al héroe italiano la condecoración. Se trataba de Charles Morgan, comandante del Valiant durante la operación. Una memorable victoria que Winston Churchill llegó a calificar como un ejemplo singular de valor e ingenio.

Diciembre 1942: cáscaras de nuez

Una vez ocupada Francia por los alemanes, del puerto atlántico de Burdeos zarpaban con frecuencia buques que transportaban cargamentos especiales para los japoneses: equipos de detección submarina, aceros especiales y también técnicos especialistas. Esos mismos buques regresaban después a Alemania con estaño, volframio y caucho, materias muy necesarias para sostener el esfuerzo de guerra. A mediados de 1942 se hallaba fuera del alcance de la artillería naval británica, así como era inaccesible a sus submarinos y bombarderos.

Los torpedos tripulados carecían de autonomía suficiente como para remontar la ría de Burdeos hasta los navíos alemanes. Por otra parte, Gran Bretaña tampoco disponía aún de submarinos de bolsillo, que sí hubieran podido ser empleados en este caso. Finalmente, el mayor Herbert G. Hasler, perteneciente a la reserva del Cuerpo de Infantería de Marina de Su Majestad y especialista en kayaks, propuso al Almirantazgo un plan que dejó sin palabras a sus jefes: Infiltrarse en la ría con varias piraguas de lona, tripuladas cada una por un par de hombres dispuestos a todo.

Con suerte se podría remontar el estuario del río Gironda de noche y, una vez localizados los buques objetivos, colocarles unas minas especiales con espoletas de retardo bajo la línea de flotación y desaparecer acto seguido en la Francia ocupada, buscando el amparo de la Resistencia. Ni el radar enemigo ni los equipos ASDIC (Anti-Submarine Detection Investigation Committee) o hidrófonos podrían detectar las piraguas. Había que elegir una fecha sin luna y confiar en una vigilancia no muy excesiva. Tras un intenso período de entrenamiento de los comandos, el 7 de diciembre, el submarino Tuna de la Royal Navy había alcanzado el estuario y, tras evitar una zona de minas de contacto, emergió a una quincena de km. de su entrada.

A las 19:30 extrajeron de su interior seis pequeñas canoas, pero la lona de una de ellas resultó desgarrada en la maniobra. No Había tiempo para reparaciones, pues el submarino podía ser detectado en situación vulnerable. Quedaban 5 cáscaras de nuez para realizar la incursión. En la noche de ese 7 de diciembre, los brazos de 10 valerosos hombres reman hacia la entrada del estuario, que tiene 75 km. de largo, en una noche oscura. Hasler ha calculado, si todo va bien, unos cuatro días para culminar la operación. Tras varias horas, y con la ayuda de la brújula y a veces de las estrellas, el comando divisa por fin la costa.

Las fuertes turbulencias producidas al confluir el agua dulce del río en su desembocadura, con las aguas marinas que suben con la marea, desarticula la formación británica: los kayaks giran incontrolables y embarcan agua, hasta que uno de ellos zozobra y uno de sus tripulantes perece ahogado. Su compañero consigue ganar la orilla, pero sería más tarde apresado y fusilado por espía. Poco más tarde, otra canoa vuelca y el resto de compañeros trata de enderezarla, pero cada una de estas embarcaciones carga 75 kg de armas, explosivos y provisiones, más el peso del agua que ha tragado: imposible recuperarla y Hasler rasga con su cuchillo la lona para que se hunda completamente.

Ambos tripulantes son remolcados hasta la orilla y abandonados a su suerte, pues otra cosa no se podría hacer. También serían detenidos por los alemanes dos días más tarde. El comando ha perdido la mitad de su fuerza sin siquiera haber avistado al enemigo. Las 3 piraguas supervivientes continúan, muy pegadas a la orilla para evitar los barcos de vigilancia, pero corren el riesgo de ser detectados por los centinelas de tierra, como así le ocurre a la que iba en último lugar, que recibe fuego enemigo y, aunque consigue zafarse, pierde contacto con las otras 2. Sus tripulantes tampoco regresaron a Inglaterra.

Con el amanecer, los 4 hombres que quedan se esconden con sus canoas en una pequeña isla del estuario para descansar y reponer fuerzas. La segunda noche de travesía cruzan a la orilla derecha, más escarpada y con menos vigilancia. Un nuevo islote al amanecer acoge a estos hombres agotados y helados. A la mañana siguiente, aviones de reconocimiento alemanes sobrevuelan de forma insistente y a baja altura: sin duda buscan algo. Durante la cuarta noche de travesía, y tras no pocas peripecias más, divisan por fin las luces de Burdeos.

Nueva ocultación matutina y en la quinta noche preparan las minas: explotarán a las 9 h. de ser activadas. Al filo de las 21:00 echan al agua sus 2 canoas, que se separan definitivamente hacia dos objetivos distintos y no volverán a encontrarse. Tras 1 h. de bogar en silencio, aparecen los muelles de la ciudad repletos de barcos. Hasler y su compañero Sparks solo disponen de 61 minas. Entre las sombras de esos enormes navíos, eligen un petrolero, un gran carguero y un dragaminas. Se pegan al enorme casco de acero del primero de ellos con la ayuda de imanes.

foto: 11 de noviembre de 1944: el portaaviones “Shinano” en la Bahía de Tokio durante sus pruebas de mar (foto H. Arakawa).

Podrían ser un fácil blanco si hay vigías con metralletas en las altas bordas y miran con nerviosismo constante hacia arriba. Colocan dos minas bajo la línea de flotación. Bajo el segundo barco escuchan unos pasos y una linterna se ilumina desde la cubierta en su dirección. Inmóviles y en máxima tensión, se pegan a la lona de la piragua, eludiendo un fatal desenlace. Finalmente se reservan una última mina para un cuarto buque próximo y se alejan del puerto pasada la media noche del 12 de diciembre. Por su parte, la piragua de Laver y Mills les ha permitido colocar sus minas en un gran carguero y un pequeño transatlántico.

Antes del amanecer, ambos equipos han conseguido alejarse río abajo, echar a pique sus fieles cáscaras de nuez y alcanzar tierra firme, helados, agotados y ya casi sin víveres. Más tarde se conoció que 6 barcos habían sufrido aquella noche severos daños e incendios en el puerto de Burdeos. Sobre si hubo hundimiento o no de algunos de ellos, las fuentes son contradictorias. Hasler y Sparks tuvieron la suerte de obtener el apoyo y compasión locales y recibir ropas de paisano, pues no hubiera sido posible proseguir la huida con sus uniformes.

Un grupo de la Resistencia les facilitó el paso a España por los Pirineos hasta Barcelona, luego Gibraltar, para regresar a Inglaterra el 1 de abril de 1943, cuatro meses después del inicio de la que fue llamada Operación Frankton. Laver y Mills, menos afortunados, cayeron prisioneros dos días después del ataque y fueron ejecutados. Grabadas quedaron las siguientes palabras del almirante Lord Mountbatten en el monumento conmemorativo que se erigió en honor de semejante hazaña: De las muchas redadas valientes y apresuradas llevadas a cabo por los hombres del Comando de Operaciones Combinadas, ninguna fue más valiente o imaginativa que la Operación “Frankton”.

Noviembre 1944: “Shinano”

Se le dio el nombre de una antigua provincia japonesa (Nagano en la actualidad) y fue inicialmente concebido como super acorazado gemelo de la serie Yamato, con cañones de 46 cm., es decir, un navío de guerra más poderoso incluso que el Bismarck alemán de 50.000 ton. Sin embargo, el resultado de la batalla de Midway en 1942, con 4 portaaviones japoneses destruidos, provocó un cambio de decisión en el Ministerio de Marina nipón: en el más absoluto secreto, el Shinano se convertiría en el mayor portaaviones conocido, con una cubierta de vuelo de casi 300 m. de largo y 40 de ancho, que permitía despegar y aterrizar simultáneamente y albergar hasta 120 aeronaves.

Diseñado para misiones de apoyo, y así dotar de aviones, vehículos suicidas, aviones-cohete y combustible a otros portaaviones de ataque o bases en tierra, presentaba una profusa artillería, de la que se pueden destacar 145 cañones antiaéreos y 12 lanzacohetes múltiples. Desplazaba nada menos que 70.000 ton. a plena carga, con una tripulación de 2.400 hombres. Solo ha llegado a ser superado por los norteamericanos de la Clase Nimitz, el primero de los cuales no entró en servicio hasta 1975, desplazando 97.000 ton.

Botado el 8 de octubre de 1944, tras un período inactivo en su arsenal, el 28 de noviembre el Shinano se dirige a alta mar con una escolta de 4 destructores. El alto mando intenta alejarlo de previsibles duros ataques norteamericanos en la zona de Tokio. Al mando de la nave se designó al capitán Toshio Abe, oficial superviviente del portaaviones Hiryu, que tomó parte en el ataque a Pearl Harbor, el cual en diciembre de 1941 había provocado la entrada definitiva de Estados Unidos en la SGM. Fue destruido el 5 de junio de 1942 en un ataque aéreo durante la Batalla de Midway.

Tan eficaz había resultado el esfuerzo por mantener el secreto de su construcción que no estaba considerado al Shinano en el Manual de Reconocimiento de la US Navy. Pero para dirigirse a mar abierto los japoneses saben que parte de su recorrido debe atravesar aguas frecuentadas por submarinos enemigos. Deciden correr el riesgo y que el enorme navío navegue a toda máquina y en zig-zag para que los sumergibles norteamericanos no puedan darle alcance. Sin embargo, la suerte no estaba del lado nipón y hay un contacto de radar casi por casualidad. El submarino estadounidense Archerfish, de patrulla en superficie y aguas afuera de la Bahía de Tokio lo sorprende, y al mismo tiempo se sorprende del enorme tamaño de la imagen que aparece en su pantalla, así como de la velocidad a la que se mueve.

Manteniéndose en superficie para alcanzar su velocidad máxima de 18 nudos, el Archerfish persigue a su presa. Su perseguido hubiera podido alcanzar los 27 nudos, y por tanto alejarse con seguridad del sumergible oponente, de no ser porque no tenía operativas más que 8 de las 12 calderas que poseía, lo que le otorgaba una velocidad de tan solo 20 nudos. De hecho, buena parte de la tripulación en aquel momento estaba formada por obreros que trabajaban a destajo para conseguir para el super portaaviones el 100 por ciento de operatividad, que, además de las calderas, también incluía completar muchos de sus sistemas contra inundación y gran parte de los 1.147 compartimientos estancos.

Pero esos 20 nudos, unido a la maniobra antisubmarina en zig-zag ordenada por Abe, daba una cierta ventaja al Archerfish: si acierta con el rumbo del japonés y sigue una ruta paralela, descontando las curvas, podría adelantarlo y colocarse en posición de tiro, a pesar de su ligera menor velocidad. Joseph F. Enright, el capitán del submarino estadounidense, ordena forzar las máquinas al máximo. Anochece, y una hora después del contacto inicial por radar se avista por vez primera el objetivo, un enorme portaaviones nunca visto anteriormente.

El radar del Shinano también había detectado la posible presencia de un submarino, pero Toshio Abe, temiendo que se tratara de un señuelo para alejar y dispersar a sus destructores de escolta, ordenó a estos que no abandonaran la formación. La persecución se mantuvo varias horas y con cambios de rumbo, hasta que, al filo de las 03:00 del 29 de noviembre, otro fatal cambio de rumbo sitúa a la flota nipona frente al Archerfish y a una decena de km. El submarino se sumerge en zafarrancho de combate. A las 03:17, cuando el Shinano se encontraba a 1,3 km. de distancia y estando a 17 m. de profundidad, 4 torpedos de los 6 lanzados a intervalos de 8 seg., hicieron blanco. Los 2 primeros impactos son verificados directamente por Enright en el periscopio. Pero no hay tiempo para seguir observando: uno de los destructores lo tiene casi encima y hay que aumentar la profundidad.

Mientras tanto, los daños iniciales en el Shinano no habían sido catastróficos y podrían haberse controlado de haber estado terminados los sistemas de control de inundación y emergencias, con una tripulación bien entrenada, pero debido a lo incompleto de los sistemas anti inun­dación, bombas que no habían sido instaladas y válvulas aún no operativas, el agua hizo escorar fuertemente al navío, había sido proyectado para no hundirse al impacto de una veintena de torpedos. Por su parte, el submarino atacante pudo escapar a las numerosas cargas de profundidad lanzadas sobre él por la escolta de destructores. A las 07:00, el Shinano, ya sin impulso tenía una escora de 20° y su comandante ordenó retirar el retrato del emperador y transferirlo a uno de sus escoltas. Tres horas más tarde, Abe ordena el abandono del buque.

A las 11:00 el gigantesco navío japonés, pero de tan corta existencia (52 días y cero misiones), zozobra de popa y se hunde dándose la vuelta, llevándose con él las vidas de aproximadamente 1.450 marinos y obreros civiles, entre ellas la de su comandante en jefe. Los destructores de escolta lograron rescatar a 1.080 náufragos. Así son las cosas de la guerra: tanto esfuerzo, recursos materiales ingentes, trabajo, enorme ingenio y vidas humanas al servicio de una colosal obra, para que, lo que tardó tres años en fabricarse, en menos de 20 h. de navegación sobre mar abierto terminara reposando inerte a 4.000 m. de profundidad. (Joaquín Colorado)


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