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Septiembre 1943: el derrumbe de ITALIA

El día 3 de septiembre de 1943, en una tienda de campaña levantada en la zona de Qissibile, recién ocupada por los angloamericanos, un hombre vestido de civil firmaba, sobre una tosca mesa, la rendición incondicional de Italia. Aquel hombre al que uno de los presentes encontró semejante a los tenderos italianos del Soho londinense o del East-side neoyorquino, era el general Castellano y el que por parte aliada sancionó el documento, el general Bedell Smith. Eisenhower se limitó a observar y no quiso mezclarse de un modo directo en lo que llamó más tarde “un sucio negocio “(crooked deal).

El pundonor de Eisenhower, su sonrojo, no alcanzó a Castellano, quien abandonó la tienda de campaña con la misma sonrisa que lucía al entrar. Y eso que con unos trazos de tinta había puesto fuera de combate a las treinta divisiones italianas acantonadas en el suelo metropolitano, a las treinta y dos actuantes en los Balcanes, al IV Ejército expedicionario en Francia, a los treinta y cinco mil soldados destacados en el Egeo, etc. Castellano dejaba tras de sí un Ejército borrado de un plumazo y una Armada (seis acoraza dos, seis cruceros, cuatro cruceros rápidos, diez cazatorpederos, quince submarinos y cuarenta unidades ligeras) a punto de tomar el camino de Malta para entre garse a los ingleses. Además, acababa de consumar la pérdida ya irremediable del imperio africano, de grandes franjas adriáticas y, en suma, de cuanto desease despojarla el vencedor. Que a eso, y no a otra cosa, obligaban las horcas caudinas de la unconditionnally.

LAS SECUELAS DEL 25 DE JULIO

Lo ocurrido en Cassibile era la consecuencia inmediata y lógica del golpe de Estado del 25 de julio de 1943. Ese día, tras una tormentosa sesión del Consejo Fascista, Mussolini fue detenido por los carabineros, encerrado en una ambulancia y conducido a un cautiverio que comenzaría en Ia isla de Ponza para hallar fin, gracias a Otto Skorzeny, en un refugio alpino del Gran Sasso.

foto: Francescu Barracu, medalla de oro al valor militar y uno de los más destacados jefes de la RSI. Fue fusilado junto con los demás jerarcas, en Dongo.

Los fascistas de mayores vuelos, que eran quienes habían propiciado la caída del Duce, aceptaron en su casi totalidad Ia nueva situación al creer que conservarían sus privilegios y que el derrocamiento de Mussolini no tendría consecuencias irremediables, incluso para el partido. Pero tales señuelos fueron aventados bajo el impacto de rudos golpes. Por ejemplo, el rey Víctor Manuel III, que el 27 de julio les prometía a Ios jerarcas el respeto de sus cargos, el 28 les condenaba al ostracismo al disolver el Partido Nacional Fascista y unos días más tarde, para añadir el escarnio a Ia desilusión, una orden oficial comunicaba la compra, al peso, de los uniformes fascistas, carentes ya de cualquier significación.

Víctor Manuel Ill y su nuevo primer ministro, el mariscal Pietro Badoglio, sabían, por supuesto, que jugaban una carta peligrosa. Hitler nunca les iba a perdonar haber defenestrado a Mussolini y era previsible que, en el momento que considerase oportuno, hiciese cualquier cosa para reponerle en sus antiguas funciones. Por otra parte, sin coronar la meta de un cambio de trinchera, el golpe de Estado hubiera carecido de lógica. Una lógica propiciada por algunos encumbrados círculos ya desde 1942 cuando el duque Pietro de Acquarone inició las primeras negociaciones y tanteos en ese sentido contando con el visto bueno del rey e, inclusive, con el de Dino Grandi, una de las más relevantes personalidades del partido fascista.

A Víctor Manuel III, además, le impulsaba a obrar de este modo su miedo a perder el trono, pues el cardenal Maglione le había comunicado que los aliados favorecerían la constitución de un gobierno republicano en el exilio si no rompía su alianza con el Reich. El mismo mariscal Badoglio, hablando con el príncipe heredero, Humberto ,había dicho: O el rey echa fuera a esa gente (los fascistas y los alemanes) o yo me siento desligado del juramento y seré el primer presidente de la República italiana.

foto: Mussolini en compañía del mariscal Graziani, jefe del Ejército de Ia República Social Italiana.

Fue así, por este camino, como Italia abandonó la trinchera en la que hasta entonces había luchado. El movimiento de despegue duró cuarenta y cinco días: del 25 de julio al 8 de septiembre, y Badoglio lo definió como un encaje de bolillos, hábil y necesario. El mariscal inglés Alexander reflejó mejor lo que había sucedido al afirmar: La verdad desnuda es que el Gobierno italiano se habíamdecidido a capitular, no porque se sintiese incapaz de resistir o porque se hubiese producido un cambio de sentimientos o de convicción intelectual en la justicia de la causa aliada y democrática. Se decidió, como se habían decidido otros gobiernos italianos en el pasado porque el tiempo le parecía maduro para pasar en ayuda de los vencedores.

CONSECUENCIAS TRÁGICAS

¿Qué ocurre cuando una nación que desde hace años sostiene un duro combate, al lado de una potencia inflexible, decide romper la espada y abandonando al amigo capitula ante quienes tiene en frente?

Esta pregunta puede contestarse recapitulando los acontecimientos que se desarrollaron en Italia, tras el 8 de septiembre de 1943, al hacerse pública la fuga de Víctor Manuel III y del mariscal Badoglio a territorio ocupado por los angloamericanos, así como la ruptura de la alianza con los alemanes; alianza a la que se había dado el pomposo título de Pacto de Acero. La sorpresa, tremenda, produjo las más dispares reacciones y se dedujeron consecuencias harto penosas como la que se recoge en este escrito de la época: “Soldados abandonados, jefes sin órdenes, tropas como rebaños. A treinta alemanes se rindieron siete mil hombres. Sobre un puente, para detener a los nazis, fue llevado un tanque de cartón pintado que servía para la instrucción’ Las mujeres, desnudas, corrían al encuentro de los liberadores.”

Si Víctor Manuel III y su primer ministro pensaron ni por un solo momento que sus treinta divisiones podrían desarmar y hacer prisioneras a las catorce del Reich que acampaban en Italia, se equivocaron por completo. Los choques entre tropas italianas y alemanas en la península apenina fueron muy escasos. Una hatallita urbana de quinto orden tuvo lugar en la romana Puerta de San Pablo y escaramuzas de Ia especie se registraron en otros puntos. Pero nada más.

foto: Generales de la RSI poco después de su detención, en Ivrea. Combatieron contra las fuerzas aliadas pero nunca contra las del Regio Esército.

Grave fue, sin embargo, lo ocurrido en Cefalonia, en donde la división de general Gandin, Ia Acqui, tuvo la pretensión de volver a Italia sin resignar antes a los alemanes su artillería pesada. El 14 de septiembre, después de cinco días de negociaciones, comenzó la lucha, que habría de prolongarse, sin apenas descanso, durante una semana completa. Cuando por fin los alemanes terminaron su obra, once mil cadáveres cubrían el campo italiano, y en la Punta de San Teodoro los piquetes de ejecución funcionaron durante dieciocho horas seguidas, dando cuenta de la oficialidad vencida. Churchill escribió:

“La rendición cogió a las tropas italianas de los Balcanes completamente por sorpresa y muchas unidades quedaron presas en la trampa de posiciones desesperadas, entre las fuerzas partisanas y los vengadores alemanes. Tuvieron lugar represalias despiadadas. La guarnición italiana de Corfú, de casi siete mil hombres, fue casi toda ella masacrada. Las tropas italianas de la isla de Cefalonia resistieron hasta el 22 de septiembre. Muchos de sus supervivientes fueron fusilados y el resto deportados a Alemania. Algunas guarniciones de las islas del Egeo lograron huir en pequeños grupos a Egipto. En Albania, en la costa dálmata y en el interior de Yugoslavia, varios destacamentos se unieron a los partisanos...

CON EL “CAMARADA HANS”

Sin embargo, no todo fueron enfrentamientos con el que había venido siendo designado como el camarada Hans. Hubo también un fuerte rechazo de la orden de capitulación llegada desde suelo ocupado, desde lo que a partir de entonces se conocería como el Sur, así como el resurgimiento del aparato fascista, desaparecido desde el golpe del 25 de julio, en el Centro-Norte.

foto: Numerosos italianos vistieron el uniforme alemán, tras el 8 de septiembre, Aquí aparece uno de ellos, el joven Vittorio Ariosto, en el momento de recibir de su comandante la Cruz de Hierro.

En Roma, por ejemplo, el general Calvi di Bergolo, yerno del rey y jefe de la división Centauro, dio su réplica a Ia orden de rendición incondicional asegurando que sus soldados no iban a desbandarse y que no estaba dispuesto a aceptar un cambio de enemigo. En Verona, los Bersaglieri, del 80 de Veteranos de la Marmarica se negaron a reconocer el nuevo estado de cosas, lo que también sucedió con los batallones alpinos Fenestrelle, Val Legora y Val Pescara... En pleno frente de Nettuno hubo soldados, como los paracaidistas del batallón Nembo (que mandaba Rizzati, un militar nada fascista, por cierto) que multiplicaron sus esfuerzos al quedar debilitados por las deserciones producidas en sus flancos y que prosiguieron la guerra con un brazal negro en el que podía leerse: Por el honor de Italia.

Como no en todos los sitios resultaba posible mantener las viejas formaciones, se crearon nuevos grupos con voluntarios procedentes del desarbolado Regio Esercito, así como unidades mixtas germano-italianas. No faltaron los que fueron a en cuadrarse en Ias SS, constituyéndose varios batallones, uno de los cuales, el Vendetta, ganaría nueve medallas de plata italianas y cuarenta y tres cruces de hierro alemanas. En el Báltico, más de veinte mil italianos vistieron el uniforme de la Werhmacht, y, según el general Canevari, ocurrió lo propio en los Balcanes y en el Dodecaneso con otros noventa mil combatientes.

Esta línea de hechos contó como impulso decisivo con la liberación del Duce por obra y gracia de un comando capitaneado por Otto Skorzeny. Conducido a Rastemburgo, en un primer momento, y luego a las orillas del lago Garda, Mussolini emprendió la penosa tarea de la re construcción. Italia ya no era, ni mucho menos, la que dejó al perder la libertad y, por otra parte, la amarga experiencia del 25 de julio que le hizo exclamar: el traicionado podrá ser un ingenuo, pero el traidor es siempre un infame, le había minado la salud.

foto: Un vehículo de enlace británico —se trata de un Volkswagen capturado a los alemanes en una ciudad italiana recién conquistada.

Con un gran esfuerzo de voluntad, se puso a trabajar creando, el 25 de noviembre de 1943, la República Social Italiana (RSI), cuya constitución, contra lo que pueda parecer, no contaba con grandes simpatías entre los alemanes. Estos, que como el jefe supremo de las SS, Himmier, le reprochaban a Mussolini haberse dejado rodear por traidores, o que, como el almirante Doenitz, no olvidaban Ia entrega a los aliados de Ia flota italiana, que tan poco papel desarrolló a lo largo del conflicto, miraban con recelo a Ia RSI y, sobre todo, se oponían a que, bajo su bandera, se estructurase un Ejército ya que, en palabras del mariscal Keitel, el único ejército italiano que no nos traicionará es un ejército que no existe.

Incluso Adolf Hitler, interrogado en una conferencia de jefes militares, explicó así su punto de vista: Alemania no tiene interés en la existencia de un ejército italiano. La organización de unidades militares exigirá máxima prudencia y vigilancia.

Mussolini luchó a brazo partido con el mariscal Goering, que deseaba que el Ejército de Ia RSI fuese mandado por generales alemanes, con Rommel, que era partidario de que a estas fuerzas sólo se le asignasen misiones tácticas, y hasta con las poderosas SS, que le zaherían por colocar a sus tropas bajo Ia obediencia de generales fascistas y no de fascistas generales. Y, al final, se salió con la suya logrando que la RSI tuviese fuerzas de tierra, de mar y de aire, e, incluso, que fuese reconocida como beligerante por los aliados.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Si Mussolini tuvo serios problemas con los alemanes, el rey y Badoglio no pasaron por trances mejores en el otro campo. La rendición del Regio Governo, como quedó dicho, había tenido por objetivo el abandonar al Reich, ya de capa caída, para subirse al carro del presunto vencedor, pero los angloamericanos se preocuparon de clarificar muy bien las cosas apenas el monarca pisó el suelo que ellos ocupaban. Eden dijo en los Comunes: Italia ha aceptado la rendición sin condiciones y no puede, por tanto, albergar ninguna pretensión. Si se le ha permitido nombrar un embajador en Londres y otro en Washington y ser considerada cobeligerante, no por eso la Italia monárquica o antifascista puede considerarse nación aliada y creerse con derecho a sentarse en la mesa de la paz.

Y el “Daily Mail” fue más brutal: “Si Italia ha sido humillada es porque se trata de una nación conquistada.”

foto: Mussolini, apenas liberado de su prisión en el Gran Sasso, llega a Campo Imperatore. A su derecha, el ejecutor de Ia espectacular acción: el comandante Otto Skorzeny.

A duras penas consiguió el Regio Governo formar un Ejército e incorporarlo a la lucha. Todavía el 21 de septiembre de 1943 el general Mac Farlane afirmaba que las tropas italianas no serían utilizadas en ningún caso, aunque más tarde se aceptó Ia colaboración de un regimiento motorizado, pasaron otros núcleos a las órdenes del cuerpo expedicionario francés y, por último, se creó un Cuerpo Italiano de Liberación, con unos efectivos de 24.000 hombres. Pese a la buena voluntad demostrada por él, no se evidenció en los angloamericanos ningún deseo de suavizar Ias relaciones con el gobierno monárquico ni por elevarlas a la categoría de alianza.

Tan grave fue la situación que, ya concluida la guerra, pudo leerse en un documento oficial: “Estaba excluida al gobierno legitimo (el del Sur) toda independencia, mientras que en cambio tal cosa no existía en la RSI, que emanaba sus leyes y sus decretos sin autorización del aliado alemán.”

Que esto era así lo comprobó a sus propias expensas Víctor Manuel III, quien al cabo de una larga cadena de humillaciones fue obligado a abdicar sin que se le concediese, tan siquiera, la autorización para viajar a Roma con objeto de investir como lugarteniente del reino a su hijo, el príncipe Humberto.

En el curso de la contienda, la Regia Aeronautica se dedicó principalmente a abastecer a los guerrilleros de Tito, encuadrada en la Balkan Air Force, sufriendo 40 muertos y 72 desaparecidos, así como 192 aparatos derribados. La Armada desarrolló una doble acción. Secciones del regimiento de Infantería de Marina San Marco (en la RSI había otro con el mismo nombre) lucharon en el frente de Cassino como parte del XIII Cuerpo de Ejército británico y, más tarde, en el grupo de divisiones neozelandesas. Y en el servicio de mar actuaron los buques de guerra y los mercantes.

Por fortuna, las fuerzas regulares italianas de uno y otro bando no se enfrentaron. Como si existiera un acuerdo tácito, el mariscal Graziani, jefe de las fuerzas republicanas, desplegó a sus tropas a lo largo de la frontera francesa y en el litoral ligur, en tanto que los soldados reales luchaban en lugares bien alejados: en el Adriático, en Emilia y en los valles de Comacchio. Sólo en una ocasión, en el frente del Po, una formación fascista apareció ante la división saboyana Cremona, pero, con alivio de todos, no se llegó a entablar combate. Tampoco se registraron choques en el mar ni en el aire, entre italianos.

EL FIN

Italia, con la capitulación de septiembre de 1943, tuvo, en palabras textuales de Mussolini, una caída de esas que los españoles denominan verticales. El desplome de la RSI, en la última semana de abril de 1945, fue también, sin duda alguna, vertical, pues la rendición por separado de las fuerzas alemanas a los aliados, dejó a las tropas republicanas totalmente al descubierto y a merced de los grupos partisanos, muy nutridos y poderosos.

Si Mussolini hubiera tenido noticia de las negociaciones emprendidas en Suiza por el embajador alemán Rahn, el jefe delas tropas alemanas en Italia, general Vietinghoff, y el obersgruppenführer de las SS, Wolf, para deponer las armas y enarbolar bandera blanca, tal vez el fin hubiera sido menos trágico y la guerra se hubiera ahorrado un desenlace sangriento. Pero en esta ocasión, los jerarcas alemanes en Italia obraron a espaldas de Mussolini y del propio Adolf Hitler, apartándose con un seco viraje de la contienda y dejando a sus aliados fascistas en la más penosa de las estacadas.

De no ser por la imprevista traición de Wolf, Vietinghoff y Rahn, los fascistas habrían logrado concentrarse en el llamado Reducto Alpino Republicano; una zona en la que pensaban converger para hacerse fuertes y no capitular hasta que llegasen las tropas aliadas, evitando así caer en manos de los partisanos. También estaban en marcha unos contactos con el organismo supremo de la resistencia, el Comité de Liberación Nacional (CLN), para suscribir un acuerdo con él, obtener garantías y traspasarle los poderes. Pero el brusco derrumbe volatizó todas estas es peranzas comenzando el baño de sangre, la caza al hombre.

Rumbo al norte, por Ia orilla del lago Como, enfundado en un capote sin insignias, Mussolini viajaba en automóvil mientras que varios grupos le buscaban febrilmente. Uno de ellos lo dirigía Otto Skorzeny, quien fracasó en su intento de rescatarle al seguir como cierta una pista falsa. También se movían en pos del jefe de la RSI, aunque con muy distintas intenciones, elementos del Regio Governo, en colaboración con el OSS norteamericano y el Intelligence Service británico. Y, sobre todo, iban tras sus pasos los comunistas, a quienes no les interesaba, en absoluto, un Mussolini vivo.

foto: El general Vietinghoff, jefe de Ias tropas ale manas en Italia, y, junto con Wolf y Rahn, responsable de la rendición por separado de éstas a los aliados.

Como resulta de sobra conocido, fueon estos últimos los que se alzaron con la codiciada pieza, y más exactamente, uno de sus jefes, el llamado coronel Valerio, quien al saber que el Duce y sus principales colaboradores habían sido detenidos por fuerzas del CLN de como se presentó ante sus responsables diciéndoles: “Ayer tarde, el Mando (no especificó cuál) ha decidido que los criminales de guerra han de ser fusilados sin proceso formal. Los propios aliados, en la conferencia de Moscú del 25 de octubre de 1943, decidieron juzgar a Hitler, Mussolini y Tojo sobre el tambor.”

Dueño de Ia situación, Valerio ordenó el fusilamiento de los jerarcas en las proximidades de Dongo, mientras que Mussolini y Claretta Petacci fueron ametrallados contra el muro de una villa, no lejos de allí, en Giulino di Mezzagra. Poco más tarde, algunos de los cuerpos, entre ellos el del Duce, eran conducidos a Milán y colgados cabeza abajo en una gasolinera. La guerra había acabado realmente en Italia. .

El general Vietinghoff, jefe de Ias tropas ale manas en Italia, y, junto con Wolf y Rahn, responsable de la rendición por separado de éstas a los aliados.


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