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Ríos Capapé vs Sánchez González ¿Una “noche de los generales” en 1957?

Hay épocas en las que la historia tiende a plegarse y a esconder la mayoría de los episodios que la van haciendo. Los rumores suelen gozar de buena vida entonces. La dictadura franquista es uno de esos periodos. Y uno de los sucesos que ha quedado oculto durante cuarenta años es la extraña muerte el 30 de enero de 1957 del capitán general de Cataluña, el reconocido monárquico Juan Bautista Sánchez González, y la posible implicación en la misma de su homólogo valenciano, Joaquín Ríos Capapé.

El primer mando militar de Cataluña murió a los 63 años la noche de un lunes en el que se había desplazado a Puigcerdá en una visita rutinaria para revisar las fortificaciones de la frontera. El parte médico oficial dictaminó que una angina de pecho era la causa, pero las sospechas de que algo más había detrás surgieron desde el primer momento: ya en el entierro —cuenta su hijo, Juan Bautista Sánchez Bilbao— se repartieron unas octavillas que decían que a Sánchez González lo habían envenenado.

UNOS TESTIMONIOS  DE INTERÉS

Natural o provocada, lo bien cierto es que con la muerte del alto mando, amigo de Don Juan de Borbón y firme defensor de la restauración de la Monarquía, Franco se quitó un peso de encima, como él mismo, cuentan los cronistas del Régimen, reconoció ante sus ministros.
Poco después, en Valencia comenzaron a circular los rumores de que Ríos Capapé había tenido alguna influencia en aquella muerte. Así lo recuerdan personas que tuvieron relevancia política durante el franquismo, como Adolfo Rincón de Arellano, alcalde de la ciudad entre 1958 y 1969, o José María Adán, consejero nacional del Movimiento en Valencia.
Para Rincón de Arellano, que define al general como un hombre violento en ocasiones, pero con corazón, Ríos Capapé no tuvo una participación directa en la muerte de Sánchez González. A su juicio, lo que ocurrió es que fue el encargado de decirle que el Régimen sabía que estaba implicado en una conspiración monárquica: Iría a advertirle de lo que pasaba y a intentar convencerlo de que se apartara de todo aquello. ¿Matarlo?. No. De haber ido a eso hubiera sido mucho más violento. Lo que pasa es que después de la muerte, convino crear un mártir.

foto: José Antonio Girón de Velasco, a la izquierda, acompañando a Eva Duarte de Perón. De pié, ante el micrófono, Francisco Franco.

La impresión de Rincón de Arellano sobre los hechos coincide en parte con otra versión que durante años ha circulado por ambientes militares y que personajes de la vida social y política de aquellos años aún comentan en privado. Según este relato, Ríos Capapé se habría desplazado hasta Cataluña poco antes de la muerte de Sánchez González para instar al oficial monárquico a que se quitara de en medio o lo quitaban.
Juan Bautista Sánchez Bilbao, que fue a su vez capitán general de Valencia entre 1985 y 1988, se niega a admitir que Ríos Capapé se plantara ante su padre para hacerle cualquier advertencia. Había una diferencia muy grande entre ambos —afirma con vehemencia al representarse la escena—. Era el anverso de la modena del tipo de oficial que era mi padre. Es impensable. Recuerda además que en los meses anteriores a que su padre muriera, él estaba de prácticas en la Capitanía de Barcelona y nunca supo de las supuestas visitas de Ríos Capapé o del entonces ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, otro hecho que, según han narrado historiadores próximos al franquismo como Ricardo de la Cierva, pudo influir en el fallecimiento de Sánchez González.

foto: Adolfo Rincón de Arellano. Falangista de primera hora, desempeñó altos cargos en Valencia durante el Régimen de Franco. Dramas de las guerras civiles, su padre fue condenado a muerte, por los vencedores, al acabar la contienda (Foto: “Levante-El Mercantil Valenciano).

Mientras, Joaquín Ríos Capapé Alegret, hijo del capitán general y ex delegado de Información y Turismo de Valencia, rechaza cualquier vinculación de su padre con la muerte del alto mando de Cataluña, del que —a diferencia de lo que cuenta Sánchez Bilbao— dice que era muy amigo. Afirma así que al hablar con Sánchez González es posible que fuera, pero lo demás lo niega de manera tajante.

UN OFICIAL DURO Y ABSOLUTAMENTE LEAL A FRANCO

Joaquín Ríos Capapé permaneció como capitán general de Valencia entre 1954 y 1962, año en que fue nombrado director de la Escuela Superior del Ejército en Madrid, donde murió un año después. En sus años en Valencia se forjó una leyenda de hombre duro y despótico que aún corre por los pasillos de la Capitanía y que le ha hecho aparecer en alguna película sobre la época: en “Tranvía a la Malvarrosa” hay una escena —que a sus nietos no les gusta nada por considerarla incierta— en la que entra cogido de dos mujeres y rodeado de una banda de música al restaurante de Las Arenas.

Durante su mandato militar en Valencia, impuso que los soldados llevaran el uniforme fuera de las horas de servicio y por Capitanía todavía se cuenta cómo estando en alguna terraza de la ciudad no dudaba en levantarse y recriminar a un recluta en plena calle por llevar un botón mal ajustado.
Adolfo Rincón de Arellano sonríe al pensar en la leyenda Capapé y argumenta: Al contrario que otros militares, era un hombre al que le gustaba la vida social y eso, claro, dio pie a muchas historias y anécdotas. Decía las cosas claras, no sabía mentir. De él, destaca su valor militar —en la guerra se paseaba por las trincheras sin agacharse, a pesar de su altura, e iba con medio cuerpo fuera, cuenta— y su absoluta lealtad a Franco.

foto: El general Juan Bautista Sánchez González (Foto: Levante-El Mercantil Valenciano).

Este sentimiento no era compartido por su mujer, la cual, narra el ex alcalde, no sentía ningún afecto ni por el Caudillo ni por su esposa. Prueba de ello es que en una visita de Franco a Valencia, les preparó sus aposentos en Capitanía, pero ella se fue de allí antes de que llegaran.
Ríos Capapé fue también el oficial que movilizó a todas sus fuerzas durante la riada de 1957. Una de las imágenes que el doctor Rincón de Arellano tiene grabadas de aquella tragedia es la visión del capitán general, con batín, muy de mañana, en el balcón de Capitanía, observando la situación de la ciudad.
Ese es el hombre al que, según la propia versión del ex alcalde, le sería encomendada la misión de advertir a Juan Bautista Sánchez González que se apartara de la presunta intriga en la que estaba implicado. Para Joaquín Ruiz-Giménez, ministro de Educación entre 1951 y 1956, es difícil que hubiera algo más, pues Franco nunca le dio importancia a los encuentros entre monárquicos. Le comenté en algún Consejo de Ministros —explicó el ex Defensor del Pueblo a este diario—y Franco dijo que pasaba como con los ratones, que cuando los tienes en el saco y se mueven no hay que preocuparse, lo malo es que estén callados, porque entonces están horadando la tela.

COMPAÑEROS EN EL FRENTE

En lo qué no hay duda es que el monárquico era un personaje molesto para el Régimen y que Ríos Capapé era, ante todo, un hombre leal a Franco, en palabras de Rincón de Arellano. Desde esa lógica, no es descartable que el alto mando valenciano fuera el elegido para avisar a Sánchez González de que se apeara de las conjuras monárquicas, pues estuvo a las órdenes de éste cuando se levantó contra la República el 17 de julio de 1936 en los territorios africanos y también fueron compañeros después, durante la toma de Madrid. Además, conocía bien el territorio al haber nacido en Figueres.
Que Sánchez González no era afín a Franco lo cuenta su propio hijo, quien recuerda cómo rechazó ser subsecretario de Defensa (1) —lo que le valió pasar a situación de disponibilidad durante diez meses—, se le enfrentó en público para quejarse de los bajos sueldos de los militares, le retiró el saludo al poderoso falangista Girón de Velasco y recibió varias veces en la Capitanía al Conde de Barcelona y a Don Juan Carlos. Todavía guarda Sánchez Bilbao la minuta de la comida que su padre organizó en honor del futuro Rey durante su primera visita a Barcelona, en 1955.

(1) N. de la R.: Ese cargo no se creó hasta la restauración de la democracia, veinte años después.

foto: La Monarquía no la trajeron sus partidarios con uniforme. Vino por la voluntad orgánica del general Franco.

Poco antes de que le sorprendiera la muerte, Sánchez González había mantenido al parecer contactos con el conde de Ruiseñada, que encabezaba una trama para restaurar la Monarquía. El objetivo no sería una sublevación militar, sino forzar al Caudillo a retirarse gradualmente del poder: algo similar a lo ocurrido en Chile con Pinochet, comenta Sánchez Bilbao, al que no le consta que aquel invierno de 1956 su padre llegara a verse con Ruiseñada. Sin embargo, la versión difundida por la propaganda del Régimen es que, a pesar de los avisos de Muñoz Grandes, el intento conspiratorio siguió: semanas después, la muerte de Sánchez González abortaría el proyecto, el cual, según De la Cierva, sería el germen de la operación posterior para designar a Don Juan Carlos como sucesor de Franco.
Cuarenta años después, Sánchez Bilbao ya duda de casi todo, pero le queda voz para reclamar justicia histórica para la figura de su padre. De su muerte, prefiere pensar que fue natural y que unos —la resistencia antifranquista— u otros —la propaganda del Régimen— se aprovecharon de ella en su beneficio.

UNA BREVE PUNTUALIZACIÓN

Ríos Capapé, escribía en un momento dado: Tuvo una actuación destacada durante la Guerra Civil y en los años 50, siendo capitán general de Valencia, desempeñó, al parecer, un determinante papel en un suceso que sigue sin explicarse y de resultas del cual, según se dice, un determinado general a quien su monarquismo le llevaba demasiado lejos, encontró una muerte fulminante en Cataluña. Curándonos en salud, a la citada carta le añadimos los términos al parecer y según se dice, además de quitar el nombre y apellidos de la persona muerta sustituyéndolos por un determinado general. Y es que el lector en cuestión, aunque se lo solicitamos, no estuvo en condiciones de proporcionar documentos o testimonios concretos de ningún tipo sobre la materia.

foto: Joaquín Ríos Capapé en tiempos de la Guerra Civil. Era en ese instante teniente coronel estampillado de coronel y viste la camisa azul mahón de Falange junto con el haz y las flechas reglamentarias.

Curiosamente, varias personas nos escribieron o llamaron por teléfono para solicitar que ampliásemos esa información, que los más de ellos habían leído por vez primera en nuestras páginas, pero fue imposible satisfacer sus deseos por falta de datos serios.
Por eso, nos sorprendió el reportaje adjunto que fue publicado, con el máximo lujo tipográfico y de espacio, en el diario valenciano “Levante”. Se trata de un buen trabajo, sobre todo por ahondar en lo inédito, aunque, personalmente quisiera hacer una puntualización. En concreto la siguiente:
Quien esto escribe hizo su servicio militar en la Mayoría del Regimiento de Infantería Guadalajara nº 20, sito en la localidad de Paterna, no lejos de Valencia, en los años 1957-58. Tuve ocasión de ver varias veces a Ríos Capapé tanto en sus visitas a nuestra unidad como en Capitanía y, porque no decirlo, en un bar de copas —muy de élite y fuera de toda sospecha— que todavía existe en pleno corazón de la ciudad. El general impresionaba por su estatura y por la autoridad que desprendía su persona, pero es rematadamente falso que obligase a los soldados a llevar en todo momento el uniforme. Yo, junto con otros compañeros, después de comer nos íbamos a casa, nos vestíamos de civil y, al caer la tarde, marchábamos a la entonces Plaza del Caudillo a pasear por el tontódromo. No era raro encontrarse, en la misma empeñada tarea, con algunos de nuestros jóvenes tenientes y, salvo un ligero ademán de ponernos firmes, no había mayor novedad.

foto: De izquierda a derecha: generales Sanjurjo, Aranda y Beigbeder. Todos ellos fueron maldiestros complotadores monárquicos, el primero contra la República y los dos últimos contra Franco. De Aranda se dijo que era “el hombre más odiado por Franco y el hombre que más odió a Franco”

Y puestos a escribir en primera persona, recuerdo que en aquel momento se dijo que Ríos Capapé fue enviado a Cataluña porque Sánchez González, que se encontraba de maniobras, pensaba aprovecharlas para sublevarse. Ríos puso una pistola sobre la mesa invitando a su colega de Cataluña a pegarse un tiro que fue, según la rumorología de la época, lo que hizo. Naturalmente, de nada de esto existe la menor prueba, la muerte, además, no fue por arma de fuego y estoy con Joaquín Ruiz-Giménez cuando dice que a Franco le preocuparon siempre muy poco los tejemanejes de los monárquicos. Esas eran conjuras de la señorita Pepis y la Monarquía vino, precisamente, porque Franco quiso, desde su inmenso poder y voluntad y pese a lo mucho que hicieron los monárquicos, con Don Juan a la cabeza, por agotarle la paciencia. Así de simple.

Este trabajo lo hemos tomado del diario “Levante”, de Valencia. El titular es nuestro, siendo el original: “Altos cargos franquistas revelan que el capitán general Ríos Capapé abortó una conjura monárquica”.

Revista Defensa nº 24, abril 1998, Alfons García


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