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Argentina Chile 1902, la paz acorazada

“Se derrumbarán los Andes antes que Argentina y Chile rompan la paz jurada” Leyenda existente en el monumento del Cristo Redentor, realizado con la fundición de cañones argentinos y chilenos que finalmente no entraron en guerra.

Al iniciar el general Julio A. Roca su primera presidencia de la República Argentina, en 1881, instruyó de inmediato a su ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo de Irigoyen, para que encontrara una solución a la demarcación de la frontera con Chile. Con su par de la nación hermana, Francisco de Etcheverría, peritos y asesores, se llegó a un entendimiento rápido firmándose aquel mismo año un acuerdo que, en la práctica, traería cien de resquemores y desencantos entre ambos países debido al desconocimiento existente sobre el terreno a delimitar: la cordillera patagónica.

foto: Vista del extraño diseño austro-húngaro que era el crucero “Patagonia”

En el tratado podía leerse que la línea fronteriza correrá en esa extensión por las cumbres más elevadas de dicha cordillera (la de los Andes) que dividan aguas y pasar por entre las vertientes que se desprendan a uno y otro lado... Para decir luego que, en cuanto a las islas pertenecen a la República Argentina la isla de los Estados, los islotes próximamente inmediatos a ésta y las demás islas que haya sobre el Atlántico, al Oriente de la Tierra del Fuego y costas orientales de la Patagonia; y pertenecerán a Chile todas las islas al Sur del canal de Beagle, hasta el Cabo de Hornos y las que haya al Occidente de Tierra del Fuego.

El no especificar de qué islas se trataba, hizo que luego se encontraran tres islotes situados al Sur del Beagle, vale decir de pertenencia chilena, pero bañados por el Atlántico... lo que suponía encontrarse inmersos en la soberanía argentina. Un problema que casi desemboca en una guerra hace cuarenta años, en diciembre de 1978 (1).

 MEDIACIÓN BRITÁNICA
Pero volvamos al primer artículo del tratado que será de interés para el relato de lo ocurrido en los albores del siglo XX.
Resulta que en los suntuosos despachos de Santiago y de Buenos Aires se decidieron los límites sobre la base de la cordillera conocida, es decir, por donde desde la época virreinal circulaba el comercio y el tránsito entre los dos países. En esa zona central las altas cumbres eran coincidentes con la divisionaria de aguas, pero cuando los peritos se dispusieron años después a colocar los hitos en la cordillera patagónica, observaron que ambos elementos casi nunca coincidían. Para colmo, las altas cumbres caían hacia el Pacífico y la divisoria de aguas, por el contrario, hacia la Patagonia argentina, un fenómeno originado por un acontecimiento geológico que tuvo lugar en el cuaternario y que, lógicamente, la ciencia de la época no había podido determinarlo.

foto: El general Roca y su Estado Mayor se disponen a abordar al ferrocarril estratégico para observar las maniobras de 1902. ​

Se recurrió entonces a la ayuda de la Corona británica para solucionar el inconveniente, pero de nada sirvió. Los peritos no lograban ponerse de acuerdo a la hora de establecer un límite en la nada despreciable superficie de 90.000 km cuadrados sobre la que se discutía. La mutua desconfianza fue ganando las mentes de éstos, de los políticos y, luego, de los respectivos pueblos.
El temor a un enfrentamiento armado fue creciendo con el correr del tiempo. Hacia 1890, Argentina tenía algunas naves para la defensa del Río de la Plata y sólo dos buques oceánicos. Uno era el acorazado Almirante Brown, que incorporado en 1881 desplazaba 4.200 ton. contando con ocho cañones de 200 mm. y seis de 120. El otro era el crucero Patagonia, un raro diseño austro-húngaro con un cañón de 250 mm y tres de 150.
Chile acababa de cosechar un éxito militar contra Perú y disponía de una escuadra oceánica más poderosa. En aquellos momentos, tenía 4 millones de habitantes y un orden político mucho más homogéneo que el argentino, cuyas luchas internas colocaban al país en vilo con frecuencia. Centro de una fuerte ola inmigratoria, la nación del Plata alcanzaba, por su lado, los 4,5 millones de habitantes y su potencialidad financiera era superior a la chilena. Esto le permitía endeudarse en forma desmedida con la banca británica y vivir en permanente crisis económica pese a las fuertes inversiones a las que respaldaba la considerable riqueza agrícola-ganadera.

foto: Años más tarde, el “Buenos Aires” enarbole la insignia del Rey de España, Alfonso XIII. El soberano aparece sobre el techo del puente de comando junto con altos oficiales argentinos en la inauguración del canal homónimo, en España.

EL PODER NAVAL

La evolución de la crisis y las nuevas ideas aportadas por Maham en materia de poder naval, llevaron a la Armada argentina a incorporar, en 1891, al crucero 25 de Mayo. De origen inglés, desplazaba 3.650 ton. siendo su armamento dos cañones de 210 mm., ocho de 124 mm., y tres lanza-torpedos. Un año más tarde, llegaron dos pequeños pero potentes acorazados: el Libertad y el Independencia. Adquiridos en el Reino Unido eran de 2.400 ton., disponiendo de dos cañones de 240 mm., cuatro de 120 mm. y dos tubos lanza-torpedos. En 1893 se incorporó el crucero 9 de Julio, del mismo origen que los anteriores, siendo sus características principales 3.500 ton., cuatro cañones de 152 mm., ocho de 124 mm., y cinco lanzatorpedos. En 1894 se les añadió el crucero liviano Patria, comprado a los británicos como consecuencia de una suscripción popular organizada por los dos diarios más importantes de Buenos Aires, “La Nación” y “La Prensa”. Desplazaba 1.100 ton. y montaba dos cañones de 120 mm., cuatro de 65 y cinco tubos lanzatorpedos.

foto: Servidores de una pieza de 120 mm., se preparan para efectuar un disparo desde la cubierta del “Garibaldi”

Un buen lobbie actuante ante la Corte del Rey Umberto 1 de Italia, obtuvo que cuatro cruceros acorazados en construcción para la Armada italiana fuesen cedidos a la Argentina. Eran el Garibaldi y el Pueyrredón (con dos cañones de 254 mm., diez de 152, seis de 120 y cuatro lanzatorpedos), el Beigrano (que portaba dos cañones de 254 mm., catorce de 152 y cuatro lanzatorpedos), y el San Martín (armado con dos torres dobles de 203 mm., diez cañones de 152, seis de 120 y cuatro lanzatorpedos). Estos cuatro hermanos desplazaban unas 7.000 ton. cada uno y se incorporaron entre 1896 y 1898. En aquellos años también sumó su poder de fuego el crucero Buenos Aires, de 4.800 ton., dos cañones de 203 mm., cuatro de 152, seis de 124 y cinco lanzatorpedos. Fue construido en el Reino Unido.
Italia cedió otros dos cruceros acorazados que estaban en sus astilleros hacia 1902. Bautizados Moreno y Rivadavia, eran de 8.000 ton. y llevaban un armamento similar a los ya mencionados. Además, la Flota argentina se enriqueció con otras unidades menores como cazatorpederos, transportes y avisos. Las dotaciones de las naves estaban integradas por un número de extranjeros inmigrantes y difícil es imaginar el sonido de tanta deformación del español ya modificado por el acento rioplatense.
En la zona de Bahía Blanca se materializó el Puerto Militar —luego llamado Puerto Belgrano— con el diseño y bajo la dirección del ingeniero italiano Luis Luiggi. Su primer tramo fue inaugurado en 1898 y el canal de acceso estaba protegido por seis potentes baterías costeras que se confundían entre los médanos y que eran abastecidas por un ferrocarril estratégico. Además, a lo largo de la costa patagónica fue instalada una línea telegráfica así como distintos apostaderos de carbón, llegándose a una reserva estratégica de más de 150.000 ton. para las naves de guerra.
Por lo que hace al Ejército argentino éste disponía en 1896 de 44 batallones de Infantería, 42 escuadrones de Caballería y 32 baterías de Artillería, habiéndose establecido mediante ley el servicio militar obligatorio. Además, el poder de fuego terrestre se vio incrementado en su dotación con 130.000 fusiles Mauser (modelo argentino 1891) para Infantería y carabinas para la Caballería. El arma de Artillería fue reforzada con cañones Krupp de campaña y montaña de 75 mm. 1/24 y 1113 en sus modelos 1895/96 y 98.

foto: El crucero “9 de Julio” en el puerto de Buenos Aires, en 1900. Obsérvese el mascarón de proa y la tapa de lanzatorpedos en la roda sobre la línea de flotación.

Por la misma época, Chile había adquirido los acorazados Cochrane (3.500 ton), Huáscar (1.800), Capitán Pratt (6.900), Blanco Encalada (4.400) y O’Higgins (8.500), más los cruceros Errázuriz (2.080), Zenteno (3.600), Pinto (2.080), Chacabuco y Esmeralda (ambos de 7.000), y Molina (1.200).
El descomunal esfuerzo económico realizado por ambos países comprometía seriamente sus finanzas de lo que puede dar idea el hecho de que el endeudamiento argentino por gastos bélicos ya alcanzaba la suma de 80 millones de pesos oro. El equilibrio militar entre las dos naciones se inclinaba hacia una u otra dependiendo del momento en que se recibían las naves que, dicho sea de paso, la Corona británica, como mediadora que era, les vendía a unos y a otros, con pagos bien garantizados por las dudas.

EL ABRAZO DEL ESTRECHO
Habían transcurrido dos mandatos y tres presidentes cuando el general Roca asumió su segunda presidencia, el 12 de octubre de 1898. De inmediato, concretó una cita con su par trasandino, Federico Errázuriz, con la finalidad de ponerle paños tibios a la tensa situación. El encuentro se llevaría a cabo en los canales fueguinos chilenos (Punta Arenas), ya que la Constitución de ese país le prohibía a Errázuriz cruzar la frontera.

foto: El acorazado “Independencia” visto desde su cofa hacia la popa.

La comitiva argentina viajó en tren a Bahía Blanca abordando, el 20 de enero de 1899, el crucero acorazado Belgrano que iba a conducirles al lugar del encuentro. Después de tocar en algunas poblaciones patagónicas, el Belgrano, que había sido convertido en buque insignia presidencial, la fragata Sarmiento y el crucero liviano Patria, alcanzaron por el lado Sur de los canales el Puerto de Punta Arenas, el 14 de febrero de 1899. Allí les esperaba el acorazado O’Higgins con el presidente chileno abordo escoltado por los cruceros Zenteno y Errázuriz.

El general Roca se trasladó a la nave insignia chilena donde tuvo una reunión a solas con Errázuriz que habría de repetirse al día siguiente en el Belgrano. Aunque los presidentes sólo se dieron un afectuoso apretón de manos, el encuentro pasó a la historia como el Abrazo del Estrecho. Los términos de la conversación entre los altos mandatarios nunca trascendieron, pero ciertamente la motivación pacificadora fue efímera ya que a los pocos meses surgieron elementos que reavivaron la desconfianza.
Los dos países contaban entre sus políticos con halcones y palomas y los medios periodísticos obedecían a uno u otro de estos bandos. Obviamente, los influyentes mercaderes de armas hacían de las suyas, mientras el espectro político se complicaba hacia una situación sin, al parecer, la menor posibilidad de salida pacífica y honorable.
Chile guardaba fresca en su memoria y en su ánimo la victoria en la Guerra del Pacífico y Argentina (2) tenía un presidente, el general Roca, que logró todos los ascensos de su carrera militar en el campo de batalla. Había terminado exitósamente con el problema indígena (3) pero a la vez era un estadista y un sagaz político conocido como el zorro. En la tensa y onerosa espera Argentina poseía más recursos y Roca lo sabía.
A principios de 1902 la confrontación era inminente. La Escuadra argentina se encontraba en permanentes evoluciones y las tropas terrestres estaban desplegadas hasta el punto que solía decirse que bastaba que a un soldado se le escapara un tiro para desatar la guerra.

foto: El crucero acorazado “Garibaldi” en el Puerto Militar, en 1899.

LAS MANIOBRAS DE 1902
En ese contexto, se decidió, en el seno del Gobierno argentino, realizar en el primer cuatrimestre de 1902 una serie de maniobras navales y terrestres a fin de comprobar el nivel de adiestramiento alcanzado y demostrar ante los ojos del mundo, y también de Chile, que Roca estaba en condiciones de librar una casi tan inevitable como incierta guerra.
El orden de batalla para estas maniobras —posiblemente las más importantes de la historia naval argentina— era de tres divisiones de mar con doce cruceros y acorazados, seis avisos y tres transportes. Cuatro divisiones para la defensa del Río de la Plata con una treintena de naves entre fragatas, monitores, torpederos, transportes y avisos. Una división de defensa fija submarina con un minador, lanchas torpederas, transporte de cables eléctricos y otras unidades menores.
Desde las bases de asiento —Puerto Militar, La Plata y Buenos Aires— se efectuaban escoltas e interceptación de convoyes, tiro de combate con todos los calibres, lanzamientos de torpedos y proyección del poder naval con desembarco de efectivos del Regimiento de Marina en Bahía Blanca y La Plata. El Ejército, por su parte, se había reforzado merced a la convocatoria de dos clases (reemplazos) de forma simultánea y realizaba despliegues y acampadas en diversas zonas del país.
Las maniobras navales fueron un éxito, desde todo punto de vista, atestiguado por observadores militares de diversos países. Las mismas concluirían con un brillante desfile frente a las costas de Mar del Plata revistando el presidente Roca las unidades de la flota.

foto: El crucero “Buenos Aires” fue una poderosa y bella nave de combate.  Aquí le vemos por la aleta de estribor.

FINALMENTE, LA SOLUCION

Sería pura ingenuidad pensar que este tema limítrofe se planteaba y podía resolverse sólo por la voluntad de dos pueblos que querían dirimir, por sí mismos, sus problemas de soberanías territoriales. Nada más lejos de la realidad. Por aquella época, la banca británica venía efectuando fuertes inversiones en los dos países —Rostchild en Chile y Baring en Argentina— en rubros como ferrocarriles, aguas corrientes, telefónica y otros servicios y, de seguro, temió que una guerra por una remota zona del planeta en la que se ignoraba si había riqueza estratégica, afectase a sus negocios.
Así que comenzaron con las presiones, primero, y con los cortes del crédito, después. ¡Y vaya si con ello bastó! Con un simple cambio de plenipotenciarios cuajó en pocos días el arreglo que no se había podido alcanzar en más de una década de discusiones.
La historia americana los conoce como los Pactos de Mayo (4). Con ellos se aceptó la mediación de la Corona británica y tuvieron como resultado colocar a ambas escuadras en un estado de discreta equivalencia. Buena parte de los barcos de guerra fueron desarmados por cinco años y tanto Argentina como Chile se vieron obligados a vender los acorazados que tenían en construcción en Italia e Inglaterra, respectivamente, entre otras medidas.

foto: El crucero “Pueyrredón” una de las naves cedidas por la Italia de Umberto I.

El fallo del litigio otorgó 42.000 km2. a Argentina y 48.000 a Chile pasando la línea demarcatoria por donde mejor les pareció. La moderna flota argentina debió estacionarse por varios años en Río Santiago, cediéndose al Imperio del Japón los acorazado todavía por recibir. Lo propio ocurrió con las unidades chilenas, cuya Armada le entregó los suyos a la Royal Navy.
A la distancia, cabe imaginar que el no haber entrado en guerra fue positivo para ambas naciones. Pero ¿por qué? Con la visión actual vemos que ni Argentina con los 42.000 km2. obtenidos ni Chile con los 48.000, se convirtieron en naciones poderosas y ninguna de las dos lo hubiera sido de obtener el total de ese territorio. La guerra habría resultado muy peligrosa para los ingleses (económicamente hablando) y desastrosa en pérdidas humanas y materiales para las naciones en disputa, que hubieran pagado un duro tributo al precipitado retiro español tras la inconsistente política colonial en los albores del siglo XIX.

CONCLUSIONES
La argentina-chilena, es la única frontera extensa a lo largo y ancho del mundo que nunca conoció el fragor bélico. Esto nos lleva a razonar que, evidentemente, las zonas en disputa no poseen en sus suelos ninguna riqueza de valor estratégico. Los conflictos desatados en la región desde mediados del siglo XIX, tienen el inconfundible sello de los intereses del imperialismo inglés en las técnicas de calentamiento de fronteras y afrentas a la soberanía nacional: La Guerra de la Triple Alianza, la del Pacífico, la de Paraguay y Bolivia, la de Perú y Ecuador y la Batalla de Malvinas, son sobrados ejemplos. En ellas, el control de los minerales y la hegemonía comercial se cobraron muchos miles de vidas americanas.


Fotos: Archivo General de la Nación y Departamento de Estudios Históricos Navales (República Argentina)

Notas:

 (1) Ver, en DEFENSA: “El canal de Beagle. Un volcán en la Tierra de Fuego” (núm. 2) y “La encrucijada austral” (núm. 39).

(2) La denominada Guerra del Pacífico (1879-1884) se desató cuando el Gobierno de Bolivia intentó cobrar un impuesto a una compañía chilena por el salitre y nitratos que extraía y exportaba por el puerto de Atacama. Bolivia incautó la compañía minera y Chile ocupó militarmente Antofagasta. Perú, que tenía buenas relaciones con ambos vecinos, se vio envuelto en la guerra debido a un tratado secreto que tenía con Bolivia desde 1873. El gran almirante peruano Grau obtuvo algunas victorias iniciales, pero después de su derrota y muerte toda la campaña fue favorable a las fuerzas chilenas, que finalmente ocuparon Lima el 17 de enero de 1881. La paz se alcanzó con el Tratado de Ancón por el que Perú cedió Tarapacá hasta el río Camarones y Bolivia perdió la provincia de Antofagasta y con ella su salida al mar.

(3) Ver: “La conquista del desierto argentino”, en DEFENSA núm. 20

(4) Los Pactos de Mayo se firmaron el 28 de mayo de 1902. Se componían del Tratado General de Arbitraje y de la Convención sobre limitación de armamentos navales. El 9 de enero de 1903 se ratificaron los acuerdos y fue firmado el Arreglo para ser efectiva la discreta equivalencia de las Escuadras.

Revista Defensa nº 246, octubre 1998


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