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Los soviéticos y la guerra de Afganistán

(Revista Defensa nº 94, febrero 1986) Con sus bonitos vestidos de color rosa y alegres gorros, las niñas, colocadas en fila para saludar a los visitantes en Kabul, parecen muñecas de un escaparate, hasta el momento en que estas niñas de tres años levantan el puño izquierdo y empiezan a corear: Babrak Karmal es nuestro padre. Mahburah Karmal es nuestra madre. Queremos la paz del mundo. Sin embargo, es la guerra la que les mira desde los carteles colocados en las paredes del orfelinato Watan: desafiantes jóvenes combatientes, chicos y chicas, enarbolando sus fusiles Kalashnikov sobre sus cabezas y pisoteando a una chusma cobarde que las banderas y los textos identifican claramente como norteamericanos, chinos o paquistaníes.

Más de 2.000 niños son instruidos por la organización educativa de Afganistán para que se conviertan en fervientes comunistas. Existen once escuelas similares distribuidas por todo el país. La cabeza de la red que prepara a los niños de la revolución para la tarea de futuros cuadros del partido es Mahburah Karmal, la esposa del presidente y jefe del partido, Babrak Karmal.
Los niños tienen de todo. Viven, juegan y aprenden en habitaciones claras y luminosas. Los edificios del orfelinato, donados por el Gran Hermano soviético, están situados en una zona amplia, celosamente vigilada, que con sus árboles y flores parece un oasis en medio de la estepa pardoamarillenta que los rodea. También tienen clases de ruso en modernos laboratorios de idiomas. La biblioteca está bien provista de todo tipo de literatura, aunque falta un libro: el Corán.
Casi 1.000 estudiantes del Centro Kabul han sido enviados este año a la Unión Soviética para perfeccionar sus estudios, dice con orgullo un director. La mayoría estará allí diez años. Solamente se les permitirá visitar su país después de llevar cinco años en la URSS.
Más de 20.000 niños afganos están realizando estudios en la Unión Soviética para convertirse en cuadros del régimen comunista. Si se cuentan soldados y trabajadores, hay unos 50.000 jóvenes afganos formándose en Moscú, además de en Alemania del Este, Bulgaria e incluso en la lejana Cuba, como la élite de una nueva República Soviética de Afganistán.
Moscú no invadió Afganistán en las Navidades de 1979 para abandonar un día el país que se sitúa en el cruce de caminos de Asia, entre el golfo Pérsico y China, entre los eternos puntos de conflicto de Irán y Pakistán. La zona, que ya ambicionaban los zares rusos, pero que no se pudieron anexionar por la presencia británica, es demasiado valiosa para que Moscú contemple abandonarla. Afganistán no tiene probabilidades de convertirse en una nueva Finlandia. En el mejor de los casos, podría conseguir el estatus de Mongolia Exterior, un país satélite estrechamente vigilado por el Gran Hermano, con derechos soberanos limitados.
El valor y la resistencia de la guerrilla son incuestionables, y así se ha podido ver en muchos periódicos y reportajes de televisión. Pero las declaraciones de victorias militares que hacen los representantes de la resistencia rival en el exilio dan una imagen distorsionada de la verdadera situación en Afganistán. Los quinientos millones de dólares que se gastará este año Estados Unidos en la guerrilla básicamente no cambiarán nada.

foto: Carros soviéticos del Ejército afgano inclusos en una columna motorizada.

UNA LUCHA SENTENCIADA

Porque lo cierto es que los soviéticos ya hace tiempo que han ganado la guerra en Afganistán, a pesar de que el director de la CIA, William Casey, sueñe despierto y declare a la revista “Time” que Moscú puede estar buscando una forma de marcharse a causa de sus grandes pérdidas, e independientemente de las declaraciones del presidente paquistaní, Mohammed Zia Ul Haq, protector del movimiento de resistencia afgano, de que Moscú se dará cuenta de que no existe una solución militar para Afganistán.
Un viaje a Kabul muestra claramente que los rusos no se dejarán echar, aunque la guerra les ha costado unos 5.000 millones de dólares al año. Los cinco millones de hombres del Ejército soviético pueden soportar fácilmente las pérdidas en sus filas, que, según fuentes norteamericanas dignas de crédito, se calculan hasta ahora en 10.000 muertos y 16.000 heridos.
La estrategia de los comunistas es la siguiente: presión militar y policial combinada con vastas reformas sociales en un país que soportaba anteriormente un islamismo fanático y un régimen feudal reaccionario. Desde la invasión de Afganistán, la 40 División del Ejército soviético, adentrándose en terreno desconocido, entre una población hostil, tuvo que construir una infraestructura militar completamente nueva, con trece aeródromos y la consolidación de una carretera de conexión de 400 km. hasta la frontera común, sobre el río Amu Daria. Su mayor preocupación era controlar la capital, Kabul, alrededor de la cual construyó grandes bases fortificadas.
A continuación, los rusos desataron un terror de bombas y cohetes contra valles y pueblos utilizados como bases por los muyahidin. Al igual que los norteamericanos en Vietnam, los rusos han declarado zonas enteras como zonas de fuego libre, disparando, según han declarado los refugiados, sobre todo lo que se mueva: aldeanos en sus campos, conductores de mulas en las carreteras, mujeres y niños en las aldeas.
De esta manera, zonas enteras de Afganistán se han quedado deshabitadas en los últimos años. En 1978, más de las tres cuartas partes de la población total de 18 millones vivían de la tierra en 14.000 aldeas. Actualmente casi cuatro millones, o una cuarta parte de la población, han huido al extranjero, mientras que cuatro millones de aldeanos han buscado refugio en las ciudades. Kabul, que no llegaba a los 700.000 habitantes en 1978, es una ciudad populosa de más de dos millones de habitantes.
Este éxodo gigantesco de la población les ha venido bien a los rusos. Millones de personas se encuentran bajo su control, mientras que el resto queda al cuidado de sus enemigos. Gracias a los continuos ataques aéreos, a la proliferación de puestos militares y a la ayuda de exploradores tribales pagados, los rusos han podido obstruir suficientemente las rutas de aprovisionamiento de los 2.800 km. de frontera con Irán y Pakistán.

ESTADISTICA MILITAR

Actualmente no estamos en una fase caliente de la guerra, dice el general Nabie Asumie, primer ayudante del ministro de Defensa de Afganistán. El Ejército tiene fuerza suficiente para defender la revolución. Los contrarrevolucionarios proclaman que tenemos solamente 40.000 soldados, pero le puedo asegurar que tenemos 40.000 hombres sólo entre oficiales y suboficiales. Puede usted sacar sus propias conclusiones sobre la potencia de nuestras Fuerzas Armadas, dijo en su despacho, en el antiguo palacio real, bajo unos grandes retratos de Karmal y del líder soviético Gorbachov.
El general Asumie calcula el número de bandidos armados que lucha contra su régimen en unos 50.000 a 60.000 hombres, dejando, por un lado, la acostumbrada afirmación de Kabul de que eran un simple puñado de contrarrevolucionarios. Sólo en Pakistán, dijo, tienen 120 campamentos. El general dijo que sus armas más peligrosas hasta ahora eran los misiles chinos Musail, con un radio de acción de 15 km., con los que pueden bombardear ciudades indiscriminadamente desde sus escondites en las montañas.
Lo que se puede ver en Kabulistán parece respaldar el cuidadoso optimismo del general. Kabulistán es el nombre que los críticos del régimen dan al Gobierno de Karmal, para recalcar su afirmación de que él y sus protectores soviéticos controlan solamente la capital, pero que el campo escapa a su control. Esta afirmación es totalmente errónea.
El Ejército gubernamental de medio millón de oficiales del partido y funcionarios llega a las capitales de provincia y de distrito circundantes, conectadas con la capital por medio de convoyes armados, pequeños aviones, helicópteros o al menos transmisores de radio. Su servicio secreto, el Jad, creado con ayuda soviética y de Alemania del Este, se ha infiltrado en todo el campo enemigo.

foto: Terraza abierta sobre una de las calles céntricas de Kabul

La sovietización del país se lleva a cabo según el modelo ensayado durante décadas en la Europa del Este.
A diferencia de la Europa del Este, la introducción del socialismo en Afganistán puede aportarle a la población un progreso social concreto. No había otro lugar en el mundo donde hicieran falta reformas tan radicales como Afganistán, un país que soportaba la presión de un fanatismo religioso y un sistema feudalista retrógrados. Cuando los comunistas tomaron el poder, en 1978, la renta anual media era de 120 dólares, y el 95 por 100 de la población era analfabeta.
La asistencia médica existía únicamente en las grandes ciudades, y para los ricos, casi nunca para las mujeres. La esperanza de vida estaba en los 40 años, y uno de cada dos niños moría en el parto o poco después. En los pueblos, los aldeanos y granjeros vivían bajo el mismo techo, con sus cabras, burros y sus aves de corral.

ISLAMISMO

Karmal considera que la generación más vieja está perdida para la revolución, y permite que los mercaderes de los bazares sigan con sus trapicheos en el mercado negro y que las mujeres mayores se pongan sus velos. Karmal, que siendo estudiante se mofaba del Corán, está haciendo todo lo posible para demostrar que mantiene la tradición islámica de Afganistán. Las leyes se publican en nombre de Alá, y el mismo presidente acude a la mezquita.
Uno de los mayores empeños del régimen es repartir la tierra entre los aldeanos pobres. Este año, los programas de reforma agraria exigen la distribución de 800.000 hectáreas entre 322.000 familias. Lo cierto es que no hay problemas de abastecimiento de alimentos ni en la capital ni en los alrededores. Las tiendas están repletas de grandes cantidades de fruta, verduras y carnes a precios mucho más bajos que en la India, por ejemplo.
Aunque el país ha estado aislado del resto del mundo durante años, las tiendas están llenas de productos de consumo, desde cigarrillos norteamericanos y aparatos electrónicos fabricados en Hong Kong, coca-cola y otras bebidas embotelladas en el país, pantalones vaqueros y joyas de oro. El centro de Kabul bulle con una multitud humana que se mueve entre un tráfico desesperadamente caótico y enmarañado.
Pero al anochecer, las calles de Kabul se quedan rápidamente desiertas. Desde la invasión rusa, la capital ha vivido bajo el toque de queda, que actualmente dura desde las diez de la noche a las cuatro de la madrugada. Cualquiera que se aventure a la calle corre el riesgo de ser tiroteado, porque es entonces cuando los comandos guerrilleros atacan sus objetivos en los barrios residenciales.

Revista Defensa nº 94, febrero 1986. Siegfried Kogel Franz


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