La innovación ya no es un concepto de futuro para las Fuerzas Armadas, sino una realidad que empieza a materializarse en el día a día de las operaciones. En este contexto, y en el marco de las jornadas de demostración tecnológica del Ejercicio BACSI (Base Aérea Conectada, Sostenible e Inteligente), las telecomunicaciones, y en particular el 5G, se consolidan como uno de los grandes habilitadores de la transformación digital en el ámbito de la Defensa.
Para entender la magnitud del cambio, basta con mirar atrás. A finales de la primera década de los 2000, el mundo civil asistió a una revolución silenciosa impulsada por el 4G. No se trató solo de más velocidad en los dispositivos móviles, sino de un cambio estructural. La conectividad pasó a ser una infraestructura crítica sobre la que se construyeron nuevos modelos económicos, plataformas digitales y una gestión del dato radicalmente distinta. El 4G transformó la sociedad porque permitió integrar información, procesos y decisiones en tiempo real.
Sin embargo, esa revolución no se trasladó plenamente al sector de la Defensa. Y no por falta de visión, sino por la naturaleza misma del entorno operativo militar. Preguntas clave como quién controla la infraestructura, dónde residen los datos, qué ocurre en escenarios de conflicto o cómo garantizar la interoperabilidad con aliados han condicionado históricamente la adopción de tecnologías avanzadas de conectividad. A ello se suman ciclos de vida de sistemas que pueden superar los 20 o 30 años y la coexistencia con plataformas heredadas altamente complejas.
Hoy, el 5G abre una ventana de oportunidad distinta. Y lo hace no tanto por sus prestaciones tradicionales, mayor ancho de banda o menor latencia, sino por su arquitectura. El 5G permite disponer de espectro libre, desplegar redes privadas, con core virtualizado, control soberano de la infraestructura, segmentación avanzada y cifrado de extremo a extremo. En otras palabras, permite que una base aérea, una instalación naval o un entorno terrestre crítico actúen como su propio operador de telecomunicaciones, sin depender de redes públicas.
El 5G permite desplegar redes privadas capaces de habilitar la monitorización en tiempo real de infraestructuras, el uso de drones, la conexión masiva de sensores IoT y la digitalización de procesos logísticos y operativos, todo ello con conectividad segura, segmentada y de baja latencia. Estas capacidades, integradas en gemelos digitales y sistemas de gestión avanzada, mejoran la eficiencia, anticipan incidencias y refuerzan la protección de instalaciones estratégicas en bases, entornos terrestres y costeros.
El 5G puede actuar como nexo de diferentes tipos de comunicaciones existentes en diferentes ámbitos: redes tácticas MPU5, redes satelitales, redes Tetra, UHF, VHF, LoRA, WiFi, BLE, … y es precisamente esta combinación junto con el aspecto de soberanía e independencia operacional lo que le confiere un valor completamente diferencial.
Un sistema seguro
Uno de los grandes debates cuando hablamos de conectividad en Defensa es la seguridad. Y es un debate legítimo. Pero el 5G introduce un cambio de paradigma: no todo el tráfico tiene el mismo nivel de urgencia ni requiere el máximo grado de protección. Gracias a la segmentación de red, es posible diseñar distintos niveles de seguridad sobre una misma infraestructura física, aislando los servicios críticos de mando y control de aquellos destinados a logística, mantenimiento o gestión de instalaciones. La clave no es relajar la seguridad, sino diseñarla de forma inteligente. Encontrar el equilibrio que permita avanzar sin comprometer los principios fundamentales de soberanía, resiliencia y protección de la información.
El 4G transformó la sociedad civil porque se entendió que la conectividad era infraestructura. Hoy, el 5G ofrece al sector de la Defensa la oportunidad de cerrar una brecha tecnológica que se abrió hace más de una década. La pregunta ya no es si el 5G es suficientemente seguro. La pregunta es si estamos preparados para diseñar y gobernar esa seguridad de forma que no se convierta en el freno que nos impida avanzar hacia la superioridad operativa del futuro. (Miguel Gasco, director en Industria X de Accenture)






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